Retrato en la basura (y III)

III

Más allá de las últimas casas bajas, donde entre los últimos solares libres se levantan inesperados e innecesarios bloques de cristal que albergan las más modernas oficinas para las empresas más innovadoras que se dedican a cosas que ya no consigo descifrar ni entender, me gusta perderme algún que otro sábado por la tarde, cuando todo el mundo se arremolina entusiásticamente en los centros comerciales y las amplias calles rectas del polígono aparecen desiertas, sin siquiera coches aparcados, y donde solo algún gato salta los muros metálicos de acceso a las entradas, ignorando las diversas y videoconectadas medidas de seguridad con una elegancia elástica, casi egipcia. Un vigilante se asoma aburrido a la calle en busca de algún nimio acontecimiento que alivie su secreta y segura desesperación e interrumpa y acelere la lentísima parsimonia con que allí pasan las horas. Los pájaros se pueden hacer ahora la ilusión de que están en otro lugar, un lugar vacío, tranquilo y por fin apagado, mudo. Hay aceras a medio terminar, que llevan así meses, como restos arqueológicos abandonados, por donde el sol puede abrirse paso, por fin, entre estas anchas avenidas, recientes y vacías, para atardecer sin obstáculos al otro lado del mundo. La ciudad, por estos desmontes tanto tiempo preteridos, sigue creciendo con estas obras descomunales, frías y funcionales. Las grandes grúas, ahora paradas, me producen un vértigo inverso y creo, al mirarlas, que están a punto de empezar a girar de nuevo, lentas, majestuosas y precisas. Pero no acaban de hacerlo. Los semáforos funcionan para nada. Algún transeúnte pasa ajeno a sí mismo incluso. El rumor de la ciudad ha desaparecido, apenas llega amortiguado y lejano, como el de un mar medianamente enfurecido.

Basta que estés un mes sin frecuentar estas calles, tan exactamente rectas y perpendiculares, para que no las reconozcas. Van a buen ritmo las obras. Y los edificios aparecen inesperadamente, erguidos y brillantes, de acero y cristal, como si hubieran sido escupidos, en una sola noche, directamente desde las mesas y los ordenadores del estudio de arquitectura, sin necesidad siquiera de obreros. Así que, a cada paseo extremadamente deambulatorio que daba por esta zona, tenía la sensación de hacerlo por calles distintas, siendo las mismas. Nuevas sombras iban comiéndose el asfalto de las calles.

Pero aún quedaban solares, descuadres, huecos como el de una caries, entre las altas y novísimas moles, malamente alambrados, en los que crecía una vegetación anárquica y pobre sobre la tierra echadiza y bajo montones de cascotes, entre los que empecinaba en crecer algún que otro proyecto de árbol incluso. Una urraca se posaba en sus ramas. Dos o tres gatos tomaban en sol con los ojos cerrados. Despreocupados. Tan atentos, sin embargo. Como si fueran los dueños y no le dieran mucha importancia a todo aquello: su reino.

En uno de esos impremeditados y errabundos periplos, cuando aún la tarde del domingo mostraba su dulce e insoportable banalidad, descubrí, aceras abajo, uno de esos solares que todavía escapaban a la voracidad constructiva, a trasmano y escondido, aun estando junto a un gran edificio de vidriosas y rectísimas ventanas, en el que la valla mostraba un hueco suficiente en una de sus esquinas, desde el que se podía apreciar cómo se iniciaba un inseguro boceto de sendero.

Entre la rala vegetación, a lado de unas dos o tres incipientes acacias nacidas acaso de las raíces de otras que habían sido arrasadas por las excavadoras, apoyándose contra la pared del fondo de bastos ladrillos sin lucir, tres construcciones de palés y plásticos se apiñaban en forma de ele dejando una especie de pequeña placita en su medio. Ni siquiera llegaban a la categoría de chabola. Las maderas se superponían de manera bastante precaria y unos plásticos cubrían aquello que podía considerarse un techo para evitar que la lluvia anegara su escaso interior. Allí debían vivir -dormir solo más bien- aquellos compañeros de rebusca del joven que encontró aquel cuadro en la basura -acaso él mismo también- con sus mujeres y padres y hermanos, en una comunidad santificada -esto es, maldecida por los siglos de los siglos- por el estigma de la más extrema y diaria supervivencia y el más absoluto desprecio por las personas que somos de orden y nos asomamos a las vallas con tanta curiosidad como aprensión, dedicados todo el santo día a recorrer las calles en busca de cartones, papeles, chatarra y cualquier otra cosa que les llamara la atención y pudiera ser de utilidad. Una tabla de planchar, un triciclo sin pedales.

No había nadie a estas horas. Estaban aparentemente vacías. Un sillón de orejas, con la tapicería mugrienta y atravesada por un breve costurón, mostraba allí su desolación y sorpresa, su desvalimiento, en el redondel de tierra pisada que se había formado entre las tres chabolas que mostraban un aspecto inocente y precario, construidas como estaban por un azar de materiales diversos e inservibles, revueltos y combinados con escaso sentido. Al estar separados por dos o tres metros cada una, dejaban ver la pared del fondo del solar, el muro de ladrillos.

En el hueco principal colgaba el cuadro del señor de bigote recortado y mirada perdida en un futuro más inexistente que improbable. La apariencia de normalidad -el retrato junto al sillón de orejas- recomponía aquel espacio, jugaba a alcanzar aquello que nunca tendría. Alguien se molestó en clavar un clavo en el muro y colgarlo. Incluso estuvo unos minutos intentando nivelarlo. Que estuviera torcido, por más levemente que fuera, resultaría, entre aquella barahúnda de restos, entre aquel caos de cosas inservibles y de cualquier manera amontonada, del todo punto insoportable. Ahora lucía, recto, exacto y señorial, presidiendo con su innegable -aunque tantas veces negada- prestancia, aquel lugar habitado por vidas al margen, bajo el sol de todos y a la luz tímida y fría de la luna por las noches. Pensarían, incluso, cuando regresaran de su interminable día de rebusca y pedestre transporte empujando los carros, que aquel señor dignificaba su humilde hogar, aquel señor tan importante que hasta le hicieron un retrato al óleo.

Aunque no lo fue nunca. Acaso lo más importante y valioso -de un valor mudo, secreto, extraordinario- que hizo en su vida fue, cuando su hijo, convaleciente y definitivamente enfermo, que acababa de salir del hospital, después de dolorosas y extremas peripecias frenéticamente autodestructivas, salvado de una muerte segura por la inexplicable campana de la buena suerte o el más inexplicable azar, y que regresaba a casa junto a él, en el coche, en el asiento de al lado, al cabo de kilómetros de silencio, desechados ya incluso los reproches, le pidió un cigarrillo, sin dejar de mirar hacia adelante, lo más valioso fue, digo, apartar una de las manos del volante, echársela al bolsillo de la camisa y con un gesto de entrega -tan sincera como derrotada- acercarle la cajetilla para que cogiera un cigarro. Gracias, musitó el hijo, que aspiró profundamente la primera calada mientras el humo se escapaba veloz, deshaciéndose, por la ventanilla abierta.

Pronto anochecerá y empezarán a regresar con sus carros a descansar después del día tan largo y tantos kilómetros de contenedor en contenedor, de obra en obra, de papelera en papelera. Harán algo de fuego, beberán algo parecido a café y el mayor de ellos se sentará en el confortable y sucio sillón bajo la mirada lánguida de ese señor con bigotito, un señor importante.

Pero antes de que caiga la tarde me voy marchando, de regreso al barrio, a darme una vuelta por sus bares. Ya va siendo hora. Es un momento éste, en el que agoniza el domingo, en el que la desolación se confunde con el extraño éxtasis de la felicidad más esquiva, sin saber muy bien distinguirlos. Una urraca se ha posado en una de las ramitas de la joven acacia. Grazna. Y no sé si es porque pretende avisar a las otras urracas de que ha encontrado un buen sitio o acaso las alerta para que no vengan. Un peligro incierto, pero probable, acecha. Y vuelve a graznar.

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Retrato en la basura (II)

II

Al cabo de los días, de forma impremeditada y bastante anárquica, hablando con unos y con otros en los bares del barrio que también él frecuentaba, pude ir reconstruyendo su historia, a trozos, con apenas retazos de nada, algunas frases, muchas ideas preconcebidas, suposiciones malintencionadas y reiteradas maledicencias. El resto lo pude imaginar, esto es, inventar. Si me alejo de lo que en realidad pasó y falseo la verdad, tampoco importa mucho. No hacemos otra cosa.

“Mató al padre, que era una bellísima persona, a disgustos”. Cosas así eran las que decían para referirse a él. Atildado y bien vestido, aunque en su ropero hacía más de veinte años que no entraba nada nuevo, daba la sensación de vivir, más ajado, demacrado y reblandecido -“machacado”, dirían en el bar-, fuera de época, como si su tiempo hubiera pasado hace años ya y él se empeñara en ignorarlo. El disco se había rayado, no avanzaba, pero seguía girando, tropezando en la misma falla del mismo surco. Se negaba, acaso, a admitir el paso del tiempo, pero el tiempo suyo -aquellos años tremendos y descerebrados- no solo había pasado, sino que el de ahora, le golpeaba con saña. Cada amanecer. Con el hígado definitivamente dañado y el pulso tembloroso como el de un anciano en las últimas. Sin embargo, seguía peinándose con esmero sus grasientas y negras ondas que aún se rizaban en el cogote con una añorada y patética gallardía.

“Hace poco murió su madre. Ahora no sé qué va a ser de él”. Por lo visto, vivió todos estos últimos años en la casa familiar, solo con su madre. Tenía hermanos que vivían lejos, algunos en otra ciudad, y que apenas venían, solo de tarde en tarde, a ver a la madre y a comprobar que seguía igual su hermano crápula, sin sentar cabeza y tirando al monte. Ahora, muerta la madre, habían venido a poner en venta la casa, repartirse el dinero y, con la parte correspondiente al hermano en cuestión, comprarle un piso más pequeño, aunque fuera en alguna de las ciudades dormitorio donde los precios lo permitieran. Dejarle que dispusiera de su parte, supondría su dilapidación en pocos meses, si la quebrantada salud le dejaba hacerlo y no reventaba, por fin, en algún antro infecto, oscuro y lo suficientemente enervante. A él, por supuesto, lo que hicieran sus hermanos -incluso lo que hicieran con él- le daba un poco igual. Desmantelaron la casa para así, vacía, poder venderla mejor y él solo se encargó de descolgar el retrato del salón y sacarlo esa noche a la basura.

Cuántas noches al encender la luz del pasillo para no tropezarse con la abigarrada disposición de los numerosos muebles y mueblecitos que poblaban el salón, tuvo que soportar la mirada hastiada, y ni siquiera ya recriminatoria, de su padre desde ese lienzo odioso. Fue su madre, cuando murió su marido -demasiado joven, de un infarto en la oficina-, quien fue con una fotografía suya a una pequeña tienda de los pasadizos en la que vendían todo lo relacionado con lo que llamaban bellas artes, para preguntar por algún pintor que le hiciera un retrato a partir de la foto. Como todo en la vida, fue empeorando en las sucesivas -y no requeridas ni necesarias- copias. Si la fotografía -hecha en un estudio con motivo de su ascenso en la oficina en la que trabajó toda su vida- le mostraba ausente y grisáceo, el cuadro lo empeoró todo. Si el retrato al óleo -por el que la buena señora tuvo que pagar unos exagerados emolumentos- pretendía dotar su cabeza de nobleza patricia y hasta alcurnia nobiliaria, los resultados fueron los contrarios. El día que lo colgó en la pared principal del salón, la viuda respiró satisfecha, mientras su hijo se escapaba, después de haber vaciado los cajones donde su madre guardaba el dinero, al bar.

Alguna noche, cuando apenas quedaban parroquianos y él se había despedido, después de haberse dejado medio sueldo -o media prestación, o la prestación entera- en la tragaperras, alguno contaba historias acerca de sus buenos tiempos. Como no quería seguir estudiando, su padre, a través de una recomendación, le encontró un buen trabajo en una imprenta. Para vergüenza de su progenitor, que había tenido que pedir el favor -y luego dar la cara en la humillación-, duró poco. Empezó a llegar tarde y, después, a faltar días enteros con explicaciones cada vez más insostenibles. Como tenía dinero, las noches eran especialmente intensas y largas, tan largas que cuando cobraba a fin de mes, duraban varios días. Pero como era joven, bien parecido y lo suficientemente entrometido, pronto encontró trabajo. Era de comercial, y aunque a su padre le parecía un demérito, enseguida se dio cuenta de que era perfecto para sus aptitudes. De un lado para otro, conociendo gente siempre nueva y pudiendo frecuentar los bares a cualquier hora. Los impulsos iniciales le duraban poco y estuvo, por eso, en multitud de empresas. Pero siempre acababa por encontrar algo. Hasta que tuvo un golpe de suerte -al conocer un alma gemela y cómplice en las más extremas correrías que ocupaba un alto cargo- que le llevó a un puesto de especial responsabilidad. Con toda su caótica experiencia en el ramo comercial, acabó su periplo laboral siendo nombrado representante en exclusiva -y serlo en exclusiva en aquellos años era cierto a rajatabla, y una bicoca con la que hacer mucho dinero- para Extremadura y Andalucía de Playtex. En aquellos años fue toda una revolución y se vendían solos, solo con pronunciar la palabra Playtex. O más poéticamente expresado: el cruzado mágico. Sujetadores de construcción frontal en cruz para una sujeción perfecta. A su padre le abochornaba que su hijo, después de haberle educado y dado estudios, hubiera acabado vendiendo sujetadores. Pero como decían en el bar, “ganó un dineral”. Aunque de la misma manera que lo ganaba, lo gastaba.

Debieron ser unos años -o unos meses, no sé, lo que durara aquello- frenéticos e intensos, recorriendo aquellas ciudades y pueblos del sur y atendiendo pedidos que se multiplicaban y superponían. Hizo miles y miles de kilómetros en el coche, fumando Winston y escuchado cassettes de los Rolling o de Camilo Sesto a todo trapo con la ventanilla bajada, mientras la canícula abrasaba los campos amarillos de rastrojos que eran engullidos con una voracidad inacabable por esas carreteras de Dios. Tuvo varias novias a la vez, y a todas las agasajaba con un empalago que no llegaba a molestar, hasta que, invariablemente, se terminaba despidiendo a la francesa.

Las cosas iban bien, y fueron bien hasta que dejaron de ir bien. En uno de esos tratos, un gitano le hizo un pedido de diez mil sujetadores -el cruzado mágico realza el busto- para venderlos después, con la ayuda de sus innumerables primos, en los mercadillos de los pueblos y las ciudades del sur peninsular. Como no lo saben hacer de otra manera, le pagó en metálico, billete sobre billete, y ese fue el principio de su decadencia y el impulso final que precipitó su perdición. El descuadre de las cuentas ante la empresa era ya insostenible, y aunque él acusó al gitano de no haberle pagado, eran tantas las pifias y los pufos que fue dejando esos meses atrás en la empresa matriz, y que se fueron tapando y equilibrando con adelantos de mercancía y retrasos justificados en el pago, que terminó todo por saltar por los aires y no solo fue despedido -dejó de ser el representante en exclusiva para la zona sur de Playtex para siempre jamás-, sino denunciado y llevado a juicio. La declaración de insolvente le cuadraba a la perfección. Las citaciones llegaban a casa de su padre, que palidecía al abrir el casillero y ver en el sobre el amenazador membrete del Ministerio de Justicia, más de vergüenza que de rabia. Pero él, despreocupado e insensato, aceleró el ritmo de su dolce y desenfrenada vita.

Lo primero que hizo fue irse a vivir a la costa de Almería, alquilar un apartamento y comprarse un Mehari. En uno de esos garitos nocturnos que frecuentaba conoció a una chica delgada, bajita y morena, que no solo compartía adiciones con él, sino que le superaba con otras nuevas y más fascinantes. Esa misma noche se fue a vivir con él. Recorrían las playas más recónditas en su cuadrado descapotable de lata naranja, sintiendo todo el aire del mar, que no era suficiente para devolverles a la realidad, parapetados como estaban tras sus negras gafas, obnubilados, jóvenes, deliciosamente descentrados, con el pelo al viento, por aquellas carreteras que serpenteaban los áridos acantilados. Otras veces iban hacía el interior, en busca de pueblos que parecía que acababan de salir del calcolítico. Bandadas de chiquillos descalzos y semidesnudos corrían, en una algarabía de chillidos, detrás del coche naranja que no tenía techo, algunos, temerariamente, llegaban a tocarlo, hasta que aceleraba y se perdía en el desierto. Aunque las carreteras estaban asfaltadas, al atravesarlas levantaban unas polvaredas que, al posarse, las ocultaban en parte.

Era el verano de 1979 y duró aquel verano una vida entera, o más bien un segundo, justo el tiempo necesario para que brillara el chispazo de un fuego, una explosión incontrolada, la brevísima y fugaz ceremonia de una iluminación tan poderosa como efímera. Sin nuevos ingresos, sin normas, rodeados de jeringuillas y de ceniceros sin vaciar, y de una luz intensa y de un mar azulísimo, amándose de una manera caótica y desordenada, crispándose los nervios, abatiéndose en sus respectivos abismos, discutiendo interminablemente, asomándose a cada acantilado, aquello no podía acabar bien. Era una carrera desbocada y habían perdido las riendas, no había más que un ansia insatisfecha, la aplicación perfecta del manual que te enseñaba a elegir, sin otra opción ya, la autodestrucción como forma de vida. Y eran en esto unos artistas consumados. Una tarde de finales de septiembre, cuando él la encontró dormida sobre el sofá desde el que se veía, a través de la cristalera, el mar, supo que estaba muerta. Descansaba. Y no le dio pena. Sintió envidia.

El carrusel que no llevaba a ninguna parte continuó girando para él y le llevó por distintas ciudades de la costa en un periplo alucinado. Las luces de la noche seguían brillando aunque fuera de día. De vez en cuando recibía llamadas y cartas de su padre o de sus hermanos para que regresara a Madrid y se sentía entonces cansado, anulado, derrotado. Pero no podía parar ahora. Nunca había dejado una copa a medias. No sabía decir no, solo sabía decir más. De muchas pensiones le echaron y tuvo que dormir en la calle. Pero el sur es amable y en cualquier banco podía pasar sus resacas hasta que oía el más dulce de los sonidos posibles: el que hacen los cierres metálicos de los bares cuando los suben con ímpetu de madrugada para dar los primeros cafés. Los primeros chupitos.

Hasta que un día, cuando su padre acababa de entrar en la oficina un día como los otros, un día más, recibió una llamada. Le llamaban desde el hospital de Málaga. Su hijo. Tuvo que pedir permiso, coger el coche y hacer los seiscientos kilómetros en un estado de angustia y desesperación interminables. Cuando llegó no sabía si estaba aún vivo. Pero, aunque era inaudito e iba contra toda lógica, no solo médica sino del sentido común, sobrevivió, y al cabo de una semana, notablemente desmejorado, salía del hospital y regresaba, junto a su padre, a casa.

Si estoy imaginando, gracias a las escasas informaciones semifidedignas que tengo, todo esto que estoy contando, o acaso, directamente inventando, el viaje de seis horas de regreso a Madrid, escapa a mi imaginación o inventiva. Probablemente no se dirían nada, algunas palabras de cortesía, obviedades, silencios tan densos y aplastantes que apenas se podían soportar y caían sobre sus hombros con un peso real, físico. Él miraba por la ventanilla lateral, no de frente. Los campos pasaban más que rápidos, borrosos, absolutamente ajenos. Luego, le preguntaría a su padre si tenía un cigarro.

De vuelta a casa recuperó algo de peso y si no discutía con su padre era porque no coincidían. Moderó su vida disoluta porque no le quedó más remedio que adaptarla a las escasas posibilidades que le ofrecía el barrio. Además, su salud estaba seria e irreversiblemente dañada. Y los días se sucedían con una aparente normalidad, con una tranquilidad falsa, porque seguía latente el fracaso, la vergüenza y la desesperación, educadamente disimuladas. La madre disfrutaba con las comidas de los domingos en las que se reunían todos. Sus hermanos formaron adorables familias. A él le seguían pareciendo abominables esas comidas del domingo.

Cuando murió su padre lo único que le reconfortó fue saber que el tanatorio contaba con un espléndido bar. Luego, la vida le fue quitando cosas, como si le acosara. Él fingía indiferencia. Todo lo que pasó después creo que ya lo he contado, y ahora, muerta también la madre, cuando regresa a casa a altas horas, la encuentra vacía, solo su habitación permanece amueblada, en espera de que el comprador termine los trámites de los bancos y la notaría y él pueda abandonar para siempre esa casa familiar en la que solo estuvo a gusto cuando cogía la puerta y se iba.

Ya no se le ve por el barrio y la casa está cerrada. Nadie le echa de menos. Vivirá ahora en un pisito en una de esas ciudades que proliferan al otro lado de las radiales. Conocerá todos los bares cercanos y alguna noche tendrá que llamar a alguno de sus hermanos para que le lleven a urgencias. Su salud estará dando sus últimas boqueadas, exhaustos los órganos vitales de tantos excesos. Nunca salió a la calle sin ir bien vestido, a su manera ya pasada de moda. Impecable como un detestable caballero español. Mientras juega a las tragaperras en uno de esos bares cualquiera, le tocará la Parca en el hombro. Ya voy, le dirá, pero espera un momento, que me han salido unos avances.

Retrato en la basura (I)

I

La cualidad ambarina de la noche no tenía nada de mágica o evocadora. Esas calles estrechas y agobiantes, aledañas a la arteria principal, de las que no eran más que sus oscuras y poco transitadas traseras, recibían la escasa iluminación anaranjada de unas empobrecedoras luces de tan bajo consumo que parecían estar a punto de extinguirse. Casi había que ir palpando las sucias y despeluchadas paredes. Las aceras eran tan grises que sobre ellas no se distinguían las sombras. No quiero ni pensar en lo que iría adhiriéndose a las suelas de mis zapatos, hasta incrustarse de tal manera en ellas que se hicieran -y fueran- una misma cosa, mis zapatos y la acera, mi sombra y las sombras, la calle entera y yo mismo, convertido finalmente en algo así como una innecesaria, borrosa y mínima excrecencia de la ciudad abatida.

Muchas noches de tambaleantes pasos las atravesé a deshoras para llegar a casa, después de haber consumido otra malgastada jornada y demasiado alcohol, sombra entre las sombras, encorvada silueta orinando entre dos coches aparcados. Antes de incorporarme a la brillante vida nocturna de la calle principal, al lado de uno de los últimos portales, entre la basura, asomaba de una gran bolsa negra de plástico un cuadro pintado al óleo. Era un retrato que alguien -probablemente alguien de la familia, sus hijos tal vez, o nietos- había decidido -en un acto de liberación o de hartura- tirar, por fin, a la basura. Ahora dejaba ver el fino y recortado bigote del retratado, con un gesto de suficiencia, desinterés y un punto de asco, como si fuera capaz de oler la creciente e imparable descomposición de los heteróclitos deshechos de materia orgánica que le rodeaban. Nada hay más cierto que la implacabilidad del destino, pensaría. Aunque al hombre del retrato, a estas alturas, tampoco parecía importarle demasiado. Bañado en la escasa luz sucia de la calle, lo observaba todo -vecinos paseando al perro, parejas que iban al McDonald’s más cercano, borrachos de regreso a casa- con el mismo gesto que observó durante tantos años el insoportable salón de lo que fue su casa, a su amada familia.

Pude llegar por pura inercia a casa. Al meterme en la cama pensé que la rutina me había devorado definitivamente y que ya no quedaba más de mí que la silueta imprecisa de un tipo meando entre dos coches. Tuve uno o dos sueños aceptables, lo suficientemente extraños como para calmar los acelerados latidos de mis sienes provocados por el exceso -innecesario, pero recurrente- de alcohol. Creó que dormí algo. Al cabo de unas horas, para mi desazón, volvió a amanecer.

Debía ser temprano -aunque eso es algo siempre relativo en una ciudad insomne como ésta- cuando estaba otra vez en la calle, un poco a la deriva, sin otro oficio que el de saludar sin ganas a ese nuevo día que se intuía entre las azoteas y las antenas de televisión. Ver los gorriones posados en los quicios de las ventanas o dando saltitos en el asfalto, ni siquiera me alegraba la mañana. Ni tampoco las palomas. Pero era suficiente -otro regalo inaceptable- andar de nuevo sobre esas sucias aceras. Era la única manera de acariciar la ciudad, de poder palparla, sus calles, sus edificios, sus esquinas, cada elemento colocado, algo así como la vida que tenemos ahora, tocada de la única manera posible, con los pies, con las suelas de los zapatos, en un acto de amor y de entrega que se sigue manifestando, a su pesar, a cada paso. Y yo daba bastantes, recorriéndola sin prisa y sin dirección. Viejos amigos.

En una de esas calles grises y en la que parece que las azoteas de los pisos enfrentados van a juntarse por momentos, me crucé con un joven que vive en la calle desde hace un tiempo, uno de los que han llegado del gastado corazón de la Europa más antigua e inextinguible, siempre expulsados, desde hace siglos, de todos los sitios donde han estado, y ahora aquí recogen chatarra, papel y cartones entre la basura acumulada de los contenedores y nuestros excesos. Caminaba erguido y sonriente, con una ropa estrafalaria pero cómoda, sucia del uso, que tenía el aspecto de no haberse quitado en meses ni para dormir, unos pantalones que dejaban ver sus tobillos un tanto desaseados y un gorrito de lana roja sobrepuesto en la coronilla culminaban inesperadamente su estilismo. En una mano sostenía una lata de una de esas bebidas energéticas baratas, mientras sujetaba bajo el otro brazo el retrato que vi la noche anterior en la basura. La mirada, ahora tendida y horizontal, del señor retratado al óleo por alguien que, aunque se dedicara a la pintura, bien sabía Dios que no tenía talento para ello, permanecía imperturbable, ajena, como si fuera lo mismo contemplar las miserias familiares y las escenas anodinas y desesperantes que tuvo que soportar -sin siquiera poder parpadear- desde del mirador privilegiado de la pared principal del salón de lo que fue su casa, que la gente que pasaba ahora por la acera esa mañana, aunque lo tuviera que hacer de soslayo y sin poder girar el cuello.

¿Dónde iría con el cuadro? ¿Qué pensaría que le iban a dar por él? Cuando lo rescató de la basura, antes de que llegara el camión para triturarlo de una vez, lo sostuvo con los dos brazos extendidos y se quedó un rato mirándolo. Se miraron los dos. Sonrieron. Fue entonces cuando decidió llevárselo. No valía para nada. Era absurdo. Pero le gustaba mirarlo. Debía ser alguien importante, pensaba. Era su día de suerte. Ninguno de sus compañeros en la rebusca había conseguido una cosa así. Un cuadro al óleo, un retrato de un señor importante. Aunque su mirada fuera de una displicencia irritante.

Esa noche bebí menos y no tuve que pararme a orinar, aunque casi no llegué a casa. Otra vez calculé mal. Dormí a trozos. Y volví a madrugar para nada, expulsado del océano revuelto de las sábanas y de la tranquilidad cómplice de las almohadas, purgando así los múltiples pecados de omisión e inacción que atormentaban mi alma y que calmaba bebiendo de nuevo algo en ayunas. En uno de los bancos de un esquinazo ajardinado entre la calle principal y una de sus calles adyacentes dormía el joven del cuadro, con un hatillo de bolsas en el suelo, un cartón de vino y el cuadro a sus pies, en el otro extremo del banco, presidiendo la escena y dándole cierto aire de prestancia alucinada.

La ciudad recuperaba así su condición de complejo, banal y sucesivo decorado. Escenario inacabado e inacabable, levantado y caído, deteriorado y brillante. Ese cuadro apoyado sobre el brazo de hierro del banco, siendo tan falso, estando tan fuera de sitio, convertía al pequeño jardín esquinado, si no en el centro absurdo de la ciudad, sí, al menos, en el rincón más delicadamente extravagante del barrio. Y eso que había muchos, inadvertidos y silenciosos. O al menos, a mí me lo parecían.

A última hora de la tarde, antes de que la luz del día se terminara de ensuciar y declinara en un crepúsculo robado por la mole sucesiva de los edificios, al pasar por ese esquinazo viverísticamente ajardinado volví a ver el cuadro y volví a ver al joven que lo rescató de la basura, que discutía con un hombre bien peinado, vestido de negro con ropas impolutas y demasiado antiguas, y con el que coincidía a menudo, aun sin haber hablado nunca con él, en los bares del barrio, en los peores y más abyectos tugurios que aún sobrevivían a las malhadadas y detestables franquicias. Hablaban acaloradamente mientras, de manera alterna, señalaban al cuadro, objeto, parecía ser, de la disputa. Era como si le recriminara al joven, no solo que lo tuviera expuesto en la calle, sino que lo considerara de su propiedad, como si el azaroso hecho de que lo encontrara tirado en la basura le diera derecho a algo sobre él. El joven que vivía en la calle y recogía chatarra, cartones y papel, evidentemente, pensaba lo contrario. No había robado nada, alguien lo había tirado a la basura y él lo había cogido. Nadie lo quería. Era suyo ahora. Así que podía irse y dejarle en paz. No sé en qué terminaría aquello. Tampoco me importaba mucho. Ni siquiera me detuve y seguí de largo.

Esa noche, durante el obnubilado regreso a casa, me crucé en esa calle despeluchada y oscura con el hombre que discutía, hacía unas horas, por el cuadro. Tenía una mirada ausente, como si la hubiera perdido hacía siglos. Después de unos pasos, me detuve y me di la vuelta. El hombre se alejaba cansino por la acera hasta que se detuvo, sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta del portal para subir a casa. El mismo portal en donde la otra noche, junto a la basura, estaba el cuadro, que él dejaría allí como el que se quita un enorme e intangible peso de encima.

Atraviesa un coche la noche

Atraviesa un coche la noche de regreso a casa. Como si no fuera suya ni la noche ni la casa. El ruido del coche que pasa permanece unos segundos hasta que se extingue. Ha pasado, se ha ido. Y ese ruido está ya fuera del tiempo, como los otros ruidos de los otros coches que pasaron en la noche, otras noches en otros años ya lejanos. Las noches y los años se han ido, pero no el ruido de los coches pasar de noche. Ese ruido permanece cada noche. Como si fuera el mismo cada noche, el mismo coche, el mismo ruido al pasar, la misma noche. Acaso sean los mismos, los mismos ruidos, el mismo coche, la misma noche. Alguien viaja -llega o se marcha, pasa en fin- dentro de ese coche, una noche, por ejemplo, de 1979, o esta misma noche, débilmente iluminado en medio de la oscuridad de la noche. Se le oye acercarse veloz, pasar y alejarse, dejando ese resto de ruido del motor extinguiéndose, sonora ráfaga fugaz que termina por debilitarse, como si dejara después, como un regalo, el silencio de la noche, un regalo ya abierto, roto, pero entregado. La noche no era suya, ni la casa. Acaso tampoco él se perteneciera a sí mismo. Débilmente iluminado. En esa casa alguien en la cama abre los ojos en la oscuridad y escucha los ruidos de la noche, oye un coche pasar -alejarse- en la noche, rompiendo el silencio de la noche, para volver a dejarlo recuperado, tan nítido y doloroso, casi perfecto, como un regalo roto. El ruido del coche se ha desvanecido como un eco lejano que disminuye y se extingue hasta que desaparece. Han pasado los años -1979 está muy lejos ya-, pero cuando alguien oye, en esa casa que dejó de ser suya, pasar un coche en la noche, cree que regresa. Pero pasa, hasta que se extingue, sin acabar de hacerlo nunca.

La luz del albedrío (y VIII)

VIII

Todo lo que fue viniendo después, como todo lo que hay ahora, carece de importancia. Solo tenía un empeño entonces: no volver la vista atrás. Tenía ante mí las tierras del sur y luego otras tierras y después el mar. Era suficiente. Y lo que quería. Había sido muy doloroso partir y dejarle, nunca pensé que lo fuera tanto, pero esa decisión -ese impulso más bien- me permitía satisfacer el anhelo de escapar, esa inercia imparable e interminable que me expulsaba siempre de los sitios en donde había encontrado algo de paz, algo así como un refugio. ¿De qué estaba huyendo?

Tuve que abandonar esa vida montaraz, casi salvaje, asocial hasta extremos que desconocía, y adaptarme a la vida de los pueblos y las ciudades, aprender a tratar con otras personas a diario, a compartir con desconocidos la rutina de sobrevivir, a buscar los más variopintos trabajos y a defenderme como solo saben defenderse las mujeres solas. Más huraña que enigmática, era tratada, aunque lo era, pero también aunque no lo fuera, como una extranjera. Hasta que no conseguí los primeros trabajos -limpiar, cocinar, coser, trabajar en granjas o en el campo- caminaba a pie de un pueblo a otro, de una ciudad a otra, siempre más al sur. Solo cuando conseguí reunir algo de dinero pude transportarme por otros medios. Y los paisajes se sucedían cada vez a mayor velocidad, desvaneciéndose casi, tan fugaces como irreales. Apenas había por estas latitudes del sur montañas, y la vegetación era arisca y escasa. Pero esa nitidez y explicitud del azul de esos cielos pareciera que se encargara de borrar el pasado, de diluir mis recuerdos, de anularlos, iluminándolos en los plomizos y oscuros recovecos de mi mente hasta hacerlos desaparecer. Aunque también asomaban, de vez en cuando, nubes que me distraían y llevaban a otro sitio.

Recuerdo apenas estos días, estos años de huida hacia el sur, difuminados, sin aristas, repetidos e intercambiables, tan anodinos como sobrantes. Y sin embargo, más a menudo de lo que yo hubiera querido, aún me seguían asaltando los ecos de aquellos otros que pretendía olvidar. A veces me acordaba de él, afanándose en su rincón o perdido en los bosques en busca de caza, sentado cuando acababa el día a la puerta de la casa de piedra contemplando con parsimonia -y aburrimiento tal vez- las espléndidas llanuras que se perdían a lo lejos, y, acaso, escarbando en lo más profundo de su corazón cuarteado, se pudiera encontrar el atisbo de una esperanza insensata e imposible: la de verme un día, esa misma tarde, regresar. Pero enseguida se desvanecería esa idea. Otra tarde más. Y se haría de noche.

Yo continuaba alejándome aún más al sur, persiguiendo la línea del horizonte que, con cada paso, se alejaba más y más. Pero al hacerlo, un soplo de libertad aliviaba mi alma, y ese soplo era lo que me mantenía con vida. Trabajé en granjas ordeñando ovejas, limpiando establos, cuidando enfermos, recolectando los diversos cultivos que daban las vegas. En algunas, apenas duraba un par de días, en otras, estuve meses. Pero siempre, al final, pedía lo que me debían por mi trabajo y me marchaba. No era fácil para nadie en esos tiempos trabajar y vivir con un mínimo de dignidad. La escasez y las sacudidas de la guerra lo hacían todo un poco más difícil, como si eso justificara la esclavitud, la pobreza y la humillación. Pero para una mujer lo era mucho más, indeciblemente más.

Pero ya he dicho que todo esto, todo lo que fue sucediendo durante estos últimos años de obstinada marcha hacia el sur, carece de importancia. Y apenas los recuerdo con la intensidad suficiente como para poder rescatar algo de ellos. En las épocas de cosecha no me era difícil encontrar trabajo, establecer algo así como cierta camaradería con los compañeros y ahorrar algo de dinero. Estuve varias campañas recogiendo fruta -ciruelas, melocotones, albaricoques- en las feraces vegas de los ríos del sur, y cuando terminaba el verano, a las pocas semanas, empezábamos con la vendimia. Nos desplazábamos en cuadrillas de un lugar a otro en un radio de pocos kilómetros y yo procuraba que estas fincas estuvieran cada vez más al sur. Los inviernos aquellos los pasé cogiendo aceituna. Pero también trabajé en factorías de hilaturas, y de conservas, de cocinera en más de una venta, de criada en alguna casa señorial. Nunca faltaron los acosos y los intentos de abusos, pero de manera obcecada, brusca y terminante, pude atajarlos, aunque tuviera que marcharme y perder mi paga del mes o la de varios meses. Pero tuve suerte. Algunas mujeres con las que coincidía en estos trabajos, cuando las mirabas, bajaban los ojos. Otras mantenían la mirada altiva y desafiante, como si estuvieran jugando a un juego en el que sabían que al final ganarían, aunque perdieran, o que al final perderían, aunque ganaran. Supongo que siempre ha sido, de una manera o de otra, así. Y tal vez nunca cambie. Y yo a eso no quería acostumbrarme. Si alguien se atreviera a mirarme a los ojos, tendría que encontrar siempre en ellos la llama, bien viva, de la dignidad.

Aunque prefería trabajar en el campo. Era duro, extenuante. Pero al final del día me gustaba descansar al aire libre, en cualquier banco de los barracones, o en el mismo suelo, y perderme en mis ensoñaciones, en mis nuevas ideas acerca de las nuevas posibilidades de seguir escapando cuando terminara la campaña, mientras las luces de la tarde se iban suavísimamente extinguiendo y la noche cerraba la página del día. Me gustaba hablar con mis compañeros, jornaleros sin tierra que no tenían más remedio que aprovechar lo que se les daba y vivir el resto del año a salto de mata. El cansancio y la camaradería en el esfuerzo ayudaban a establecer unos vínculos de sinceridad innecesaria, pero tan agradable como reparadora. Hablábamos hasta que empezaban a brillar, magníficas y lejanísimas, las estrellas.

En una de estas conversaciones nocturnas uno de ellos habló de las tierras al otro lado del mar, de aquel país inmenso donde las posibilidades eran reales y no trampas o callejones sin salida. El viaje era muy costoso, se necesitaban demasiados permisos y el barco tardaba semanas en llegar. Luego allí, si no conocías a nadie ni sabías el idioma, era peor que empezar de cero. Pero aun así, con todo, sería mejor que esto. Era mejor que esto. Yo no presté mucha atención a lo que decía, pero por la noche, tratando de conciliar el sueño, la idea, absurda pero absorbente, de esas tierras al otro lado del mar, empezó a martillear y repetirse en mi cabeza alejando cualquier posibilidad dormir algo.

Ahora escribo, bajo la luz amarilla de una lámpara raquítica, en la habitación de una pensión de la última ciudad, marítima y portuaria, de estos territorios meridionales. Cuando cesa el estruendo de las grúas puedo oír el chillido de las gaviotas y un olor intenso a tripas de pescado asciende por los callejones que rodean el descascarillado edificio en el que me encuentro, esperando la salida de mi barco. Mañana zarpo. Después de semanas de trámites y papeleos absurdos -nunca llegué a imaginar que fuera alguien, que mi nombre estuviera en tantos registros y que hubiera que volver a escribirlo en tantos papeles- y gastando todo el dinero que tenía en comprar el pasaje, paso aquí mi última noche. Desvelada, escribo estas páginas que, si en un inicio tenían sentido y contaban algo, ahora siento que han perdido toda la fuerza, que se desintegran casi en una reiteración innecesaria, sin conclusión alguna, que esperan terminar pronto -dejaré de escribir y no sabré qué hacer con estas hojas-, y acabar en cuanto amanezca y las primeras luces ensucien el cielo del puerto y pueda volver a ver las aguas oscuras moverse encajonadas en los muelles.

Tal vez al otro lado del mundo pueda encontrar algo de armonía, que se calme un día este impulso, esta agónica contradicción. Al menos allí, si no lo consigo, habré desterrado los paisajes del pasado, estos escenarios asfixiantes, mi vida de antes, habré disuelto para siempre la silueta omnipresente de las montañas azules, el eco insistente de aquel disparo, el gesto de girar el pomo de la puerta de la habitación. Aún no ha amanecido, pero no tardará en hacerlo, no queda mucho. Tengo que dejar de escribir, ya hay casi más luz fuera que la que vomita esta ridícula lámpara que me ha acompañado en esta noche tan larga. No llevaré apenas equipaje. Un resto de dignidad indestructible, la lucecita del albedrío al fondo del corazón, la imagen de mi padre desplomándose sobre el suelo delante de nuestra casa, su cuerpo exánime, su camisa blanca, el brillo apagado de unos pendientes, los salmos que no leí de aquel libro ahogado de oraciones, los cielos de las noches llenos de estrellas, su cuerpo arañado por las zarzas, su hombro en el que me gustaba apoyar la cabeza mientras cantaba musitando esa canción que hablaba de una muchacha de ojos tristes, y poco más. Mi obcecación.

Esta tarde, antes de sentarme a escribir, salí de la pensión, caminé por el puerto y me alejé más allá de los malecones. Fuera ya de la ciudad, subí hasta unos acantilados. Allí estuve, viendo el mar golpearse contra las rocas, hasta que cayó la tarde. Espumaban obstinadas, se rompían y volvían a hacerlo con un ímpetu distinto, siempre nuevo. Pensé en que hay olas que prefieren las rocas a la playa. También pensé que las rocas no pueden elegir. Pero, ¿acaso eligen las olas que prefieren las rocas a la playa?

La luz del albedrío (VII)

VII

No estaban aún nuestras ropas secas del todo cuando amaneció. Procurando no hacer ruido esperamos a que pasara la patrulla para que, cuando estuviera lo suficientemente lejos, salir de aquel agujero y alejarnos, tan rápido como nos lo permitieran nuestras fuerzas, de la orilla, de los controles, de los soldados, del pasado entero -si eso fuera posible-, de nuestro país para siempre abandonado. Íbamos, en este último tramo de nuestro viaje, despojados de todo peso o atadura, sin caballo y sin nada, todo dejado atrás o perdido, como un sacrificio o una dádiva que tuvimos que entregar a un dios cruel y arbitrario -o que él mismo nos arrancó- para que los nuevos días bajo estos nuevos cielos nos fueran más propicios. Los campos se nos abrían con una amplitud que dolía y que llegaba hasta el recortado horizonte azul de las montañas del sur; el sol lo iluminaba todo con una nitidez de joya. Estábamos exhaustos y sucios, pero conservábamos una secreta belleza, un resto de elegancia acaso que yo sentía en cada gesto, en cada esfuerzo, en cada paso, en cada parada para recuperar el resuello, como si, al fin, hubiéramos ganado algo o a alguien. Estar al otro lado no podía ser igual que estar allí, en la orilla del mal y del pasado.

Y encontrábamos siempre fuerzas para seguir y buscar algo -lo que fuera- para comer, robando en las huertas, cogiendo frutos silvestres del campo o intentando cazar algún animal desprevenido o demasiado confiado. Fueron días de despreocupación y largas y espaciadas conversaciones que nos hacían ralentizar nuestra perezosa marcha. Pero no nos importaba, ahora no teníamos prisa. Los días eran regalos y, aunque el futuro seguía al acecho, él sonreía y yo también sonreía. Él parecía confiar ahora en el futuro. Decía que estaba cansado, pero no de un cansancio físico, sino que era como el cansancio definitivo de aquel que se ha dejado la vida en un empeño que se prolongó durante años y que -daba igual que hubiera resultado, como resultó finalmente, baldío o no- le dejó seco, exprimido, vacío, y era tiempo de parar y buscar un lugar en el que vivir y desterrar para siempre ese interminable periplo nómada por las más escarpadas aristas de la vida. “Tenemos que buscar un lugar, tiene que haber un lugar para nosotros”, repetía. “No es pedir mucho”. Y miraba las montañas azules del sur, hacia las que nos dirigíamos. Yo las veía como si fueran tan solo un obstáculo y hubiera que traspasarlo para seguir aún más al sur. O lo que era peor, las veía como un reflejo exacto, en un endemoniado espejo, de las montañas del norte de las que pretendíamos huir para siempre.

Intentaba abrirle mi corazón también, o al menos su parte visible. Al caminar a pie, la posibilidad de conversar era mayor, más peligrosa. “Cuando encontremos ese lugar será como si todo hubiera terminado”, le dije sin pretender ser enigmática. Pero él, luego lo supe, lo que pretendía era eso, terminar, vivir y ver la vida pasar desde una tranquila atalaya, desaparecer del mundo y que el mundo le dejara en paz. A mí me daba miedo y pena que pensara así. Atravesábamos bosques, elegíamos los caminos en los cruces, a veces nos equivocábamos, saltábamos los arroyos, parábamos a descansar en cualquier sombra. Las montañas se iban, con parsimonia, acercando, como un decorado que se moviera a pasitos para no ser sorprendido en esa ridícula trampa de su aparente inmovilidad. “Y cuando encontremos ese lugar, construiremos una casa”. Por primera vez deseé que esas montañas se alejaran.

Pasaron los días y nos vimos entonces subiendo las primeras y más suaves laderas. Acostumbrados a vivir en las más agrestes cimas de las montañas del norte, aquello nos pareció más fácil, sin las tajadas gargantas ni los precipitantes desfiladeros, y, sobre todo, sin las obstinadas y pertinaces cuadrillas de soldados que perseguían jadeantes, de día y de noche, a los rebeldes. Ahora teníamos casi la sensación de estar de excursión. Al llegar a la cima, después de dos días de ascendentes caminatas, dimos con un portillo que nos dejaría en la ladera sur. Allí hicimos noche. Nuevas llanuras, como de terciopelo, se extendían hasta perderse. La línea del horizonte se desvanecía hasta dejar de existir, apenas una difuminada confusión del cielo y la tierra. No teníamos nada, así que nos acurrucamos. “Me gusta ver las luces que brillan tan débiles a lo lejos, imaginar quién vive allá”, su voz era más grave ahora. “Creo que el lugar -y el tiempo- está cerca. En esta ladera más amable, que mira al sur, tan lejos ya de todo, tiene que estar ese lugar, un lugar en donde posarse por fin y empezar de nuevo”. Yo no quería posarme, pero no dije nada y me sentí culpable. Tal vez, por eso, lo que le dije fue esto: “Solo, cuando algunas noches, apoyo la cabeza en tu hombro, me puedo tranquilizar, puedo incluso hacerme la ilusión de que soy feliz, o de que puedo llegar a serlo”. Estaba tan oscuro ya que no pude verle sonreír. Pero al cabo de un rato empezó a musitar algo, algo así como música, una canción. Nunca le había oído cantar.

Oh, ¿quién de ellos cree que podría enterrarte?
¿Quién de ellos cree que podría llevarte?
¿Quién de ellos pudo pensar que podría adivinarte?

Luego calló. Y el silencio cayó sobre el mundo. Era tan hermoso no oír nada. Como si ese silencio hubiera estado guardado durante siglos en un estuche y ahora, alguien, lo hubiera abierto. Y se derramaba bajo las estrellas. Apoyé la cabeza en su hombro. Yo miraba también entonces las lucecitas a lo lejos. Pero no imaginaba nada.

Al día siguiente, a última hora de la tarde, antes de que las luces envolvieran la montaña en una gasa malva, dimos, a mitad de descenso, aún lejos de las primeras poblaciones que se refugiaban a su falda, con una pequeña vaguada, una llanada resguardada de la furia de los vientos y acotada al oeste por un arroyo. Él la observó, calibrando su extensión, su alejamiento suficiente, sus difíciles accesos, el agua cercana, los bosques que la rodeaban, y en definitiva, la posibilidad de asentarse e intentar vivir fuera del mundo, lejos del pasado. Yo miraba aquel rincón de la sierra y me parecía ver el lugar en el que mi padre construyó nuestra casa. Era como una repetición. Sentí una inesperada sensación de desagrado. Pasamos allí la noche y a la mañana siguiente empezamos a trazar con unas recias ramas de roble las líneas -un rectángulo nada más- de los toscos y breves cimientos sobre el suelo aún húmedo de rocío. Él trabajaba feliz, con un entusiasmo completamente nuevo, porque sabía que si su vida no había encontrado aún el sentido, sí había encontrado el lugar, un sitio desde donde poder encontrarlo. O perderlo definitivamente. Pero su viaje se había detenido en ese punto del espacio. Yo le ayudaba con el mismo entusiasmo. Y no era fingido. Esos días de dura excavación de las zanjas -sin herramientas- sobre las que asentar las primeras piedras a modo de bastos cimientos de los muros de la casa, de ajetreo de más piedras para levantarla, de tala de árboles para desbastar las vigas que soportarían y conformarían el tejado, y de ardua y lenta y tosca construcción de los muros, fueron días felices. Acaso los más felices de mi existencia. Por la noche, exhaustos, contemplábamos las lucecitas que guiñaban escasas en la lejanía, para después caer derrumbados y mirar las estrellas. Y empezaba a roncar débilmente mientras yo seguía mirándolas con los ojos demasiado abiertos.

Fue un trabajo de meses. Lentamente aquello -aquel rectángulo vacío, aquellos montones de piedras- fue adquiriendo el aspecto de una construcción y, un buen día, delineadas la puerta y las ventanas, cruzadas las vigas de madera sobre el techo, se nos apareció, por fin, erguida, como nuestra casa. Las piedras, elegidas unas, rechazadas muchas otras más, habían ido encajando, sin necesidad de ningún tipo de argamasa -de la que carecíamos-, pero sólidas y seguras como para resistir los embates de la intemperie y mantenerse en pie durante muchos, muchos años. Todo, nuestras vidas, nuestro pasado y nuestro futuro, cada una de las piedras que levantaron los muros de nuestra casa, iba encajando. El resto, como un mal sueño, lo habíamos desechado. Todo crecía y se armonizaba, pero, al tiempo, y cada vez con más insistencia e inevitabilidad, anticipaba algo que me aterraba: la finalización, el acabamiento, todo ya pleno, completo y dispuesto para qué, ese posarse por fin del que habló. No quería que llegara ese momento. Cuando todo encaja, acaba.

Cuando la vimos terminada, tan humilde, tan básica, casi solo un cuarto de piedra para guardar los aperos o las pacas para el ganado como tantos otros, ya abandonados, que había por los contornos, tan parecido a ellos, tuvimos la sensación de que no la habíamos construido nosotros, de que, aunque parecía nueva, reciente, había surgido sola, de la propia tierra, que todo, las maderas, las piedras, se habían agrupado -y ordenado precisamente– solas. Todo había encajado. Nos abrazamos de felicidad y cansancio y lamentamos no haber tenido una botella de vino con la que brindar, con la que beber hasta aturdirnos.

Vivimos después días duros de supervivencia y acomodo al nuevo entorno, pasamos hambre y necesidades de todo tipo -a lo que estábamos demasiado acostumbrados-, nada más alejado de la falsa y arcádica vida en las montañas como la propia vida en las montañas, pero los recuerdo con emoción y siento que fueron días felices. Las estaciones se sucedían y cada día presentaba escasas dádivas y mayores afanes, pero los recibíamos y acometíamos -regalos y heridas- con una entregada convicción. Nos hicimos, intercambiando caza y pieles, con unas cabras, teníamos leche, queso, también gallinas, y la huerta empezaba a alumbrar las primeras coles. Pronto llegaría la primavera. Otra vez.

Una mañana levemente radiante, tan perfumada y limpia que parecía que no había habido invierno, recogí mis cosas y me vestí para irme. Pensó que bajaba al pueblo a algún asunto. Pero cuando le dije que me marchaba, supo que me iba de verdad y para siempre. Su cara no fue de sorpresa, sino de hundimiento. Intenté explicarle los motivos, aunque los dos sabíamos que no era necesario, que no había explicaciones ni reproches que aplacaran lo que sentíamos y que no podía haber impedimentos o súplicas ante lo que nace sin premeditación, puro, imparable, horriblemente necesario. No podía entrar en el juego de los argumentos razonables porque no encontraba -ni tenía- ninguno, allí estaba perdida y me hundía como si faltara el suelo sobre mis pies. No podía seguir atrapada en ese refugio. Ya no sabía si ese impulso de seguir, buscar y no parar nunca, era una condición propia, asumida e inevitable, o simplemente una condena que me obligaba a ser libre, como si aún tuviera, así, de esa manera, que seguir pagando ese precio por algo. “No sé si me conoces”, le dije. Él estaba sentado en el poyo de la puerta, con la espalda apoyada contra la pared, mirando las llanuras recién amanecidas. Le dije que era probable que algo de esto hubiera intuido, y que, durante estos meses, hubiera preferido seguir engañándose. Pero esta ficción tan agradable no podía durar mucho. Le dije que empezaba a sentirme como me sentía en la aldea de las mujeres. Empezaba a ahogarme. Dije también muchas más frases confusas, sin terminar. Ni yo misma era capaz de explicármelo con una claridad plausible y suficiente. “Esta casa, tú…”, continué cada vez más catastróficamente, “…es un buen lugar para ti”. No quería -ni podía- hablar más. No quería que pareciera que me estaba disculpando. “Puede que no lo entiendas nunca”. Era como si yo y el mundo, yo y la realidad, fueran cosas tan distintas y alejadas que me resultaba imposible asumirlas como eran, no podía mi corazón -y menos mi alma- soportar el poder absoluto y odioso del mundo y de las cosas, la zafia presencia de la realidad. Y contra eso, a pesar de tener -ya de antemano- la batalla perdida, tenía que seguir, obstinadamente, luchando. Perdiendo.

Ni siquiera le di la oportunidad de que abandonara la casa y me acompañara en mi nueva huida hacia ningún sitio. Tendría que dejar su lugar. Y me daba miedo de que si se lo hubiera planteado, hubiera aceptado. Miedo por él. Y no le dije nada. Él tampoco hizo nada por impedírmelo. Creo que nos conocíamos. Tampoco nos despedimos, ni nos abrazamos. Él se quedó allí sentado y yo bajé por el sendero que llevaba hasta el primer poblado en la falda de la montaña. No recuerdo haber llorado en toda mi vida, y tuve motivos para hacerlo muchas veces, pero estaba seca por dentro, como arrancada de cuajo y viviendo una vida prestada, falsa, hueca, implacable. Bajando ese sendero, en esa mañana de primavera, lloré, lloré durante varios kilómetros mientras me alejaba, como si algo por dentro, que creía duro, pétreo, insensible, irrompible, se hubiera quebrado inesperadamente con la fragilidad de un pétalo seco. Él no sabría nunca que había llorado.

La luz del albedrío (VI)

VI

Y partimos.

Recuerdo aquellas semanas como un anticipo de la felicidad que todavía no he encontrado. Abandonamos las montañas, y caminar por los nítidos senderos de las llanuras nos producía una sensación extraña, cercana al vértigo. A menudo elegíamos continuar campo a través para sentirnos algo más seguros. De noche por los caminos, de día por los jarales. Los campos de cereal eran azules como el mar. Ondulaban exactos. A menudo nos cruzábamos con otros refugiados o fugitivos que, al pasar junto a nosotros, parecían ponernos un espejo en el que nos veíamos reflejados: exiliados, polvorientos y expelidos a la fuerza. Eran tiempos de guerra y, en cualquier momento, las patrullas pasaban por los caminos levantando nubes de polvo que tardaban una eternidad en volver a posarse y desparecer, provocando miradas de inquietud, ya ni siquiera de odio. Todo lo observábamos con los ojos de un niño fuerte e indefenso. Fueron días extraños, de luz nueva, como si se hubiera descorrido de pronto una cortina, por fin navegando con un rumbo preciso sobre las casi oceánicas extensiones de la llanura tantos años contemplada desde las cimas como un mundo irreal, un decorado lejano, casi un espejismo obstinado. Ahora nosotros formábamos parte de él.

Fueron también días tranquilos, a pesar de estar tan expuestos, que recuerdo envueltos en esa luz nueva, tamizada y polvorienta, tan distinta a la acerada nitidez de las montañas, a sus inesperadas y tremebundas tormentas, cabalgando serenos por fin, sorprendidos por las migajas de paz que encontrábamos a cada paso -animales pastando, tierras cultivadas- al atravesar el país ocupado. Él, a pesar del cansancio -un cansancio que parecía acumular desde hacía siglos-, vivía aferrado a ese diminuto clavo ardiendo de la esperanza de encontrar un lugar mejor, de vivir en un tiempo distinto, y, durante esas semanas, creí llegar a conocerle, heroico, roto, pero capaz de continuar -aunque le faltara la consecución, no le faltaría nunca ni el esfuerzo ni el ánimo- en busca de lo que no tuvo nunca y anhelaba -más como sueño acaso que como realidad alcanzable-, mejor de lo que él pudo llegar a conocerme a mí. Al llegar la noche, recorridas las necesarias leguas en nuestro camino hacia el sur, por senderos polvorientos o por agrestes desmontes de lavanda y retamas, dormíamos al raso juntos, bajo las mismas estrellas.

Todo fue bien hasta que se torcieron las cosas. De una manera ridícula, cayó desde una roca al intentar cazar una liebre y se dislocó una rodilla. Tuvimos que permanecer inmóviles durante un tiempo indeterminado, aún más expuestos y, lo que era peor, retrasando nuestro objetivo ineludible de llegar cuanto antes hasta el gran río e intentar cruzarlo. La desesperación se quedó a vivir entre nosotros esos días tan largos, interminables. Yo me encargaba de todo. Y cuando pudo moverse algo, fui yo quien llevó el caballo mientras él se agarraba a mi cintura, con la escasa compostura de un fardo doliente. Pero tuvimos suerte, o la casualidad nos permitió tenerla. La llanura se nos seguía mostrando amable y las patrullas del ejército parecían más ocupadas en hacerse ver -innecesariamente marciales y veloces- que en buscar a posibles fugitivos. Nosotros, ahora heridos, no éramos más que una minúscula parte de ese batallón de exiliados del mundo que vagaba o huía en busca de un sitio mejor, si éste existiera o nos permitiera la entrada. Más despacio, aproximadamente erguidos sobre nuestra noble cabalgadura, seguíamos rumbo al sur.

Le conocí mejor en la desesperación y en el mutismo en el que cayó. Su historia, aunque larga, carecía de interés, a pesar de ser una vida de lucha y sacrificio, empeñada en mantener la llama de la rebeldía y la libertad, que con los años se fue apagando hasta extinguirse por completo. Pero cuando le miraba a los ojos, aún podía ver un reflejo inextinguido de ese fuego. Yo le hablaba por las noches e intentaba que mis palabras, a menudo inconexas, que torpemente querían explicar lo que sentía, le llevaran a otro sitio, que fueran una especie de bálsamo que aliviara sus magulladuras y rompiera su obcecación por ese silencio con el que se hería. Le hablaba de mis anhelos, de nuestra vida nueva allá, en las montañas del sur, cuando llegáramos, de tiempos más amables, y, al hacerlo, me sorprendía a mí misma con frases e ideas que creía no tener -que no parecían ser mías- y que no sabía de dónde sacaba, ni si eran ciertas o no. Hablaba en la noche reciente y él me escuchaba, creo que agradecido, aliviándose tal vez, con esa arrastrada salmodia sin respuesta, de su desamparo, hasta que las frases se distanciaban, desaparecían, llegaba el silencio e intentábamos entonces abrazar alguna brizna de sueño, el otro cuerpo cercano.

Pero pasaron los días y pudimos salir por fin de ese empantanamiento y proseguir nuestro viaje hasta la frontera. Cómo iríamos a traspasarla era algo que no habíamos ni siquiera pensado, un problema, como tantos otros que nos esperaban, irresoluble. Hacerlo a través de uno de los puentes controlados por el ejército era imposible -casi un suicidio en nuestro caso- si no tenías los papeles en regla. Tendríamos que atravesar el río a nado, de noche, o en una barca, aprovechando algún desajuste en el paso de las patrullas de guardia que vigilaban sin descanso ambas orillas. Confiábamos que en ese momento la suerte no nos fuera esquiva, que, aunque no nos fuera propicia, mirara esa noche hacia otro lado. Ya iba quedando menos. Menos para todo.

Presentíamos ya las rumorosas alamedas y no nos quedó más remedio que aminorar aún más la marcha, al tiempo que extremábamos las precauciones. Nos adentrábamos en una franja de territorio más vigilado. Pero no teníamos miedo porque ya no podíamos darnos la vuelta. Además, ¿para volver a dónde? Avanzábamos como a pasitos sin saber todavía cómo íbamos a dar el gran salto. Al ser esa zona ya cercana al río, apenas veíamos gente, solo campos abandonados y casas derruidas, restos de un pasado cercano y desaparecido, arrancado y yermo, tan similar al que dejé allá arriba en las montañas. Pero esta desolación nos daría, durante unos días, cobijo.

Detrás de un cerro pelado se ocultaba lo que fue una granja, una casa de campo, desventrada por el abandono y las secuelas de la guerra, y un gran establo de madera, polvoriento, destartalado, pero aún en pie. Allí nos refugiamos en espera de que su rodilla recuperara del todo su perdida flexibilidad y, lo que llevábamos aplazando tanto tiempo, de que se nos ocurriera algo para intentar llegar hasta el río y cruzarlo. Estábamos tan cerca que podíamos imaginar su corriente.

Observamos durante días el paso de las patrullas, calculando su periodicidad y sus intervalos, planificándolo todo para una noche sin luna y confiando en un golpe de suerte. Y de la misma manera que sabíamos que las noches sin luna llegarían, nos topamos, casi por necesidad, con un inesperado hallazgo que, bajo la polvorienta oscuridad, atravesada por dorados rayos de luz que filtraban las junturas de los tablones, nos llenó de una felicidad súbita, tanta, que apenas sabíamos cómo disfrutarla. Era verdadera. Una vieja barca apareció, boca abajo y en bastante mal estado, oculta bajo un estrado del establo. Era un bulto de indecisas formas, pero cuando lo arrastramos para sacarlo a la luz, nos mostró sus deliciosas líneas curvas que dibujaban la quilla. Ya no podíamos tener excusas o dudas.

Trabajamos largas horas varios días en su reparación, aun sin saber gran cosa de carpintería, aun careciendo de las herramientas más elementales. Pero todavía recuerdo ahora esos días de un entusiasmo infantil, casi desbordado. Ocultos en la semipenumbra del establo, azacaneábamos por intentar que volviera a ser navegable aquella barca, en que lo fuera, al menos, durante lo que durara nuestra travesía. No le pedíamos mucho. Solo queríamos llegar a la otra orilla. Después de horas de búsqueda de tablas que ajustaran y taparan huecos, de toscas reparaciones y de amortiguados martilleos, nos tendíamos sobre el estrado a descansar, a imaginar, a hablar, entretenidos en contemplar los hilos de luz en los que vagaban motas de polvo, felizmente suspendidas, sin ningún destino impuesto, desiguales ráfagas doradas que iluminaban rincones olvidados que vivían durante esos breves momentos el gozo breve de la luz hasta el día siguiente, regresando tan pronto a la oscuridad tras el filo de las sombras. Se movían lentamente como en un telar sin prisa.

Días después, cuando la noche era completa y más negra, arrastramos con fuerza y con cuidado la barca hasta el exterior y, desde allí, emprendimos el camino hasta el río. Era un ancho sendero de tierra que descendía hasta la orilla. Él tiraba y yo empujaba. Nada brillaba en esa noche. Luego, esperamos al acecho a que fuera el momento, a que pasaran las patrullas, tanto las de ésta como las de la otra orilla, para aprovechar ese mínimo desajuste que nos permitiera cruzar el río sin ser sorprendidos. No había mucho tiempo. Tampoco pedíamos mucho a la suerte.

Sentir el agua fue una liberación. El río era negro esa noche negra y aunque tenía la apariencia de un azabache interminable, su corriente era más fuerte de lo que pudimos imaginar. En lugar de avanzar hacia la otra orilla, descendíamos corriente abajo. Remamos hasta la extenuación y varios remolinos estuvieron a punto de engullirnos. Pero seguimos peleando con desesperación, arañando centímetros a ese pétreo azabache de agua, acercándonos con indecible esfuerzo hasta el mismo centro del cauce y, poco a poco, un poco más. Cuando parecía que habíamos enfilado por fin nuestra barca hacía dónde pretendíamos, un islote de maleza y troncos atravesados se cruzó en nuestro camino. Le embestimos. Perdimos un remo y estuvimos a punto de zozobrar. Sentimos más agua que aire, empapados, encharcados, y, solo de milagro, viró la barca para continuar a flote. Pero perdimos todo lo que llevábamos. Mi atadijo con mis cosas, la pistola estropeada, el libro de oraciones y los pendientes de mi madre, fueron río abajo, ahogados para siempre en la corriente. Hay noches en que sueño con ellos, con esos pendientes, a veces alguien los sujeta con una mano para verlos a la luz de un día indeterminado, otras veces es ella quien los lleva. Aunque no reconozco su rostro, sí reconozco sus pendientes.

No podíamos dejarnos llevar y fue la propia extenuación quien nos impulsó, de manera que aún no he logrado explicarme, hasta la otra orilla. Recuerdo su barro como el más suave tacto de la vida recuperada. Tendidos y sin resuello. Salvados. Pero no podíamos permanecer allí, a la vista del paso de la patrulla, con una barca varada. Y la suerte nos volvió a acompañar, como si quisiera completar la jugada para dejarnos expuestos, después, al albur de una nueva vida. Casi al lado, las ruinas de un viejo molino, apenas cuatro paredes de piedra, nos podrían servir de refugio hasta el amanecer. Con un último esfuerzo, tan empapado como obstinado, arrastró él la barca hasta allí para ocultarla. Estaba comido todo el interior por desmesurados y tupidos zarzales. La empujó, a través de arañazos salvajes, todo lo que pudo hasta voltearla. Allí nos pudimos acurrucar. Dentro de ella, protegidos y ocultos, pasamos la noche. Era un cuévano mínimo el de la barca boca abajo, pero suficiente. Oímos los cascos de los caballos de la patrulla pasar despreocupados. Nosotros aún nos aferrábamos a la vida, a su promesa de libertad. Estábamos ya en el otro lado. Si nos quitamos las ropas fue para que secaran. Tenía el cuerpo garabateado de arañazos. Algunos de ellos, los más profundos, sangraban profusamente y sin prisa.