Bajo el espejo de la luna

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Eran tiempos de desasosiego. De algaradas, tumultos, levantamientos. En los grandes salones todo reverberaba aún. Puro brillo de las cenefas y las volutas que pronto sería sustituido por el de las hachas encendidas y agitadas con odio por la turba. Decenas y decenas de espejos se sucedían, brillantes e impolutos, de una sala a otra, reflejándose, en ocasiones, unos frente a otros, formando un túnel inacabable. Él, mientras aspiraba un montoncito de rapé, decidió no huir. Permanecer en su sitio y esperar a que pasara, fuera lo que fuera que tuviese que venir, todo. O a que acabara de una vez.

Conservaba la vieja manía de evitar los espejos. Y allí era especialmente difícil esquivarlos. Ahora, cuando le sorprendía alguno, con el que se cruzaba inesperadamente sin querer, o inadvertidamente le mostraba a traición su pulida superficie tras un taimado cortinaje, podía comprobar -casi con aceptación, sin asombro- cómo ya no se veía reflejado. Aparecía todo lo que tenía detrás -fuera una habitación, un salón, un largo pasillo solitario, una escalinata de amplios mármoles o el mundo entero conocido-, pero no él. No podía verse. No se reflejaba en los espejos. Ahora no había nadie. No estaba ya delante de ellos. Era como si estuviera al otro lado, dentro del espejo, y al ponerse frente a él y mirar, lo que viera fuera el exterior -o sea, la habitación cerrada, los lujosos salones vacíos, el mundo despeñándose-, pero no él. Él estaba ya dentro. Por eso no podía verse, no se reflejaba en ellos. No eran para él los espejos más que ventanas que le hacían ver -y sentir- que estaba, definitivamente, al otro lado. Fuera del mundo. Los que estaban en él, el resto de la humanidad entera, podían asomarse a esos espejos, verse reflejados y ver lo que había dentro. Que era exactamente lo que había fuera, minuciosa y fielmente repetido. Pero él no. Él no podía verse porque vivía, ya acaso para siempre, dentro de ese mundo reflejado tan minuciosa y fielmente, cada lámpara, cada mueble, cada cortina, cada techo, cada alfombra, cada otro espejo, a la luz decadente del final. Daba vértigo -miedo, pánico- tanta exactitud. Y en su caso, esa exactitud, esa absoluta fidelidad e imposición de las estrictas leyes de la reflexión, le mostraba ahora su inexistencia. Ni siquiera era una sombra borrosa. Nadie. Nada. Cuando miraba un espejo, al menos podía comprobar -era lo único que podía hacer ya- la prodigiosa conjunción de todos los elementos que le rodeaban -cada detalle, cada adorno, cada resto exánime y abandonado de lo que fue su mundo-, su frialdad ahora al ignorarle, la totalidad encerrada en su marco dorado, estrictamente delimitada, existente solo en su reflejo, iluminada pero ausente. Como si todo se hubiera ya despedido para siempre y él no se hubiera dado cuenta.

Él ya no se buscaba en los espejos. Su propia existencia, a pesar de su alcurnia y de la nobleza excelsa de sus antepasados, al otro lado del azogue ya, carecía de entidad y de importancia, había sido anulada su presencia. Vivía dentro. El mundo real -y alterado- estaba fuera. Como si ese mundo nuevo solo fuera real por accidente, como si solo existiera ahora para verse reflejado a la temblorosa luz de las antorchas.

Le hubiera gustado poder salir del espejo y volver a vivir en el mundo real de siempre, aunque fuera un mundo reflejado, para poder -tal vez así lo intentaría, tendría algún sentido- escapar. Visitar los viejos pabellones de caza, espolear los caballos tras los zorros, bailar de noche a la luz de las arañas, oír el roce de las cretonas tiesas al rozar los muslos de las mujeres dar vueltas, atreverse de nuevo a mirar los espejos de las alcobas. Verse, al fin, entre las cosas, a su luz. Aunque fuera, como era y sería más tarde, tan solo un reflejo fugaz sobre la superficie pulida de la hoja de la guillotina.

Antes de caer sobre su cuello, le dio tiempo a ver la luz de la luna reflejada, por segunda vez, en un espejo de palacio.

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Espejos

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No me veo igual en todos los espejos.

Hay espejos en los que, al mirarme, me encuentro, más o menos, aceptablemente bien, aunque no son muchos los de este tipo. Los más abundantes reflejan mi imagen de manera más fiel y real, esto es, más insoportablemente fiel y real, como si se regodearan en mostrarme tal y como soy, como si me agredieran al hacerlo. Luego hay otros, más amables, en los que ni me veo.

No entiendo esta disparidad de espejos cuando su cualidad esencial -la de reflejar, tal cual, lo que se presenta delante de ellos- es la misma en todos. ¿Por qué, entonces, me veo en ellos reflejado de maneras tan diferentes? Debe ser la luz o, tal vez, la mirada que los observa, que cambian -la luz, la mirada- de un día para otro, de una hora para otra, tan inexplicablemente.

Me gustaría gustar a los espejos, pero se ve que no hay manera. Aquellos que devuelven una imagen de mí más agradable son muy escasos, y los encuentro muy de tarde en tarde, y de manera inesperada. Son tan raros que, cuando me topo con ellos, no me reconozco. Me sitúo ante ellos y creo estar viendo a otra persona. Llego a pensar que, efectivamente, debo ser otra persona.

Luego hay otros espejos, los más habituales, que tienen -además de su natural cualidad de reflejar de manera severa, fría y, a menudo, cruel lo que se les planta delante- otra escalofriante habilidad: la de reflejar un anticipo de lo que seremos dentro de un tiempo. No entiendo por qué se empeñan los espejos en ser tan desagradables. Aquello que vemos -arrugas, flacideces, galopantes alopecias, ojeras, falta de brillo en la mirada, etc.- no existe, pero puedes estar tranquilo: existirá en breve.

Casi uno acaba prefiriendo aquellos que no nos reflejan, o lo hacen como de soslayo, apenas una figura en un rincón, envuelta en una agradable y anónima semipenumbra.

Hasta que no hay más remedio que ponerse justo delante y encender la luz. Nos vemos entonces con extraordinaria nitidez. Debemos ser nosotros.

Ese es, al menos, nuestro cuarto de baño.

Pájaro en el espejo

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Un pequeño pájaro, que andaba a saltitos, inquieto pero elegante, moviendo la cola, de color gris las alas, pero blanco por la parte inferior, y el pecho y el cogote negros, empezó a merodear alrededor de la kangoo que dejamos aparcada dentro del olivar.

Lo hacía sin miedo, de manera casi temeraria, fascinada, supongo, por la mole blanca y llena de brillos de la furgoneta. Se atrevió incluso a subirse al techo y al capó y darse una vuelta por la pulida superficie.

lavandera_blanca

Al día siguiente volvió a aparecer. Directamente, en cuanto nos alejamos del vehículo, se encaramó de nuevo.

Era una lavandera blancamotacilla alba– y aunque tiene muchos más nombres, también es conocida como aguzanieves. Le gusta el frío y anida en grietas y sitios así. El nombre de lavandera le viene por su querencia por los arroyos y riachuelos. Le gusta posarse en las piedras de la orilla, al lado de la corriente, como hacían las lavanderas.

Ahora picoteaba sobre el capó blanco y caliente de la furgoneta lleno de insectos. A cada momento yergue la cabeza, nerviosa, para observarlo todo.

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Cuando por la mañana entrábamos al olivar, salía disparada, desde lo alto de un olivo o desde el tejado del leñero, hasta el lugar donde dejábamos aparcada la furgoneta. Se la veía contenta, no de vernos aparecer a nosotros, sino a la kangoo.

Pronto comprendimos su obsesión. No eran solo los insectos.

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Del techo bajaba al capó, y del capó iba hasta cualquiera de los dos retrovisores laterales. Allí se posaba. Si te situabas a cierta distancia, podías observarlo todo. (Incluso pude hacer estas fotos con una pequeña cámaradebolsillodemierda)

Y saltaba la lavandera desde el borde superior del retrovisor hasta ponerse a la altura del espejo para -como si fuera un colibrí capaz de permanecer en el aire volando y sin avanzar- mantenerse unos segundos frente a él.

Lleva así varios días. Repite el vuelo y se golpea contra el cristal.

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Como Alicia, pretende traspasar el espejo. Lo intenta decenas de veces hasta que se marcha. Al rato lo intenta de nuevo. Como si no se conformara con lo que hay a este lado del espejo. Como si le fuera la vida en atravesarlo.

Y vuelve a la carga.

Tal vez se ve -ve a otro pájaro- en el espejo, ve el cielo reflejado, y quiere estar con ese otro pájaro que tiene tan cerca -enfrente- y quiere estar bajo ese otro cielo reflejado. Mientras, no hace más que darse golpetazos con el pico.

Pero no ceja en su empeño. Cada vez que ve llegar a la kangoo da saltitos de alegría. Ahora mismo sé que nos está esperando. Esa fascinación por los espejos, esa fascinación por el otro lado

No sabe que al otro lado del espejo hay más espejos.

Autopodorretrato

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Autorretrato de mis zapatos reflejados en un espejo tirado en la calle, apoyado en la valla de un solar, entre cristales rotos sobre la acera sucia de basura y cosas tiradas, como si hubieran abandonado los trastos inservibles de una mudanza o los restos de un cuarto de baño, de noche, ya tarde, después de haber llovido todo el día, en una calle bastante tranquila y poco importante, en la que apenas pasan coches, apenas pasa gente, y unos cuantos gatos se agazapan debajo del calor del motor de los coches recién aparcados o recorren el solar abandonado, entre la hierba crecida y los cascotes, donde antes hubo una casa y ahora queda un hueco al que se asoma, de vez en cuando, algún inquilino de los edificios colindantes que se acoda en la ventana del cuarto de baño a fumarse un cigarrillo, mientras la noche amortigua el sonido de los latidos del día y un individuo se para en la acera, saca una pequeña cámara de fotos y fotografía algo que hay en el suelo, un montón de basura, muebles abandonados, un espejo en el que se refleja y en el que no cabe.