Espejos

espejo

No me veo igual en todos los espejos.

Hay espejos en los que, al mirarme, me encuentro, más o menos, aceptablemente bien, aunque no son muchos los de este tipo. Los más abundantes reflejan mi imagen de manera más fiel y real, esto es, más insoportablemente fiel y real, como si se regodearan en mostrarme tal y como soy, como si me agredieran al hacerlo. Luego hay otros, más amables, en los que ni me veo.

No entiendo esta disparidad de espejos cuando su cualidad esencial -la de reflejar, tal cual, lo que se presenta delante de ellos- es la misma en todos. ¿Por qué, entonces, me veo en ellos reflejado de maneras tan diferentes? Debe ser la luz o, tal vez, la mirada que los observa, que cambian -la luz, la mirada- de un día para otro, de una hora para otra, tan inexplicablemente.

Me gustaría gustar a los espejos, pero se ve que no hay manera. Aquellos que devuelven una imagen de mí más agradable son muy escasos, y los encuentro muy de tarde en tarde, y de manera inesperada. Son tan raros que, cuando me topo con ellos, no me reconozco. Me sitúo ante ellos y creo estar viendo a otra persona. Llego a pensar que, efectivamente, debo ser otra persona.

Luego hay otros espejos, los más habituales, que tienen -además de su natural cualidad de reflejar de manera severa, fría y, a menudo, cruel lo que se les planta delante- otra escalofriante habilidad: la de reflejar un anticipo de lo que seremos dentro de un tiempo. No entiendo por qué se empeñan los espejos en ser tan desagradables. Aquello que vemos -arrugas, flacideces, galopantes alopecias, ojeras, falta de brillo en la mirada, etc.- no existe, pero puedes estar tranquilo: existirá en breve.

Casi uno acaba prefiriendo aquellos que no nos reflejan, o lo hacen como de soslayo, apenas una figura en un rincón, envuelta en una agradable y anónima semipenumbra.

Hasta que no hay más remedio que ponerse justo delante y encender la luz. Nos vemos entonces con extraordinaria nitidez. Debemos ser nosotros.

Ese es, al menos, nuestro cuarto de baño.

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Pájaro en el espejo

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Un pequeño pájaro, que andaba a saltitos, inquieto pero elegante, moviendo la cola, de color gris las alas, pero blanco por la parte inferior, y el pecho y el cogote negros, empezó a merodear alrededor de la kangoo que dejamos aparcada dentro del olivar.

Lo hacía sin miedo, de manera casi temeraria, fascinada, supongo, por la mole blanca y llena de brillos de la furgoneta. Se atrevió incluso a subirse al techo y al capó y darse una vuelta por la pulida superficie.

lavandera_blanca

Al día siguiente volvió a aparecer. Directamente, en cuanto nos alejamos del vehículo, se encaramó de nuevo.

Era una lavandera blancamotacilla alba– y aunque tiene muchos más nombres, también es conocida como aguzanieves. Le gusta el frío y anida en grietas y sitios así. El nombre de lavandera le viene por su querencia por los arroyos y riachuelos. Le gusta posarse en las piedras de la orilla, al lado de la corriente, como hacían las lavanderas.

Ahora picoteaba sobre el capó blanco y caliente de la furgoneta lleno de insectos. A cada momento yergue la cabeza, nerviosa, para observarlo todo.

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Cuando por la mañana entrábamos al olivar, salía disparada, desde lo alto de un olivo o desde el tejado del leñero, hasta el lugar donde dejábamos aparcada la furgoneta. Se la veía contenta, no de vernos aparecer a nosotros, sino a la kangoo.

Pronto comprendimos su obsesión. No eran solo los insectos.

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Del techo bajaba al capó, y del capó iba hasta cualquiera de los dos retrovisores laterales. Allí se posaba. Si te situabas a cierta distancia, podías observarlo todo. (Incluso pude hacer estas fotos con una pequeña cámaradebolsillodemierda)

Y saltaba la lavandera desde el borde superior del retrovisor hasta ponerse a la altura del espejo para -como si fuera un colibrí capaz de permanecer en el aire volando y sin avanzar- mantenerse unos segundos frente a él.

Lleva así varios días. Repite el vuelo y se golpea contra el cristal.

lavandera_blanca3

Como Alicia, pretende traspasar el espejo. Lo intenta decenas de veces hasta que se marcha. Al rato lo intenta de nuevo. Como si no se conformara con lo que hay a este lado del espejo. Como si le fuera la vida en atravesarlo.

Y vuelve a la carga.

Tal vez se ve -ve a otro pájaro- en el espejo, ve el cielo reflejado, y quiere estar con ese otro pájaro que tiene tan cerca -enfrente- y quiere estar bajo ese otro cielo reflejado. Mientras, no hace más que darse golpetazos con el pico.

Pero no ceja en su empeño. Cada vez que ve llegar a la kangoo da saltitos de alegría. Ahora mismo sé que nos está esperando. Esa fascinación por los espejos, esa fascinación por el otro lado

No sabe que al otro lado del espejo hay más espejos.

Autopodorretrato

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Autorretrato de mis zapatos reflejados en un espejo tirado en la calle, apoyado en la valla de un solar, entre cristales rotos sobre la acera sucia de basura y cosas tiradas, como si hubieran abandonado los trastos inservibles de una mudanza o los restos de un cuarto de baño, de noche, ya tarde, después de haber llovido todo el día, en una calle bastante tranquila y poco importante, en la que apenas pasan coches, apenas pasa gente, y unos cuantos gatos se agazapan debajo del calor del motor de los coches recién aparcados o recorren el solar abandonado, entre la hierba crecida y los cascotes, donde antes hubo una casa y ahora queda un hueco al que se asoma, de vez en cuando, algún inquilino de los edificios colindantes que se acoda en la ventana del cuarto de baño a fumarse un cigarrillo, mientras la noche amortigua el sonido de los latidos del día y un individuo se para en la acera, saca una pequeña cámara de fotos y fotografía algo que hay en el suelo, un montón de basura, muebles abandonados, un espejo en el que se refleja y en el que no cabe.