Las penúltimas montañas (Casi un libro)

Casi.

De manera imprevista.

Escribí una historia de apenas un folio que ni siquiera era una historia. Pero las frases tenían un ritmo diferente y aludían a un territorio definido, creaban una atmósfera distinta. Más tarde, otras historias -solo algunas- se desarrollaron con ese mismo tipo de frases, tenían lugar en ese territorio, compartían la misma cadencia y el mismo aire de familia. Hasta que, ya escritas unas cinco o seis, me di cuenta de que, si no encajar, podían al menos compartir un espacio, ya que incluso, de manera reiterada, se establecían relaciones y contactos entre ellas. Algo fluía por fin.

Siempre -aunque lo negara y me lo negara- quise escribir algo. Algo completo, algo coherente. Pero hacía ya tiempo que había desistido. Pereza e incapacidad habían ganado la partida. Hasta que, sin pretenderlo, casi como por acumulación, sin ninguna obligación de por medio, había escrito uno. O por lo menos, había construido trozos, fragmentos, retazos de algo, que, encajados entre una portada y una contraportada, podían tener la apariencia de libro.

Aunque tampoco creo que sea necesario. Nadie necesita otro libro. Están esos fragmentos bien así, esparcidos, casi ocultos, separados.

Otra cuestión es si he escrito lo que pensaba que iba a escribir. Si me he atrevido. Si he sido capaz. Si he escrito lo que quería. Y no esto.

O casi. 

Las penúltimas montañas

01. En las últimas fronterasclic aquí
02. Vigíaclic aquí
03. Niña y tiemposclic aquí
04. La última escaramuzaclic aquí
05. Abandonoclic aquí
06. Fragmentos del deshieloclic aquí
07. La frontera líquidaclic aquí
08. La rama hacia el sur
    Iclic aquí
    IIclic aquí
    IIIclic aquí
    y IVclic aquí
09. Regreso
I
clic aquí
  IIclic aquí
y IIIclic aquí
10. El último
Iclic aquí
y IIclic aquí
11. En los valles (Coda)…clic aquí

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Libros

Recordaba los libros por el suelo, casi juguetes, que podía tirar, abrir o dejar caer, aunque no leer. Su predilección por ellos no tenía una explicación racional. Le atraían como el que se siente atraído por una caja y se obsesiona por ver qué hay en su interior. Los libros eran juguetes en el suelo, coches sin ruedas que, sin embargo, corrían, y también cajas llenas de cosas, de páginas, de dibujos, de personajes y de historias. No era habitual tener muchos libros en aquella época. Eran pocos. Pero unos cuantos eran suficientes, eran muchos.

Más tarde empezó a leerlos con una curiosidad que se parecía bastante a una voracidad malsana y bulímica. Horas perdidas en una actividad marginal y no muy bien vista. Solitaria. Leer era algo  enfermizo e insano. Propio de tipos raros en definitiva.

Siguió en su empeño lector durante los años siguientes, plenos de descubrimientos de mundos inexplorados que mejoraban de manera prodigiosa los más cercanos y opresivos mundos de su rancio y anodino entorno. Estaba todo por recorrer, quedaba todo por leer, y fueron cayendo, uno tras otro, los grandes nombres, los grandes mamotretos entre pecho y espalda. Numerosas y diversas aficiones se fueron incorporando a su vida y a sus intereses, pero de la misma manera que vinieron, se fueron. Pasaron los años, y la única y verdadera y satisfactoria pasión a la que permanecía fiel, era la de los libros, que ya se empezaban a subirse por las paredes -por todas las paredes- de su pequeña casa en las afueras.

Pero hace un año, algo debió suceder que ni él mismo se explica, ni siquiera es capaz de precisar el momento en que ocurrió, sería un día cualquiera, hace ya unos meses, demasiado tiempo para recordarlo con precisión, demasiado extraño y sutil para que fuera incluso percibido. Sí, podía hacer un año, o más tiempo acaso. Desde entonces no había leído un libro, no había leído nada. Dejo, sin motivo, de hacerlo. Y no parecía capaz de volver a leer. No era pereza o desgana. Era miedo.

Seguía amando los libros. Y los seguía comprando y guardando. Pero ahora se limitaba a mirarlos, a tocarlos, incluso a hojearlos con delectación durante horas, a la luz de la tarde bajo la ventana. Estaban con él, como si fueran de nuevo un juguete, una caja que se negaba, ahora, a abrir. Prefería, simplemente, tenerla en sus manos, imaginando su interior, pasando sus dedos por sus aristas. Un libro. Nada más.

No entendía muy bien lo que le pasaba, pero intuía que algo tenía que ver con el miedo. No se atrevía ya a abrir un libro y empezar, tranquilamente, a leer. ¿Alguien se había parado alguna vez, en serio, a pensar en lo que eso podía suponer? Los compraba, los tocaba, a veces, desesperado y audaz, los hojeaba con melancolía, pero… No se atrevía a iniciar la travesía del primer párrafo. Sabía que iba a naufragar si lo hacía.

Un buen día, acribillado por los vaivenes de una vida gris y descendente, al llegar a casa y separar las cortinas del salón vio un libro en la butaca que recogía los últimos minutos de luz de esa tarde exangüe. Se cambió de ropa y cometió la insensatez de retreparse en el asiento bajo la luz insegura del crepúsculo, que poco después sustituiría por la de la lámpara de pie. Y abrió el libro. Sabía que no debía pararse en la primera página, que no debía posar sus ojos en el primer párrafo. Tenía que evitarlo como fuera. Pero lo hizo. Empezó a leer. Y fue engullido para siempre.

Nunca más se volvió a saber de él.

¡Proteja sus libros!

library

Salvo en las lejanas épocas escolares -y entonces lo hacía por obligación-, nunca he vuelto a forrar un libro. Me limito a leerlos y abandonarlos después en una estantería. Me acompañan -y espero que lo sigan haciendo- con una mezcla de amor y sorpresa. Amor y sorpresa aun al cabo de tanto tiempo.

Pero no me duele abandonarlos.

Siempre he sentido cierto repelús por cualquier tipo de veneración y exaltación, especialmente si esa veneración y exaltación van dirigidas a los libros y a la cultura en general y con mayúsculas.

Forrar los libros tal vez sea uno de los primeros y más básicos síntomas de tal idiocia. Y no acabo de entenderlo. Es como ponerse guantes para acariciar a alguien. (Iba a utilizar otra comparación que también valdría…)

Acaso así, forrándolos, se pretende preservarlos -a los libros- porque son objetos -¡qué digo objetos!- son tesoros cuasi sagrados. Y se elimina, de paso, cualquier embarazosa posibilidad de contagio. No sé.

Más adelante, si la enfermedad prospera, empiezan a crecer, y a hacerse más y más grandes, las bibliotecas propias, libros y más libros acumulados que no volveremos a abrir nunca más, pero a los que nos anclamos de por vida. Ellos resumen, de alguna manera, nuestra existencia, no solo intelectual, sino también vital.

Aunque la mayor parte de ella la hayamos construido, préstamo a préstamo, en las bibliotecas públicas. (Nuestras vidas amorosas son un poco también así). Pero esa es otra historia.

El nivel último y superior es el de considerar al libro como un objeto -¡qué vuelvo a decir, otra vez, objeto!- como un tesoro con un valor en sí mismo, sin que nada tenga que ver para ello su contenido. Estamos ante libros viejos, antiguos, únicos, ejemplares valiosísimos, amarillentos. La enfermedad, entonces, ha degenerado en una rara e incurable bibliofilia.

(Por cierto, si los pedófilos hacen esas cosas con los niños, ¿qué es lo que hacen los bibliófilos con los libros? Mejor no imaginarlo)

exlibris

En una de estas librerías de viejo -me llega un correo con el documento que veis aquí– venden un remedio para evitar los estragos del tiempo en tan delicadas reliquias, ya no cuasi, sino definitivamente sagradas.

Deberías saber -algo que yo ignoraba- que tu biblioteca -sí, el resumen y compendio de tu existencia vital e intelectual- se halla en peligro. De las más de 150.000 especies de lepidópteros, solo un diez por ciento son mariposas de colores que revolotean sobre los verdes prados. El resto son polillas.

Cada polilla -y hay unas 135.000 especies, se dice pronto-  puede poner de una sentada más de 100 huevos, de los que, al cabo de unos días, y de cada uno de ellos, emerge una larva que, antes de convertirse en capullo y después en adulto, vive durante tres meses sin nada más que hacer que alimentarse sin pausa.

Si tiene la suerte de caer en una biblioteca, la larva en cuestión se dará unos buenos atracones de celulosa, de la deliciosa celulosa con la que está fabricado el papel de nuestros libros, estén o no forrados.  Por lo visto, también les encanta -es especialmente suculento- el engrudo utilizado por los encuadernadores en el lomo.

Y lo que es más sorprendente, si puede, la larva en cuestión, mientras roe la celulosa, evita, con cierto escrúpulo, la tinta. Lo que está escrito, vamos.

Así que, como venía diciendo, esta librería de viejo ha decidido comercializar unos ex libris antipolilla. Están hechos en papel de hilo y van impregnados con un repelente elaborado con esencia de cedro. Así, de paso, perfuman la biblioteca con su delicado y oriental aroma.

Este repelente también resulta eficaz para ahuyentar a otros enemigos de los libros, como son los pitnus – el Ptinus fur y el Ptinus mollis, sin olvidarnos del Anobium molle– una horrible variedad de insecto o mínima cucaracha que también se siente atraído por los libros, así como para los anobium, antrenos, blátidos, carcomas…

No sé si funcionará este repelente con aroma de cedro con los demás enemigos de los libros: editores, críticos, profesores, poetas de provincia, profesionales de la literatura y escritores de renombre.

Los libros por el suelo

En contra de lo que pudiera parecer, no soy muy de librerías.

Desconfío, además, de aquellas personas que sienten por los libros una especie de devoción reverencial. Los libros no son ningún valor supremo en sí. Prefiero considerarlos como unos objetos de uso, unos curiosos artefactos. Están para ser leídos y disfrutados, están para hacernos compañía. Nada más.

Hace un montón de tiempo que no piso una librería. Ni una de esas enormes y agotadoras en las que nunca encuentro lo que busco, ni una de esas otras especializadas en las que tampoco encuentro lo que busco. Termino siempre, antes de tiempo, buscando el sitio por donde salir a la calle, así como agobiado.

Ya he contado aquí varias veces que ahora solo frecuento esas pequeñas librerías del barrio en las que se amontonan libros de segunda mano. Son como rastros de vidas que han cambiado, han pasado o han desaparecido. La gente termina por deshacerse de sus pequeñas y enternecedoras bibliotecas.

Pero como está empezando a ocurrir en estos tiempos que corren, siempre puedes encontrar algo más allá, un peldaño más abajo. Ahora también frecuento una especie de librerías espontáneas y piratas. Lo divertido es que no sabes cuándo te vas encontrar con ellas. Hay días que están y otros, no están. Unas veces están en sitio y otras, en otro.

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Cuando alguno de esos gitanos rumanos que recorren arriba y abajo el barrio y sus aledaños empujando carros de supermercado en busca de papel o chatarra, encuentra en algún contenedor un montón de libros viejos que alguien, al vaciar la casa para mudarse o para hacer obra, ha tirado, ese gitano rumano, que desde la noche de los tiempo lleva buscando papel o chatarra, se convierte, por unas horas, por unos días, en librero.

Bonito oficio.

Coloca sobre una tela sucia los libros, convenientemente clasificados por géneros o por colecciones, y espera que a algún viandante le interese algún libro. Son viejos, están usados y algunos tratan de temas descabellados. Pero, a veces, encuentras algo que te pueda interesar. Además, son solo dos euros.

Ayer compré estos dos, que supongo leeré este verano.

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A Hölderlin no lo he frecuentado mucho, y espero que con Hiperión no se ponga muy campanudo.

Con Proust arrastro una larga e interrumpida relación. Ya les hablé aquí de ello.

Me hizo gracia encontrar en el santo suelo y al aire libre el séptimo tomo de En busca del tiempo perdido. No me ha quedado más remedio que comprarlo. Se trataba, ni más ni menos, de El tiempo recobrado.

Como solo he leído los dos primeros tomos de la serie -y además, hace ya de ello un millón de años- meterle mano al último, teniendo completamente olvidados los dos primeros y saltándome a la torera los tomos tres, cuatro, cinco y seis, me va a hacer sentir como esos tramposos que, incapaces por sí mismos de completar el crucigrama, acuden a la hoja de respuestas sin que les vea nadie, para poder terminarlo.

Pero tampoco importa mucho, no estamos hablando más que de libros, esos pequeños artefactos.