Más duro y amargo que la adversidad misma

I

Recuerdo con una angustia retrospectiva cómo me enfrentaba a los exámenes de latín, en los que un no muy extenso -pero intrincadísimo, al menos a nuestro lego parecer- texto debía ser traducido con una mínima coherencia. Aquello -con aquella sintaxis descoyuntada, donde nada estaba al lado de lo que debía estar- no había por dónde cogerlo. Y recuerdo que eran dos libros -la Guerra de las Galias, de Julio César, y la Conjuración de Catilina, de Salustio- los que más nos veíamos obligados a traducir.

De este último, recuerdo la célebre frase “Quo usque tandem abutere, Catilina, patentia nostra?” -que aún he sido capaz de transcribir sin recurrir a google, espero que esté correctamente escrita- pronunciada por Cicerón, en la que avisaba al Senado de la conjura que preparaba el tal Catilina para hacerse con el poder. ¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?, clamaba, un tanto teatralmente, el adusto Cicerón.

Que bien podría aquí variar un tanto -si supiera algo de latín-, para poner en boca de los escasísimos lectores que aún se aventuran por este bloj, algo así como ¿Hasta cuándo, malhadado autor de estas páginas, con todas estas cosas que cuentas, tan dispares y descabelladas, tan falta de interés como de oportunidad, abusarás de nuestra paciencia?

II

Pero a lo que vamos, o sea, a lo que no puede interesar.

Al cabo de los años, por puro azar o casualidad, y llevado en el fondo por una excentricidad lectora demasiado forzada y un punto estrafalariamente exhibicionista, he vuelto a toparme -y leer con agrado, gracias a una doble traducción, literal y literaria, que me permitía mirar el texto original latino de soslayo y solo con el rabillo del ojo- con Salustio. Hola, después de tanto tiempo.

Este Cayo Salustio Crispo (Gaius Sallustius Crispus) de mis adolescentes angustias escolares es tal vez el más destacado historiador latino del siglo I a. de C. Pero antes ganó las elecciones a cuestor del año 54 a. C. y fue elegido tribuno de la plebe en 52 a. C. (No me ha quedado más remedio esta vez que acudir a la wiki para enterarme de todo esto) Solo un año después, en el 51 a. C., es elegido senador, para un poco después ejercer el cargo de pretor, acompañando a César en su campaña de África, llegando a alcanzar el cargo de gobernador de la provincia de Africa Nova.

A su vuelta a Roma, enriquecido de diversas y no muy lícitas maneras -extorsión, corrupción, tráfico de influencias, malversación de fondos públicos, simple saqueo, etc…- durante sus años africanos, compra un extenso terrenito en Tívoli, donde mandó edificar un suntuoso palacio entre el Pincio y el Quirinal, lugar que sería conocido en la posteridad por su magnificencia como los Horti Sallustiani, los jardines de Salustio.

Tras el asesinato de César -y siguiendo la máxima romana de que cuando las cosas van mal, es mejor retirarse y dedicarse a la literatura y la agricultura-, Salustio se retiró de la vida pública. Entonces tiene ya tiempo y tranquilidad para dedicarse a su vieja pasión, la historia. En los ratos libres cuida y amplia sus jardines, que llegaron a ser fastuosos, gastando en ellos buena parte de la enorme fortuna que había acumulado durante sus años dedicados al ejercicio del poder y a la inevitable y productiva corrupción inherente y natural acumulación de riquezas.

Años después los jardines pasaron a manos Tiberio y conservados por los sucesivos emperadores romanos. Eran el lugar de descanso imperial hasta que fueron saqueados por los godos -esos bárbaros del norte- en el año 410. Kavafis los estaría esperando tranquilamente sentado en uno de sus bancos.

III

En su obra historiográfica -aquella que escribiría entre paseo y paseo a la larga sombra de los cipreses cercanos al Quirinal- se mostraba bastante crítico con la corrupción de las costumbres y lamentaba la pérdida de los valores antiguos del pueblo romano. Sus ideas están marcadas por un estricto moralismo, con una constante nostalgia por las virtudes antiguas –pristinae virtutes– y por una condena de la inmoralidad de las clases que gobernaban Roma. No sé si llegaba a incluirse él mismo. Aunque bien debiera. Porque, claro, una cosa es escribir y establecer doctrina y otra, gobernar. Sabía demasiado bien de lo que hablaba.

Pero a lo que vamos, si somos capaces de ir alguna vez, que ya va siendo hora.

Sus dos obras principales son la Conjuración de Catilina (De Catilinae coniuratione) y la Guerra de Yugurta (Bellum Iugurthinum), que han llegado hasta nosotros completas, y le han proporcionado justa fama como uno de los padres de la historiografía. Aunque solo conservamos fragmentos de su mayor y más importante trabajo, Historiae, una completa y perdida historia de Roma desde el 78 a. C. al 67 a. C.

IV

Les quería hablar aquí -acabáramos- de la Guerra de Yugurta (Bellum Iugurthinum), que llegó a mí a unas alturas de mi vida, éstas, en las que puedo acercarme a los clásicos latinos sin sentir ya esa angustia, ni siquiera retrospectivamente, y leerlos con cierto sosiego.

En esta obra relata lo acaecido durante una guerra relativamente reciente, algo que le sirve para denunciar los males que iban a llevar a la República hacía un deterioro inevitable y una pérdida definitiva de esos valores antiguos que la fundaron y la hicieron grande.

Yugurta fue el tercer rey de Numidia, en el norte de África, y durante varios años, bien como aliado unas veces y enemigo otras, puso en evidencia el poder y la seguridad no solo de la República, sino de su sistema político y militar. Fue su reino y esta guerra, salvando las distancias, una especie de Vietnam para los romanos. Al principio, con sus artimañas y añagazas, sobornos y asesinatos, consiguió desestabilizar una fácilmente corruptible estructura política republicana, haciendo que la mayoría de los ciudadanos perdiera la paciencia con sus líderes. Y más tarde, frontal y militarmente enfrentado a las legiones, fue todo un quebradero de cabeza para Roma, que solo consiguió derrotarle finalmente gracias a la traición de un rey aliado de un reino colindante.

Salustio subraya a cada paso la maldad y falta de escrúpulos de Yugurta, pero esto era algo, por decirlo de alguna manera, consustancial a su papel. Sin embargo, no tiene empacho en describir las corruptelas y luchas por el poder que estaban empezando a desangrar las instituciones republicanas. Y esto era algo que no debía ser consustancial a tan noble pueblo.

Narra cómo los dirigentes romanos -dejándose comprar sin disimulo alguno por ingentes cantidades de oro- permitieron los desmanes de Yugurta en las provincias norteafricanas.

Después de la traición del rey Boco, Yugurta es apresado en el año 106 a.de C. Cargado de cadenas, fue exhibido como trofeo en un grandioso desfile triunfal, después, horriblemente torturado, y finalmente ejecutado.

Años después, los dos dirigentes romanos -Mario y Sila- artífices de la captura de Yugurta, se enfrentaron entre ellos en una guerra civil. Tiempo después, una segunda guerra civil terminó imponiendo la dictadura de Julio César. La vieja y prístina democracia romana tocaba a su fin. Salustio salía un rato a pasear por sus jardines.

V

Yugurta no podría derrotar al ejército romano, pero durante años fue como un molesto ratón que conseguía, después de haber causado numerosos destrozos, escaparse. Esto dolía especialmente a los romanos que empezaban a darse cuenta de los fallos de su sistema político. Habían dejado de ser todopoderosos. Aunque ganaran.

…porque una derrota costaba a los enemigos derrotados menos bajas que a ellos les costaba la victoria… así pues, decidió que la guerra debía ser hecha no con combates ni en batalla regular, sino de otra manera.

La guerra solo deja desolación.

Finalmente, los enemigos fueron derrotados por todas partes. Entonces, un horrible espectáculo se ofrecía a la vista en aquellas extensas llanuras: unos perseguían, otros huían; unos eran degollados, otros caían prisioneros; caballos y hombres derribados por el suelo; numerosos heridos que no podían huir ni soportar la inmovilidad, haciendo esfuerzos por levantarse y volviendo a caer de nuevo; en una palabra, todo el terreno hasta donde alcanzaba la vista se hallaba cubierto de armas y de cadáveres, y los claros de tierra que quedaban estaban todos manchados de sangre.

Las cosas estaban cambiando. Estos guerreros del norte de África, como ocurriría años después con los bárbaros del norte de Europa:

…aunque ignoraban lo que hacían y cuál era el motivo de su actuación, sentían verdadero placer por el desorden y por las novedades.

Llega, lenta, imperceptible, pero inevitable, la decadencia, paradójico y natural producto de la prosperidad.

En efecto, antes de la destrucción de Cartago, pueblo y Senado gobernaban en Roma la República con calma y sin violencias entre sí, y no existían ni rivalidad por los honores ni luchas por  el poder entre los ciudadanos: el temor que inspiraba el enemigo los mantenía sometidos al cumplimiento de sus deberes. Mas, después que este temor desapareció de sus espíritus, ocuparon su lugar la licencia y la soberbia, males que trae naturalmente consigo la prosperidad. De esta suerte, el descanso por el que habían suspirado en la adversidad fue, después de alcanzado, más duro y amargo que la adversidad misma.

Iugurtha
Anuncios

Trabajar en las obras y al mismo tiempo evitar los dardos

julio-cesar

Me gustaría escribir como los romanos. Especialmente como lo hacía Julio César. Colocaba las palabras dentro de las frases como si fueran piedras sillares que encajaran perfectamente, unas con otras, para durar siglos. Luego, a su vez, las frases construían párrafos precisos, eficaces, necesarios, para terminar conformando todos ellos libros con el sobrio acabado de una obra cualquiera de ingeniería civil. Se trataba de escribir como el que construye una calzada, un puente, una muralla o un sistema de conducción de aguas. Sin hacer ningún alarde ornamental, evitando cualquier adorno, pensando únicamente en la eficacia y la solidez de la obra, del párrafo, de la frase. Todo debe ser preciso, útil y aburrido.

Me gustaría, pero debo acostumbrarme a la banalidad y al pintoresquismo que, como una enfermedad, corroen los cimientos de lo que hago. Me queda la excusa de que no soy Julio César y de que ni siquiera escribo en latín.

Todo esto me ha venido a la cabeza mientras leía, en plena y ardorosa canícula, los Comentarios a la Guerra Civil, que debieron ser escritos entre los años 49 y 48 a. C., o muy poco después, por el propio Julio César. Los hechos que narra van desde el cruce del río Rubicón hasta la entrada en Alejandría, después de la batalla de Farsalia y la muerte de su rival, Pompeyo.

En el género de los comentarios el autor se limita, como en un informe, a narrar los hechos acaecidos. Pero bajo esa apariencia de informe militar, sin mentir nunca, sin escatimar detalles, se esconde una autojustificación personal y una exaltación propagandística del propio César. Que era, como todo buen escritor, un magnífico estratega. En este caso, oculto el autor al utilizar la tercera persona para referirse a sí mismo, ofrece, apuntalada por un estilo notarial, una apariencia de distancia y objetividad. Esto es historia, señores. Así fue y así se lo hemos contado.

comentarios-a-la-guerra-civil

Estos comentarios, escritos con claridad y precisión, carecen de cualquier atisbo de ornato. Se anotan los hechos, las fechas, los lugares, los protagonistas, los hechos de armas, sin importar caer en repeticiones y sin miedo a excederse en farragosas cuestiones técnicas. El estilo es simple, monótono, conciso. (Además, mientras lo leía, hacía un calor excesivo, asfixiante).

Y bajo esa apariencia rigurosa, en la que solo vemos el puro relato objetivo de los hechos acaecidos, aparece, de manera sibilina e inevitable, la figura de César -esto es, del autor-, cargada siempre de razón, clemente con los enemigos, estratega genial en el campo de batalla y mesiánico recuperador del esplendor de Roma.

Desde siempre me han parecido los informes, puros panfletos, y los libros de historia, nada más que propaganda. Cuanto mayor sea su -apariencia de- objetividad y rigor, más peligrosos y perniciosos resultan.

Esta guerra civil, que viene a provocar el tránsito de la república -aunque aristocrática- al imperio -aunque no era más que una dictadura-, tiene su origen en algunos hechos y síntomas que no nos resultan, al cabo de los siglos, extraños:

Todos los amigos de los cónsules, los familiares de Pompeyo y todos cuantos tenían viejas enemistades con César se amontonan en el Senado y, con sus gritos y aglomeraciones, los menos decididos se amedrentan, los indecisos se sienten fortalecidos y a la mayoría se les priva de la posibilidad de libre decisión.

O esta otra, acerca de los tributos excesivos:

Entre tanto, el dinero exigido a toda la provincia era cobrado de una manera cruel. Además se ideaban muchas cosas para satisfacer la avaricia; según categorías, se imponía un tributo por cada esclavo o persona libre. Se cobraban impuestos por las columnas, por las puertas, por las cosechas, los remeros, las armas, las máquinas de guerra, la navegación. Cualquier cosa a la que pudiera encontrarse un nombre, era causa suficiente para imponer un tributo.

Pero todo esto, al final, me importa más bien poco. Prefiero detenerme y disfrutar de la pureza de la lengua y la precisión del vocabulario. Escribía César con la misma intención -y con los mismos materiales, se diría- que se erigía una obra de ingeniería civil, sólida, elegante y funcional. Como ejemplo podría valer cualquier párrafo de los Comentarios:

Las lluvias persistieron durante muchos días. César intentó reparar los puentes, pero ni el caudal del río lo permitía ni las cohortes enemigas apostadas en la orilla toleraban que lo hiciese; cosa que les era fácil impedir, tanto por la naturaleza del río y su caudal, como porque desde la otra orilla podían lanzar las flechas sobre un punto concreto y además estrecho; y resultaba difícil, por la corriente del río, trabajar en las obras y al mismo tiempo evitar los dardos.

Remedios contra el amor

ovidio

Solía salir, a pesar del tiempo a menudo inclemente, a pasear cerca de la costa de ese mar frío y absurdo al que se vio confinado de manera súbita y cruel. Los pequeños acantilados se alternaban con extensas playas y alguna que otra minúscula aldea de pescadores. El aire le hubiera revuelto los cabellos si fuera más joven. Arrebujado en una de esas gruesas pellizas que usaban en esas tierras caminaba durante horas.

Era el poeta más famoso del imperio y ahora vivía en un aldea oscura rodeado por gentes extrañas que hablaban una lengua ininteligible, en un clima hostil, acompañado tan solo por los recuerdos de aquel pasado dorado, tan cercano solo en el tiempo.

De manera implacable, cuando estaba a punto de cumplir los cincuenta y dos años y sin tener muy claro del todo el motivo, el emperador Octavio Augusto ordenó su destierro, al que no podría acompañarle ni su mujer ni sus amigos, a la lejana aldea de Tomi, en la costa occidental del Ponto Euxino, el actual mar Negro. Era aquella, para un noble romano como Publio Ovidio Nasón, que gozaba de la mayor fama como el mayor poeta latino, una tierra salvaje. Aquello era peor que la muerte.

Todos los intentos llevados a cabo para conseguir el perdón del emperador fueron vanos. Ovidio moría ocho años después en aquella tierra de Escitia, lejos, muy lejos de Roma.

Sus versos, con toda la precisión de la lengua latina, merecen -y así parecen- estar cincelados, laboriosamente, en piedra, en mármol mejor. Así lo he vuelto a constatar al leer un librito –Remedia Amoris– considerado menor dentro de su obra. Siempre se edita unido, a manera de complemento, a otra obra suya mucho más conocida, el Ars Amandi.

Son los dos libros, en definitiva, de consejos prácticos, un poco como los que ahora se venden de autoayuda. Nunca inventamos nada nuevo.

Si en este último, en el Ars Amandi, Ovidio escribe un completo manual de uso para aquellos que quieran ser más diestros en el arte de amar y de conseguir lo que quieren, en éste que he leído ahora, el Remedia Amoris, reúne aquellos consejos útiles para quienes desean desasirse de las redes de tan pertinaz diosecillo. Te asegura que, si los sigues, te verás libre de sus insistentes asechanzas. Sus versos son precisos y magníficos.

remedia amoris

Para olvidar a tu amada y no volver a enamorarte, lo más importante que debes hacer es huir del ocio y de la inactividad. Ocupa tus días con trabajos, ocupa tu mente en algo.

Rura quoque oblectant animos studiumque colendi:
Quaelibet huic curae cedere cura potest.

También los campos y la afición a la agricultura entretienen el ánimo:
Cualquier preocupación se disipa ante aquella otra.

Así que nada de indolencia y, especialmente, mantente alejado del alcohol.

Languor et inmodici sub nullo vindici somni
Aleaque et multo tempora quassa mero
Eripiunt omnes animo sine vulnere nervos:
Adfluit inacautis insidiosus Amor.

La pereza y el sueño excesivo, los dados
y la cabeza embotada por el exceso de vino
arrancan del espíritu, sin que se dé cuenta, todas sus energías.
Así el insidioso Amor se desliza en los incautos.

Si esto no acaba de funcionar del todo, lo que debes hacer es poner tierra de por medio, viajar, irte lejos, largarte.

Tu tantum, quamvis firmis retinebere vindis,
I procul et longus carpere perge vias!
Flebis, et occurret desertae nomen amicae,
Stabit et in media pes tibi suepe via;
Sed quanto minus ire voles, magis ire memento:
Perfer et invitos currere coge pedes!
(…)
Nec quot trasieris, sed quot tibi, quaere, supersint
Milia, nec, maneas ut prope, finge moras;
Tempora nec numera nec crebro respice Romam,
Sed fuge (…)

Tú limítate, por fuerte que sean las cadenas que te retienen,
a marchar lejos y procura emprender largos viajes.
Llorarás y te saldrá al paso el nombre de la amiga que dejas,
e incluso tu pie se detendrá a veces en mitad del camino,
pero cuantos menos deseos tengas de irte, más habrás de procurarlo.
Aguanta y obliga a correr a tus pies obstinados.
(…)
Y no preguntes cuántas millas has hecho, sino cuántas te faltan,
ni busques dilaciones para ir quedándote en las cercanías;
ni cuentes los días ni mires continuamente hacia atrás, a Roma,
sino huye (…)

Otra cosa que siempre funciona es la de recordar los agravios que te hizo. Agrándalos, incluso, hasta que la empieces a odiar.

Saepe refer tecum sceleratae facta puellae
Et pone ante oculos omnia damna tuos.
(…)
Haec tibi per totos inacescant omnia sensus,
Haec refer, hinc odii semina quaere tui!

Rememora con frecuencia las malas pasadas que te hizo tu amiga
e imagina, como si estuvieran ante sus propios ojos, todos sus desmanes.
(…)
Que todo esto te vaya enconando todos tus sentimientos,
dale vueltas a esto y saca de ello las semillas de tu odio.

Y piensa que no es tan hermosa como la recuerdas. Todo aquello no era más apariencia, maquillaje, peinados y vestidos bonitos. Debajo había poca cosa.

Proderit et subito, cum se non finxerit ulli,
Ad dominam celeres mane tulisse gradus;
Auferimur cultu; gemmis auroque teguntur
Omnia; pars minimast ipsa puella sui.
Saepe, ubi sit, quodames, inter tam multa, requiras (…)

También será útil llegar de improviso, con paso rápido, a casa de tu amante,
por la mañana, cuando aún no se halla arreglado.
Nos seduce la apariencia; con oro y joyas todo se tapa;
la misma muchacha es lo que menos se ve de ella.
A menudo te preguntarás, entre tanto aparato, dónde está el objeto de tu amor (…)

Por ejemplo, puedes hacer esto:

Si mala dentatast, narra, quod rideat, illi (…)
Si tiene mala dentadura, cuenta cosas graciosas que la hagan reír (…)

Pero, y esto es importante, tampoco la odies. El odio indica que aún hay amor.

Sed modo dilectam scelus est odisse puellam:
Exitus ingeniis convenit iste feris,
Non curare sat est: odio qui fint amorem,
Aut amat, aut aegre desinet esse miser.

Claro está que es un crimen odiar a la muchacha a quien se amaba;
semejante final es propio de caracteres feroces.
Es suficiente dejar de frecuentarla: quien termina su amor con odio,
o bien todavía ama, o difícilmente dejará de ser desdichado.

En fin, procura no beber, y si lo haces, hazlo en exceso: una suave embriaguez alimenta los dulces recuerdos, pero una buena cogorza, los anula.

Vina parant animum Veneri, nisi plurima sumas,
Et stupeant multo corda sepulta mero;
Nutritor vento, vento restinguitur ignis:
Lenis alit flammas, grandior aura necat,
At nulla ebrietas, aut tanta sit, ut ibi curas
Eripiat: siquast inter utrumque, nocet.

Los vinos predisponen el espíritu para Venus, a no ser que los tomes con exceso,
y llegues a embotar los sentidos anegándolos en vino.
El viento alimenta el fuego y con el viento se apaga.
Cuando es suave hace crecer las llamas, un viento más fuerte, lo mata.
Así que nada de embriaguez, o bien que sea de tal calibre,
que te haga olvidar las pasiones: un estado intermedio resulta perjudicial.

El más docto

tree

El cuclillo y el ruiseñor cantan hacia la misma época del año, esto es, durante la primavera, desde mediados de abril hasta finales de mayo, más o menos. Y estas dos aves hicieron una competición sobre cuál de las dos tenía el canto más armonioso. Buscaron un juez. Como se trataba de una disputa sobre sonidos juzgaron que el más docto y más adecuado era el burro porque tenía las orejas más grandes que los otros animales. El burro rechazó al ruiseñor porque dijo que no entendía sus armonías y dio la victoria al cuclillo.

Johannes Ludovicus Vives, Exercitatio Linguae Latinae, 1538.

Algún papel moteado con manchitas negras

juan-luis-vives

1 El autor

Cuando tu padre tiene, durante años, problemas con la Inquisición, sin más motivo que el de su origen, hasta que es, finalmente, condenado a la hoguera, y tu madre, aunque murió hace años, ay, demasiado joven, también es sometida a proceso y condenada, ordenando el alto tribunal que sus restos sean desenterrados y quemados públicamente, no se te ocurre volver a tu país.

Juan Luis Vives, que marchó muy joven al extranjero a proseguir sus estudios, no le quedó más remedio que mantenerse alejado de la inquisitorial España. Eran los primeros años del siglo XVI, en la ciudad de Valencia. Nació, está por demás decirlo, en una familia de judíos conversos.

En 1509 marcha a estudiar a París. Pero tres años después se traslada a Brujas, donde es contratado como preceptor de los hijos de una acaudalada familia de comerciantes de origen valenciano. (Más tarde se casaría con uno de estos niños: Margarita Valdaura).

En 1517 se traslada a Lovaina. Publica varios libros. Su fama de hombre sabio crece por todo el orbe conocido. Le ofrecen la cátedra que dejo Nebrija en Alcalá. Pero le da miedo regresar a España. Continúa, años ha, el proceso de la Inquisición contra su padre. Rehúsa.

En 1523 es nombrado Lector en el Corpus Christi College de Oxford. Durante años es el protegido de la reina Catalina. En 1528, repudiada la reina por el rey, regresa a Brujas. Continúa publicando diversas obras, siempre en latín, hasta que muere de gota en la ciudad flamenca -su seguro hogar durante años- el 6 de mayo de 1540.

Eruditus, doctus vir o studiosus sapientiae…, de cualquiera de estas maneras podría ser definido. Fue un filósofo moralista y reformador de talla universal, un perfecto humanista que luchó por recuperar la independencia de pensamiento a través del conocimiento y por transformar las estructuras mentales y culturales de Medievo. (Gracias wiki).

Su vida fue una huida constante y su patria, el exilio. Huye de la inquisitorial España; huye de los teólogos de Lovaina; huye de la Inglaterra de Enrique VIII… Huye siempre en busca de algo.  Solo la amable ciudad de Brujas -una ciudad mercantil y burguesa- le acoge sin sobresaltos, y él la siente como su verdadero hogar al que regresa siempre.

Mientras, desde España llega el humo asfixiante de los braseros de la Inquisición, atizados por hombres oscuros y mediocres que lo dominan todo allí.

No puede ni siquiera añorar la luz de Valencia. Recuerda a sus padres.

Interior_1795

2 El libro

Entre su extensa bibliografía aparece en 1538, como una obra menor, los Exercitatio Linguae Latinae (o Diálogos). No son más que varios ejercicios de conversación en lengua latina, redactados con el objeto de enseñar dicha lengua a los estudiantes. Durante más de cien años fue un libro escolar muy común en toda Europa.

Un niño va a la escuela, un matrimonio discute, el dueño de una taberna prepara la comida para una boda, unos amigos juegan a las cartas… Estas pequeñas y cotidianas escenas le sirven para adaptar la lengua latina a las nuevas realidades.

Son, además -y es lo que más nos interesa-, inapreciables cuadros de la vida cotidiana de aquellos años, en los que Vives muestra un intenso amor por las cosas pequeñas, por la armonía de los detalles, describiendo, sin más, una existencia prosaica y feliz, doradamente mediocre.

Tienen el encanto de las pequeñas miniaturas flamencas.

DSCN1085

3 Algunos fragmentos

Aquí, el latín se despoja de solemnidad.

Así, uno de los diálogos se titula Vestitus et deambulatio matutina, o lo que es lo mismo, El vestido y el paseo de la mañana. O como este otro, Cubiculum et Lucubratio, que no es más que  La habitación y el estudio nocturno.

Explica a los estudiantes el valor de la escritura en varios de los Diálogos. En uno de ellos dice uno de los personajes:

Manrique. (…) Después dijo que los amigos ausentes podían conversar gracias a las letras. Añadía que en esas islas descubiertas recientemente por nuestros reyes, de donde traen el oro, no parece haberse descubierto nada más admirable que el que los hombres puedan descubrirse mutuamente sus pensamientos desde regiones alejadas entre sí enviándose algún papel moteado con manchitas negras. Porque preguntaban si el papel sabía hablar.

Y más:

Maestro. (…) Los sonidos son los signos del alma entre los presentes y las letras entre los ausentes.

Aunque tampoco hay que excederse:

Lurco. (…) Me pedías que hablase, yo haré que dentro de poco me pidas, me supliques y me mandes que me calle; como el flautista árabe que para empezar a cantar pedía un óbolo y para dejar de hacerlo, tres.

Y mucho menos hay que excederse con la bebida, pero ya sé que es difícil no hacerlo:

Glaucia. La alegría es la puerta de la embriaguez. Nadie se dedica a beber con la idea de emborracharse; pero bebiendo se alegra y a continuación sigue la embriaguez. Ciertamente es difícil marcar el límite de la alegría y mantenerse en él. El paso de la alegría a la embriaguez es resbaladizo.

Será mejor, entonces, que me despida de ustedes:

Plinio. (…) Cántame algo con la vihuela mientras me meto en la cama, como hacían los pitagóricos, para que me duerma antes y mis sueños sean más placenteros.

Todos los venenos de la Tesalia

¿Leer es huir? ¿Escapar lejos y guarecerse en un refugio? Algo hay de eso.

Hacerlo, entonces, hasta la mitad del siglo primero antes de Cristo creo que es huir lo suficiente. Llegar allí y encontrarse con algún poeta latino con el que charlar a media tarde, merece la escapada y el esfuerzo. Luego la sorpresa es mayor porque te entiendes perfectamente con él, a pesar de la diferencia de época y lengua y los años y siglos pasados. No hemos cambiado tanto, no hemos cambiado nada.

Sexto Propercio nació en la Umbría italiana en torno al año 45 o 50 a.C. Después de la confiscación de las tierras familiares, siendo aún muy joven, marchó a Roma en busca de fortuna con la intención de estudiar leyes. Pero Cintia y la poesía se lo impiden.

Un amor lleno de furia, explosivo y tumultuoso, absorbente y total, que recorrió todos los estados posibles que le llevaron del éxtasis al odio, ocupa casi al completo sus días. El resto lo dedica a escribir unas elegías que, en muy poco tiempo, le harán famoso en toda Roma. Cuando publica su primer libro ya pertenece al círculo de Mecenas y es amigo de Virgilio y Ovidio.

Se conservan de Propercio 92 poemas, los más numerosos -y los mejores- tienen al amor, a sus delicias y complicaciones, como motivo central. Los más intensos siempre los protagoniza Cintia. Pero, lejos de ser festivas, estas elegías repartidas en cuatro libros tienen un trasfondo que inquieta, tal vez porque las anega una pasión ciega en la que casi nunca falta el sufrimiento, a causa de la difícil y tormentosa relación que mantuvieron durante estos breves e intensos años, llenos también de celos y separaciones.

Nunca le interesó a Propercio la carrera política ni la militar, y además se jactaba de ello en sus versos. Él se conformaba con aplaudir en la Vía Sacra a los soldados que regresaban victoriosos. Para él, el mundo por conquistar tenía los límites del lecho de su amada y la épica la vivía cuando Cintia se desnudaba.

Libro Primero. Elegía I

…in me tardus Amor non ullas cogitat artis,
nec meminit notas, ut prius, ir vias.

…en mi caso, el inepto Amor ya no sabe mentir,
ni sabe, como al principio, seguir caminos seguros.

Libro Primero. Elegía V

…quid tibi vis, insane? meos sentire furores?
infelix, properas ultima nosse male,
et miser ignotos vestigia ferre per ignis,
et bibere e tota toxica Thessalia.

¿Qué buscas, insensato? ¿Sentir mi misma locura?
Te esfuerzas, infeliz, en probar males sin límite
y dejar tu huella, desgraciado, sobre fuegos desconocidos
y beberte todos los venenos de Tesalia.

Libro Primero. Elegía IX

…nunc tu
insanus medio flumine quaeris aquam.

…ahora tú,
enloquecido, en medio de un río buscas agua.

Libro Segundo. Elegía XVIII

Assiduae multis odium peperere querelae:
frangitur in tacito femina saepe viro.
Si quid vidisti, semper vidisse negato!
aut si quid dolvit forte, dolere nega!

Las quejas de siempre se transformaron en odio:
la mujer se desespera a menudo ante un hombre que calla.
Si has visto algo, ¡niega siempre haberlo visto!
Si acaso te ha dolido algo, ¡niega que te duela!

Libro Segundo. Elegía XXV

…mendaces ludunt flatus in amore secundi…

…en el amor engañan los vientos favorables…

Libro Cuarto. Elegía IV

…experiar somnum, de te mihi somnia quaeram…

…probaré a dormir, te buscaré en mis sueños…

Libro Cuarto. Elegía VI

…sic noctem patera, sic ducam carmine, donec
iniciat radios in mea vina dies.

…así, entre copas y cantos pasaré la noche, hasta
que el día refleje sus rayos en mi copa de vino.

Tibuliana

Nacer en Gabios, una ciudad del Lacio, unos cincuenta años antes de Cristo, en el seno de una familia acaudalada del orden ecuestre, que había sufrido las confiscaciones del segundo triunvirato, le permitió a Albius Tibullus iniciarse en la carrera militar y combatir en la guerra civil junto a Marco Valerio Mesala Corvino, en el bando favorable a Augusto.

Pero fue breve su épica aventura, ya que enfermó y no tuvo más remedio que quedarse en la isla de Córcira -la actual Corfú- y allí convalecer. Mientras triunfales marchaban sus camaradas de armas, Tibulo se recuperaba de los estragos de su maltrecha salud en esta isla del mar Egeo, escribiendo algunos de los poemas más cercanos y armoniosos de toda la literatura latina.

En aquellos años los poetas romanos se agrupaban en torno a dos círculos bien diferenciados. Horacio, Virgilio y otros, quedaron al amparo de Cayo Cilnio Mecenas. Sus obras, bajo una imponente forma poética, trataban siempre de grandes temas, erigiéndose sus autores en cantores del nuevo clasicismo favorecido por Augusto.

Tibulo, por el contrario, pertenecía al círculo de Mesala, en el que los poetas mostraban unos intereses bien distintos. Es el amor, la belleza, las súplicas, las estratagemas que se urden durante la pasión amorosa, el rechazo de la guerra, de la codicia, el elogio y añoranza de la vida en el campo, la nostalgia por la paz y la sencillez de las viejas costumbres campesinas romanas, esa edad de oro que está a punto de desvanecerse, todo esto, y poco más, es lo que da vida a sus poemas y elegías.

Con todo, las relaciones entre los dos grupos fueron cordiales. Tibulo fue amigo de Horacio, Virgilio, Propercio y Ovidio. Y no creo que se haya producido nunca después en la historia tal coincidencia al mismo tiempo de tanto talento poético. Habría que verlos charlar a la caída de la tarde o caminar por las afueras, un poco sin rumbo fijo, a la sombra intermitente de los cipreses.


Aunque Tibulo murió joven. Sólo nos han llegado hasta nuestros días dos libros de Elegías, el primero dedicado a su amada Delia y el segundo dirigido a Némesis, acaso una cortesana, por la que sintió una pasión tan violenta como efímera. Un tercer libro, con poemas escritos por poetas del círculo de Mesala, contiene también obras suyas. Murió el año 19 o 18 antes de Cristo. Pero sus poemas se leen aún a la luz de una nostalgia real y un amor intenso por las cosas pequeñas de la vida.

En estos dos fragmentos nos urge, siguiendo el tópico del collige, virgo, rosas (coge, jovencita, las rosas de la vida, ahora, ya, ¿a qué esperas?, antes de que se marchiten), a aprovechar los amores pasajeros y a disfrutar de las noches bajo la lasciva danza de las brillantes estrellas:

Liber I Carmina V

Nescio quid furtivus amor parat, utere quaeso,
dum hicet: in liquida nat tibi linter aqua.

No sé qué depara un amor pasajero, pero aprovéchalo, te lo ruego,
mientras te sea posible: tu barca navega sobre aguas que se van.

Liber II Carmina I

Ludite: iam Nox iungit equos, currumque sequuntur
matris lascivo sidera fulva choro,
postque venit tacitus furvis circumdatus alis
somnus et incertus somnia nigra pede.

Divertíos: ya la Noche unce sus caballos y al carro siguen
de su madre con jovial danza las luminosas estrellas,
detrás vienen envueltos en sus oscuras alas y en silencio
el sueño y los negros ensueños con inciertos pasos.