La primavera como excusa

Samuel Ibn Nagrella nació en Mérida en 993. Muy joven marcha a Córdoba a estudiar. Pero al caer la ciudad en manos de los bereberes en el año 1013, tuvo -como tantos judíos, como tantas veces- que emigrar. Se estableció finalmente en Málaga.

Allí, bajo la muralla del castillo, abre una pequeña tienda de especias.

Su enorme cultura, su pasmosa elocuencia y, sobre todo, su excelente caligrafía, le llevaron pronto a ocupar importantes cargos en la corte y el ejército de distintos reyes árabes, primero en Málaga, después en Granada.

Ya en esta ciudad, se gana la simpatía del visir y tras una fulgurante carrera en la corte, es nombrado ha-Naguid, príncipe de las aljamas judías. Llega, incluso, a dirigir uno de los ejércitos del visir.

Era extraño que un judío se hubiera convertido en la mano derecha del rey de Granada. Aunque resulta más extraño que -entre tantas intrigas y batallas- tuviera tiempo de escribir poemas con una caligrafía prodigiosa.

Probablemente, es en circunstancias extremas cuando más necesidad hay de escribirlos. Y con mejor letra.

Murió en 1055.

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Todo esto no es más que una excusa -como la propia primavera- para traer aquí este poema suyo que fue escrito hace casi mil años. Puede servir para celebrar la llegada, un año más, de estos días más claros y más largos.

Ya ha llegado la primavera, desterrando al crudo invierno.
Ya están aquí otra vez las tórtolas en nuestra tierra:
una canta y otra responde desde lo alto de una rama.
Los que sois verdaderos amigos,
apresuraos, no perdáis tiempo;
entrad en mi huerto
a cortar las azucenas que huelen como mirra derramada
mientras oímos las golondrinas y cantamos a la primavera,
entrad a beber entre las flores vino tinto,
del color de las lágrimas provocadas por la ausencia de los amigos
o como el rubor de las mejillas de los amantes.

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Poemas de hace mil años

Contemplo el ejército de las estrellas,
que son como las flores del firmamento,
hasta que sale la paloma del día
de debajo de las alas de un cuervo.

Moses Ibn Ezra, judío andalusí, nació en Granada a mediados del siglo XI. Hijo de una influyente familia en la corte del rey musulmán, se convirtió en uno de sus protegidos. Amaba los libros y muy pronto empezó a escribir poesía. Los jardines y el rumor ininterrumpido del agua le eran propicios. La vida sonreía con extremada dulzura.

Reposamos entre los arrayanes del huerto,
en la quietud y al amparo de la fronda,
hasta que el aire de la mañana mueve los árboles
y nos llega el canto de los pájaros.

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Pero esa sonrisa pronto se convertirá en un gesto airado de odio. Con la toma de Granada por los almorávides, el joven Moses Ibn Ezra se ve obligado a dejar su patria. Se sintió expulsado del paraíso. Su familia y amigos se disgregaron, empezaron a desaparecer. Inició entonces su particular castigo de andar errante por la España cristiana de aquellos años, tan ajena a los jardines y al amable rumor del agua.

Le era difícil encontrar reparo a su pobreza, e imposible, consuelo a su dolor. Todo, ahora, no era más que un puro desengaño y sus poemas, tras un tiempo de silencio, empiezan a adquirir un tono mucho más sombrío. Nos habla de la inestabilidad de las cosas humanas, de la mentira del mundo y de la inanidad de los placeres.

El día que Dios creó a los hijos del mundo
les concedió una chispa de eternidad.

El mundo es un río que pasa y corre,
en el que los hombres beben y beben, sin saciarse nunca.
Ni toda el agua del mar sería suficiente.
Como si toda el agua del mundo fuera salada,
las almas, sedientas, vuelven a beber.

¡Oh agua, que anegas los corazones
pero que nunca mitigarás su sed!