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Contrariamente a lo que había imaginado, cuando abrió las cajas y lo vio apilado dentro de ellas, apenas sintió nada. Sacó algunos, que hojeó con algo que se parecía bastante a la aprensión -o a un miedo absurdo e injustificado-, para dejarlos enseguida encima de la mesa, por cualquier lado. Sin embargo, su respiración estaba alterada. El sueño se había hecho realidad. Pero sintió que, al mismo tiempo, se había desvanecido. Aunque era tangible -y visible y pesable y besable y olible y dable-, se había esfumado para siempre, dejando apenas el rastro de lo que ya era. Un libro.

Le hubiera gustado que todo aquello -esa descabellada aventura, esas horas y horas de desvelos y vueltas a la cabeza, de escritura y corrección-, que aquellos folios por fin ordenados que pretendían encontrar, o al menos lo buscaban, algo así como un sentido, el que fuera, de la manera que fuera, a su vida o al mundo, que todo aquello, al final, hubiera conservado algún leve soplo de aire onírico de irrealidad, de algo no logrado ni cumplido, pero ya no era posible. Era tozuda su presencia multiplicada dentro de las cajas. Además, había que celebrarlo.

No pudo volver a leerlo, aunque a veces lo cogía y lo tocaba con casi una caricia, y pasaba algunas páginas al azar para sentirlo vivo. Su sueño se había organizado en párrafos, personajes e historias que vivían dentro de esas páginas que amarilleaban ahora a la luz dudosa de la tarde que se filtraba a través de la cortina. Al cabo de unos minutos de puro contacto sin lectura, dejaba el libro de nuevo en la estantería. Junto a los otros. Lo hizo varias tardes.

Solo cuando lo vio en un escaparate de una librería, como atrapado en un fanal, se dio cuenta de que había dejado de ser suyo. Desprendía cierto aire desvalido que le enterneció. La gente pasaba por la calle sin prestar atención ni al escaparate ni, mucho menos, al libro. Le gustaba que, al menos, se mantuviera erguido con dignidad tras los reflejos múltiples del cristal que jugaban con él. Cuando se alejó de la librería sintió que se alejaba de algo suyo que ya no le pertenecía. Como si lo hubiera definitivamente expulsado de su vida. O quedara confundido -perdido- con las otras cosas que almacenaba su pasado, tan volátil.

Cuando alguien que lo había leído le encarecía con entusiasmo la valía y los méritos de lo allí escrito, agradecía los elogios y la amabilidad sincera, pero sentía que no iban dirigidos a él, sino a otra persona que había escrito aquello, que tal vez fuera él, pero que ya no lo era.

Pasaron días de obnubilada delicuescencia que lograron amortiguar esa sensación de hundimiento tras el logro, de pérdida tras la culminación, de vacío tras la consecución. Pero todas estas dudas acogotantes, vacilaciones extremas, repentinos decaimientos, perplejidades inmotivadas, rachas de frenética euforia, arduas peleas consigo mismo, fracasos imaginarios, emociones absurdas y tristezas rectilíneas, desaparecieron un buen día cuando se puso a escribir de nuevo.

Los libros no sonríen, pero imaginó, al levantar la cabeza del teclado y verlo en la estantería, que el suyo lo hacía.

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Leer/Escribir

I
Hay un libro abandonado sobre la arena. Alguien lo dejó abierto o cayó así, de cualquier manera. Ahora el viento pasa las hojas del libro. Pero el viento ni las ha escrito ni las leerá.

II
Leo porque no sé escribir.
Entonces, ¿escribo porque no sé leer?, ¿cómo se explica que escriba si sé leer? Es que, ¿no es suficiente leer? ¿No es escribir, al cabo, otra manera de leer? ¿De leerse a sí mismo? ¿De hacerse legible?

II
Escribo porque lo que quiero leer aún no está escrito. Escribo para poder leer lo que aún no está escrito y debiera, de alguna manera, estarlo. Escribo.
Entonces, ¿por qué no me gusta leer lo que he escrito?

II
Hay que leer como si se estuviera escribiendo lo que se está leyendo. Escribiendo verdaderamente esas mismas palabras y frases, como si estuvieran siendo escritas por primera vez por quien está leyendo. Y en realidad es así.

II
Hay que escribir como si otro estuviera leyendo lo que se está escribiendo. Aunque sea uno mismo.

III
-¿Es mejor leer que escribir? Indudablemente.
-Sí, lo sé. Pero alguien tenía que hacerlo.

Autocontrajustificación

I

Cuando empezó a publicar lo que, desde hacía años, venía escribiendo, siempre con dudas e inseguridades, le ocurrió lo peor que le podía suceder: tener éxito. En muy poco tiempo se hizo conocido y todo el mundo se deshacía en elogios. Aunque eran indiscriminados y banales, se sentía bien, por fin reconocido, capaz de alejar, al menos durante una buena temporada, esas dudas e inseguridades. Estaba como en una nube y, con una recién fabricada falsa modestia, agradecía los elogios, mientras, con la boca pequeña, los consideraba exagerados. Cuando tuvo que publicar cosas nuevas, le entró vértigo, pero sin tiempo para que le volvieran a asaltar esas dudas, casi antes de que lo publicado llegara a la gente, volvieron a repetirse los elogios, esta vez redoblados y más exagerados si cabe. Era una locura. Todos comentaban queriendo participar de la obra de ese nuevo extraordinario autor, señalando coincidencias y similitudes, intentando establecer una agobiante complicidad. Este éxito, esta constante adulación, le empezaba a empalagar. Era como si le faltara el aire, necesitaba espacio y silencio, y no aquella atronadora y hueca barahúnda de parabienes constantes. Todos señalaban como geniales, ideas, pasajes y situaciones que para el propio autor habían pasado inadvertidas, que eran para él puro relleno sin importancia; mientras que, por el contrario, lo verdaderamente trascendental, aquello que era la médula y el sentido último de lo que había escrito, pasaba desapercibido. Nadie entendía nada y todos entendían lo que querían. Al poco tiempo, después de que pudo ser capaz de abstraerse de esa corriente de empatía no deseada, empezó a sospechar. El hecho de que su obra tuviera una respuesta tan masiva y benevolente, tan insoportablemente incondicional y acrítica, le hizo dudar de nuevo. Si lo que hacía estaba al mismo nivel de ese entusiasmo, no le quedaba más remedio que reconocer que debía de valer bien poco. Lo pudo comprobar cuando tuvo que volver a publicar. Lo hizo a desgana y utilizando los más ridículos y burdos trucos de su oficio. Si hubiera tenido el valor de reconocerlo lo hubiera enviado al cubo de la basura, pero llevado, más bien arrastrado, por su público, odiosamente fiel e incondicional, lo publicó. Aquella porquería. El éxito fue inmediato, mayor aún. Ya no sabía qué hacer, dónde meterse, cómo reaccionar frente a ese ejército de admiradores a los que, desde hacía ya algún tiempo, había empezado a odiar profundamente. Soñaba con que le dejaban en paz. Soñaba con fracasar. Aunque lo que de verdad le torturaba era saber que su obra, lo que hacía, no valía gran cosa, una porquería sin interés ni profundidad que había sido víctima de un fenomenal, y bastante molesto, malentendido. Así que cuando volvió a publicar, lo hizo sin ningún tipo de entusiasmo, reconociendo su definitiva falta de talento, y dispuesto, con la mejor y más falsa de sus sonrisas, a atender a su público, fiel, entusiasta e incondicional, y a convivir, de la mejor manera que pudiera, con ese éxito que le perseguía como una sombra insidiosa e indeseada, señaladora, al fin, de su inanidad.

II

Lo intentaba, bien sabe dios que lo intentaba con todas sus fuerzas. Durante años, cada hora, se quemaba las pestañas persiguiendo un sueño que seguía cruelmente desvaneciéndose. Toda su obra permanecía en el más absoluto anonimato. Los débiles y desafortunados intentos porque viera la luz -aunque fuera una pequeña parte, aunque fuera una débil claridad- siempre tuvieron como resultado la más cruel indiferencia, el negro color del fracaso. Los escasísimos comentarios que obtuvo a lo largo de los años, suscitados probablemente por la piedad o, directamente, la pena, le animaban a seguir, pero también a mejorar. Estaba bien, pero… Aquello no valía gran cosa. Todas estas adversidades, este inmenso silencio y soledad, actuando como un bumerán, le sirvieron para fabricarse una idea sólida, férrea, fija e inquebrantable acerca de su obra: era un genio oculto y despreciado, ignorado y perdido. Continuaría con su obra, quemándose las pestañas si hacía falta, persiguiendo un sueño demasiado esquivo, contra viento y marea, puede que tocado por la mala suerte y por la ignorancia, pero no hundido. Pensaba incluso en ordenar, cuando muriera, que su obra fuese entregada al fuego purificador, con la segura esperanza de que el albacea encargado de ello, desobedeciera tal orden y, finalmente, aunque fuera después de su muerte y en contra de sus disposiciones, hiciera ver al mundo el valor de aquella obra tan perseverantemente ninguneada. Tampoco Van Gogh vendió ningún cuadro. Así caminaba por los parques, creyéndose un verdadero artista, gracias a la nula repercusión de su obra, al prolongado y repetido fracaso que se renovaba a diario, elevado a la gloria verdadera de los malditos e incomprendidos. La pose era perfecta. Pero -y él lo sabía-, su obra, lo que escribía, a pesar del fracaso y de la indiferencia de todos, era una perfecta mierda. Hacía una espléndida mañana, fría y soleada, bajo los árboles.

Me siento a escribir

chair

Me siento a escribir y no se me ocurre nada. No me siento a escribir y se me ocurren cosas que podría escribir si no me sentara a escribir.

Así que hoy he decidido no sentarme a escribir, para que, así, puedan ocurrírseme cosas que luego, cuando me siente a escribir, pueda escribir.

Pero cuando me he levantado del lugar en donde me siento con la intención de escribir, y he salido con la intención de que se me ocurra algo que pueda luego, cuando me siente a escribir, escribir, no se me ha ocurrido nada que pudiera luego escribir. He tenido la sensación de que, aunque todavía no me había sentado a escribir, era como si estuviera sentado a escribir. Antes se me ocurrían cosas que escribir, incluso cuando me sentaba a escribir. Pero ahora, ni siquiera cuando me levanto del lugar en donde me siento a no escribir.

Pero, aún así, he vuelto de nuevo a sentarme a escribir, por lo menos me he sentado a escribir. Levantarme y salir no ha servido de nada, porque, finalmente, me he tenido que sentar a escribir, aunque sabía que no iba a poder hacerlo, al no tener nada, verdaderamente nada, que escribir. Incluso he probado a escribir de pie. Pero me he puesto de pie a escribir de pie y seguía sin ocurrírseme nada. Era como si en realidad, aunque estaba de pie, me hubiera sentado, de otra manera, a escribir.

Y escribo, por eso, ahora esto, como si se me acabara de ocurrir, como si esto fuera escribir.

Mejor será que me levante y no me siente a escribir, que me levante de una vez y salga, y olvide la intención de escribir, que no piense en cosas que podría después escribir. Que piense mejor en no escribir.

En realidad, me da igual este blog

En realidad, me da igual este blog. Pudo ser una vía de escape, una compañía para las horas muertas, un débil hilo de comunicación con el exterior, una agradable obligación… y no ha llegado a ser -realmente- nada de eso. Ni siquiera. Así que si lo odié, no merecía tal honor. Y si lo amé, fue tal vez en momentos pasajeros de ofuscación. En el fondo -si me atreviera alguna vez a ser sincero- me da un poco igual. No es más que un accesorio del que podría prescindir, pero que prefiero conservar como un adorno inútil. La vida va por otro lado.

Odiarle es ridículo y excesivo, de la misma manera que es excesivo y ridículo sentir un aprecio especial por él. Convertirle en uno de los ejes de mi existencia no deja de ser una broma. Son, al cabo del día, no más de unos minutos los que le dedicó. Luego -y antes y después- toca bregar con lo que verdaderamente importa, la vida y así.

Sus bondades y sus defectos, sus éxitos y sus fracasos, irán siempre de la mano sin llegar nunca muy lejos. Despreciarle por lo segundo o sentir agradecimiento por lo primero, son sentimientos perfectamente intercambiables.

Su insustancialidad e irrelevancia no dan para más. Un juego demasiado banal en el que perder o ganar tienen los límites demasiado difusos. Tal vez supe todo esto desde el principio y he estado durante años fingiendo, fingiendo odio por él, fingiendo amor por él. Cuando me trae al pairo este blog. Todo debe formar parte de una comedia, una comedia que no logra arrancar ni una media sonrisa. Una farsa demasiado seria.

Cuando digo que le odio no hago más que revelar mi amor por él. Cuando digo que le amo no hago más que intentar, de mala manera, ocultar mi odio por él. Cuando, en realidad, digo que le odio o cuando digo que le amo, no hago más que decir algo, cualquier cosa, llevado por la rara costumbre de seguir escribiendo este blog, sin importarme gran cosa lo que digo, sea lo que sea, esto o lo contrario. Da un poco igual lo que diga porque me da igual este blog. Me gustaría tener cierta capacidad de odiarle, alguna leve inclinación a sentir aprecio por él, y no esta indiferencia fría y forzada.

El amor no es más fuerte que el odio, el odio no es más fuerte que la indiferencia.

Amo este blog

Amo este blog. Si en un tiempo fue una autoimpuesta obligación, una manera de disciplinarme -cuando no, de flagelarme-, una patética forma de mostrar mis miserias y mis limitaciones, algo que me resultaba siempre doloroso por su expuesta insuficiencia, ahora se ha convertido en una necesaria vía de escape, en una compañía fiel e indulgente, en tal vez algo más que un simple entretenimiento, un cuaderno que, cuando no escribo en él, me sirve para sentirlo al menos entre mis manos.

Siento por él una estima verdadera. Esa necesidad que tengo de él crece cada a día, a pesar de las dificultades, de las inseguridades, de la escasa pericia y de los anulantes bloqueos. Y sé que cuando, algún día, por algún motivo o fatalidad, acabe, no me quedará más remedio, de una manera o de otra, cualquiera que ésta sea, que empezar con otro, sea cual sea su nueva forma, para seguir jugando con las palabras, con las ideas, con los sentimientos. Sé que, adquiera la forma que adquiera, me seguirá acompañando como una sombra fiel y silenciosa.

Acaso debería despreciarle por su escaso -nulo más bien- éxito, echarle en cara su inutilidad y su torpeza para generar interés, pero son estas características suyas las me resultan más queridas. Como si a pesar de todo ello -de sus extraordinarias carencias, o tal vez por culpa de ellas-, fuera imposible hacer con él algo falso, impostado o a la moda, y no esta pequeña colección de latidos más o menos amortiguados, más o menos verdaderos.

No puedo ocultarlo ya por más tiempo. Amo este blog. Cuando me enfrento a él, cuando lo utilizo, cuando lo leo, cuando lo escribo. No solo le quiero, sino que lo necesito. Si fuera un objeto físico -de papel, de madera, de hierro- me gustaría tenerlo siempre a mano o a la vista, sentir su tacto. Lo conservaría en algún lugar secreto y cercano.

Como si eso fuera a solucionar algo.

Odio este blog

Odio este blog. Si en un tiempo fue una vía de escape, una compañía necesaria, un entretenimiento cotidiano, ahora se ha convertido en un lastre -no excesivamente pesado, pero lastre al fin-, en una ridícula obligación, en un deformante espejo ante el que me veo empujado -¿por qué?, ¿por quién?- a ponerme delante.

Le odio con todas mis fuerzas. Y ese odio es aún mayor -y crece y crece día a día- porque no hay nada más fácil y nada más al alcance de mi mano que deshacerme de él, liquidarle por completo y olvidarle para siempre, y, sin embargo, siendo tan sencillo, no lo hago, -y esto es algo, esa posibilidad tan fácilmente realizable de suprimirle para siempre, esa posibilidad que no llevo nunca a cabo, que hace que mi odio hacia él sea cada vez mayor-, y aquí le tengo, día tras día, como una sombra odiosa.

Debería estarle agradecido, incluso podría estar un poco orgulloso de él, de su fidelidad y constancia, de su insólita perseverancia, pero son esas características suyas las que me resultan más odiosas. Como si a pesar de todo ello -de todas sus posibles o aproximadas bondades, o tal vez precisamente por culpa de ellas-, fuera imposible hacer con él algo diferente y nuevo, algo, por fin, sorprendente y verdaderamente analgésico, y no esta bazofia repugnante y recalentada.

No puedo ocultarlo ya por más tiempo. Este blog me resulta cada vez más irritante. Cuando me enfrento a él, cuando lo utilizo, cuando lo leo, cuando lo escribo. Me repugna. Si fuera un objeto físico -de papel, de madera, de hierro- sé que pasaría un buen rato rompiéndolo, despedazándolo, triturándolo. Tirándolo, finalmente, a la basura en un acto -bastante infantil, sé que insuficiente- de liberación.

Como si así se terminara todo.