Cero, incluso menos

cero

Debéis ser pocos, según las últimas estadísticas. Tan pocos, que hay días en los que no sois nadie.

He llegado a pensar que, si eso fuera posible, podría tener en esas casillas, según las estadísticas, algún número negativo: menos un lector, o menos diez, o menos veinte. Sería la única manera de que creciera, aunque fueran valores negativos, el número de lectores. Pero como esto creo que-aunque nunca se sabe- es imposible, me tendré que conformar con alcanzar, cada vez a más menudo, eso sí, mi techo: cero. Cero views, cero clicks, cero visitors.

Ni siquiera esto que escribo ahora puede ser tenido como una queja. Ya no. Puede valer, más bien, para dar más valor a los que, distraída o conscientemente, deciden pasearse por estas páginas. Que sepan que son una especie rara, en peligro de extinción, tipos solitarios o que prefieren navegar a contracorriente, pero que tienen el privilegio de ser casi únicos, de disfrutar -o padecer-, casi en exclusiva, lo que leen aquí.

Las estadísticas no mienten. Sois cuatro gatos.

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Odio al lector

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Un escritor odia a sus lectores. Cuando no lo hacen -leer- con mucho interés, solo para pasar el rato, o simplemente lo hacen -leer- para no acordarse de sí mismos, lo malinterpretan todo. Malditos lectores. Sacan conclusiones equivocadas o prestan atención a lo más superfluo, dejando pasar de largo -siempre- lo más importante. Tampoco tienen ningún reparo, en algunas ocasiones, en mostrar, incluso, un entusiasmo desmedido por lo que leen, un entusiasmo tan exagerado como rápida es la manera que tienen de olvidar lo que han leído.

Un escritor odia a sus lectores. La suerte que tienen éstos, es que no suelen -los escritores- ir armados. Si alguno manejara las armas, podrían llegar a cometer asesinatos, asesinatos, claro, de lectores suyos. Lo harían mientras los lectores leen algo del escritor que porta la pistola. Y lo haría -el escritor- en legítima defensa.

Un escritor no tiene más remedio que odiar a sus lectores. Si estos son muchos, la situación del escritor es realmente desesperada. No puede ya intentar –realmente– hacerse entender, comunicar sus sentimientos o sus historias de la manera que él necesita hacerlo, debe considerar como algo ya del todo imposible establecer una mínima y cierta complicidad. Y ni siquiera puede matarlos a todos.

Un escritor sale a pasear. Intenta olvidarse de sus lectores, de ese odio que siente por ellos, y piensa que sería feliz si sus lectores fueran precisamente los otros, esa gente que pasa por la calle, a los que ama y por los que escribe, justo los que no le leen.

Escribir / Leer

reading

Un escritor, cuando deja de escribir, sigue escribiendo en su cabeza. Un lector, cuando deja de leer, sigue leyendo en su cabeza.

Un escritor, cuando escribe, sigue escribiendo en su cabeza. Y aunque casi nunca coincide lo que escribe con lo que escribe en su cabeza, a veces, raras veces, se aproxima un poco.

Un lector, cuando lee, si es bueno lo que lee, o le agrada, o le interesa, deja de leer en su cabeza. Y descansa de su cabeza. Por eso lee.

Un escritor fracasado, cuando escribe, le desagrada profundamente lo que escribe. También le desagrada lo que escribe en su cabeza.

Un escritor fracasado, no escribe. Ha dejado hace tiempo de escribir. Está convencido de que no volverá a escribir. Un escritor fracasado incluso ha dejado de escribir en su cabeza.

Un escritor, cuando escribe, escribe dentro de la cabeza de un lector, de la misma manera que un lector, cuando lee, lee dentro de la cabeza de un escritor.

Un lector lee. Un lector deja de leer y mira las cosas que hay a su alrededor, una pared o una ventana.

Un escritor escribe. Un escritor deja de escribir y mira las cosas que hay a su alrededor, una pared o una ventana.

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