Unas flores incluso

Jimy no se llamaba Jimy. Ni siquiera se llamaba Jaime. En realidad se llamaba Juan. Aunque todos, desde siempre, le llamaban Jimy. Acaso le pusieron el nombre de cuando, de niño, alborotaba el cine Imperial -el único cine que había en el pueblo, de nombre tan exagerado para aquella cuadra grande que antes había sido el baile- durante las accidentadas proyecciones de aquellas infames películas del oeste, sumándose, como si fueran reales, a las peleas y tiroteos, a los galopes tendidos y las súbitas apariciones de los apaches tras las colinas. Alguno de esos protagonistas se llamaría Jimmy y se parecería a él. Todos, desde entonces, le llamaban Jimy, algo que a él, secretamente, le enorgullecía. Aunque no se llamara así, ni siquiera Jaime o algo parecido, aunque hubiera perdido incluso una eme en el nombre. (Pero no la i griega). Nadie reparó en que, llamándose Juan, hubiera sido mejor que le llamaran Johnny.

Ahora, pasados los años, casi la vida entera, seguía siendo Jimy. Y todos le saludaban cuando salía del pueblo, renqueante y sostenido por una especie de báculo, un palo más alto que él en el que se apoyaba, en busca de lo que fuera, de lo que hubiera en el campo o en la sierra. Enjuto más que delgado, estaba vivo de milagro, avejentado, sobreviviente a un ictus y ya sin capacidad alguna de ganarse la vida como hizo siempre de jornalero, malgastada su salud y su juventud en los más procelosos excesos del alcohol y de lo que se terciara. Ahora, en esta su segunda y precaria vida -no le quedaba otra-, se escapaba al campo, alejándose de cualquier tipo de tentación o recuerdo. Algo así como superviviente y derrotado.

-Buenos días, Jimy. ¿Dónde vamos hoy?
-No sé. Ya veré, lo mismo tiro para arriba que para abajo, para un lado o para otro, que el mundo es muy grande y muy redondo.

Aunque no andaba muy boyante y sus pasos eran cada vez más inseguros, era capaz de marchar durante horas por los caminos y también campo a través, despacio, con una precisa lentitud, pero con una constancia animal, obcecada, buscando lo que diera el campo en cada estación. Unas veces tiraba por el camino de La Sierra, hacia el norte, otras por el camino de La Cruz, más allá del crucero de piedra situado al oeste, otras hacia el este, en dirección a Los Arroyos, cuando no al sur, hacia Las Vegas. Luego los caminos se bifurcaban interminablemente en una red invisible que conformaba un intrincado tapiz que Jimy conocía como nadie. Cada recodo, cada ejido, cada vaguada, cada roca, cada pico, cada cerro, cada charca, cada valle, casi cada árbol.

Y así pasaban los días, ya hiciera calor o frío, lloviera o no, con Jimy siempre por los caminos y los campos, con su andar tambaleante y breve, pero obstinado, como si tuviera un objetivo exacto, ineludible e importantísimo, y no fueran esas caminatas más que una manera de matar los días que pasaban y de huir unas horas de un infierno frío, propio, demasiado conocido, para regresar exhausto y arañado por cada zarza, embarrado o polvoriento. No tenía miedo de que le pudiera pasar algo cuando estuviera por esos andurriales, perdido, sin móvil, sin saber nadie dónde. Tal vez, así, se cumpliera su destino, tan largamente aplazado.

Siempre regresaba con algo, no había día que no le suministrara su afán o su necesidad, su capricho o su azar, su dádiva o su fracaso, dependiendo de lo que el campo le diera o en él hubiera, esclavo del ciclo preciso e interminable de las estaciones. Espárragos silvestres, romazas, acerones, poleos, cardillos, orégano, tomillo, hinojo, almoraduj, níscalos, huevos de rey, pies azules, setas de cardo, piñones, castañas, bellotas, aceitunas, moras, té de las rocas y otras hierbas y frutos se iban sucediendo en su saco de arpillera al paso de los días y las distintas y sucesivas épocas de año, al ritmo de las lluvias y del abierto abanico de las horas de sol, del frío paralizante de enero o del más achicharrante calor de julio. Venía siempre de regreso con su vara y su saco al hombro, con un andar ahora más cansino, ligeramente encorvado a la luz distinta de la media tarde.

-¿Qué traemos hoy, Jimy?
-Siempre hay algo, siempre hay algo. Solo hay que saber buscar y tener paciencia.

No había nadie que conociera los lugares como él. Y cuando todavía no había algo, él era capaz de encontrarlo por vez primera esa temporada, de la misma manera que cuando ya no lo había, él daba con sus últimos restos. Era capaz también de improvisar y traer siempre algo diferente, internándose en los rincones más intrincados e inaccesibles de la sierra o alejándose hasta los últimos meandros de los arroyos de las vegas del sur antes de perderse en el gran río. De más joven traía peces o pájaros, lagartos o cangrejos, conejos o liebres, alguna zorra incluso. Ahora había abandonado los ingenios para hacerlo, pero proseguía en su viaje hacia ninguna parte que le llevaba, cada día, hasta donde quería, hasta donde podía, con las fuerzas menguadas pero suficientes, perdido a cada paso en la conocida inmensidad del campo y sus accidentes, bajo el cielo tan alto. Sus botas, sus ojos y sus manos eran quienes lo sabían y le llevaban en ese viaje diario, exploración precisa del territorio natural y propio de sus contornos, descubrimiento incesante de lo que a cada momento, con las distintas luces de los sucesivos días, cambiaba y era, a pesar de ser siempre lo mismo, siempre algo nuevo. Los pájaros ya le conocían.

Muchos días, de regreso, se paraba en el último bar del pueblo, muy cerca del crucero de piedra, a tomar un descafeinado y hablar con alguien. Hacía ya algunos años que dejó el alcohol y el único lujo que se permitía era el de añadir dos sobrecitos de azúcar al descafeinado que se tomaba, a sorbos inapreciables, siempre, aunque hiciera un calor insoportable, muy caliente.

-Si no está muy caliente no es café -decía-, y ya si es descafeinado, pues no te digo nada.

Llegaba como si viniera de la selva, con la ropa lo suficientemente descompuesta, no sucia sino ajada, y cargado siempre con algo, o bien en la mano, una buena brazada, o bien en el saco de correos de color ya indefinible que llevaba sobre su hombro izquierdo. Dejaba la vara en la entrada y se adentraba en la semipenumbra del bar, ante la atenta -y desinteresada a la vez, si eso es posible- mirada de los escasos parroquianos que a esa hora apuraban un enésimo vino rúspero. A veces, alguien le compraba lo que traía, pero eran las menos. A él tampoco le importaba mucho. No lo hacía por eso. Otras veces lo regalaba al primero que mostraba interés. Lo importante había sido la búsqueda, no tanto lo que había encontrado. Pero para que esa búsqueda mereciera la pena era fundamental encontrar algo, nunca regresar de vacío, aunque no fuera necesario y hubiera después que tirarlo. Algo. Pero no pensaba en esas cosas. Bebía el café despacio, como si disfrutara quemándose.

Estuvo el bar cerrado bastante tiempo hasta que, un buen día, lo volvieron a abrir. Etelvina había regresado al pueblo después de un periplo de años, que ahora no viene al caso referir, por diversas ciudades, grandes, modernas, de brillante fascinación y trepidantes vidas. Sin oficio ni beneficio, y lo que es peor, sin ingresos, decidió alquilar el bar que llevaba tanto tiempo cerrado y darle una vuelta con la limitada y única intención de posarse finalmente -con las alas averiadas- en algún sitio, aunque fuera en éste, y ganarse la vida. El mohín en su gesto no era de decepción, pero se le parecía bastante. Durante los primeros meses le fue bien, atraídos los parroquianos por la novedad y por sus cambiantes peinados y cortes de pelo, pero pronto, como ocurre siempre en estas latitudes, volvió todo a su cauce. Y ese cauce llevaba un caudal cada vez más escaso. El mohín empezaba a dejar de ser mohín, como si el gesto representara alguna herida en el alma y la careta sustituyera, finalmente y para siempre, al propio rostro, más que oculto, desvanecido.

Etelvina sí que se llamaba Etelvina y los habitantes del pueblo sabían que le habían puesto ese nombre porque su abuela se llamaba así, tía Etelvina, pero ella renunció desde que recuerda a llamarse de esa horrible manera y siempre decía que se llamaba Ethel, así con esa hache tan elegante y sugeridora, y acaso en esas ciudades tan grandes donde vivió la llamaran así -o simplemente Etel o Ezel-, pero desde que regresó, volvieron a desempolvar -no sabía si con inocencia o por molestar- su nombre completo. Cada vez que algún paisano la llamaba Etelvina daba un respingo detrás de la barra y le miraba como si lo fuera a taladrar con la broca de odio de sus ojos. Al principio se empeñó en que la llamaran Ethel -o Etel, al menos-, y hacía oídos sordos cuando desplegaban -no sin cierto regodeo- su nombre completo, pero tuvo que aceptar finalmente que se llamaba como la tía Etelvina. Al menos en el pueblo.

No todos los días, pero sí la mayoría, Jimy, después de sus largas caminatas en las que se perdía por las sierras o por las vegas, tras horas de búsqueda de cosas que no necesitaba, pero que le daban sentido a esas excursiones -y a su vida-, paraba de regreso a casa en el bar de Etel con la intención de deshacerse -vender o regalar- lo que con tan arduo esfuerzo traía en el descolorido saco de correos, tomarse ese descafeinado y, con un poco de suerte, cruzar unas palabras con la dueña. Eran -y pertenecían- a mundos tan distintos que esas solas y predecibles palabras intercambiadas le resultaban, al menos a él, tan reconfortantes como el viento que había sentido durante el día en el campo, en la más completa intemperie. Había algo de mágico -él así lo percibía- en ese breve y desganado saludo, en esas obviedades que se intercambiaban, en esos silencios incluso, en alguna mirada interrumpida, más que por otra cosa, por simple educación o intento de alejar el sombrío y acongojante aburrimiento que a ella le acometía sin remedio. Pero, demasiado pronto, terminaba por irse a la cocina, abandonado siempre y a los pocos minutos a Jimy, al que no le hacía ya más caso. Pero a él le resultaban muy valiosas esas pocas palabras, esa efímera presencia, ese breve y rutinario intercambio. Las miradas. A veces le regalaba una manada de espárragos que ella agradecía, aunque tenía dificultades para ocultar su fastidio o desánimo, porque qué iba a hacer ahora con eso. Y entraba, como si desapareciera para siempre, en la cocina.

A Jimy le gustaba sentarse cerca de la entrada, donde a la izquierda de la puerta había una ventana que, aun a pesar de las rejas y de una cortina rescatada de dios sabe dónde, dejaba entrar la luz del sol, al menos una cierta claridad que aliviaba la apenada penumbra del resto del bar. Allí terminaba y hacía una esquina la barra. Cuando entraba y estaba ocupado el sitio, sentía una contrariedad que le llevaba a beberse el descafeinado deprisa y corriendo, quemándose realmente entonces la lengua. Pero cuando se recluía en su hueco, ambarinamente iluminado, se sentía como dentro de un cálido acuario.

Era abril y hacía un tiempo raro. Lo que podía encontrarse en el invierno había desaparecido, pero aún era pronto para encontrar algo que trajera la reciente primavera. Así que era tarde y pronto, uno de esos periodos en los que el campo juega a esconder lo que, en cualquier momento, nos empezará a dar, pero no ahora, no hoy. Más adelante tal vez, con las próximas lluvias. Pero Jimy siempre se las ingeniaba, recordaba los lugares a los que casi nadie accedía, conocía, varios kilómetros a la redonda, su territorio, y cada accidente geográfico, por pequeño que fuera, tenía un nombre. Y algo que escondía. Y lejos hacia el este, aunque nunca lo había hecho, se agachó aquel día, en aquella umbría que medio encharcaba un regato de aguas limpias y frías, antes de perderse en el arroyo, a cortar unos macizos de lirios del campo que se movían levemente, casi con timidez, con la brisa de la mañana. Con su navaja, y poniendo especial cuidado, cortaba los tallos a ras de tierra. Sus botas se hundían en el barro. Oía el agua correr. Y parecía que no había nadie más en el mundo. Al cabo de unos minutos juntó un ramo espectacular, casi excesivamente voluminoso, fresco y de un color morado que, al que lo mirara durante unos instantes, era capaz de aturdirlo. La luz del sol convertía ese color leve e intenso, casi azul, en un color inaudito, extraño en aquellas tierras, anticipo de una primavera que, acaso, ya no vendría nunca otra vez para él.

No quiso meterlas en el saco para no estropearlas y tuvo que regresar con mayores dificultades de las habituales, sujetando el excesivo ramo con su brazo izquierdo apretado contra el pecho mientras que con el otro mantenía la vara en la que se apoyaba para salir de las tierras bajas encharcadas por los regatos y la hierba demasiado fresca. Una vez en el camino pudo recuperar cierta prestancia. Las primeras abejas revoloteaban en torno los lirios que iban desprendiendo un olor poderoso y desconcertante.

Le daba algo de vergüenza entrar así, cargado de flores, en el pueblo, pero ya estaba de vuelta de lo que pudieran pensar o decir. Y demasiado cansado. Nadie, además, sería capaz de encontrar unos lirios tan grandes y bonitos en esa época del año. Y sin más dilación se dirigió al bar de Etelvina a descansar y tomarse su descafeinado. Cuando llegó, no estaba ella en la barra, sino una chiquita que le ayudaba unas horas al día.

-Qué flores tan bonitas, Jimy.
-Sí. Son lirios.

Estaba incómodo con ellos, con el brazo entumecido de sujetarlos con tanto cuidado.

-Toma- dijo. Iba a decir que eran para Etel.
-Son para el bar -dijo finalmente- Si las queréis.
-Muchas gracias -dijo la chiquita alargando los brazos- A ver dónde las ponemos.

Sintió alivio cuando se las quitó de encima.

Ella las puso en una cubitera que colocó en la esquina final de la barra, justo donde la luz del sol entraba desde la ventana, dejando brochazos de claridad. Las ahuecó un poco y parecía entonces que no estuvieran cortadas. Él daba vueltas al descafeinado con la cucharilla mientras observaba el macizo morado de rozagantes flores, todavía erguidas, con alguna gota de rocío incluso, iluminadas en el rincón. Empezaba a percibirse su olor, casi pregnante.

-Voy a decírselo a Etel.

Y se marchó a la cocina. Así que estaba en el bar. Sonrió mientras daba sorbitos.

Bien pensado, eran suficientes la luz, las flores y el descafeinado. Le hubiera gustado conocer las palabras -todas las palabras precisas- para poder describir lo que estaba viendo, esa claridad desvaída cayendo e inundando esa amalgama -en ordenado desorden- de flores moradas que al llegar a su centro -al centro de cada una- desvanecían la intensidad de su color violentamente malva hasta volverse -en ese tramo final y suavemente degradado- blancas, y que ese blanco tan puro, casi oculto en el fondo del cáliz, se viera, como si lo hubiera sido de improviso, manchado por un tiznón amarillo intenso que pretendía hacer olvidar, destacándolo aún más, el omnipresente morado. Y los tallos eran verdes, verdes oscuros y llenos de agua, con la quebradiza consistencia vegetal de una verdura del mercado.

Cuando salió la chiquita le dijo:

-Que dice Etel que muchas gracias.

Y siguió atendiendo a los otros clientes y lavando vasos. Esperó un rato con la taza vacía y los restos del descafeinado fríos y pegajosos. Y siguió esperando que saliera de la cocina para ver las flores y decirle algo, darle las gracias. Le hubiera gustado ver a Etel, hablar con ella unos momentos, aunque fueran esas frases convencionales y sobrantes que solían intercambiar. Estar cerca de ella, aunque fuera al otro lado de la barra, y poder ver, a ella y a los lirios, a la vez. Bajo esa luz. No sabía muy bien por qué le subyugaba -o le subyugaría- esa imagen. No quería saberlo. Era absurdo. Era ridículo. Lo imaginó entonces. Pero solo estaban las flores. Siempre -y para siempre- habían estado solo las flores. Como ahora. Esperó un poco más. Pero Etel no salió de la cocina.

Y Jimy se fue del bar. Cogió su vara de chopo y se marchó a casa. Estaba acostumbrado. No estaba triste. Ni siquiera. Las flores eran bien bonitas.

-Bueno Jimy, parece que hoy no traes nada.
-Siempre se trae algo, siempre, aunque se venga de vacío.

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Domingo por la tarde

Ya no hay cines de sesión continua. Entrabas en la oscuridad después de apartar un pesado cortinón y seguías la escasa luz de la linterna del acomodador hasta que dificultosamente llegabas y te sentabas en la butaca y empezabas a ver una película ya empezada, a la mitad o en su tramo final ya. Hasta que terminaba. Y luego veías la otra -siempre eran dos- ya en su orden, desde el inicio, y entera. Y entonces permanecías en la hundida butaca y veías -ahora ya desde el principio- la primera película, hasta que comenzabas a reconocer las escenas que ya viste cuando entraste. Era hora entonces de levantarse y salir del cine y volver a la calle, y allí, en mitad de la vida real de nuevo, volver a reconocer las escenas que estabas viendo antes de entrar al cine. Pero sin poder levantarte y salir.

Retrato en la basura (y III)

III

Más allá de las últimas casas bajas, donde entre los últimos solares libres se levantan inesperados e innecesarios bloques de cristal que albergan las más modernas oficinas para las empresas más innovadoras que se dedican a cosas que ya no consigo descifrar ni entender, me gusta perderme algún que otro sábado por la tarde, cuando todo el mundo se arremolina entusiásticamente en los centros comerciales y las amplias calles rectas del polígono aparecen desiertas, sin siquiera coches aparcados, y donde solo algún gato salta los muros metálicos de acceso a las entradas, ignorando las diversas y videoconectadas medidas de seguridad con una elegancia elástica, casi egipcia. Un vigilante se asoma aburrido a la calle en busca de algún nimio acontecimiento que alivie su secreta y segura desesperación e interrumpa y acelere la lentísima parsimonia con que allí pasan las horas. Los pájaros se pueden hacer ahora la ilusión de que están en otro lugar, un lugar vacío, tranquilo y por fin apagado, mudo. Hay aceras a medio terminar, que llevan así meses, como restos arqueológicos abandonados, por donde el sol puede abrirse paso, por fin, entre estas anchas avenidas, recientes y vacías, para atardecer sin obstáculos al otro lado del mundo. La ciudad, por estos desmontes tanto tiempo preteridos, sigue creciendo con estas obras descomunales, frías y funcionales. Las grandes grúas, ahora paradas, me producen un vértigo inverso y creo, al mirarlas, que están a punto de empezar a girar de nuevo, lentas, majestuosas y precisas. Pero no acaban de hacerlo. Los semáforos funcionan para nada. Algún transeúnte pasa ajeno a sí mismo incluso. El rumor de la ciudad ha desaparecido, apenas llega amortiguado y lejano, como el de un mar medianamente enfurecido.

Basta que estés un mes sin frecuentar estas calles, tan exactamente rectas y perpendiculares, para que no las reconozcas. Van a buen ritmo las obras. Y los edificios aparecen inesperadamente, erguidos y brillantes, de acero y cristal, como si hubieran sido escupidos, en una sola noche, directamente desde las mesas y los ordenadores del estudio de arquitectura, sin necesidad siquiera de obreros. Así que, a cada paseo extremadamente deambulatorio que daba por esta zona, tenía la sensación de hacerlo por calles distintas, siendo las mismas. Nuevas sombras iban comiéndose el asfalto de las calles.

Pero aún quedaban solares, descuadres, huecos como el de una caries, entre las altas y novísimas moles, malamente alambrados, en los que crecía una vegetación anárquica y pobre sobre la tierra echadiza y bajo montones de cascotes, entre los que empecinaba en crecer algún que otro proyecto de árbol incluso. Una urraca se posaba en sus ramas. Dos o tres gatos tomaban en sol con los ojos cerrados. Despreocupados. Tan atentos, sin embargo. Como si fueran los dueños y no le dieran mucha importancia a todo aquello: su reino.

En uno de esos impremeditados y errabundos periplos, cuando aún la tarde del domingo mostraba su dulce e insoportable banalidad, descubrí, aceras abajo, uno de esos solares que todavía escapaban a la voracidad constructiva, a trasmano y escondido, aun estando junto a un gran edificio de vidriosas y rectísimas ventanas, en el que la valla mostraba un hueco suficiente en una de sus esquinas, desde el que se podía apreciar cómo se iniciaba un inseguro boceto de sendero.

Entre la rala vegetación, a lado de unas dos o tres incipientes acacias nacidas acaso de las raíces de otras que habían sido arrasadas por las excavadoras, apoyándose contra la pared del fondo de bastos ladrillos sin lucir, tres construcciones de palés y plásticos se apiñaban en forma de ele dejando una especie de pequeña placita en su medio. Ni siquiera llegaban a la categoría de chabola. Las maderas se superponían de manera bastante precaria y unos plásticos cubrían aquello que podía considerarse un techo para evitar que la lluvia anegara su escaso interior. Allí debían vivir -dormir solo más bien- aquellos compañeros de rebusca del joven que encontró aquel cuadro en la basura -acaso él mismo también- con sus mujeres y padres y hermanos, en una comunidad santificada -esto es, maldecida por los siglos de los siglos- por el estigma de la más extrema y diaria supervivencia y el más absoluto desprecio por las personas que somos de orden y nos asomamos a las vallas con tanta curiosidad como aprensión, dedicados todo el santo día a recorrer las calles en busca de cartones, papeles, chatarra y cualquier otra cosa que les llamara la atención y pudiera ser de utilidad. Una tabla de planchar, un triciclo sin pedales.

No había nadie a estas horas. Estaban aparentemente vacías. Un sillón de orejas, con la tapicería mugrienta y atravesada por un breve costurón, mostraba allí su desolación y sorpresa, su desvalimiento, en el redondel de tierra pisada que se había formado entre las tres chabolas que mostraban un aspecto inocente y precario, construidas como estaban por un azar de materiales diversos e inservibles, revueltos y combinados con escaso sentido. Al estar separados por dos o tres metros cada una, dejaban ver la pared del fondo del solar, el muro de ladrillos.

En el hueco principal colgaba el cuadro del señor de bigote recortado y mirada perdida en un futuro más inexistente que improbable. La apariencia de normalidad -el retrato junto al sillón de orejas- recomponía aquel espacio, jugaba a alcanzar aquello que nunca tendría. Alguien se molestó en clavar un clavo en el muro y colgarlo. Incluso estuvo unos minutos intentando nivelarlo. Que estuviera torcido, por más levemente que fuera, resultaría, entre aquella barahúnda de restos, entre aquel caos de cosas inservibles y de cualquier manera amontonada, del todo punto insoportable. Ahora lucía, recto, exacto y señorial, presidiendo con su innegable -aunque tantas veces negada- prestancia, aquel lugar habitado por vidas al margen, bajo el sol de todos y a la luz tímida y fría de la luna por las noches. Pensarían, incluso, cuando regresaran de su interminable día de rebusca y pedestre transporte empujando los carros, que aquel señor dignificaba su humilde hogar, aquel señor tan importante que hasta le hicieron un retrato al óleo.

Aunque no lo fue nunca. Acaso lo más importante y valioso -de un valor mudo, secreto, extraordinario- que hizo en su vida fue, cuando su hijo, convaleciente y definitivamente enfermo, que acababa de salir del hospital, después de dolorosas y extremas peripecias frenéticamente autodestructivas, salvado de una muerte segura por la inexplicable campana de la buena suerte o el más inexplicable azar, y que regresaba a casa junto a él, en el coche, en el asiento de al lado, al cabo de kilómetros de silencio, desechados ya incluso los reproches, le pidió un cigarrillo, sin dejar de mirar hacia adelante, lo más valioso fue, digo, apartar una de las manos del volante, echársela al bolsillo de la camisa y con un gesto de entrega -tan sincera como derrotada- acercarle la cajetilla para que cogiera un cigarro. Gracias, musitó el hijo, que aspiró profundamente la primera calada mientras el humo se escapaba veloz, deshaciéndose, por la ventanilla abierta.

Pronto anochecerá y empezarán a regresar con sus carros a descansar después del día tan largo y tantos kilómetros de contenedor en contenedor, de obra en obra, de papelera en papelera. Harán algo de fuego, beberán algo parecido a café y el mayor de ellos se sentará en el confortable y sucio sillón bajo la mirada lánguida de ese señor con bigotito, un señor importante.

Pero antes de que caiga la tarde me voy marchando, de regreso al barrio, a darme una vuelta por sus bares. Ya va siendo hora. Es un momento éste, en el que agoniza el domingo, en el que la desolación se confunde con el extraño éxtasis de la felicidad más esquiva, sin saber muy bien distinguirlos. Una urraca se ha posado en una de las ramitas de la joven acacia. Grazna. Y no sé si es porque pretende avisar a las otras urracas de que ha encontrado un buen sitio o acaso las alerta para que no vengan. Un peligro incierto, pero probable, acecha. Y vuelve a graznar.

Retrato en la basura (II)

II

Al cabo de los días, de forma impremeditada y bastante anárquica, hablando con unos y con otros en los bares del barrio que también él frecuentaba, pude ir reconstruyendo su historia, a trozos, con apenas retazos de nada, algunas frases, muchas ideas preconcebidas, suposiciones malintencionadas y reiteradas maledicencias. El resto lo pude imaginar, esto es, inventar. Si me alejo de lo que en realidad pasó y falseo la verdad, tampoco importa mucho. No hacemos otra cosa.

“Mató al padre, que era una bellísima persona, a disgustos”. Cosas así eran las que decían para referirse a él. Atildado y bien vestido, aunque en su ropero hacía más de veinte años que no entraba nada nuevo, daba la sensación de vivir, más ajado, demacrado y reblandecido -“machacado”, dirían en el bar-, fuera de época, como si su tiempo hubiera pasado hace años ya y él se empeñara en ignorarlo. El disco se había rayado, no avanzaba, pero seguía girando, tropezando en la misma falla del mismo surco. Se negaba, acaso, a admitir el paso del tiempo, pero el tiempo suyo -aquellos años tremendos y descerebrados- no solo había pasado, sino que el de ahora, le golpeaba con saña. Cada amanecer. Con el hígado definitivamente dañado y el pulso tembloroso como el de un anciano en las últimas. Sin embargo, seguía peinándose con esmero sus grasientas y negras ondas que aún se rizaban en el cogote con una añorada y patética gallardía.

“Hace poco murió su madre. Ahora no sé qué va a ser de él”. Por lo visto, vivió todos estos últimos años en la casa familiar, solo con su madre. Tenía hermanos que vivían lejos, algunos en otra ciudad, y que apenas venían, solo de tarde en tarde, a ver a la madre y a comprobar que seguía igual su hermano crápula, sin sentar cabeza y tirando al monte. Ahora, muerta la madre, habían venido a poner en venta la casa, repartirse el dinero y, con la parte correspondiente al hermano en cuestión, comprarle un piso más pequeño, aunque fuera en alguna de las ciudades dormitorio donde los precios lo permitieran. Dejarle que dispusiera de su parte, supondría su dilapidación en pocos meses, si la quebrantada salud le dejaba hacerlo y no reventaba, por fin, en algún antro infecto, oscuro y lo suficientemente enervante. A él, por supuesto, lo que hicieran sus hermanos -incluso lo que hicieran con él- le daba un poco igual. Desmantelaron la casa para así, vacía, poder venderla mejor y él solo se encargó de descolgar el retrato del salón y sacarlo esa noche a la basura.

Cuántas noches al encender la luz del pasillo para no tropezarse con la abigarrada disposición de los numerosos muebles y mueblecitos que poblaban el salón, tuvo que soportar la mirada hastiada, y ni siquiera ya recriminatoria, de su padre desde ese lienzo odioso. Fue su madre, cuando murió su marido -demasiado joven, de un infarto en la oficina-, quien fue con una fotografía suya a una pequeña tienda de los pasadizos en la que vendían todo lo relacionado con lo que llamaban bellas artes, para preguntar por algún pintor que le hiciera un retrato a partir de la foto. Como todo en la vida, fue empeorando en las sucesivas -y no requeridas ni necesarias- copias. Si la fotografía -hecha en un estudio con motivo de su ascenso en la oficina en la que trabajó toda su vida- le mostraba ausente y grisáceo, el cuadro lo empeoró todo. Si el retrato al óleo -por el que la buena señora tuvo que pagar unos exagerados emolumentos- pretendía dotar su cabeza de nobleza patricia y hasta alcurnia nobiliaria, los resultados fueron los contrarios. El día que lo colgó en la pared principal del salón, la viuda respiró satisfecha, mientras su hijo se escapaba, después de haber vaciado los cajones donde su madre guardaba el dinero, al bar.

Alguna noche, cuando apenas quedaban parroquianos y él se había despedido, después de haberse dejado medio sueldo -o media prestación, o la prestación entera- en la tragaperras, alguno contaba historias acerca de sus buenos tiempos. Como no quería seguir estudiando, su padre, a través de una recomendación, le encontró un buen trabajo en una imprenta. Para vergüenza de su progenitor, que había tenido que pedir el favor -y luego dar la cara en la humillación-, duró poco. Empezó a llegar tarde y, después, a faltar días enteros con explicaciones cada vez más insostenibles. Como tenía dinero, las noches eran especialmente intensas y largas, tan largas que cuando cobraba a fin de mes, duraban varios días. Pero como era joven, bien parecido y lo suficientemente entrometido, pronto encontró trabajo. Era de comercial, y aunque a su padre le parecía un demérito, enseguida se dio cuenta de que era perfecto para sus aptitudes. De un lado para otro, conociendo gente siempre nueva y pudiendo frecuentar los bares a cualquier hora. Los impulsos iniciales le duraban poco y estuvo, por eso, en multitud de empresas. Pero siempre acababa por encontrar algo. Hasta que tuvo un golpe de suerte -al conocer un alma gemela y cómplice en las más extremas correrías que ocupaba un alto cargo- que le llevó a un puesto de especial responsabilidad. Con toda su caótica experiencia en el ramo comercial, acabó su periplo laboral siendo nombrado representante en exclusiva -y serlo en exclusiva en aquellos años era cierto a rajatabla, y una bicoca con la que hacer mucho dinero- para Extremadura y Andalucía de Playtex. En aquellos años fue toda una revolución y se vendían solos, solo con pronunciar la palabra Playtex. O más poéticamente expresado: el cruzado mágico. Sujetadores de construcción frontal en cruz para una sujeción perfecta. A su padre le abochornaba que su hijo, después de haberle educado y dado estudios, hubiera acabado vendiendo sujetadores. Pero como decían en el bar, “ganó un dineral”. Aunque de la misma manera que lo ganaba, lo gastaba.

Debieron ser unos años -o unos meses, no sé, lo que durara aquello- frenéticos e intensos, recorriendo aquellas ciudades y pueblos del sur y atendiendo pedidos que se multiplicaban y superponían. Hizo miles y miles de kilómetros en el coche, fumando Winston y escuchado cassettes de los Rolling o de Camilo Sesto a todo trapo con la ventanilla bajada, mientras la canícula abrasaba los campos amarillos de rastrojos que eran engullidos con una voracidad inacabable por esas carreteras de Dios. Tuvo varias novias a la vez, y a todas las agasajaba con un empalago que no llegaba a molestar, hasta que, invariablemente, se terminaba despidiendo a la francesa.

Las cosas iban bien, y fueron bien hasta que dejaron de ir bien. En uno de esos tratos, un gitano le hizo un pedido de diez mil sujetadores -el cruzado mágico realza el busto- para venderlos después, con la ayuda de sus innumerables primos, en los mercadillos de los pueblos y las ciudades del sur peninsular. Como no lo saben hacer de otra manera, le pagó en metálico, billete sobre billete, y ese fue el principio de su decadencia y el impulso final que precipitó su perdición. El descuadre de las cuentas ante la empresa era ya insostenible, y aunque él acusó al gitano de no haberle pagado, eran tantas las pifias y los pufos que fue dejando esos meses atrás en la empresa matriz, y que se fueron tapando y equilibrando con adelantos de mercancía y retrasos justificados en el pago, que terminó todo por saltar por los aires y no solo fue despedido -dejó de ser el representante en exclusiva para la zona sur de Playtex para siempre jamás-, sino denunciado y llevado a juicio. La declaración de insolvente le cuadraba a la perfección. Las citaciones llegaban a casa de su padre, que palidecía al abrir el casillero y ver en el sobre el amenazador membrete del Ministerio de Justicia, más de vergüenza que de rabia. Pero él, despreocupado e insensato, aceleró el ritmo de su dolce y desenfrenada vita.

Lo primero que hizo fue irse a vivir a la costa de Almería, alquilar un apartamento y comprarse un Mehari. En uno de esos garitos nocturnos que frecuentaba conoció a una chica delgada, bajita y morena, que no solo compartía adiciones con él, sino que le superaba con otras nuevas y más fascinantes. Esa misma noche se fue a vivir con él. Recorrían las playas más recónditas en su cuadrado descapotable de lata naranja, sintiendo todo el aire del mar, que no era suficiente para devolverles a la realidad, parapetados como estaban tras sus negras gafas, obnubilados, jóvenes, deliciosamente descentrados, con el pelo al viento, por aquellas carreteras que serpenteaban los áridos acantilados. Otras veces iban hacía el interior, en busca de pueblos que parecía que acababan de salir del calcolítico. Bandadas de chiquillos descalzos y semidesnudos corrían, en una algarabía de chillidos, detrás del coche naranja que no tenía techo, algunos, temerariamente, llegaban a tocarlo, hasta que aceleraba y se perdía en el desierto. Aunque las carreteras estaban asfaltadas, al atravesarlas levantaban unas polvaredas que, al posarse, las ocultaban en parte.

Era el verano de 1979 y duró aquel verano una vida entera, o más bien un segundo, justo el tiempo necesario para que brillara el chispazo de un fuego, una explosión incontrolada, la brevísima y fugaz ceremonia de una iluminación tan poderosa como efímera. Sin nuevos ingresos, sin normas, rodeados de jeringuillas y de ceniceros sin vaciar, y de una luz intensa y de un mar azulísimo, amándose de una manera caótica y desordenada, crispándose los nervios, abatiéndose en sus respectivos abismos, discutiendo interminablemente, asomándose a cada acantilado, aquello no podía acabar bien. Era una carrera desbocada y habían perdido las riendas, no había más que un ansia insatisfecha, la aplicación perfecta del manual que te enseñaba a elegir, sin otra opción ya, la autodestrucción como forma de vida. Y eran en esto unos artistas consumados. Una tarde de finales de septiembre, cuando él la encontró dormida sobre el sofá desde el que se veía, a través de la cristalera, el mar, supo que estaba muerta. Descansaba. Y no le dio pena. Sintió envidia.

El carrusel que no llevaba a ninguna parte continuó girando para él y le llevó por distintas ciudades de la costa en un periplo alucinado. Las luces de la noche seguían brillando aunque fuera de día. De vez en cuando recibía llamadas y cartas de su padre o de sus hermanos para que regresara a Madrid y se sentía entonces cansado, anulado, derrotado. Pero no podía parar ahora. Nunca había dejado una copa a medias. No sabía decir no, solo sabía decir más. De muchas pensiones le echaron y tuvo que dormir en la calle. Pero el sur es amable y en cualquier banco podía pasar sus resacas hasta que oía el más dulce de los sonidos posibles: el que hacen los cierres metálicos de los bares cuando los suben con ímpetu de madrugada para dar los primeros cafés. Los primeros chupitos.

Hasta que un día, cuando su padre acababa de entrar en la oficina un día como los otros, un día más, recibió una llamada. Le llamaban desde el hospital de Málaga. Su hijo. Tuvo que pedir permiso, coger el coche y hacer los seiscientos kilómetros en un estado de angustia y desesperación interminables. Cuando llegó no sabía si estaba aún vivo. Pero, aunque era inaudito e iba contra toda lógica, no solo médica sino del sentido común, sobrevivió, y al cabo de una semana, notablemente desmejorado, salía del hospital y regresaba, junto a su padre, a casa.

Si estoy imaginando, gracias a las escasas informaciones semifidedignas que tengo, todo esto que estoy contando, o acaso, directamente inventando, el viaje de seis horas de regreso a Madrid, escapa a mi imaginación o inventiva. Probablemente no se dirían nada, algunas palabras de cortesía, obviedades, silencios tan densos y aplastantes que apenas se podían soportar y caían sobre sus hombros con un peso real, físico. Él miraba por la ventanilla lateral, no de frente. Los campos pasaban más que rápidos, borrosos, absolutamente ajenos. Luego, le preguntaría a su padre si tenía un cigarro.

De vuelta a casa recuperó algo de peso y si no discutía con su padre era porque no coincidían. Moderó su vida disoluta porque no le quedó más remedio que adaptarla a las escasas posibilidades que le ofrecía el barrio. Además, su salud estaba seria e irreversiblemente dañada. Y los días se sucedían con una aparente normalidad, con una tranquilidad falsa, porque seguía latente el fracaso, la vergüenza y la desesperación, educadamente disimuladas. La madre disfrutaba con las comidas de los domingos en las que se reunían todos. Sus hermanos formaron adorables familias. A él le seguían pareciendo abominables esas comidas del domingo.

Cuando murió su padre lo único que le reconfortó fue saber que el tanatorio contaba con un espléndido bar. Luego, la vida le fue quitando cosas, como si le acosara. Él fingía indiferencia. Todo lo que pasó después creo que ya lo he contado, y ahora, muerta también la madre, cuando regresa a casa a altas horas, la encuentra vacía, solo su habitación permanece amueblada, en espera de que el comprador termine los trámites de los bancos y la notaría y él pueda abandonar para siempre esa casa familiar en la que solo estuvo a gusto cuando cogía la puerta y se iba.

Ya no se le ve por el barrio y la casa está cerrada. Nadie le echa de menos. Vivirá ahora en un pisito en una de esas ciudades que proliferan al otro lado de las radiales. Conocerá todos los bares cercanos y alguna noche tendrá que llamar a alguno de sus hermanos para que le lleven a urgencias. Su salud estará dando sus últimas boqueadas, exhaustos los órganos vitales de tantos excesos. Nunca salió a la calle sin ir bien vestido, a su manera ya pasada de moda. Impecable como un detestable caballero español. Mientras juega a las tragaperras en uno de esos bares cualquiera, le tocará la Parca en el hombro. Ya voy, le dirá, pero espera un momento, que me han salido unos avances.

Retrato en la basura (I)

I

La cualidad ambarina de la noche no tenía nada de mágica o evocadora. Esas calles estrechas y agobiantes, aledañas a la arteria principal, de las que no eran más que sus oscuras y poco transitadas traseras, recibían la escasa iluminación anaranjada de unas empobrecedoras luces de tan bajo consumo que parecían estar a punto de extinguirse. Casi había que ir palpando las sucias y despeluchadas paredes. Las aceras eran tan grises que sobre ellas no se distinguían las sombras. No quiero ni pensar en lo que iría adhiriéndose a las suelas de mis zapatos, hasta incrustarse de tal manera en ellas que se hicieran -y fueran- una misma cosa, mis zapatos y la acera, mi sombra y las sombras, la calle entera y yo mismo, convertido finalmente en algo así como una innecesaria, borrosa y mínima excrecencia de la ciudad abatida.

Muchas noches de tambaleantes pasos las atravesé a deshoras para llegar a casa, después de haber consumido otra malgastada jornada y demasiado alcohol, sombra entre las sombras, encorvada silueta orinando entre dos coches aparcados. Antes de incorporarme a la brillante vida nocturna de la calle principal, al lado de uno de los últimos portales, entre la basura, asomaba de una gran bolsa negra de plástico un cuadro pintado al óleo. Era un retrato que alguien -probablemente alguien de la familia, sus hijos tal vez, o nietos- había decidido -en un acto de liberación o de hartura- tirar, por fin, a la basura. Ahora dejaba ver el fino y recortado bigote del retratado, con un gesto de suficiencia, desinterés y un punto de asco, como si fuera capaz de oler la creciente e imparable descomposición de los heteróclitos deshechos de materia orgánica que le rodeaban. Nada hay más cierto que la implacabilidad del destino, pensaría. Aunque al hombre del retrato, a estas alturas, tampoco parecía importarle demasiado. Bañado en la escasa luz sucia de la calle, lo observaba todo -vecinos paseando al perro, parejas que iban al McDonald’s más cercano, borrachos de regreso a casa- con el mismo gesto que observó durante tantos años el insoportable salón de lo que fue su casa, a su amada familia.

Pude llegar por pura inercia a casa. Al meterme en la cama pensé que la rutina me había devorado definitivamente y que ya no quedaba más de mí que la silueta imprecisa de un tipo meando entre dos coches. Tuve uno o dos sueños aceptables, lo suficientemente extraños como para calmar los acelerados latidos de mis sienes provocados por el exceso -innecesario, pero recurrente- de alcohol. Creó que dormí algo. Al cabo de unas horas, para mi desazón, volvió a amanecer.

Debía ser temprano -aunque eso es algo siempre relativo en una ciudad insomne como ésta- cuando estaba otra vez en la calle, un poco a la deriva, sin otro oficio que el de saludar sin ganas a ese nuevo día que se intuía entre las azoteas y las antenas de televisión. Ver los gorriones posados en los quicios de las ventanas o dando saltitos en el asfalto, ni siquiera me alegraba la mañana. Ni tampoco las palomas. Pero era suficiente -otro regalo inaceptable- andar de nuevo sobre esas sucias aceras. Era la única manera de acariciar la ciudad, de poder palparla, sus calles, sus edificios, sus esquinas, cada elemento colocado, algo así como la vida que tenemos ahora, tocada de la única manera posible, con los pies, con las suelas de los zapatos, en un acto de amor y de entrega que se sigue manifestando, a su pesar, a cada paso. Y yo daba bastantes, recorriéndola sin prisa y sin dirección. Viejos amigos.

En una de esas calles grises y en la que parece que las azoteas de los pisos enfrentados van a juntarse por momentos, me crucé con un joven que vive en la calle desde hace un tiempo, uno de los que han llegado del gastado corazón de la Europa más antigua e inextinguible, siempre expulsados, desde hace siglos, de todos los sitios donde han estado, y ahora aquí recogen chatarra, papel y cartones entre la basura acumulada de los contenedores y nuestros excesos. Caminaba erguido y sonriente, con una ropa estrafalaria pero cómoda, sucia del uso, que tenía el aspecto de no haberse quitado en meses ni para dormir, unos pantalones que dejaban ver sus tobillos un tanto desaseados y un gorrito de lana roja sobrepuesto en la coronilla culminaban inesperadamente su estilismo. En una mano sostenía una lata de una de esas bebidas energéticas baratas, mientras sujetaba bajo el otro brazo el retrato que vi la noche anterior en la basura. La mirada, ahora tendida y horizontal, del señor retratado al óleo por alguien que, aunque se dedicara a la pintura, bien sabía Dios que no tenía talento para ello, permanecía imperturbable, ajena, como si fuera lo mismo contemplar las miserias familiares y las escenas anodinas y desesperantes que tuvo que soportar -sin siquiera poder parpadear- desde del mirador privilegiado de la pared principal del salón de lo que fue su casa, que la gente que pasaba ahora por la acera esa mañana, aunque lo tuviera que hacer de soslayo y sin poder girar el cuello.

¿Dónde iría con el cuadro? ¿Qué pensaría que le iban a dar por él? Cuando lo rescató de la basura, antes de que llegara el camión para triturarlo de una vez, lo sostuvo con los dos brazos extendidos y se quedó un rato mirándolo. Se miraron los dos. Sonrieron. Fue entonces cuando decidió llevárselo. No valía para nada. Era absurdo. Pero le gustaba mirarlo. Debía ser alguien importante, pensaba. Era su día de suerte. Ninguno de sus compañeros en la rebusca había conseguido una cosa así. Un cuadro al óleo, un retrato de un señor importante. Aunque su mirada fuera de una displicencia irritante.

Esa noche bebí menos y no tuve que pararme a orinar, aunque casi no llegué a casa. Otra vez calculé mal. Dormí a trozos. Y volví a madrugar para nada, expulsado del océano revuelto de las sábanas y de la tranquilidad cómplice de las almohadas, purgando así los múltiples pecados de omisión e inacción que atormentaban mi alma y que calmaba bebiendo de nuevo algo en ayunas. En uno de los bancos de un esquinazo ajardinado entre la calle principal y una de sus calles adyacentes dormía el joven del cuadro, con un hatillo de bolsas en el suelo, un cartón de vino y el cuadro a sus pies, en el otro extremo del banco, presidiendo la escena y dándole cierto aire de prestancia alucinada.

La ciudad recuperaba así su condición de complejo, banal y sucesivo decorado. Escenario inacabado e inacabable, levantado y caído, deteriorado y brillante. Ese cuadro apoyado sobre el brazo de hierro del banco, siendo tan falso, estando tan fuera de sitio, convertía al pequeño jardín esquinado, si no en el centro absurdo de la ciudad, sí, al menos, en el rincón más delicadamente extravagante del barrio. Y eso que había muchos, inadvertidos y silenciosos. O al menos, a mí me lo parecían.

A última hora de la tarde, antes de que la luz del día se terminara de ensuciar y declinara en un crepúsculo robado por la mole sucesiva de los edificios, al pasar por ese esquinazo viverísticamente ajardinado volví a ver el cuadro y volví a ver al joven que lo rescató de la basura, que discutía con un hombre bien peinado, vestido de negro con ropas impolutas y demasiado antiguas, y con el que coincidía a menudo, aun sin haber hablado nunca con él, en los bares del barrio, en los peores y más abyectos tugurios que aún sobrevivían a las malhadadas y detestables franquicias. Hablaban acaloradamente mientras, de manera alterna, señalaban al cuadro, objeto, parecía ser, de la disputa. Era como si le recriminara al joven, no solo que lo tuviera expuesto en la calle, sino que lo considerara de su propiedad, como si el azaroso hecho de que lo encontrara tirado en la basura le diera derecho a algo sobre él. El joven que vivía en la calle y recogía chatarra, cartones y papel, evidentemente, pensaba lo contrario. No había robado nada, alguien lo había tirado a la basura y él lo había cogido. Nadie lo quería. Era suyo ahora. Así que podía irse y dejarle en paz. No sé en qué terminaría aquello. Tampoco me importaba mucho. Ni siquiera me detuve y seguí de largo.

Esa noche, durante el obnubilado regreso a casa, me crucé en esa calle despeluchada y oscura con el hombre que discutía, hacía unas horas, por el cuadro. Tenía una mirada ausente, como si la hubiera perdido hacía siglos. Después de unos pasos, me detuve y me di la vuelta. El hombre se alejaba cansino por la acera hasta que se detuvo, sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta del portal para subir a casa. El mismo portal en donde la otra noche, junto a la basura, estaba el cuadro, que él dejaría allí como el que se quita un enorme e intangible peso de encima.

Atraviesa un coche la noche

Atraviesa un coche la noche de regreso a casa. Como si no fuera suya ni la noche ni la casa. El ruido del coche que pasa permanece unos segundos hasta que se extingue. Ha pasado, se ha ido. Y ese ruido está ya fuera del tiempo, como los otros ruidos de los otros coches que pasaron en la noche, otras noches en otros años ya lejanos. Las noches y los años se han ido, pero no el ruido de los coches pasar de noche. Ese ruido permanece cada noche. Como si fuera el mismo cada noche, el mismo coche, el mismo ruido al pasar, la misma noche. Acaso sean los mismos, los mismos ruidos, el mismo coche, la misma noche. Alguien viaja -llega o se marcha, pasa en fin- dentro de ese coche, una noche, por ejemplo, de 1979, o esta misma noche, débilmente iluminado en medio de la oscuridad de la noche. Se le oye acercarse veloz, pasar y alejarse, dejando ese resto de ruido del motor extinguiéndose, sonora ráfaga fugaz que termina por debilitarse, como si dejara después, como un regalo, el silencio de la noche, un regalo ya abierto, roto, pero entregado. La noche no era suya, ni la casa. Acaso tampoco él se perteneciera a sí mismo. Débilmente iluminado. En esa casa alguien en la cama abre los ojos en la oscuridad y escucha los ruidos de la noche, oye un coche pasar -alejarse- en la noche, rompiendo el silencio de la noche, para volver a dejarlo recuperado, tan nítido y doloroso, casi perfecto, como un regalo roto. El ruido del coche se ha desvanecido como un eco lejano que disminuye y se extingue hasta que desaparece. Han pasado los años -1979 está muy lejos ya-, pero cuando alguien oye, en esa casa que dejó de ser suya, pasar un coche en la noche, cree que regresa. Pero pasa, hasta que se extingue, sin acabar de hacerlo nunca.

La luz del albedrío (y VIII)

VIII

Todo lo que fue viniendo después, como todo lo que hay ahora, carece de importancia. Solo tenía un empeño entonces: no volver la vista atrás. Tenía ante mí las tierras del sur y luego otras tierras y después el mar. Era suficiente. Y lo que quería. Había sido muy doloroso partir y dejarle, nunca pensé que lo fuera tanto, pero esa decisión -ese impulso más bien- me permitía satisfacer el anhelo de escapar, esa inercia imparable e interminable que me expulsaba siempre de los sitios en donde había encontrado algo de paz, algo así como un refugio. ¿De qué estaba huyendo?

Tuve que abandonar esa vida montaraz, casi salvaje, asocial hasta extremos que desconocía, y adaptarme a la vida de los pueblos y las ciudades, aprender a tratar con otras personas a diario, a compartir con desconocidos la rutina de sobrevivir, a buscar los más variopintos trabajos y a defenderme como solo saben defenderse las mujeres solas. Más huraña que enigmática, era tratada, aunque lo era, pero también aunque no lo fuera, como una extranjera. Hasta que no conseguí los primeros trabajos -limpiar, cocinar, coser, trabajar en granjas o en el campo- caminaba a pie de un pueblo a otro, de una ciudad a otra, siempre más al sur. Solo cuando conseguí reunir algo de dinero pude transportarme por otros medios. Y los paisajes se sucedían cada vez a mayor velocidad, desvaneciéndose casi, tan fugaces como irreales. Apenas había por estas latitudes del sur montañas, y la vegetación era arisca y escasa. Pero esa nitidez y explicitud del azul de esos cielos pareciera que se encargara de borrar el pasado, de diluir mis recuerdos, de anularlos, iluminándolos en los plomizos y oscuros recovecos de mi mente hasta hacerlos desaparecer. Aunque también asomaban, de vez en cuando, nubes que me distraían y llevaban a otro sitio.

Recuerdo apenas estos días, estos años de huida hacia el sur, difuminados, sin aristas, repetidos e intercambiables, tan anodinos como sobrantes. Y sin embargo, más a menudo de lo que yo hubiera querido, aún me seguían asaltando los ecos de aquellos otros que pretendía olvidar. A veces me acordaba de él, afanándose en su rincón o perdido en los bosques en busca de caza, sentado cuando acababa el día a la puerta de la casa de piedra contemplando con parsimonia -y aburrimiento tal vez- las espléndidas llanuras que se perdían a lo lejos, y, acaso, escarbando en lo más profundo de su corazón cuarteado, se pudiera encontrar el atisbo de una esperanza insensata e imposible: la de verme un día, esa misma tarde, regresar. Pero enseguida se desvanecería esa idea. Otra tarde más. Y se haría de noche.

Yo continuaba alejándome aún más al sur, persiguiendo la línea del horizonte que, con cada paso, se alejaba más y más. Pero al hacerlo, un soplo de libertad aliviaba mi alma, y ese soplo era lo que me mantenía con vida. Trabajé en granjas ordeñando ovejas, limpiando establos, cuidando enfermos, recolectando los diversos cultivos que daban las vegas. En algunas, apenas duraba un par de días, en otras, estuve meses. Pero siempre, al final, pedía lo que me debían por mi trabajo y me marchaba. No era fácil para nadie en esos tiempos trabajar y vivir con un mínimo de dignidad. La escasez y las sacudidas de la guerra lo hacían todo un poco más difícil, como si eso justificara la esclavitud, la pobreza y la humillación. Pero para una mujer lo era mucho más, indeciblemente más.

Pero ya he dicho que todo esto, todo lo que fue sucediendo durante estos últimos años de obstinada marcha hacia el sur, carece de importancia. Y apenas los recuerdo con la intensidad suficiente como para poder rescatar algo de ellos. En las épocas de cosecha no me era difícil encontrar trabajo, establecer algo así como cierta camaradería con los compañeros y ahorrar algo de dinero. Estuve varias campañas recogiendo fruta -ciruelas, melocotones, albaricoques- en las feraces vegas de los ríos del sur, y cuando terminaba el verano, a las pocas semanas, empezábamos con la vendimia. Nos desplazábamos en cuadrillas de un lugar a otro en un radio de pocos kilómetros y yo procuraba que estas fincas estuvieran cada vez más al sur. Los inviernos aquellos los pasé cogiendo aceituna. Pero también trabajé en factorías de hilaturas, y de conservas, de cocinera en más de una venta, de criada en alguna casa señorial. Nunca faltaron los acosos y los intentos de abusos, pero de manera obcecada, brusca y terminante, pude atajarlos, aunque tuviera que marcharme y perder mi paga del mes o la de varios meses. Pero tuve suerte. Algunas mujeres con las que coincidía en estos trabajos, cuando las mirabas, bajaban los ojos. Otras mantenían la mirada altiva y desafiante, como si estuvieran jugando a un juego en el que sabían que al final ganarían, aunque perdieran, o que al final perderían, aunque ganaran. Supongo que siempre ha sido, de una manera o de otra, así. Y tal vez nunca cambie. Y yo a eso no quería acostumbrarme. Si alguien se atreviera a mirarme a los ojos, tendría que encontrar siempre en ellos la llama, bien viva, de la dignidad.

Aunque prefería trabajar en el campo. Era duro, extenuante. Pero al final del día me gustaba descansar al aire libre, en cualquier banco de los barracones, o en el mismo suelo, y perderme en mis ensoñaciones, en mis nuevas ideas acerca de las nuevas posibilidades de seguir escapando cuando terminara la campaña, mientras las luces de la tarde se iban suavísimamente extinguiendo y la noche cerraba la página del día. Me gustaba hablar con mis compañeros, jornaleros sin tierra que no tenían más remedio que aprovechar lo que se les daba y vivir el resto del año a salto de mata. El cansancio y la camaradería en el esfuerzo ayudaban a establecer unos vínculos de sinceridad innecesaria, pero tan agradable como reparadora. Hablábamos hasta que empezaban a brillar, magníficas y lejanísimas, las estrellas.

En una de estas conversaciones nocturnas uno de ellos habló de las tierras al otro lado del mar, de aquel país inmenso donde las posibilidades eran reales y no trampas o callejones sin salida. El viaje era muy costoso, se necesitaban demasiados permisos y el barco tardaba semanas en llegar. Luego allí, si no conocías a nadie ni sabías el idioma, era peor que empezar de cero. Pero aun así, con todo, sería mejor que esto. Era mejor que esto. Yo no presté mucha atención a lo que decía, pero por la noche, tratando de conciliar el sueño, la idea, absurda pero absorbente, de esas tierras al otro lado del mar, empezó a martillear y repetirse en mi cabeza alejando cualquier posibilidad dormir algo.

Ahora escribo, bajo la luz amarilla de una lámpara raquítica, en la habitación de una pensión de la última ciudad, marítima y portuaria, de estos territorios meridionales. Cuando cesa el estruendo de las grúas puedo oír el chillido de las gaviotas y un olor intenso a tripas de pescado asciende por los callejones que rodean el descascarillado edificio en el que me encuentro, esperando la salida de mi barco. Mañana zarpo. Después de semanas de trámites y papeleos absurdos -nunca llegué a imaginar que fuera alguien, que mi nombre estuviera en tantos registros y que hubiera que volver a escribirlo en tantos papeles- y gastando todo el dinero que tenía en comprar el pasaje, paso aquí mi última noche. Desvelada, escribo estas páginas que, si en un inicio tenían sentido y contaban algo, ahora siento que han perdido toda la fuerza, que se desintegran casi en una reiteración innecesaria, sin conclusión alguna, que esperan terminar pronto -dejaré de escribir y no sabré qué hacer con estas hojas-, y acabar en cuanto amanezca y las primeras luces ensucien el cielo del puerto y pueda volver a ver las aguas oscuras moverse encajonadas en los muelles.

Tal vez al otro lado del mundo pueda encontrar algo de armonía, que se calme un día este impulso, esta agónica contradicción. Al menos allí, si no lo consigo, habré desterrado los paisajes del pasado, estos escenarios asfixiantes, mi vida de antes, habré disuelto para siempre la silueta omnipresente de las montañas azules, el eco insistente de aquel disparo, el gesto de girar el pomo de la puerta de la habitación. Aún no ha amanecido, pero no tardará en hacerlo, no queda mucho. Tengo que dejar de escribir, ya hay casi más luz fuera que la que vomita esta ridícula lámpara que me ha acompañado en esta noche tan larga. No llevaré apenas equipaje. Un resto de dignidad indestructible, la lucecita del albedrío al fondo del corazón, la imagen de mi padre desplomándose sobre el suelo delante de nuestra casa, su cuerpo exánime, su camisa blanca, el brillo apagado de unos pendientes, los salmos que no leí de aquel libro ahogado de oraciones, los cielos de las noches llenos de estrellas, su cuerpo arañado por las zarzas, su hombro en el que me gustaba apoyar la cabeza mientras cantaba musitando esa canción que hablaba de una muchacha de ojos tristes, y poco más. Mi obcecación.

Esta tarde, antes de sentarme a escribir, salí de la pensión, caminé por el puerto y me alejé más allá de los malecones. Fuera ya de la ciudad, subí hasta unos acantilados. Allí estuve, viendo el mar golpearse contra las rocas, hasta que cayó la tarde. Espumaban obstinadas, se rompían y volvían a hacerlo con un ímpetu distinto, siempre nuevo. Pensé en que hay olas que prefieren las rocas a la playa. También pensé que las rocas no pueden elegir. Pero, ¿acaso eligen las olas que prefieren las rocas a la playa?