Canta el coro de muchachas de Trezén

Cerca, en el territorio, aprovechando suaves y recogidas laderas de no muy elevados montículos, aún se conservan los restos de viejos teatros de piedra de tiempo de los romanos. Sobre esas piedras nos podemos sentar hoy e imaginar aquel otro tiempo, como un eco inapresable y perdido.

Ha caído en mis manos estos días por azar esta tragedia de Eurípides que dicen que fue estrenada en Atenas el 428 antes de Cristo. Sentado en uno de esos restos, al abrigo de la pendiente, uno siente que no ha pasado tanto tiempo.

hipolito-euripides

El joven Hipólito, hijo de Teseo, prefiere la caza y la libertad a las dulces y empalagosas cadenas del amor. Considera a Afrodita la más insignificante de las diosas y solo rinde pleitesía a Ártemis, diosa de la caza y de los bosques. Vive según sus dictados, casto, virtuoso sin fisuras y libre en la naturaleza. Con una absoluta seguridad que raya la insolencia. Afrodita, que maneja a su antojo los hilos de las vidas de los hombres, no soporta que haya uno que la ignore y desprecie. Y urde un plan para vengarse.

Ya al mismo inicio de la obra, al aparecer en escena el joven y confiado Hipólito, vaticina Afrodita:

Aún no sabe que las puertas del Hades tiene abiertas,
ni tampoco que por vez postrera vera él la luz del sol en este día.

Hace que Fedra, su madrastra, se enamore perdidamente de Hipólito, hijo de su esposo en un anterior matrimonio. Entra en juego entonces la nodriza para enredarlo todo. Con la intención de ayudar a Fedra, su señora, informa a Hipólito de lo que sucede. Éste, escandalizado, arremete contra Afrodita y contra las mujeres y corre a los bosques a purificarse. Fedra se siente no solo despechada, sino desesperada, y perdida su dignidad, decide suicidarse, dejando una tablilla en la que inculpa a Hipólito por haberla seducido.

Teseo regresa y descubre el cadáver de su esposa con el mensaje de la tablilla. Hipólito es acusado y desterrado. Emprende la marcha con su carro. Al pasar a orillas del mar, una ola gigante espanta a los caballos, vuelca el carro e Hipólito, enredado entre las bridas, es brutalmente arrastrado y golpeado.

Mientras agoniza, aparece Ártemis y explica a Teseo que todas las desgracias provienen de Afrodita. Al descubrirle la verdad de lo sucedido lo sume en sufrimientos aún mayores. Cae también sobre él la funesta red que cayó sobre los otros.

Así que nunca llega a estar claro el que la fidelidad a los dioses traiga como consecuencia una vida serena. Son, a menudo, crueles y erráticos. Y hacen incurrir a los pobres humanos en la desmesura, que, antes o después, bien nos hacen pagar.

Como dice la nodriza:

Los mortales deberían contraer entre sí
sentimientos amorosos moderados,
sin llegar hasta los tuétanos del alma.
Los afectos del corazón deberían ser fáciles de desatar
para poder rechazarlos o apartarlos,
quedando así libre de penas.

Pero como repite durante toda la obra el Coro:

Ya no hay secretos,
ya no hay salida.

phaedra

Anuncios

La sangre obliga

esquiloDe cabeza excesiva -de piedra además- y generosas barbas -de piedra también-, los viejos dramaturgos de la vieja Grecia llevan siglos observándolo todo con sus ojos vacíos.

Esa representación tan adusta siempre me ha echado para atrás a la hora de hincarle el diente a sus obras. Uno no es más que un manojo de prejuicios y falsas ideas preconcebidas.

Este verano, en un mercadillo de cosas y cachivaches viejos, encontré una pequeña colección de libritos de autores clásicos. Su manejabilidad y su precio -a un eypo el ejemplar- me ayudaron a dejar de lado esos prejuicios, y comprarlos. Luego, supongo, que les hincaría convenientemente el diente. Desde las portadas me seguían mirando con sus ojos vacíos esas nobles y excesivas cabezas de piedra de los viejos dramaturgos de la vieja Grecia.

Pero no hay nada de piedra en estas obras. Todo está construido, como la vida, con sangre y entrañas, aquí se muestra por primera vez la lucha entre el corazón y la razón, entre la venganza y la justicia.

Elegí primero Las Coéforas de Esquilo, tal vez, no sé, por el título. No sabía lo que era. Resulta que son una especie de camareras, exactamente “portadoras de libaciones”. Así que no iba descaminado. Parecía sugerente. Pero me equivoqué. Resulta que es la segunda entrega de una trilogía. Aún así, inicié su lectura. Los editores dicen que se pueden leer por separado sin que pierdan interés o lógica narrativa. Eso dicen siempre.

Las Coéforas es la segunda obra de la Orestiada (458 a.C.), la única trilogía de Esquilo que se conserva en su totalidad -aunque yo no la tenga completa. No es más que la historia de una venganza. Agamenón ha sido asesinado por su esposa, Clitemnestra, y el amante de ésta, Egisto. El hijo, Orestes, regresa del exilio y, junto a su hermana Electra, trama la muerte de la asesina de su padre, esto es, de su propia madre. De paso, también se cargará a Egisto. La sangre exige, inevitablemente, nueva sangre. Aunque sea la de la propia madre.

La tragedia aparece trufada de sueños, visiones y profecías. Es también un espectáculo musical y poético, en el que la lírica coral lo tiñe todo de tonos arcaicos y casi religiosos, trágicos y fúnebres. Porque el coro, como en todo el teatro de Esquilo, tiene un protagonismo preponderante y lleva el hilo conductor no solo del argumento, sino de los sentimientos de los personajes. Sus recitados, deliciosamente arcaicos, ocupan casi tanto espacio como la acción.

La venganza, la violencia, el destino, no generan más que sufrimiento, pero ese sufrimiento nos lleva  al conocimiento, al reconocimiento de la herencia de la sangre, a la inevitabilidad de esa herencia que nos hace cargar con las culpas de nuestros antepasados. Todos somos víctimas indirectas.

las-coeforas

Orestes, el hijo de Agamenón y Clitemnestra, contempla la procesión fúnebre en honor de su padre. Electra, la hija, pide castigo y no clemencia. Orestes descubre que la procesión ha sido enviada por Clitemnestra, la asesina de su padre, que ha sufrido una pesadilla en la que paría una serpiente. Ya en palacio, Egisto, el amante de Clitemnestra y cómplice en el asesinato, cae en la emboscada y Clitemnestra sale al oír los gritos. Orestes, entonces, la empuja fuera de la escena para darle muerte. La serpiente debe ser él.

Sígueme. Quiero degollarte al lado de ése que, cuando vivía, preferiste a mi padre. ¡Duerme con él, cuando hayas muerto, ya que amas a ese hombre y odias al que debías amar!

Canta el coro:

¿Por qué oculto en mi corazón
lo que, divino, vuela a pesar de todo?

Delante de la proa del corazón
sopla el resentimiento lleno de ira.

Orestes se jacta de su hazaña, cumplida ya su venganza, pero le aterra la visión de las Furias, que exigen, a su vez, su sangre. Marcha a Delfos para purificarse, y el coro se pregunta cómo acabará la cadena de muertes.

Ningún mortal puede atravesar una vida libre de daño sin que lo pague. ¡Ay, dolor! ¡Tan pronto ha pasado una pena, otra viene!