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Contrariamente a lo que había imaginado, cuando abrió las cajas y lo vio apilado dentro de ellas, apenas sintió nada. Sacó algunos, que hojeó con algo que se parecía bastante a la aprensión -o a un miedo absurdo e injustificado-, para dejarlos enseguida encima de la mesa, por cualquier lado. Sin embargo, su respiración estaba alterada. El sueño se había hecho realidad. Pero sintió que, al mismo tiempo, se había desvanecido. Aunque era tangible -y visible y pesable y besable y olible y dable-, se había esfumado para siempre, dejando apenas el rastro de lo que ya era. Un libro.

Le hubiera gustado que todo aquello -esa descabellada aventura, esas horas y horas de desvelos y vueltas a la cabeza, de escritura y corrección-, que aquellos folios por fin ordenados que pretendían encontrar, o al menos lo buscaban, algo así como un sentido, el que fuera, de la manera que fuera, a su vida o al mundo, que todo aquello, al final, hubiera conservado algún leve soplo de aire onírico de irrealidad, de algo no logrado ni cumplido, pero ya no era posible. Era tozuda su presencia multiplicada dentro de las cajas. Además, había que celebrarlo.

No pudo volver a leerlo, aunque a veces lo cogía y lo tocaba con casi una caricia, y pasaba algunas páginas al azar para sentirlo vivo. Su sueño se había organizado en párrafos, personajes e historias que vivían dentro de esas páginas que amarilleaban ahora a la luz dudosa de la tarde que se filtraba a través de la cortina. Al cabo de unos minutos de puro contacto sin lectura, dejaba el libro de nuevo en la estantería. Junto a los otros. Lo hizo varias tardes.

Solo cuando lo vio en un escaparate de una librería, como atrapado en un fanal, se dio cuenta de que había dejado de ser suyo. Desprendía cierto aire desvalido que le enterneció. La gente pasaba por la calle sin prestar atención ni al escaparate ni, mucho menos, al libro. Le gustaba que, al menos, se mantuviera erguido con dignidad tras los reflejos múltiples del cristal que jugaban con él. Cuando se alejó de la librería sintió que se alejaba de algo suyo que ya no le pertenecía. Como si lo hubiera definitivamente expulsado de su vida. O quedara confundido -perdido- con las otras cosas que almacenaba su pasado, tan volátil.

Cuando alguien que lo había leído le encarecía con entusiasmo la valía y los méritos de lo allí escrito, agradecía los elogios y la amabilidad sincera, pero sentía que no iban dirigidos a él, sino a otra persona que había escrito aquello, que tal vez fuera él, pero que ya no lo era.

Pasaron días de obnubilada delicuescencia que lograron amortiguar esa sensación de hundimiento tras el logro, de pérdida tras la culminación, de vacío tras la consecución. Pero todas estas dudas acogotantes, vacilaciones extremas, repentinos decaimientos, perplejidades inmotivadas, rachas de frenética euforia, arduas peleas consigo mismo, fracasos imaginarios, emociones absurdas y tristezas rectilíneas, desaparecieron un buen día cuando se puso a escribir de nuevo.

Los libros no sonríen, pero imaginó, al levantar la cabeza del teclado y verlo en la estantería, que el suyo lo hacía.

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Abrazos

Un abrazo se entrega y es recibido. Uno ha de perderse en él. Ya sea de encuentro o de despedida. De amor o de desesperación. Está lleno de todo lo que nos falta. Pura necesidad al fin recompensada. Contacto que se pretende fusión. Que debe serlo. Que es.

Por eso no entiendo -o me repelen o me hacen gracia- esos otros abrazos. Especialmente aquellos dados entre hombres, entre grandes hombres importantes, en los que lo que más importa -lo único- es el aporreo mutuo -y retumbante- de las respectivas espaldas -previamente ahuecadas-, demostrando fortaleza y resistencia, una fortaleza y resistencia -y una capacidad de ahuecamiento-, solo al alcance de estos grandes prohombres que escenifican ese abrazo-golpeteo -con grandes efectos especiales sonoros y falsas y amplias sonrisas de repugnante complicidad- para el resto de los allí presentes, para que vean -para que contemplen admirados, más bien- que se están saludando virilmente -otro tipo de abrazo, cálido, ferviente y entregado, solo es propio de mujeres, o lo que es peor aún, de hombres blandengues, amariconados-, como solo son capaces de saludarse -con esos estentóreos abrazos fabricados a distancia y a golpetazos- unos pocos elegidos, los hombres importantes. Son divertidos estos orangutanes, pueriles, odiosos, ridículos, palmeantes.

También me divierten esos otros abrazos dados sin contacto, sujetando los hombros del otro, no se vaya a abalanzar, arrimando las mejillas -solo lo estrictamente necesario- para fingir un par de besos, evitando cualquier repugnante contacto de las respectivas pieles. Es una especie de coreografía ensayada durante años de saludos y presentaciones, idéntica a las de los muñecos articulados.

Aunque últimamente me irritan sobremanera otros abrazos más sensibles, que pretenden subrayar y enfatizar lo que no necesita ser ni subrayado ni enfatizado. Que lo ofende. Es como dibujar las comillas en el aire. Me refiero a esos abrazos en los que uno de los implicados, en lugar de abrazar sin más y de verdad, como si eso no fuera suficiente -o no quedara lo suficientemente explicitado lo valioso y desinteresado de su acto-, inicia una serie de frotamientos, subiendo y bajando la mano, o las manos, por la espalda del otro, como si quisiera provocar calor, otorgárselo, en una metáfora innecesaria y ridícula. De paso, se sitúa así el frotador -o frotante-, de alguna manera, por encima del frotado, demostrando su desinterés y bonhomía, su superioridad moral y su no necesidad de ese abrazo, que si lo da es porque ha visto al otro tan hundido. Pero no te preocupes que yo te doy mi calor, aunque sea metafóricamente. Y no solo te abrazo, sino que te froto. ¿A que ya estás mejor?

No sé. Es algo tan natural, serio, inevitable, común, cálido, humano y necesario esto de los abrazos, que no acabo de entender por qué los falsificamos de tantas y tan variadas maneras.

Luego están los otros abrazos. Los no dados.

La frontera líquida

A pesar de que era junio, una leve niebla diluía los contornos de la fortaleza, recia, roma, encajada en la leve y escasa colina que debía ocultar el puente e iba a dar, deslizándose en una breve ladera de arena, al manso y ancho río, como un rectángulo de piedra dorada y silenciosa, construida con enormes sillares en otra época lejana y fiera. El sol pugnaba por abrirse paso entre la espesa maraña de nubes bajas, persistentes, adheridas a la anchurosa corriente que, a la altura de la colina de la fortaleza, giraba como por cortesía en un amplio meandro.

Siempre la imaginó más alta, más inexpugnable, y no tan plana, casi achatada y sin torres, solo un volumen exento y lineal, encastrada en un cerro que apenas lo era, de escasísima elevación, sin apenas pendientes que la protegieran o dificultaran su asalto. A pesar de la niebla, ese sol pugnante, amortiguado a duras penas por unas nubes cada vez más evanescentes, filtraba una luz que envolvía el paisaje en un polvo de oro, difuminado pero real, dejándolo todo -la colina, la fortaleza, la inevitabilidad del puente, el río circunvalante, las pequeñas casas que parecían pretender acercarse al cerro en busca de su amparo y protección- oculto y, a la vez, mostrado, tras una gasa insuficiente, levísima y mecida por una brisa traviesa y definitiva.

Y aquello era todo. Después de casi un mes de interminable viaje podía vislumbrar el lugar al que, definitivamente, había sido destinado. Al caballo no le interesó gran cosa ni el paisaje ni la fortaleza y aprovechó esta última parada para comisquear en el rodal de hierba sobre el que se habían detenido, tan cerca del río y tan lejos de casa.

Cuando llegó a las puertas de la fortaleza, la niebla se había disipado por completo. La nitidez de sus muros mostraba ahora sus heridas de siglos, la bastedad de su construcción, su pétrea robustez. Solo cuando descabalgó, pudo ver por el fin el gran -y vetusto (hablan del tiempo de los romanos)- puente de piedra, ancho y de una solidez asombrosa que, inverosímilmente suspendido en las oquedades de sus doce ojos, transitaba de una orilla a otra como si ignorara la presencia del cauce inmemorial del río. Dos pequeñas construcciones, como mínimas fortalezas geminadas, obstaculizaban -fiscalizaban más bien- el paso, en una y otra orilla, de una a otra parte. Grupos de soldados hacían guardia. Sus armas brillaban ahora al sol de junio. El río no hacía ruido al pasar.

En la puerta, entreabierta solo una hoja y custodiada por un pequeño destacamento, saludó, se presentó y entregó sus credenciales, que venían cubiertas de polvo y manchadas de grasa o sudor a pesar del cuidado que había tenido en protegerlas. Al cabo de unos minutos pudo pasar al interior de la fortaleza, donde el sol parecía brillar con más fuerza y el aire estaba como detenido sobre el gran cuadrángulo de tierra -a manera de patio de armas-, desde donde se podía acceder, bien a las caballerizas, bien a los aposentos de la tropa, bien a los almacenes y despensas, bien al puesto de mando. Hacia éste último dirigió sus pasos para presentarse al comandante que, después de los protocolarios saludos, le explicaría cuáles, a partir de ahora, y durante los siguientes años, serían sus funciones y tareas. Su viaje parecía haber concluido.

El enemigo, aunque derrotado, daba sus últimos coletazos, refugiados algunos de sus más empecinados hombres en lo alto de las montañas del norte, llevando una vida nómada y con la autoimpuesta misión de seguir resistiendo, de no someterse, de seguir haciendo daño al ejército de ocupación, con puntuales razzias en los caseríos, aldeas y pequeñas poblaciones que tenían por objeto mantener viva, de alguna manera, la llama de la resistencia. Aunque testimoniales ya, suponían un grave incordio para el ejército del sur y entorpecían sus planes de definitivo asentamiento y apropiación.

El río era la frontera entre el territorio ocupado y el legítimo, y por eso era tan importante su control. Había que evitar que esas escasas pero pertinaces fuerzas rebeldes de resistencia, que campaban aún a sus anchas en sus refugios de las montañas, bajaran a la llanura y pudieran incluso cruzar el río y alcanzar objetivos más sensibles, introduciendo en las ciudades del sur -en las de este lado del río- las semillas de la sedición y la rebeldía, la posibilidad de cambiar el rumbo -por fin bien dirigido, feliz y arduamente establecido, instaurado finalmente por la fuerza de las armas- de las cosas. Como militar destinado a la fortaleza, ese era su trabajo.

Cuando abandonó el desnudo despacho del comandante, fue llevado a su cuarto. Una vez allí, aseado y nueva y definitivamente uniformado, fue acompañado por un joven recluta que le iba mostrando, un tanto atropelladamente, las distintas dependencias de la fortaleza. No le interesaba gran cosa -ni al recluta ni a él-, porque sabía que tendría tiempo -mucho tiempo- de familiarizarse con ellas. Cuando subieron a la terraza corrida -a manera de adarve- que, como una visera, daba la vuelta completa al gran patio central, decidió que ya había terminado aquella ‘visita turística de cortesía’ y le dijo al recluta que podía retirarse. Se encendió un cigarro y estuvo contemplando -por primera vez tan cerca- aquellas montañas azules, macizas, inmóviles desde antes de que existiera Dios incluso, recortadas sobre el azul más claro del cielo, y en las que grupos montaraces de exsoldados vivían una vida al límite y sin futuro. No se podría decir que les tuviera algo de envidia. Pero tampoco lo contrario. Tiró el cigarro al suelo de tierra y lo apagó con la punta de la bota.

Todas las fortalezas o emplazamientos similares en los que había servido se hallaban en lugares lo suficientemente elevados como para o bien divisar desde ellos largas distancias y amplias llanuras, o bien controlar el angosto paso de algún puerto o portillo entre las impenetrables montañas. Se erigían erguidas por la propia asunción de su cometido, descollando con imperturbable altivez entre los roquedos más elevados, aupadas por ellos, sostenidas y siempre atentas y vigilantes, como si lanzaran permanentemente un imaginario haz de miradas a la lejanía que, por ese mismo hecho de poder hacerlo, consideraban como propia, o, al menos, bajo su hipotética jurisdicción. Por eso, cuanto más elevadas se hallaban, mayor era su prestigio y prestancia.

Y ahora, al cabo de años de servicio, se veía obligado, si quería llevar su mirada más lejos, a ponerse de puntillas o subirse a los paredaños de la terraza que rodeaba la fortaleza. Desde ella solo se podía distinguir, en los días más claros, el azul intenso y sucio de las lejanas montañas del norte que parecían tutelar, un  tanto ominosamente, las amplias llanuras que venían finalmente a languidecer a la otra orilla del río. Más que fortaleza, aquella rectangular construcción parecía un gran almacén de grano. Tal vez lo fuera en su origen, pero debido a su función -más que defensiva o de vigilancia- de funcionarial fiscalización aduanera del trasporte de mercancías -y personas- que estaban a obligados a utilizar el puente para sus traslados desde el territorio del norte al del sur, o, menos habitualmente, al contrario, se podría llegar a convenir que su forma, tamaño y estructura, a pesar de su achatada y poco feliz silueta, se adaptaban a la perfección a su principal objeto de control del puente y de aduana militarizada entre ambos territorios.

Aunque, si bien ese era su inicial cometido, estos tiempos de zozobra y ocupación, de refriegas y guerrillas, de sabotajes y contrabando, de estraperlo y subversión, habían obligado al antiguo pósito a convertirse en un acuartelamiento similar a los que pudiera haber en las líneas más avanzadas del frente. No se podía rebajar la tensión ni prescindir de la total disponibilidad de los soldados. La misión consistía, día tras día, en impermeabilizar esa frontera líquida, durante una distancia de unos cuarenta kilómetros al este y unos treinta al oeste, hasta donde llegaba el radio de acción de las otras fortalezas o destacamentos que vigilaban el río, de cualquier posibilidad de paso entre una orilla y otra. Cualquier persona -o mercancía- que intentara cruzarlo, debía hacerlo por el puente, o bien sería detenido -o abatido sin más- en el intento.

En alguna tarde libre, paseando por la orilla, entre la aborrascada y confusa vegetación de la orilla, llegó a encontrar el cadáver de un exsoldado del norte que, confiado a la superficial mansedumbre de las aguas, fue engullido por el remolino de alguna poza y devuelto a la corriente, río abajo, que lo arrastraría hasta quedar enredado en esa mimbrera engastada y tupidísima en un recodo del cauce. A veces bajaban caballos, hinchados y grises, girando muy lentamente sobre sí mismos hasta chocar contra uno de los pilares del puente.

No era fácil -más bien imposible- impermeabilizar tan amplia distancia, impedir que fuera burlada en alguna ocasión la vigilancia móvil de los destacamentos alternos, que algún soldado del descompuesto ejército del norte -o varios, o un cargamento de armas, o alguna otra valiosa mercancía- llegara a la orilla opuesta e iniciara la peligrosa aventura de atravesar el territorio enemigo hasta llegar a las más tranquilas y lejanas montañas del sur. Pero esto tampoco era fácil que sucediera.

La vida en la fortaleza era una rutina sucesiva y alterna de mecánicos relevos. Grupos establecidos de entre seis u ocho soldados salían y entraban cada cuatro horas, fuera de día, fuera de noche, para patrullar a lo largo de esos treinta o cuarenta kilómetros ambas orillas del río. A fuerza de idas y venidas, de controles y detenciones, se había creado una especie de camino de ronda, un sendero lo suficientemente ancho a la manera de una cenefa a ambos lados del cauce, que era constantemente recorrido por los soldados a caballo, unas veces a favor de la corriente, otras en contra, bajo el cielo azul o a la sombra de las abundantes colonias de chopos, siempre con la compañía, fiel y traicionera a un tiempo -porque esto con el río sí era posible-, del agua. Al trote o al galope vigilaban cada palmo, inquirían a los lugareños, interceptaban a los viajeros y tenían controlados a los escasos pescadores que aún quedaban por allí como reliquias de otros tiempos de mayor abundancia e inopinada paz.

Todo lo que se estipulaba para una orilla había que hacerlo en la otra, con la minuciosidad de un mecanismo que alternara, dependiendo de si estaba en una o en otra, los horarios y las direcciones. Así, casi en todo momento, ya fuera en una de ellas o en otra, había pasado, o estaba a punto de pasar, una patrulla de vigilancia. Cuando coincidían en un relevo y se detenían en el mismo punto, parecían figuras reflejadas en un espejo que, al momento y contra toda regla física de la reflexión, empezaban a alejarse en direcciones opuestas.

Los días de tormenta o fuerte lluvia y las noches de invierno solían ser los momentos elegidos por contrabandistas y rebeldes para intentar burlar el control y atravesar, como podían, aún a riesgo de sus vidas, esa frontera móvil, líquida y peligrosa. Por eso era entonces cuando se redoblaban las rondas de vigilancia. Los goterones del temporal sonaban sin piedad, como si los batieran, contra los gruesos capotes embreados de los soldados que patrullaban las orillas.

Convenientemente armados podían hacer frente a cualquier contingencia, pero si en alguna ocasión se veían superados o necesitaban ayuda, tañían una especie de cuerno -similares a los utilizados en las cacerías- que hacía retumbar las vegas con un estremecimiento casi animal, y al ser escuchado por otras patrullas, o incluso en la misma fortaleza, el áspero aullido provocaba, como si accionara un resorte siempre dispuesto, la salida casi en tromba de un destacamento más nutrido que se precipitaba por la ribera en auxilio de sus compañeros como émulos airados de los cuatro jinetes de la Biblia. El sistema de comunicación era pedestre y limitado, pero resultaba, en aquellas condiciones, útil. Además, no había otro. Bien es verdad que se utilizaba en pocas ocasiones. Las escaramuzas de los rebeldes y el tráfago alevoso del estraperlo eran cada vez más escasos. El ejército de ocupación del sur controlaba ya casi totalmente los territorios del norte.

Debía sentirse satisfecho y tranquilo, pero no era así. Una vez terminadas sus jornadas rutinarias de patrulla y revista, de elaboración de informes y puesta a punto del armamento, de aprovisionamiento de las caballerías y otras contingencias comunes, le gustaba salir de la fortaleza y recorrer con más calma, con menos tensión y menos supervisiones, solo, las costas de arena de aquel inmenso transporte de agua, ver pasar la corriente sin más, observar las aves que se acercaban a ella o las que vivían allí, ajenas a la historia, libres, simplemente viviendo a la luz generosa y cálida del día, de una rama a otra, o sentarse a contemplar las montañas azules del norte a lo lejos que, dependiendo de la hora del día, adquirían diversas tonalidades hasta llegar a parecer, en algunos instantes, un descomunal decorado innecesario, un espejismo tal vez.

Cada vez eran menos los lugareños que se aventuraban hasta el río. Ya no era como antes, y acercarse a lavar la ropa, a coger agua en tinajas en tiempos de sequía o para las bestias, a jugar y bañarse los jóvenes en tiempo de verano, zambullirse entre risas y falsas peleas, pescar con caña o incluso con un pequeño esquife, eran actividades cada vez más sospechosas. Los habitantes de los caseríos ribereños habían optado, bien que obligados, a vivir a espaldas del río, cauce en otros tiempos de vida, riqueza y ocio, tres cosas que en estos tiempos de ocupación y guerra soterrada, peligraban y escaseaban. El río ahora era una zona militarizada.

Pero con todo, aún quedaba algunos, y no era difícil cruzarse con ellos, que, sorprendidos, o bien bajaban la cabeza y se retiraban hacia el interior abandonando sus quehaceres acuáticos, o bien miraban de frente, casi desafiantemente, como si mostraran así lo natural de sus ocupaciones junto al río, propias, humildes y que ni mil soldados podrían hurtárselas. Solían ser pescadores que habían heredado el oficio de sus padres. Él, sin embargo, no había heredado oficio ninguno, ni hacienda, y muy joven se vio obligado a alistarse. Reconvenía a los lugareños y les volvía a repetir parte de las ordenanzas vigentes que hacían referencia a la ilegalidad -penada duramente- de utilizar cualquier tipo de embarcación, por pequeña que fuese, en el río.

Una de las últimas noches de verano, en uno de esos paseos solitarios, cruzó el puente y dirigió sus pasos bastante más lejos de lo que era habitual en sus escapadas. La noche era extremadamente cálida y no le apetecía permanecer tantas horas sobre el catre esperando que entrara una mínima brisa por la ventana, oyendo a los caballos trastear nerviosos en las recalentadas caballerizas. Sabía que no iba a pegar ojo. Era más placentero para sus nervios alterados -sin saber muy bien por qué, y sin motivo ninguno, lo estaban- caminar al lado de esa corriente mansa de agua poderosa y oscura. De alguna manera le hacía compañía, más compañía -y mejor, más cómplice y desinteresada- que la que encontraba entre sus camaradas de armas. Apenas había luna.

Unas leves y flotantes pavesas suspendidas en el perfumado aire de la noche de verano le pusieron en alerta. Pronto el olor a quemado, penetrante e inconfundible, le hizo acelerar el paso en busca del motivo de aquellos indicios. Hasta que se detuvo para contemplar el extraño e imposible resplandor que iluminaba, como en un diorama, el cielo de la noche, lanzando también brochazos de claridad sobre la masa oscurísima del río. Ese claror diluía los azules casi negros de la noche, como si construyera un dosel de luz inesperada a la orilla del río, tras unos álamos. Debía estar ya más cerca porque esa claridad crepitaba. Traspasando la alameda pudo ver, en una pequeña explanada, una montaña de madera ardiendo con una voracidad de festejo pagano. Esta montaña -amontonamiento desordenado más bien- estaba formada -ahora las podía distinguir- por decenas de embarcaciones de todos los tamaños, barcas de pescadores que, apiladas unas encima de otras, encajadas inexplicablemente como en un puzle forzado fuera del agua, a merced de una orilla seca e inhóspita, definitivamente inermes, eran entregadas, para su final desaparición, a un fuego que las lamía con una lujuria momentánea de destrucción y cenizas candentes.

Descubierto por el sargento que estaba al mando de la patrulla encargada de la destrucción, y después de saludarle con una marcialidad innecesaria, le explicó que cada cierto tiempo, una vez acumuladas en buen número, las barcas que utilizaban los pescadores -incluso las que dormían arrumbadas en un cobertizo- y que habían sido intervenidas para evitar cualquier posibilidad de que fueran utilizadas para otros menesteres, bien para pasar personas indeseables de una orilla a otra, bien para burlar el control y contrabandear cualquier tipo de mercancías vedadas o incluso armas, se apilaban en una explanada como ésta y eran destruidas, reducidas a cenizas.

Es probable que los habitantes de aquellas riberas, a la puerta de sus casas en busca de alguna brisa que refrescara las primeras horas de la noche, contemplaran a lo lejos esos resplandores nocturnos como fuegos artificiales de una fiesta a la que, no solo no estaban invitados, sino que además tenían que sufragar con sus pertenencias, con su trabajo, cuando no con su vida. Aquella luz espectacular y temblona no era motivo de alegría, y hasta a los niños les parecía triste el vistoso espectáculo de esas luces y fumarolas que vomitaban, como si aullaran mudas, esas barcas ardiendo en las que un día subieron y con las que navegaron, despreocupados, por aquellas aguas ahora prohibidas.

Se despidió del sargento con la intención de regresar a la fortaleza pero no pudo dejar de contemplar hipnotizado la portentosa barahúnda de llamas en mitad de la noche más negra del verano. El cielo clareaba por momentos como si fuera a amanecer. Las barcas, heridas de incandescencia, se desmoronaban con un estrépito limitado cayendo desordenadamente y sin remisión muy cerca de la orilla, muy cerca de la conocida e íntima corriente del río que reflejaba como en un espejo -involuntario como todos- la atroz conclusión de la vida de esas pequeñas embarcaciones. Solo cuando quedaban pocas por arder y la gran hoguera reducía sus dimensiones, dio media vuelta y regresó por el mismo camino, con la sensación de que, aunque se lavara, aunque pasara el tiempo, no podría desprenderse de ese olor a quemado, de esas pavesas,  como si se le hubieran adherido para siempre. Aún seguía oyendo el pavoroso crujir de las maderas. Definitivamente no eran buenos tiempos estos tiempos en los que se quemaban barcas, todas las barcas que se pudieran encontrar, a la manera de Herodes, fueran o no culpables de poder navegar por donde siempre lo habían hecho.

De regreso al acuartelamiento, ya en su cuarto caldeado e insalubre, el joven teniente se despojó de su uniforme con cierta sensación de incomodidad y hastío, de molestia innominada, que ahora le producía su uso. Nunca antes le había ocurrido. Siempre había sentido orgullo y responsabilidad al llevarlo. Ahora, simplemente, reposaba, algo polvoriento, sobre el respaldo de una silla.

Nunca se hacía preguntas, nunca se las había hecho, pero no entendía ciertas cosas. Una vez ocupados -y sojuzgados- los territorios del norte, lo lógico sería el repliegue de los ejércitos para dejar paso a la nueva vida en los campos y ciudades, alcanzado el objetivo de derribar aquel gobierno corrupto y pusilánime. No tenía sentido ni continuar la expansión más allá de las montañas azules, ni mantener el estado de guerra en aquel territorio que ya había aceptado las nuevas condiciones, impuestas por la fuerza en un principio, pero ya asumidas con mansa conformidad, salvo esas esporádicas escaramuzas, que no eran suficientes, ni en cuantía ni en consecuencias, como para justificar aquel extraordinario despliegue bélico ni aquel exhaustivo y permanente control de todo.

Pero a cada paso, en los lugares más insospechados, podía verse izada la bandera, la misma que podía ver si se levantaba del catre y se asomaba a la ventana del cuarto, si bien lacia ahora sin la brisa necesaria para agitarla en esa noche paralizada y caliente, años ya sin que fuera arriada, costumbre antigua que venía a corroborar, de manera simbólica pero nítida, que seguían estando en guerra mientras estuviera, noche y día, enarbolada, esperando cada mañana, al amanecer, los honores de la tropa, como si la patria, la nación, el pueblo, estuvieran esenciados en ese trapo, custodiado siempre y únicamente, desde tiempo inmemorial, por el brillo de las armas.

Y las armas -eso, algo tan simple, solo lo aprendió con los años- siempre sirven para algo, siempre tienen un sentido claro y evidente, una utilidad básica y cercana. O bien sirven para vigilar, esto es, para controlar, amenazar, dominar o, sencillamente, amedrentar; o bien, para castigar, atacar, destruir o matar, cuando no, todo a la vez.  Eran las armas entonces -y no la gente, ese pueblo al que dicen defender- quienes hacían posible la existencia de la patria, y la patria solo alcanzaba su verdadero -y libre- lugar en el mundo gracias a la guerra. Y las armas, una vez fabricadas, almacenadas, probadas, repartidas, portadas, no podían más que ser utilizadas. Y lo seguirían siendo, aunque se hubieran alcanzado los iniciales objetivos. Daba igual. Eso era lo de menos. Una excusa. Una vez encendida, es muy difícil que se extinga la lujuria militar.

El gran país del sur, una vez anexionados los territorios del norte, no podía detener la fastuosa y eficacísima maquinaria de guerra que había, un buen día, puesto en marcha. De alguna manera, y con cualquier excusa, había que seguir utilizándola. Y si no quedaban ya enemigos, bien podían volverse -siempre por su bien- contra los propios. Si has sacado la espada de la vaina, estás obligado, forzado, impelido, como si ya no fuera tu brazo quien lo hiciera, ni tú, sino la espada misma, a utilizarla. Cantó un gallo a lo lejos y una tímida claridad de amanecer le sorprendió despierto. Había que volver a rendir honores a la bandera.

Pasaban los días con la misma intrascendencia que lo hacían esas nubes blancas que terminan por deshilacharse, alternando las extensas galopadas a la orilla del río en labores más de amedrentamiento -de pura exhibición de fuerza- que de vigilancia, con otras interminables jornadas en los puestos de control del puente, fiscalizando el paso de convoyes cargados con las más diversas mercancías, personas o soldados de ida o de regreso. En los momentos muertos, que eran muchos, gustaba ver pasar la corriente bajo los ojos amplios y enormes del puente, calmada y poderosa, incansable y, a cada instante, renovada, reflejando los escasos aconteceres del cielo sobre su pulida superficie móvil.

Todos los acuartelados, salvo emergencia o zafarrancho, tenían un día libre a la semana, aunque la mitad de ese día, debían permanecer en la fortaleza, descansando o no haciendo nada, pero localizables. La otra mitad era, por así decirlo, de su propiedad. Esas tardes, o mañanas, gustaba el joven teniente de salir a recorrer, unos días a pie, otros con su caballo, la orilla del río. Nunca podía uno aburrirse contemplando las orillas, las islas de fosca vegetación desordenada, los árboles melancólicos, los molinos abandonados, los pájaros alborotados, ajeno por fin a la disciplina y a la mecánica rutina militar. Las pálidas orillas, la densidad casi mercurial de las aguas, las ramas y troncos transportados, el cielo reflejado yéndose para permanecer, el eco amortiguado por la arena de sus propios pasos o de los cascos del caballo, eran anotados en una especie de libreta que llevaba en su cabeza, como si fuera escrita -o dibujada- con íntima delectación simplemente con sus ojos, con su mirada sobre las cosas, con sus oídos. Eran paseos -escapadas más bien- largos y solitarios, de los que regresaba con una sensación lustral, de haberse limpiado.

Aunque había otros días en los que prefería acercase a la pequeña aldea que, a espaldas de la fortaleza, mostraba desperdigadamente un sencillo trazado de cortas calles y unas cuantas casas de labriegos y antiguos pescadores. Las calles eran grises y estaban empedradas con rollos del río, redondeados, casi pulimentados, que brillaban bajo la lluvia. Las casas eran blancas de muros toscos y amplios y tejados de teja oscura de los que sobresalía una ancha y generosa chimenea también blanca, aunque ennegrecida por el humo del lar, de las que solía escapar un entrecortado hilo -hilacha más bien, penachos-  apenas blanquecino que enseguida se perdía en el aire. Le gustaba callejear -aunque el poblado no daba para mucho, y en cuanto te descuidabas estabas ya en pleno campo- porque le recordaba de alguna manera, aunque la suya era mucho más grande, su ciudad. Un mínimo urbanismo le hacía sentir bien, al menos, le hacía recordar otros tiempos.

Aunque sus habitantes eran huidizos, y se le hurtaban en cuanto le descubrían. Cerraban la puerta del huerto o, separando la arpillera que protegía la puerta de la casa, entraban en ella como si se los hubiera tragado. Solo los niños, cuando no eran reprendidos por sorpresa desde alguna ventana, permanecían en las calles, callejas o placitas, jugando en el suelo, o corriendo unos detrás de otros. Le entraban, entonces, ganas de sonreír. Aunque le costaba. Una joven de pelo negro y ojos grandes le miró una tarde con una atención casi animal, antes de girarse y entrar, con una agilidad de gacela, en la oscura boca de una casa baja.

Así solían ser sus paseos que terminaban en la única cantina, por llamarla de alguna manera, que había en la aldea. Era difícil distinguirla de las otras casas. Solo una mesa de madera con alguna silla a la puerta parecía indicar su condición. Algunos soldados en su tarde libre bebían hasta emborracharse un vino negro y rúspero. El teniente pedía también una botella. Sentado en un poyo de recia piedra que había fuera, justo a la derecha de la entrada, daba también buena cuenta de ella. Y fumaba. Desde allí se veían las huertas de los lugareños, pequeñas, bien cuidadas, como delineadas, ordenadas y levemente escalonadas en inapreciables terrazas que iban vertiendo el agua canalizada de una en otra. La tierra era oscura y las verduras de un verde generoso.  Al final, el horizonte se difuminaba en líneas interminables de baldíos. Solo cuando la achatada mole de la fortaleza proyectaba su sombra sobre aquellas terrazas, anticipando unos minutos la puesta de sol, se levantaba del poyo y regresaba a la fortaleza. Tenía aún que redactar algunos informes.

Cuando terminó, cenó algo y, como era temprano, volvió a salir de la fortaleza. Atravesó el puente y ya en la otra orilla buscó un lugar tranquilo en el que fumarse un cigarro o dos. La noche, a pesar de estar terminando septiembre, era calurosa y clara. Hacia el norte se veía perderse el camino que llevaba a su principal ciudad. Las llanuras eran ahora de un azul casi negro y parecían respirar, como los que duermen, a la luz de la bola lunar. Las montañas recortaban su silueta de un negro más intenso. Todo parecía más sencillo ahora. Al cabo de unos minutos le pareció ver  brillar un punto de luz casi en lo más alto de la más alta montaña de la cordillera que desde ahí podía divisarse. Era un punto no intermitente, pero había momentos en los que no podía verse. Como si temblara. Pero algo brillaba, algo se iluminaba en aquella lejanía.

Los rebeldes continuaban su deambular por las montañas, inasequibles, obstinados, aunque sin esperanza ya. Pero, ¿de qué servía la esperanza cuando la vida vivida no la rige una idea, una aspiración? Ellos, al menos, allá arriba, seguían peleando por una. Él, aquí abajo, junto al río, al otro lado del puente, al pie de la fortaleza, después de haberse bebido una botella de vino y haber escrito un par de informes, no tenía ni una idea, ni una aspiración, ni nada que se le pareciera, por la que luchar, por la que continuar, y, mucho menos, lo que no tenía era una esperanza. Acaso allá arriba en las montañas, sin medios ni recursos, enfrentándose al mayor ejército que vieron los siglos, todo fuera mejor, más fácil, real por fin. Y no esto. Y no esto. No quiso fumar más y volvió al acuartelamiento. Saludó a los guardias del puente y después a los que custodiaban la entrada de la fortaleza. Dentro, olía intensamente a orín de caballo.

Los días se seguían sucediendo idénticos. Hubo detenciones, escaramuzas e incluso algún pequeño enfrentamiento armado con cruce de disparos, heridos y muertos. Pero todo, pronto, volvía a la normalidad, si normalidad puede llamarse esa militarización del territorio y de la vida de las personas que lo habitaban. Todo, tal vez, se había acostumbrado a esto. Como si no fuera posible ya otra cosa. Y los días se seguían sucediendo idénticos.

Una tarde de invierno, gris y desapacible, salió con la intención de alejarse lo más posible de la fortaleza, bien pertrechado, más allá de las ruinas del viejo molino que se obstinaba en permanecer, derruido e invadido por una vegetación desordenada y excesiva de zarzales, inútil ya, a la orilla del río. En aquel lugar se encontraba, al fin, lo suficientemente lejos de todo, aunque no de sí mismo. El aire golpeaba con fuerza los rostros y los árboles. A medio camino se cruzó con la patrulla, que iba camino del relevo, arrebujados en mantas y, sin embargo, de buen humor. Intercambiaron unas palabras y aguijaron sus cabalgaduras. Unos minutos después pudo volver a oír el silencio. El río amortiguaba su tránsito.

La silueta, confundida y semioculta, del viejo molino se adivinaba a lo lejos. Unos mirlos sobrevolaban las copas de los álamos hasta que cruzaron el río, aprovechando una corriente, fría y poderosa, del viento del este. Después, le pareció oír un estrépito. Como de agua y barro, como de cuero y gente. Un poco más arriba del molino le pareció ver un bulto en la otra orilla. O dos. Parecía que peleaban entre sí. Se acercó algo más hasta ocultarse en uno de los desdentados muros del molino. Eran un jinete y su caballo adentrándose en la fuerte corriente. Avanzaban con extraordinaria dificultad. Luego se sumergieron durante unos instantes y, al salir de nuevo otra vez a flote, lo hicieron en lugares diferentes. El hombre braceaba hacia esta orilla mientras el caballo volvía a hundirse para volver a aparecer unos metros más abajo, como si ya se hubiera dado por vencido y se dejara llevar, triste y definitivamente, río abajo. Pasó por delante de mí, apenas resistiéndose, y continuó su viaje hacia la muerte.

El hombre consiguió llegar a una de las islas. Había empezado a llover a cántaros. Si decidía recuperar fuerzas y esperar es probable que el río aumentara el caudal y la fuerza de su corriente. Era ahora cuando había que intentarlo. Volvió a lanzarse al agua y volvió a ser deglutido, pero también devuelto. Seguía luchando por llegar a esta orilla. El teniente se llevó la mano a la pistola. Lo correcto -y lo más sencillo para él- era disparar ahora y dejar que la corriente se llevara aquel bulto. No tendría ni que dar explicaciones ni rellenar informes. En algún lugar, río abajo, se reuniría con su caballo y la historia -su historia- habría concluido de una vez.

Pero no lo hizo. Y el hombre llegó a la orilla, extenuado, casi muerto. Aunque ese bulto envuelto en cuero empapado parecía respirar. Se hinchaba y se deshinchaba. No tenía fuerzas para levantarse. Permanecía incrustado en el barro de la orilla. Pronto pasaría por aquí el relevo. Y aquel esfuerzo, como tantos otros, como tal vez todos, habría sido inútil.

El teniente salió de su escondite y se acercó a la playa embarrada. A unos cincuenta metros se hallaba el bulto, que empezaba a removerse. El teniente se detuvo bajo la lluvia. El río lamía las botas del hombre derrotado. Primero una mano, luego otra, y luego con los brazos flexionados por los codos, pudo hacer otro esfuerzo máximo para elevarse sostenido por sus rodillas. Intentaba recuperar el resuello. Ahora era aire y no agua lo que tragaba. Hasta que por fin se puso de pie. Miró al río y no vio su caballo. Luego miró hacia el sur, más allá de la desordenada vegetación de la ribera, allí donde los campos de cereal se extendían, más allá aún, donde suaves colinas anticipaban nuevas tierras y acaso nuevas posibilidades. Pero no vio al teniente. O no lo quiso ver. Su nítida figura parecía inquirirle desde otra dimensión. Y no estaba para preguntas. Y menos, para respuestas.

El teniente le observaba con atención, puesta la mano sobre las cachas de la pistola. Era el bulto un hombre, un exsoldado del extinto ejército del norte, probablemente uno de aquellos rebeldes que se ocultaban en los más agrestes, escarpados e inexpugnables parajes de las montañas azules, continuando su desesperanzada estrategia de mantener la oposición a las tropas de ocupación, atacando cuando podían, saboteando cuando les era posible o manteniendo simplemente alerta al enemigo. Eran ya pocos, e incluso sus propios compatriotas parecían haberles abandonado a su suerte. Poco a poco, esos pequeños grupos se iban descomponiendo. Muchos de estos hombres acababan por renunciar a seguir viviendo esa vida extrema e inhumana y, un buen día, se marchaban. Ni siquiera se les podía acusar de traición. Ni siquiera quedaba ya nada que traicionar. Desertar era, acaso, una palabra más leve, más aproximada. Pero tampoco. Simplemente abandonaban. Se iban.

Se habían dado casos de hombres de las montañas que preferían buscar una nueva vida no en su antiguo país, ahora ocupado y pervertido, sino más lejos, y marchar al sur e intentar llegar al otro lado de las montañas meridionales, alcanzar un lugar lo suficientemente alejado de todo esto y empezar, si eso fuera posible, de nuevo. Este hombre bajo la lluvia, exhausto e inerme, probablemente lo estaba intentando. Apenas había empezado.

Cuando giró su cabeza y vio al teniente no mostró sorpresa ni decepción. Estaba simplemente ahí, enfrente. Todo debía haber acabado mucho antes.

Pero el teniente volvió a no hacerlo. Siguieron mirándose, como esperando a que fuera el otro quien hiciera algo, disparar o abalanzarse, pero algo. Pero no hubo nada. Hasta que el teniente giró la cabeza en dirección al sur, más allá de los matorrales y los álamos. El exsoldado no giró la cabeza, pero si movió los ojos en aquella dirección, y pudo ver su objetivo de huida y escapada. Pero enseguida pensó que en cuanto iniciara la carrera, le dispararía por la espalda. Y permaneció quieto. El teniente, por segunda vez, volvió a mirar hacia los campos del sur. El otro, desesperado, seguía inmóvil. Llovía con más fuerza aún.

De repente, como impelido por una descarga eléctrica, emprendió la fuga, sin fuerzas pero con furia, intentando llegar al otro lado de la espesa vegetación y alcanzar los campos de trigo, pero esperando a la vez ese disparo que le debía -que le tenía que- descerrajar en la espalda, o mejor, en la nuca. Y corrió más de cien metros esperándolo, casi sintiendo cómo la bala se abría paso en su piel, a cámara lenta, para alojarse definitivamente en el cálido interior de su cuerpo. Era como si le empujara esa bala, la promesa de esa bala, la posibilidad demasiado cierta, inevitable, de ser abatido bajo la lluvia. Y corría. Pero el teniente, por tercera vez, no lo hizo.

Se limitó a contemplar al hombre correr desesperado, pero, de alguna manera, ciegamente confiado a su suerte, ya fuera buena o mala. Nada había que perder. Continuó corriendo y trompicándose mientras la tarde agonizaba y la noche empezaba a frotarse las manos. Pensó el teniente en que tal vez tuviera suerte y encontraría, más adelante, algún granero abandonado en el que pudiera pasar la noche y secar su astroso uniforme. Comer algo. Tal vez. Él tenía que regresar.

La lluvia arreciaba pero no le importaba gran cosa. El río parecía querer ensancharse y apoderarse de las orillas. Iba agitado y creciente. Caminaba aprisa río abajo pensando en el exsoldado y prefería imaginarlo a salvo. En ningún momento se arrepintió de haber actuado como lo hizo, ni sintió miedo de que alguien hubiera visto la escena, ni concluyó para sí que había contravenido gravísimamente sus obligaciones y, aún peor, violado su juramento. Eran solo dos hombres en circunstancias distintas, antagónicas, que habían tenido la posibilidad de burlar un destino inexorable. Y lo habían hecho. No sentía ni el más mínimo ápice de remordimiento. Se diría que se sintió bien al no hacer nada, aún sabiendo que el suyo era un acto de alta traición. “Pero de traición a qué, a quién”, pensó. Seguía lloviendo. El diluvio debió tener fases menos intensas.

A pesar del estruendo del río y del aguacero pudo oír el acelerado cabalgar de la patrulla que se detuvo al verle, encabritándose las cabalgaduras. Se saludaron y a continuación le preguntaron si había visto algo o a alguien. El teniente les contestó que no. Se había refugiado en el viejo molino abandonado con la esperanza de que escampara, pero al ver que eso no ocurría, decidió regresar. “¿Ha pasado algo?”, les preguntó. El jefe de la patrulla le contó que habían descubierto, río abajo, el cadáver de un caballo atravesado en unos carrizos, que no debía llevar muchas horas muerto y que conservaba los jaeces y la silla. El teniente volvió a repetir que no había visto ni oído nada. Se despidieron y la patrulla emprendió el trote río arriba en busca de algún indicio, de alguna explicación, de algún fugitivo tal vez.

Más adelante, el teniente vio al caballo hinchado y balanceándose de un lado a otro, empujado por la corriente, como si quisiera seguir su viaje río abajo, pero no pudiera, aún atrapado. Buscó una rama lo suficientemente resistente y se acercó al animal. Empujándole por la grupa pudo desengancharlo hasta que giró, ahora alejado de la orilla, y pudo reemprender su viaje hacia otro lugar, lejos de aquí. Acaso ya ningún sitio. Flotaba con placidez, casi con dulzura, en mitad de la corriente y bajo la lluvia.

Prosiguió su camino por la embarrada cenefa lameteada por las aguas del río. Ya quedaba poco. Cuando los centinelas le divisaron vieron un bulto, oscuro y empapado, tal vez un hombre. Eso era lo que les pareció. Un bulto de cuero empapado. Solo cuando estuvo lo suficientemente cerca le reconocieron. Era ya de noche. Las luces del destacamento eran amarillas y trémulas. Dos soldados jugaban a las cartas dentro de la garita. La puerta se abrió y se sorprendió de que dentro de la fortaleza, en el cuadrángulo central, siguiera lloviendo con la misma fuerza. Era ya un gran barrizal que atravesó hasta llegar al mando de guardia. Allí comunicó a los superiores lo que había ocurrido, que había salido a dar un paseo, que se había encontrado a su regreso con la patrulla y que ésta le había dicho que habían visto, un poco más abajo, un caballo ahogado. Ahora la patrulla iba río arriba para intentar averiguar qué es lo que había ocurrido, de quién pudiera ser el animal. El mando le dijo que tendría que redactar, aunque estuviera en su día libre, un informe al respecto. Luego sería completado con el que cumplimentara, cuando regresara, el jefe de la patrulla. Se retiró entonces a su aposento.

Se sentía hastiado. Tuvo que volver a atravesar el patio embarrado. La noche no parecía noche sino un agujero negro del que no había posibilidad de salir, un tiempo sin tiempo en el que era imposible pensar siquiera que volvería a amanecer. Le hubiera gustado salir de nuevo de la fortaleza para comprobar que, lejos, en lo más alto de las montañas del norte, aún brillaba alguna luz. Pero lo tuvo que imaginar.

Tardó casi una hora en secarse. La ropa nueva y seca le hizo más fácil la redacción del informe, lleno de omisiones, mentiras e inexactitudes, algo que parecía satisfacer enormemente a quienes los solicitaban. Lo hizo con meticulosidad y diligencia. Hay que dejar fuera, siempre, lo verdaderamente importante. Mañana a primera hora lo entregaría al comandante. Y todo quedaría archivado. Convenientemente archivado. Después, apenas cenó.

Y durmió. Durmió profundamente. La ventana estaba entreabierta y seguía escuchándose el regurgitar de los canalones, los chorros de agua expulsados, el golpeteo de la lluvia contra las chapas y tejadillos, como si el mundo estuviera empezando a anegarse por completo, y empezara a girar sobre sí mismo, como un caballo ahogado, llevado por la corriente, aguas crecidas y aguas por todas partes, entrando en tromba por las ventanas, avenidas enteras y cauces desbordados, pero tuvo suerte de haber escondido un pequeña barca, a la que pudo acceder sin que le vieran, y ahora navegaba, solo, bajo un sol espléndido, en mitad del río, sintiendo cómo la corriente, por vez primera, le era favorable, y veía los álamos, los carrizos, los fresnos, los sauces, algún olmo, las cañas, a ambas orillas, y los pájaros y los insectos bajo la luz nítida del sol, y los círculos expandientes sobre la pulida superficie de mercurio que dejaban los peces, alguna rana o culebra, la nubes, el cielo… Sujetaba los remos que apenas tenía que utilizar, y el ruido del choque de la quilla contra el agua era dulce como la más dulce música. Todo había perdido su peso. Había casas  cerca de la orilla y campos y gente que se afanaba en sus tareas. No le pedía más a esa navegación tan placentera en un día que parecía junio aunque no lo fuera. Un día de junio de luz completa. Una libélula se posó sobre la tabla de la borda y, entonces, dejó de remar para no ahuyentarla. El río le llevaba.

Autocontrarretrato (19)

Llevaba años explorando la nada. Caminaba despacio por el camino más largo. Los atolladeros eran ya como su casa. Estaba cansado de su cerebro. Esquivaba la suerte. Tenía ganas de comerse el mundo, pero de postre. Divertirse le aburría. Pensaba poco y a la contra. Se ejercitaba en la desidia. Volvió a perder el tiempo recobrado. Los momentos clave le pasaron inadvertidos. Era cuidadoso en el error, falso en la verdad. Llegaba siempre a conclusiones descabelladas. Se sentía perdido incluso fuera de los laberintos. Se fijaba siempre en lo menos interesante. Sospechaba de las cosas que venían envueltas en celofán. Procuraba evitar los vasos de agua para no ahogarse en ellos. Entendía perfectamente algunas cosas incomprensibles. Estuvo a punto de morir por inacción. Era de sentimientos lentos. Solo compraba el periódico cuando tenía que limpiar los cristales. Miraba el mundo con la misma perplejidad que lo mira un avestruz. No le estaba gustando el siglo XXI. Incinerado pesaba menos.

Diversos tipos de literatura

Literatura. Literadura. Literahartura. Literapura. Literaimpura. Literamuda. Literazurda. Literanuda. Literacura. Literabasura. Literafractura. Literafactura. Literralladura. Literalbura. Literardura. Literaugura. Literasegura. Literainsegura. Literamadura. Literainmadura. Literatextura. Literamixtura. Literarrotura. Literafutura. Literajura. Literausura. Literallanura. Literalectura. Literaescritura. Literanatura. Literantinatura. Literaoscura. Literadiablura. Literahechura. Literatortura. Literaternura. Literaimpostura. Literalocura. Literatristura.

Caín aún

A Caín no le quedó más remedio que matar a Abel. Le ponía de los nervios. Era especialmente odioso y le llegó a resultar insoportable que siguiera con vida. Aunque fuera su hermano. O tal vez por eso. Además, todos los que vinieran después tendrían así algo que contar, algo que aprender y, sobre todo, alguien a quien odiar. A él. Con un odio tan intenso como el que sentía por Abel. Así, todo quedaría en paz.

Pero sus padres se disgustaron mucho. Después del sofocón que se llevaron cuando fueron expulsados del paraíso -por una nadería-, ahora esto. Desde entonces no levantaron cabeza.

Fueron fugazmente felices cuando nació Caín, su primer hijo, aunque se habían tenido que mudar a las afueras, lejos ya del paraíso en donde fueron jóvenes y en donde lo fueron descubriendo todo, poco a poco, las plantas, los animales, las manzanas y, ay, el amor irrefrenable por lo prohibido. Pero ahora volvían a ser aproximadamente felices con su primer niño, Caín, que ya gateaba con maneras y soltura. Pronto nació su segundo hijo, al que llamaron Abel, de piel más clara y ademanes un tanto más lerdos.

Crecieron juntos los dos hermanos porque no les quedaba más remedio. No había nadie más por aquel paraje llamado tierra en aquellos entonces. Dios, parapetado tras un triángulo, asomaba su ojo para vigilarlos. Se ve que no había tenido suficiente con la exagerada expulsión -con una amarilla creo que hubiera bastado- de Adán y Eva. Y ahí seguía ciscando y supervisándolo todo, en flagrante contradicción con aquello que había prometido acerca del libre albedrío. Pero era -y lo sigue siendo- Dios. Y como no había mucha gente por aquellos tiempos -se podía decir que eran cuatro gatos- no tenía con quien entretenerse más que con ellos. Y como Adán y Eva, ya algo mayores, y aburridos de la vida y uno del otro, apenas salían de casa, pues el entretenimiento favorito de Dios -con ese triángulo tan ridículo- era fiscalizar las idas y venidas, los trajines y los pensamientos, las ansias y los anhelos de los dos hermanos.

El mundo estaba entonces por estrenar y las mañanas eran esplendorosas. Si no fuera por el maldito triángulo, se podría decir que habían vuelto al paraíso. Caín cultivaba extensas huertas en el valle, al resguardo del cierzo, según las estaciones. Su despensa y sus graneros estaban siempre llenos de frutas, legumbres, vino, aceite, harina… Nunca le gustó la crueldad que suponía estabular y sacrificar los animales, especialmente a las crías. Además, prefería una torta de harina cocida en el horno y una naranja de invierno a un caldero humeante y maloliente de carne de oveja vieja.

Todo lo contrario que su hermano Abel, que se pasaba el día por las laderas y los praderíos fustigando las cabras, los terneros, las ovejas… Era, sin duda, un trabajo menos duro que el de la tierra y sus cultivos, y no era raro verle tocar el caramillo mientras pastaban las vacas y su hermano azacaneaba entre los surcos. Pero, aunque se llevaban mal, se aguantaban. Habían repartido las tareas. Abel, cuando comía con su hermano en casa de sus padres, nunca probaba la ensalada.

El tiempo no parecía pasar, pero pasaba. Como sus padres les enseñaron a amar a Dios y a hacerle sacrificios en su honor, Caín y Abel -eso sí, cada uno por su lado y cuenta- construyeron sendos altares para loar al Señor que los vigilaba -día y noche, no sabían con qué objeto- tras el triángulo. Una cornucopia de frutos de todas clases y fresquísimas verduras fue presentada por Caín, cosecha obtenida con esfuerzo y sudor, a Dios en su altar. Un poco más alejado, Abel sacrificó un rollizo cordero degollándole -para sufrimiento del animal- con poco tino. Luego lo desventró, dejando sus vísceras al aire, humeando. La sangre chorreaba el ara abajo y la grasa reciente del animal aromatizaba asquerosamente los contornos.

Dios, que tenía especial predilección por los sacrificios -según cuentan otros pasajes de la Biblia, el olor de éstos le tranquilizaba-, quedó encantado con la generosa -y sanguinolenta- ofrenda de Abel. Mientras despreció -no la hizo ni caso- la de Caín, tan vegana.

Éste se sintió tan desafortunado y triste como no podía haber otro hombre sobre la tierra -aunque no eran muchos que digamos por entonces-, rechazado -o peor aún, ignorado- por Dios, a quien amaba y por el que trabajaba duramente de sol a sol cada día, encorvado sobre los terrones de los surcos. Para colmo, se acercó  Abel, caramillo en mano, petulante, sonriente, vencedor, para restregarle el hecho de que el mismo Dios había estado hablando con él para felicitarle y mostrarle su afecto y predilección.

Tras la crestería de las sierras más cercanas se arremolinaban unos densos y oscuros nubarrones. Solo faltaba que granizara y le arruinara la cosecha. Abel se le acercaba cada vez más, ufano e idiota, hasta que, harto, Caín le dio un fuerte empellón -con tal violencia que pareciera quitárselo de encima para siempre, pareciera querer matarle con solo ese empujón lleno de ira y desesperación- que lo derribó al suelo, con tan mala fortuna que, al caer, se golpeó la cabeza contra el saliente de una roca y se desnucó. Asustado, comprobó que Abel había dejado de respirar. Le había matado. Luego empezó a granizar con una violencia inaudita.

Caín huyó. (Dicen que lleva haciéndolo desde entonces). Pero no le sirvió de nada. Fuera donde fuera, le miraba el ojo mal escondido -más bien enmarcado- tras el triángulo. Cuando cesó la tormenta, Dios -que ni siquiera se dignó, aunque no le hubiera agradado mucho, a agradecerle el sacrificio de su trabajo y sus verduras- le preguntó airado -como si no lo supiese de sobra- por el paradero de Abel. Caín le respondió que no sabía, “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?” Creo que esta pregunta, esta insolencia fue lo que más encolerizó a Dios. ¿Cómo se atrevía? Así que le dijo -y, de paso, le maldijo-: “¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano clama desde el suelo. Ahora estás maldito y la tierra, que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano rechazará tu mano. Cuando trabajes la tierra, no te dará fruto. Vagarás eternamente sobre la tierra”.

Caín estaba tan confuso como aterrorizado, pero aún tuvo presencia de ánimo para replicarle a Dios, diciéndole que adónde iría, que fuera donde fuera cualquiera que lo encontrara lo mataría. Pero ya sabemos que Dios posee el esquivo y fascinante don de la inescrutabilidad y le respondió, según cuenta el Libro: “‘No será así; si alguien mata a Caín, será vengado siete veces’. Y Dios puso una marca en Caín para que quien quiera que se encontrase con él no lo matara​. Y Caín salió de la presencia del Señor y habitó en la tierra de Nod, al oriente de Edén”.

De esta manera, marcado, vaga Caín y toda su estirpe desde entonces, sin encontrar sosiego ni prosperidad, vayan donde vayan, hagan lo que hagan, condenados de antemano, antes de nacer incluso, llevando con resignación -y un punto de orgullo- la marca. La marca de Caín.

Lo que Dios ignora es que no hay día -y ya han pasado muchos siglos desde entonces-, no hay día en el que Caín no eche de menos a su hermano.

Autocontrarretrato (18)

Fingía confusión para ocultarla. Fue constante en el error sin pretenderlo. Tenía prisa por conquistar la lentitud. Guardaba las distancias bajo llave. Al hablar se escuchaba a sí mismo y no entendía nada. Todos le querían, por eso no podía fiarse ya de nadie. No podía quitar ojo de encima a los relojes de arena. Su autoestima encontró en los suelos su hábitat natural. Le sobraban los motivos que le faltaban. Cuando iba bebido evitaba sentarse en la mecedora. Le seguía sorprendiendo lo previsible. Disfrutaba cayendo en todas las trampas, eran ya como su casa. Subcontrató sus sentimientos. Cuando tenía resaca evitaba sentarse en la mecedora. Se ocultaba cosas a sí mismo con bastante éxito. La tristeza iluminaba su sonrisa. Sobrevivía gracias a los malos hábitos. Cogía la escopeta al revés porque siempre le salía el tiro por la culata.