Autocontrarretrato (24)

Siempre procuraba tropezar con el mismo pie. Aunque la piedra fuera otra. Guardaba las distancias y luego no las encontraba. No sabía qué pensar y, sin embargo, pensaba. Padecía claustrofobia y agorafobia a la vez, o de manera confundida e inapropiada. Su indolencia le permitió vivir largos años. Seguía haciendo cosas que no debía. Si volviera a estudiar de nuevo, solo se dedicaría a la arqueología y la ornitología. Lo demás le parecía superfluo. Cada vez que cruzaba un paso de cebra se sentía un poco beatle. No se metería, por nada del mundo, en un batiscafo. Ni aunque estuviera en superficie. No hacía más que traicionar sus propósitos de enmienda. Le hubiera gustado tener la paciencia de un río seco, su devastada dignidad. Tuvo una cita con el destino pero llegó tarde.

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El toque de las horas (y IV)

La vida diaria, los cotidianos quehaceres, los trabajos y los días de los habitantes de este pequeño pueblo de las montañas, recuperaron su antigua disciplina horaria. La normalidad y la rutina enderezaron los desvíos y anomalías que, en los últimos años, habían sumido a sus habitantes en un caos intrépido, pero poco recomendable. Ahora las autoridades, las gentes de orden y de bien, podían mantener su hueca respetabilidad sostenida por el exacto y repetido toque de las horas, cada cosa a su tiempo, sin posibilidad alguna de salirse del preconvenido carril. La hora de levantarse, la hora de acostarse, el inicio del trabajo, la apertura de los tiendas, el inicio de las clases en la escuela, el horario de las misas, la consulta del médico, la hora de la siesta, la hora de la partida en el casino, el regreso de las vacas al establo, las reuniones acordadas o el simple nos vemos esta tarde a las siete, eran calcados de un día a otro, exactos y predecibles, redescubriendo la posibilidad real de llegar tarde, ante la reconvención hipócritamente indignada del puntual que no atendía a excusas: dijimos que a las siete.

El alcalde estaba orgulloso de su obra y le gustaba observar desde el ventanal del consistorio cómo iban los niños a la escuela, las beatas a la iglesia, los jornaleros a los campos, el boticario a abrir la botica y las criadas a fregar arrodilladas las frías lanchas de los amplios y oscuros pasillos de las casas de las señoras más respetables. Era como si fuera él quien, gracias al nuevo reloj, diera cuerda a todos sus convecinos para que fueran donde debían, a la hora que debían. El mundo, al menos su pueblo, estaba bien hecho.

El toque de las horas -variando tan solo su número- era idéntico. Exacto uno y otro. Siempre el mismo. Con la misma intensidad cada toque e idéntica la duración de su eco. No era posible ni la variación ni, mucho menos, la improvisación. Y aquello -además de su infalibilidad- contribuyó, sin que se dieran del todo cuenta, a que los habitantes cayeran en una rutina triste, martilleada con la misma y reiterada precisión, algo apagada y sin vida. Iban y venían de sus tareas con un aire autómata, casi tan mecánico como el artilugio del reloj de la torre y sus señales horarias.

La tristeza, cierto desánimo inexplicable y una creciente falta de ilusión, se apoderaron de los habitantes del pequeño pueblo, que empezaron a sentir el toque de las horas como el golpe del martillo sobre el clavo que iba cerrando la tapa del ataúd. Sabían que con la última hora dada, con el último golpe de martillo, quedaría definitivamente cerrada la caja. Podían ser muchos los clavos, pero siempre hay uno que será el último. Tal vez no lo podían saber -o acaso lo preferían ignorar, no pensar mucho en ello-, pero algo intuían en ese desalmado golpeteo de las horas. Y, aunque no se atrevían a declararlo, empezaron a echar de menos aquellos años en los que el toque de las horas -esto es, el cruel e inmisericorde paso pautado del tiempo- estaba en manos del borrachín de la taberna. Aquella trepidante y descabellada sucesión de asincrónicas horas era recordada ahora como un tiempo feliz, más humano y, ay, más libre. Aquel malvivir era realmente vivir. Vivir la vida y sus arritmias.

Pero aquellos tiempos no volverían. Ya no había posibilidad de escapar de ese férreo y estrecho carril de una sola dirección que marcaban las horas del reloj de la torre. Antes podía ocurrir cualquier cosa. Ahora, con mecánica precisión, habían matado cualquier posibilidad de esperanza. No podías esperar ninguna alteración, ningún olvido, ningún fallo, ningún acierto, ninguna sorpresa. Este último febrero vieron algunas cigüeñas sobrevolar la torre buscando un lugar, una repisa, un saledizo, donde empezar a construir su nido, pero no lo encontraron. Todo estaba erizado de siniestros pinchos y barras cruzadas. Después de varios vuelos circulares de reconocimiento, se dirigían hacia otros lugares más amables. Si es que quedaban aún.

Todo el mundo, finalmente, se olvido del reloj y del toque mecánico de las horas. Supongo que lo dieron por bueno, empeñados ahora tan solo en sobrevivir a la rutina que les devoraba. Todo el mundo, menos el borrachín de la taberna, que cada vez pasaba más horas en aquel recinto oscuro y mal ventilado. Ahora sin trabajo, y convenientemente bebido desde que despertaba ahogado por las toses del tabaco hasta que se caía derrumbado al llegar a su cuchitril, se dedicaba a filosofar. Acerca del tiempo. Era su tema favorito. Algún parroquiano le atendía a veces, hasta que dejaba de prestarle atención porque, realmente, se ponía muy pesado. Así pasaba los días, ajeno al toque de las horas. Los únicos que respetaba, decía, eran la salida del sol -aunque aún le pillaba en su camastro-, la puesta del sol -que apenas llegó a ver ningún día, porque a esas horas, claro, estaba en la taberna-, y el canto del gallo. Eran los únicos hechos que podían medir el tiempo y los únicos que merecía la pena respetar como señales para regir nuestra vida diaria.

Algunas noches intempestivas, de lluvia recia o temporal, le vieron en la plaza buscar piedras en el suelo y tirarlas con furia contra el reloj de la torre. El intento era ridículo, más bien patético, ya que sus fuerzas eran escasas, inversamente proporcionales a su rabia. Pero allí se le vio algunas noches, al abrigo de la oscuridad, apedreando el maldito reloj.

El toque de las horas (III)

Todos sabían qué hora era, pero nadie podía adivinar cuánto iba a durar esa hora, ni tan siquiera si después de las cuatro iban a dar -fuera el que fuera el lapso de tiempo que pasara entre una y otra- las cinco. Sabían a qué atenerse, pero no durante cuánto tiempo. Esto llevó a sus habitantes a una situación de desasosiego que se tradujo en una extenuación general. Y las autoridades -alcalde, junta de gobierno, párroco y señoras principales- decidieron reunirse para tomar medidas. Y se citaron a las seis de la tarde de ese mismo día. Había anochecido cuando dieron las cinco. Pero como todos habían acudido ya a la sala de juntas -algunos estaban allí desde la tres de la tarde, por si acaso- decidieron empezar la reunión antes de la hora fijada. Esto es, varias horas después de la seis.

Prescindir de los servicios del borrachín de la taberna era lo que les pedía el cuerpo a todos. Pero cuando uno de los concejales recordó los días anteriores a la muerte del sacristán, ese silencio ominoso e insoportable, decidieron aplazar esa decisión. Tal vez, si le reconvenían seriamente podía rectificar su actitud y volver a ordenar -tampoco era tan difícil- el toque de las horas. También hubo quien dijo que eso no valdría de nada. Pero por intentarlo que no quedara. El alguacil se acercó a la taberna y volvió con el campanero, eximido, en este caso, de su obligación de tocar la hora que le correspondía. Aunque no sabía muy bien cuál era. Iba ya dando un poco igual. Tenía que ser consciente de su responsabilidad, de que la situación actual era insostenible, que nadie sabía ya a qué atenerse y que tenía que recuperar algo, aunque fuera un poco, de sobriedad, para dar las horas a su hora, una detrás de otra por su natural orden. Escuchaba y asentía. Eso era lo que hacía ante la comisión. Escuchaba y asentía. Tampoco le dejaban hablar. Aunque pudo aprovechar un resquicio para iniciar una tartamudeante perorata en su defensa. Explicó que todo tuvo su inicio en el primer retraso, de apenas un minuto y del que nadie se dio cuenta. Hasta ese día -aunque tampoco nadie se dio cuenta de eso- su trabajo fue un paradigma de rigor y exactitud. Pero ese inapreciable retraso dio al traste con todo. A partir de ahí, intentó subsanarlo y empezó a hacer sumas y restas para que todo volviera a cuadrar. Pero algo falló en sus cálculos, porque todo fue a peor. El tiempo que ganaba por un lado, lo perdía por otro. Y empezó a hacer trampas para recuperar así el tiempo perdido. Y las trampas, en lugar de solucionar nada, fueron haciendo más ingobernable la sucesión ordenada y natural de los toques… ¡Basta!, gritó el alcalde, que quiten de mi vista a este tarado. Asustado e incomprendido, se retiró a la taberna. Aunque antes se acercó a la torre para dar las seis.

A pesar de la irritación de las autoridades, incapaces de dar solución a tan singular problema, los habitantes admitían de buen grado -como ocurría con la lluvia, el sol o las tormentas- los constantes sobresaltos a los que les sometía la asimétrica y alterada duración de las horas, aunque evitaban expresarlo en público. Visto desde fuera -cualquier visitante o forastero así lo percibiría- aquello era un caos, pero ese caos estaba regido por el toque de las horas de las campanas de la torre. Eso no convenía olvidarlo. Tenían unas pautas que aún no habían descifrado, y de ahí su apariencia -solo su apariencia- de caos. El borrachín de la taberna estaba convencido de que, tarde o temprano, daría con ellas, con esas pautas, averiguaría su sentido que, por ahora, a él también se le escapaba.

Intentaba ajustar el tiempo, recuperar el perdido o adelantar el que faltaba, devolverlo a su origen exacto, y a pesar de lo inútil de sus intentos, se obcecaba en mantener, fuera cual fuera su duración o periodicidad, el toque de las horas, como si fuera el definitivo -y único- compás de la vida de los habitantes de aquel pequeño pueblo de las montañas. Y comprobaba maravillado, casi en éxtasis, cómo sus convecinos se amoldaban -como podían, aun maldiciendo a veces- a ese extraño e impredecible compás. Horas de levantarse o de acostarse, horas de empezar los oficios o de ir a la escuela, horas de atender al ganado, hora de abrir los negocios y tiendas, hora de cerrarlas, horas de las misas, horas fijadas para encuentros o reuniones, se ajustaban a esos toques de las horas que el pobre borrachín intentaba organizar según su cada vez más estropeado criterio. La buena intención no se la negaba nadie. Es difícil comprender cómo se puede vivir -ordenar los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana- en semejante estado, permanentemente alterado, pero los habitantes de aquel pequeño pueblo sí que fueron, durante esos breves años, capaces. Vivían, si me permiten la expresión, en un delicioso caos.

Pero aquellos prohombres que siempre procuran el bien de sus gobernados, sabían que, de alguna manera, aquel desordenado y antitemporal modo de vida minaba su autoridad. Esos alternantes e imprevistos toques de las horas iban, en definitiva, en contra del orden con mayúsculas que ellos no solo representaban, sino que tenían la obligación de vigilar y mantener. También, por derivación, este radical desorden atacaba la principalísima idea de jerarquía, y por ende, de sumisión. Su autoridad se basaba en la abolición del azar y el albedrío, y este maldito campanero, con su inepcia, la estaba subvirtiendo.

Uno de los concejales, de vuelta de uno de sus viajes a la capital, le comentó al alcalde que allí, en las torres con reloj, habían incorporado un nuevo invento, un artilugio que, conectado al reloj principal, activaba una grabación que reproducía el tañido de las campanas cada hora, marcando con cada tañido grabado la hora que era de manera automática y precisa, y lo que era lo mejor de todo, sin necesidad de campanero. El alcalde vio el cielo abierto. Una comisión viajó a la capital a pedir presupuesto. Se organizó una cuestación -que aunque era voluntaria, la presentaron sutilmente como obligatoria si no querían atenerse a futuras consecuencias que podían ser de todo tipo- entre todos los vecinos, y la empresa instaladora fue requerida para que, cuanto antes, viniera a poner en marcha tan avanzada y beneficiosa maquinaria. Los días del campanero estaban contados. Desde que se enteró, sus toques sonaban más flojos, más lentos, casi melancólicos, menos desordenados, se diría.

El día de la inauguración el consistorio organizó una gran fiesta. El cura aprovechó que la iglesia estaba llena de feligreses para dar una de las más largas homilías que se le recuerdan, los bares de la plaza extendieron sus terrazas por las calles aledañas, requiriendo incluso el mobiliario -sillas y mesas- de sus casas, un tiovivo chirriaba con extraordinarios brillos, puestos de helados y bocadillos desprendían un olor que debía ser considerado como apetecible, un hombre vendía globos y la orquesta estaba aún montando el escenario para que cuando diera orden el alcalde, atacar los consabidos y estruendosos pasodobles. El borrachín de la taberna lo miraba todo con ojos vidriosos, aunque eso no era novedad en él. Miraba la torre y el nuevo reloj. Cuando iban a dar las siete de la tarde, hora convenida para su puesta en marcha, prefirió no verlo y se metió en la taberna. Cuando sitió el primer toque automático del reloj de la torre se tapó los oídos con fuerza para no oír el resto. Una vez dadas la siete empezó la fiesta.

La empresa que instaló el artilugio también aprovechó -siguiendo las instrucciones del alcalde- para colocar unos pinchos metálicos por todas las cornisas y salientes de la torre, lo suficientemente numerosos, largos y tiesos como para evitar que construyeran allí las cigüeñas sus nidos, tan sucias, engorrosas y molestas. La impoluta torre recortaba, erizada, al aire azul de la tarde, su nítida y esbelta silueta. La campana quedó también fijada con unos anclajes para evitar que el viento -ni nadie- la desplazara. Quitaron el badajo y la campana quedó muda, de adorno. La grabación reproducía, con una asombrosa precisión, sus tañidos. Ahora no era necesaria. Una campana sin badajo, una torre sin cigüeñas… musitaba el borrachín en la taberna, compadeciéndose más del pueblo que de sí mismo.

El toque de las horas (II)

Cuando oyeron el primer tañido fue si como el pueblo y sus contornos, apagados, silenciosos y en blanco y negro durante esos días de silencio, recuperaran de repente el color y la vida que languidecía. Todo el mundo sonreía ahora y volvió con renovada ilusión a sus cotidianos quehaceres. Aunque la sonrisa más amplia y más limpia que se vio entonces fue la del borrachín de la taberna, elevado por las circunstancias a la categoría de campanero, orgulloso de su tañer. Si la vida del pueblo recuperó sus ritmos, la de él tuvo, por primera vez, sentido. Insospechadamente pendiente, acudía presto cada hora para renovar el aire de la plaza con los toques correspondientes. Dang, dang, dang, dang. Se diría que incluso le divertía. La felicidad le rondaba como ese mismo eco que dejaba la campana.

La normalidad recuperó su lugar con gran alivio entre los vecinos, que sentían veneración por sus rutinas. Ya sabían los jornaleros a qué hora debían levantarse y partir hacia sus faenas, ya sabían los niños cuándo ir a la escuela, ya sabían el barbero, el zapatero, el boticario, el herrero, el carpintero, el tabernero, cuándo abrir sus negocios y talleres, de la misma manera que ya sabían cuándo era la hora de cerrarlos al acabar el día o de regresar a casa. La hora de las misas, la hora del ángelus, la hora de la comida o la hora de la cena. Ya podían los habitantes de este pequeño pueblecito de las montañas quedar a una hora para sus diversos asuntos y ocios. Ya sabían a qué atenerse los que trabajaban por horas. E incluso los insomnes, pasarse la noche en blanco contando los tañidos para desesperarse aún más por lo esquivo del sueño, que se escapaba huyendo hasta el amanecer. Dang, dang, dang, dang… ya son las cuatro.

Nadie se acordaba del pobre sacristán que murió al cabo de unos días y por el que el borrachín de taberna tocó unas sentidas campanadas a muerte. Sit tibi terra levis, murmuró cuando le dieron sepultura bajo un cielo cárdeno que amenazaba tormenta. El cura hizo una faena de aliño por miedo al aguacero. No acudió mucha gente al entierro. Y de la misma manera que nadie se acordaba de la dedicación plena que tuvo este pobre hombre a las horas del pueblo durante casi sesenta años -que se dice pronto-, y mucho menos se lo agradeció o siquiera reconoció, tampoco se acordaban ya de los angustiosos días del silencio. Ni de la generosidad del borrachín de la taberna. Para ellos era, sin más, un problema solucionado. Daba la impresión de que las campanas sonaran solas, de que no había nadie -aunque fuera el borrachín de la taberna- que estuviera pendiente del toque, preciso y puntual, de las horas. Imaginó entonces su propio entierro y sintió frío.

Pasaron las semanas y los meses, las estaciones se sucedían con su inevitable naturalidad, y nuestro aplicado campanero seguía yendo, con puntualidad sorprendente, de la taberna a la torre, de la torre a la taberna, sin que nada ni nadie pudiera entorpecer esa metronímica cadencia. Pero los días iban acumulando su viciada carga de rutina y desencanto. Y cada vez era peor el vino del tabernero y más le alteraba -o lo toleraba peor-, bebiendo, además, más vasos que antes, ahora que disponía de unos ingresos fijos. Al final del día, el corto camino que separaba la taberna de la torre lo recorría en un extraño y voluntarioso zigzag que, sin embargo y contra todo pronóstico, terminaba siempre en el lugar preciso y a la hora exacta. Tambaleante pero impecable. Luego regresaba a la taberna con la satisfacción del deber cumplido y la próxima alegría de disfrutar de la nueva recompensa -otro vaso más de vino- que le esperaba.

Los días pasaron sin que nadie lo tuviera muy en cuenta. Como también ocurrió que nadie percibió los pequeños retrasos que empezaron a acumular los toques de las horas. Apenas un minuto o dos más o menos a nadie le perturbaba. Las cinco eran las cinco, aunque fueran realmente las cinco y dos minutos. Nuestro campanero había dejado de estar obsesionadamente atento y, cada vez más a menudo, algún parroquiano o el mismo tabernero tenían que avisarle de que ya era la hora. Salía de la taberna precipitadamente esperando que nadie se diera cuenta del retraso. El pueblo podía seguir fiándose de su reloj. Y de él.

Pero como ocurre con todo lo que de manera lenta, imperceptible y progresiva se va produciendo, sólo cuando, un buen día, se descubre la anomalía, ya es demasiado tarde como para ponerle remedio. Ese buen día llegó, y los habitantes del pequeño pueblo se dieron cuenta de que vivían -y ordenaban sus vidas- en un absoluto caos horario. Llevaban ya bastante tiempo viviendo días en los que había horas que duraban hora y media y otras, solo tres cuartos, días en los que daban las tres antes que las dos, días en los que los niños acudían a la escuela a eso de media mañana, que es cuando ese día tocó las nueve nuestro campanero confundido, intentando arreglar de esa manera sus desaguisados horarios y ocasionando así otros mayores. La barbería abría a horas intempestivas y siempre diferentes. Los albañiles que trabajaban por horas, había días que antes de la hora de comer ya habían acabado, y otros en los que les daban -literalmente- las tantas. Las horas de las comidas parecían que jugaban a la ruleta e, inevitablemente, nunca estaban en su punto, o bien poco hechas o pasadas. Las criadas entraban y salían de las casas de sus señoras a toque de campana, atolondrada y fatigosamente. Había noches en las que no pasaba el tiempo y, de repente, antes de que amaneciera sonaban las cinco, las seis y las siete casi de seguido. Incluso era difícil diferenciarlas. El caos era absoluto y, sin embargo, los habitantes de este pequeño pueblo de las montañas, se acostumbraron a él sin grandes trastornos o inconvenientes. No dejaba de tener cierto encanto ese vivir a salto de mata. Quedar a una hora, era una aventura, llegar pronto o llegar tarde, en ocasiones, una quimera y en otras, algo inevitable. A veces, las dos cosas a la vez.

El toque de las horas (I)

Aquel prolongado, ya en exceso, silencio empezaba a desesperar a los habitantes de ese pequeño pueblo de las montañas, acostumbrado, desde un pasado lejanísimo e inconcebible, a vivir a golpe de campanas. Era urgente encontrar a alguien que las tocara de nuevo, que se hiciera cargo de la torre, de sus poleas, sogas y mecanismos. El viejo sacristán, derribado por una apoplejía -y por sus más de ochenta años-, vegetaba sobre su camastro, torcido, tieso y ya incapaz -ni arrastrándose- de cumplir con su trabajo. Casi sesenta años estuvo encargado de todo lo relacionado con la iglesia, los cultos y las celebraciones que jalonaban el calendario local, abundante en procesiones, rogativas, actos de exaltación o de expiación, bautismos, bodas y funerales. Fueron muchos los párrocos que pasaron por su iglesia, pero él permanecía invariable, casi como la misma torre. Tempus fugit, musitaba, transido, en su cuarto. Pero su trabajo más oscuro, pesado y rutinario fue el de tocar las campanas, bien para misas, ángelus, muertes o avisos de incendio, bien cada hora, marcando con el número de tañidos correspondiente la inesquivable sucesión de las mismas. Y ese fue su afán durante casi sesenta años -todos los días, todas las horas-, realizado con una precisión asombrosa y fiel, a la que se acostumbraron los habitantes de ese pequeño pueblo con una naturalidad muy poco agradecida. Ahora, con el malhadado sacristán encogido y babeante en el cuarto de la sacristía, les perseguía inmisericorde el silencio, perdidos y desorientados al desconocer qué hora era, cuánto quedaba o hasta cuándo había que esperar. Definitiva y gravemente enfermo, irrecuperable, ya no podía hacer su trabajo el hacedor del tiempo.

Casi nadie, por aquellos tiempos, tenía reloj, tan solo los dos o tres ricos, bien en sus casas, o bien colgando las destellantes cadenas de sus orondas barrigas, engullidos en el bolsillo del chaleco, y éstos, o estaban irremediablemente estropeados o adelantaban -o atrasaban- a su antojo, siendo requeridos, a cada instante, para la molesta y ostentosa actividad de tener que darles cuerda. También la torre contaba con su reloj. Pero había que asomarse a la plaza para verlo, ya que carecía, por sí mismo, de las tan necesarias señales acústicas. Además, por no si fuera suficiente, estaba averiado hace años. Una vez, una cigüeña posada en una de las agujas la tronzó del todo y así se quedó, colgando a merced del viento. Al menos así, se movía. Con todo el mundo atareado en sus quehaceres o lejos, en el campo, faenando de sol a sol, la vida, su ritmo, su más simple ordenación, venía marcada por el toque de las horas. Y ahora, la imposibilidad del sacristán de tocarlas tenía sumido a ese pequeño pueblo de las montañas en un extraño estado de pérdida, confusión y desesperada inquietud.

Pero nadie estaba dispuesto a aceptar tan esclavo trabajo, tan alta responsabilidad, tan exclusiva disponibilidad. Habían pasado dos días desde que cayó segado por la cruel apoplejía el ancianísimo capellán y no sabían ni qué hora era. La situación empezaba a ser insostenible.

Nadie reparó en el habitual borrachín de la taberna hasta que, medio en broma, se ofreció a las autoridades. Que le miraron con el desprecio y la poca consideración con que le miraban a diario. El hombre vivía solo y no tenía ni familia ni oficio. Nunca los tuvo. Unas monedas -que gastaba íntegramente en la taberna- le bastaban para pasar el día. Nunca se había sentido útil y, aunque todos le toleraban, era considerado como un estorbo, una molestia menor y soportable, alguien -qué remedio- al que se termina acostumbrando uno. Volvió a decirles que él se podía hacer cargo, si no de los oficios eclesiales de los que se ocupaba el sacristán, sí de la campana, de los toques de las horas.

Solo al día siguiente, desesperados por el silencio y la ausencia de la sonora pauta horaria, el alcalde, arropado por la corporación en pleno y con la inevitable y sobrante compañía del párroco y un grupo de señoras principales, hizo llamar al habitual borrachín de la taberna. No tuvieron que buscar mucho. Acudió a la llamada bebido y sonriente. Creo que fue la primera vez en la vida que se sintió importante. Entró al salón de plenos muy erguido. Excesivamente.

Más que encargarle tan delicado y preciso trabajo, agradeciéndole de antemano su sacrificio y buena disposición, fue severamente reprendido, como si ya hubiera empezado a trabajar y se hubiera equivocado gravemente o trastocado alguna de sus tareas. Le reconvinieron agriamente como si ya hubiera hecho dejación de sus funciones. Pero estaba acostumbrado. Así que aceptó esta absurda y anticipada reprimenda como algo inherente a su nueva condición, feliz por tener un trabajo y, lo que era más satisfactorio para él, una responsabilidad. No les defraudaría. De eso podían estar seguros. La vida del pueblo, sus ritmos, sus pautas, el pentagrama por el que debía discurrir la música de cada uno de los días, estaba en sus manos. Tañer una campana podía parecer algo sencillo, pero hacerlo a su debido tiempo, respetando las cadencias y los lapsos de silencio, podía llegar a dejar atrás la categoría de simple oficio para ser considerado como un arte. Un pueblo sin el sonido de las campanas era un lugar desorientado, desolado, muerto.

Los sueños

Dejaba la ventana abierta de la habitación del otro extremo de la casa que se comunicaba por un largo pasillo hasta la habitación en la que dormía para que, dejando también abierta la de ésta, existiera la posibilidad de que, desde una a otra, corriera algo de aire durante esas asfixiantes noches de julio. Aunque, de momento, la posibilidad de que esto ocurriera era escasa -las noches eran de gelatina y caliente vaho inmóvil-, siempre le quedaba la esperanza de que, antes de que amaneciera, se levantara algo de aire, alguna ligera y refrescante brisa que moviera las cortinas y recorriera el pasillo oscuro, de una ventana a otra, y aliviara su extenuación.

La habitación en la que dormía daba a un patio de luces y el aire tenía que descender desde lo alto y atravesar ese hueco cuadrangular y viciado que compartía con las ventanas de las habitaciones de los otros pisos. Tumbado, imaginaba el viento parado, remiso a bajar por esa cavidad tan entallada, prefiriendo quedarse en lo alto, recorriendo los áticos y las amplias azoteas. Solo oía, de vez en cuando, un ruido de cañerías gorjeando desagradablemente. Las otras habitaciones de los otros pisos también estarían abiertas esperando que corriera el aire. Todos intentaban dormir y miraban la estática, como petrificada, caída de las cortinas, su vuelo detenido. Él, además, empezaba a obsesionarse: la falta de algo de viento, del tímido frescor de una brisa, la sentía como una angustiosa falta de oxígeno. Y el sueño tampoco venía. O tardaba en exceso.

Días antes de que empezara el mes de agosto, inesperadamente, cambió el tiempo. El calor seguía siendo insoportable, pero a eso de las dos de la madrugada las cortinas empezaban a mecerse, llevándolas y trayéndolas el aire de un lado a otro. Y por fin pasaba de una ventana a otra recorriendo, gloriosamente, el pasillo. El alivio había llegado por fin y el sueño regresaba, despacio, plácido, bajo las tenues y desordenadas sábanas. Durante esas noches pudo dormir algunas horas.

El aire había decidido recorrer y bajar por el patio de luces, deteniéndose en cada ventana que encontraba abierta. Si presentía otra abierta en el interior, entraba hasta el fondo sin pedir permiso, llenando las habitaciones y pasillos. La gente podía recuperar el sueño -y los sueños postergados-, redimida del calor y de la angustia.

Durmió esa noche un sueño profundo y sobresaltado. Un sueño extraño, ajeno, inexplicable, que le mordisqueaba con una leve agitación. No reconocía los lugares, ni las personas que en él aparecían, ni se reconocía él mismo, protagonista postizo. Tampoco los motivos o las excusas para intentar buscar en él, si no una explicación, sí al menos un agarradero, la causa inicial, por nimia que fuera, que hubiera provocado tal sueño. Había caído en un mundo que no le era conocido, en el que las explicaciones -siempre absurdas en los sueños, engullidores autosuficientes de su propia lógica- le resultaban tan inauditas como ofensivas. Estaba el sueño lleno unos de anhelos -ridículos, hirientes, empobrecedores- que le hicieron caer en una angustia indescriptible. Despertó de improviso y lo recordó exactamente. Y eso era lo peor. Nunca buscó en los sueños una explicación o un sentido, pero al menos los reconocía -le gustaran más o menos- como suyos. Pero aquella noche, al despertarse y recordar con tan insoportable exactitud el sueño que había tenido, se levantó de la cama y tuvo que ir, tan deprisa como pudo, al cuarto de baño a mirarse ante el espejo. Tardó unos segundos en reconocerse. Pero era él. Eso le tranquilizó. Seguía siendo él. Pero el sueño que había tenido no era suyo. Era de otro.

Durante el día estuvo cansado y ojeroso, a pesar de haber podido dormir gracias a ese aire nocturno que alivió las casas. Le acompañaba una sensación extraña, como de intrusión en su alma, como si algo o alguien extraño anduviera enredando en sus cosas, en sus más íntimas interioridades. También se sentía como si le hubiesen extirpado algo. Algo que tal vez no había utilizado nunca, o que no servía para nada, pero que era suyo. Cuando al volver del trabajo se cruzó en el portal con el vecino de arriba, le pareció descubrir en su cara una expresión similar a la suya. Y también tenía ojeras.

Las noches siguientes, durante las que ese aire recorría el edificio a través de las ventanas abiertas que se comunicaban, fueron extrañas. Todo parecía fluir, con una naturalidad un tanto impúdica, desde las azoteas, discurrir por las diversas viviendas, sobrevolando las camas, hasta volver a salir al exterior. Iba y venía, entraba y salía, no dejaba rincón por recorrer.

Volvía a tener sueños prestados. Anhelantes de estúpidos anhelos, atemorizantes de ridículos temores, extraños de extraña extrañeza, inquietantes de no reconocida inquietud. Y, sin embargo, por la mañana, el que se vestía para ir al trabajo era él. Aunque cuando en la calle se fijaba en la gente, podía descubrir en sus gestos, ademanes y expresiones, restos de cansancio y perplejidad, como si algo en sus vidas hubiera dejado de funcionar correctamente y, sin embargo, necesitaran ocultarlo para seguir viviendo. Los jóvenes tenían la mirada de viejos y los viejos parecían haberla perdido.

Cuando se cruzaba con sus vecinos, especialmente con los vecinos que tenían las habitaciones que daban al patio de luces, sentía vértigo. Era como si tuvieran una poderosa visión -y conocimiento- que les  permitiera vislumbrar, hasta el último detalle, su vida entera. Y se sentía indefenso y transparente. Pero a ellos parecía ocurrirles lo mismo. Cuando les miraba, agachaban o volvían la cabeza, como si se avergonzaran de andar desnudos.

Solo cuando llegó septiembre y el calor aminoró sus fuegos, cuando ya se podía dormir con las ventanas cerradas, le despareció esa sensación de extrañamiento, de intrusión, de robo y extirpación. Volvió entonces a reconocer sus sueños como suyos, igualmente inquietantes, pero suyos. Y ya no tenía que mirarse ante el espejo para reconocerse.

No le quedó más remedio que convenir, por muy descabellada que fuera la explicación encontrada, que ese viento nocturno, inesperado, el que alteró su vida durante esos días, al recorrer el edificio y las viviendas, al entrar y salir en las habitaciones para bendecir el sueño de sus ocupantes, hubiera traído y llevado también sus sueños, y los hubiera intercambiado, de una cama a otra, de una persona a otra, y nadie, esas noches, hubiera podido soñar los suyos, obligados a soñar los de los otros, tan inquietantes, tan inexplicables, tan parecidos, pero de otros. Era la única explicación que encontró a aquellos días tan extraños. O tal vez la soñó.

Ahora, cuando duerme, aunque haga calor, cierra la ventana. Aunque también hay noches en las que se levanta alterado, inquieto, y la abre.

Regreso (y III)

Trabajé las oscuras madrugadas del invierno descargando los canales de los animales que acababan de dejar su vida en los mataderos. Aún humeaban. Antes de que amaneciera, los camiones iban llegando con su carga de carnes, pescados, frutas, verduras y hortalizas a la boca del gran mercado en el que encontré mi primer trabajo; carga que vomitaban para que fuera engullida de nuevo, trasladada por decenas de hombres fuertes y encorvados que portaban las mercancías desde los camiones a los puestos, dejando un rastro de olores intensos, frescos y reales. Han pasado muchos años y aún me conmueve el olor de los mercados, su inevitable cualidad rezumante, su intensidad marina, su promesa de putrefacción. Empezábamos a trabajar de noche, dos o tres horas antes de que amaneciera, pero a eso de media mañana habíamos terminado. No era mucho el dinero, no daba para vivir, pero sí para subsistir deambulando el resto del día por los barrios de la periferia.

El día libre lo aprovechaba para escaparme a las riberas del maltrecho río que no se atrevía a entrar en la ciudad y prefería bordearla por uno de sus flancos. Quedaba allí al menos un resto de vida natural, algunos pájaros, chopos, quién sabe si alguna liebre por aquellos desmontes. Las chabolas se amontonaban insalubres entre el barro de las orillas y unos enormes mosquitos del tamaño de pájaros pequeños daban la bienvenida a los escasos visitantes. Era una infravida -ilegal y expuesta, tanto a los derribos dictados por los regidores, como a las crecidas furiosas de tan insignificante, pero capaz, río- que se habían construido, ellos mismos con sus manos y con lo que encontraban en los vertederos, los que llegaban de los campos y de las aldeas acudiendo a la falsa llamada de una vida mejor. Una rana saltaba al agua y en los círculos que provocaba en la superficie se podía comprobar la fugacidad de todo lo demás. Ese temblor.

Fueron muchos los trabajos que tuve en aquellos tiempos iniciales y fraudulentos. Pero por fin pude alquilar una habitación. Mi primera noche en una cama fue extraña. Sentí algo así como un vértigo paralizante, provocado acaso por esa blandura indecente y recalentada a la que no estaba acostumbrado. No sé si pude dormir, o lo que concilié fue un sueño demasiado denso y poblado de espesas y enroscadas pesadillas que se engarzaban absurdas, más que extrañas, unas con otras, y que me dejaban siempre con un intensa sensación de desasosiego, en las que veía posible, incluso demasiado fácil, demasiado real, la posibilidad de acercarme a esos individuos de los trajes cruzados, de ser yo mismo uno de ellos, de traicionar como el que enciende un cigarrillo, de delatar, detener o matar si fuera necesario, para luego de noche sostener la delicada mano de una jovencita ensombrerada mientras mantenía abierta la puerta del coche para que entrara, mientras yo intentaba salir de aquel hoyo blando de la insoportable y engullidora cama que me mantenía succionado. Solo al cabo de unos días pude acostumbrarme a dormir como las personas. Pero me preocupaba el sueño, soñar aquello, algo peor que la traición a lo que había sido e intentaba seguir siendo, por lo que había luchado tantos años allá arriba en las inhóspitas alturas de las montañas, me asustaba que pudiera pensar siquiera en la posibilidad de ser -de poder llegar a ser- uno de ellos, que alguna inadvertida circunstancia pudiera propiciarlo. Me aterraba.

Sobreviví como pude. Tuve diversos oficios. Pasó el tiempo. Nada cambió y, sin embargo, dejé de ser un extraño, un recién llegado, alguien con un pasado borrado que se aventura, sin mucha convicción y con escasas posibilidades, a tener una nueva vida. Tuve paciencia. Me convertí en uno más de aquellos habitantes resignados de la ciudad ocupada. Aprendí sus gestos y sus silencios. Caminaba por sus calles con un aire de invisibilidad y hastío. Conseguí tener mis papeles en regla, una documentación falsa, un nombre falso, como si no pudiera tener el mío, como si el mío no fuera también falso y mi vida anterior no hubiera existido -o hubiera sido, al final, también falsa-, y aunque hubiera sido real -como mi nombre real- no importaba ya a nadie, ni siquiera a mí mismo. Las patrullas, en aquellos rutinarios controles, daban por buena mi falsa identidad. En aquella ciudad que había perdido el nombre, en aquella vida falsificada.

Siempre que podía me escapaba a los arrabales que crecían desordenadamente en torno al río, obturando sus vaguadas las amontonadas chabolas. Un resto de naturaleza, aun contaminada y maltratada, era suficiente para que recuperara parte del pasado, parte de esa identidad perdida y sepultada, un atisbo de vida de nuevo, el viento moviendo las hojas de los chopos, un pájaro que gorjeaba, la embalsada corriente del río. Al anochecer volvía a la ciudad por avenidas silenciosas y mal iluminadas. Por la mañana temprano, al ir al trabajo, veía esas pálidas luces -aún más pálidas bajo la claridad del amanecer-, aún encendidas. Así pasaban los días, con la duración de los años. Así pasaban los años, con la duración de los días. Pude aprender algún oficio. Hice amigos. Conocí a una chica. Probablemente me case pronto y tenga hijos. Debe ser ésta la vida que he elegido. Tendremos una casa. Ahora espero. Procuro no tener más esos sueños en los que soy capaz de traicionarme. Como si eso fuera posible.

La fecha de la boda ya está fijada para la semana que viene. Debería estar nervioso, por lo menos inquieto; debería estar feliz, por lo menos contento. Estoy, al fin, dando los pasos que se supone que se deben dar. No hay, además, otra posibilidad. Y está bien así. Nuestra casa apenas tiene muebles, una cama, una mesa, una cocina. Por la tarde paseamos tranquilos y hablamos del futuro. Ella sabe que no tiene que preguntarme por mi pasado. Los días se alargan azules y templados. Es junio. Trabaja en una pastelería.

Este es mi último día libre y debería estar ayudando en los preparativos, pero he buscado una excusa para librarme de ellos y escaparme al río. El verano lo llena todo de luz y los árboles de las riberas mantienen su verde hojarasca para dar sombra. El río da sus primeros síntomas de agostarse, pero aún bajan por su cauce algunas hilachas de agua suficientes. Me alejo más que en otras ocasiones, río arriba, donde ya no hay apenas presencia humana. La fosca y enmarañada vegetación me impide continuar por las orillas y decido alejarme hacia los campos de cereal. Un poco más allá se divisa un cerro salpicado de piedras y matojos. Sigo la linde y llego hasta allí. Subo a lo alto. Es mediodía y no hay nadie. Una ligera brisa mueve el trigo. Las nubes que acompañaron el amanecer han desaparecido. Ya estoy arriba. La línea de los árboles serpentea al fondo siguiendo las amplias curvas del río. Un poco más lejos está la ciudad, desparramada y tranquila, desprendiendo una vaharada de calor al cielo azul, difuminándolo. Desde aquí la siento más cerca que cuando estoy en ella.

Cuando me giro veo, a lo lejos, por primera vez en mucho tiempo, las montañas, su nítida silueta recortada e interminable, confundiéndose finalmente con el horizonte. Desde el día en que salí de ellas, no sé si consciente de lo que hacía o expulsado para siempre jamás, dejando atrás mi vida entera de lucha contra el invasor y de montaraz supervivencia cada arduo día, cada desolada noche, todos esos años, dejando al fin atrás a mis compañeros muertos y mi dignidad abandonada, desaparecida, fulminada, no había vuelto a verlas. No volví siquiera ese día la cabeza para, de alguna manera, despedirme de ellas, incrustar su perfil en mi retina, contemplar por última vez el escenario de la derrota. Me mantuve firme y con la mirada al frente. No quería ver más.

Ya en la ciudad no era posible ver las montañas. Prefería olvidarlas. El pasado se había borrado. No existía. Ni siquiera pesaba. Algo así, ahora, como nada. Como si también ellas se hubieran derrumbado y desaparecido, como si nunca hubieran estado allí, desde antes de que se creara el mundo. Pero ahora, desde esta pequeña colina, alejada unos kilómetros -los suficientes- de la ciudad, en los días claros de este verano reciente, es posible distinguir los perfiles azules de la imponente cordillera. De nuevo otra vez. Lejana pero presente. Respiro. No me canso de mirarla, podría pasar el resto de mi vida así, encontrando siempre, a cada momento, nuevos pliegues y sombras, nuevas líneas y nuevos tonos, que parecen moverse y cambiar con la rotación del sol, con las oscilaciones de la luz del día. La vida, si se encontraba ya en algún sitio, debía estar allá. Allá y no aquí. Una hormiga sube por mi bota. No me molesto en quitarla. La dejo ascender por mi pierna. Estoy demasiado ocupado en observar las montañas, azules casi grises, del mismo color de la ceniza que quedó, antes de que se la llevara el viento, cuando quemé todo lo que dejé atrás.