Las plantas en invierno

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Como somos plantas no podemos irnos a dar una vuelta por ahí o salir corriendo cuando nos apetezca o lo necesitemos. Como mucho, podemos movernos un poco de aquí para allá, zarandeadas por el viento, o en otros casos, solo una parte de nosotras salir volando o caer al suelo. Pero eso de dar un paseo, nada de nada.

Como somos plantas tenemos una vida corta. Estamos y luego no estamos. El ciclo de las estaciones lo dicta todo, nuestro principio y nuestro fin. Vivimos intensamente -y sin pensar demasiado- agradecidas al sol. Somos amigas de los insectos, que nos hacen tanta compañía… Y poco más.

Como somos plantas, cuando llega el invierno, en los días más fríos y definitivos, la mayoría morimos sin mucho estruendo. Nos secamos del todo y algunas quedamos de pie, pero estamos muertas, solo somos un gesto -o un recuerdo- de lo que fuimos. Una especie de esqueleto vegetal.

Como somos plantas, volveremos cuando los días sean más cálidos y el aire menos cruel. De eso podéis estar seguros.

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El viento

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El viento estos días es de un frío exacto.

Sopla como si tuviera prisa por llevárselo todo por delante. Se cuela por las rendijas y entonces silba. Hay hojas en los árboles que todavía resisten. Pero quedan ya pocas. Se arremolinan ahora casi todas en el suelo.

Hay momentos en los que parece que se detiene. Luego vuelve a soplar con más furia. Nos trae un aire gélido del norte lejano. Es helador. El sol apenas tiene fuerzas para calentar.

Mantendremos, entonces, este invierno las hogueras encendidas.

Elogio del invierno

Todo el mundo echa pestes del invierno, del frío, del mal tiempo, de las heladas, del viento gélido, de la nieve, de los temporales de lluvia. Piensa que el paisaje es, en esta época del año, horrible, siempre gris, que todo está desolado, triste, los árboles sin hojas, el campo mustio y aterido.

La mayoría siente predilección, en cambio, por el otoño, con esa engañosa aura de melancolía y recogimiento que desprende, con ese insoportable crisol de colores ocres que lo adorna, idealizado a golpe de romanticismo barato.

Cuando el otoño no representa más que el final, la caída, la podredumbre. Y todo esto puede ser cualquier cosa, menos estético. Acaso, si quieren, conmovedor. Pero en el peor sentido de la palabra.

Es durante el invierno cuando todo brota otra vez de nuevo -un poco por costumbre, sí, pero un poco, también, inexplicablemente.

Las semillas se acurrucan bajo tierra, buscando algo de calor, a salvo del frío y las heladas, y allí empiezan a bullir. A los primeros lametazos de sol, aparecen los tímidos brotes. También os podéis fijar ya en las yemas de los almendros.

Todo sigue funcionando -¿a qué obedecerá ese impulso?- aunque no lo veamos.

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