Una ruina polimétrica

Historia Troyana Polimétrica 2

Cuando las cosas no vienen del todo bien dadas o simplemente nos disgusta -o nos aburre- lo que vemos a nuestro alrededor, no digo que sea una solución -creo que no las hay-, pero sí que pueda ser una pasajera -aunque anticuada- vía de escape buscar refugio en un libro.

Pero como ahora las cosas, y lo que nos disgusta, y lo que nos aburre, se empeñan en hacerlo con mayor ahínco, decidí buscar ese refugio lo más lejos posible, no sé si por los siglos XIII o XIV, en un libro olvidado del que no quedan más que fragmentos.

Leerlo -aunque sea en una edición más o menos actual- ha sido como si estuviera obligado a hacerlo con cuidado para que no se deshiciesen sus viejísimas páginas. Ha sido como pasear por una castigada ruina en la que refugiarse durante unas horas al menos.

Se trata de una traducción -bastante libre y propensa a las amplificaciones- del Roman de Troie de Benoît de Sainte-Maure, original francés escrito en el siglo XII por un clérigo normando. La leyenda de Troya siempre estuvo presente en el imaginario clásico. Y aquí en nuestras tierras fue traducida en prosa, aunque abundantemente entreverada por trozos versificados en los que se recrea y divierte el infiel traductor, acaso por un clérigo castellano algún tiempo después. Unos eruditos piensan que en el siglo XIII, y otros, algo más tarde, en tiempos de Alfonso Onceno, allá por mediados del siglo XIV.

Esta traducción llena de versos originales es -muy poco, por cierto- conocida como Historia Troyana Polimétrica y permanece en el mayor de los olvidos, tal vez debido a su escasa consideración crítica o a su estado incompleto. Menéndez Pidal ya decía hace unos cuantos lustros que estamos ante “una ruina delicadísima que no ha hallado un conservador cariñoso que la desescombre”. Tal vez sea mejor así.

Historia Troyana Polimétrica 3

En aquellos años, los traductores no se andaban con tantos remilgos como ahora. Basaban su trabajo en dos recursos: las amplificaciones y las supresiones. Así, era difícil distinguir traducción de creación. Como si no fueran lo mismo. Nuestra Historia Troyana Polimétrica utiliza a discreción estos dos recursos.

Lo que más puede interesar al lector de hoy -si hubiera alguno- es la parte versificada, en la que el traductor se divierte en variaciones sobre los temas que, más adustamente, le ofrece el original francés. Y lo que más llama la atención es la variedad de estrofas y metros utilizados, ya que los utiliza según sea el carácter del tema tratado (cuaderna vía para las batallas, endechas para la profecía de Casandra, cuartetas para los casos de amor…)

Porque todo el follón que acaba desembocando en el asedio de Troya tiene su origen en los amores imposibles o poco recomendados en los que se empecinan los jóvenes. Todo, por culpa de estos amores, andará después manga por hombro.

Diomedes, cuitado, persigue a Briseida, que escapa finalmente con Troilo…

Mas soy maravillado
del homne que siempre ama
e siempre anda cuitado
por muger que lo desama.

Y Casandra advierte y profetiza.

¡Gent perdida,
mal fadada,
confondida,
desesperada,
gente sin entendimiento,
gente dura,
gente fuerte
sin ventura,
dada a muerte,
gente de confondimiento!

Para que todo acabe finalmente. (Y ya lo dejo y abandono estas ruinas de las que apenas he podido entresacar algo, esto que habéis leído aquí y apenas un paseo a media tarde a solas)

Troya toda fues quemada
e tornada en ceniza.

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Del otro lado

Ya sé que es una querencia un tanto extraña, pero he vuelto a leer a Berceo. Es tan primitivo y tosco que oxigena. Aunque esta vez ha sido un texto más breve -y aún más tosco y esquemático-, como si, al escribirlo, hubiera querido acabar pronto, sin esmerarse demasiado. Se trata del Martirio de San Lorenzo.

Además, este poemita es su única obra que nos ha llegado incompleta. Dicen los eruditos que deben faltar la relación de los milagros que hizo el santo post mortem y la obligada conclusio moralizante y laudatoria. Está incompleta pero, por lo menos, se ha conservado hasta el tueste.

Ahí termina, cuando arde.

Martirio de San Lorenzo3

Este poema del siglo XIII no hace más que repetir el esquema de las vidas de los mártires, que, a su vez, no dejaban de ser héroes novelescos a lo divino. En lugar de dar mandobles, hacían milagros. En lugar de casarse con la princesa, mueren y ascienden a los cielos.

Al principio, como en todos los cuentos, como en todas las historias, todo va bien. De manera un tanto tosca y primitiva -esto es, magnífica- lo explica Berceo:

Bien estaba la cosa,  corrié viento temprado,
non sacava de casa   al fijo el adnnado,
mas volvióse la rueda,   fue el ax trastornado,
fue el verano todo  en ivierno cambiado.

(Todo estaba bien, corría una suave brisa, no venían de fuera a echarte de tu casa… pero giró la rueda de la fortuna, el eje se rompió, y lo que era verano se convirtió en invierno)

Lorenzo, hombre santo y bueno, llega a convertirse en la mano derecha del obispo. Son los años de los primeros cristianos. El poder les tiene bastante inquina.

Requerido por el emperador romano a que le entregue las riquezas de la iglesia, prefiere repartirlas entre los pobres. De paso, cura tullidos y devuelve la vista a los ciegos. Al pérfido emperador todo esto -especialmente que no le entregue el oro- le pone de los nervios. Ordena su captura y muerte en especial suplicio.

Muchos fueron los primeros cristianos masacrados. Las Actas de los Mártires guardan las transcripciones oficiales de cada proceso y condena. Al principio eran solo eso, los fríos legajos guardados en los archivos romanos. Más tarde, se empiezan a escribir historias cada vez más fantásticas y exageradas. Un poco como pasa siempre.

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Pero estas primitivas Acta Martyrum son una buena base de datos para aquellos amantes -que cada vez, creo, son más- de lo que llaman bdsm y otras historias que van, incluso, un poco más allá. Aquí están recopiladas numerosas torturas de una fiereza inusitada, de gran sadismo y crueldad, exquisitas y atroces. Calabozos sombríos, potros, hierros candentes y fieras hambrientas, etcétera.

Nuestro protagonista, además de no tener escapatoria, lo estaba deseando.

Por más pena li dar,   muerte más sobracera,
fiziéronli un lecho   duro de grand manera,
non avié en él ropa   nin punto de madera,
todo era de fierro   quanto en élli era.

De costillas de fierro   era el lechigal,
entre sí derramadas   por el fuego entrar;
fiziéronli  los piedes   e las manos atar,
mandóse élli luego   en el lecho echar.

Dicen los eruditos que la crueldad de quemar a fuego lento era contraria a la tradición romana. Los romanos preferían la decapitación y cosas así, aunque a veces optaban por la crucifixión o la simple exposición a fieras salvajes que llevaban semanas sin probar bocado. Con Lorenzo parece que innovaron.

Las flamas eran bivas,   ardientes sin mesura,
ardié el cuerpo santo   de la grand calentura,
de lo que se tostava   firvié la assadura;
qi tal cosa asmava   no li mengüe rencura.

Un poco después habla, ya entre las llamas, Lorenzo para dar órdenes con un peculiar sentido del humor y un raro sarcasmo, bastante tosco, sí, y bastante primitivo.

“Penssat -disso Laurencio-   tornas del otro cabo,
buscat buena prevada   ca assaz so assado” (…)

(*Bueno, la prevada era una especie de salsa que se hacía para sazonar algunas viandas, con pimienta, azafrán, clavo y otras especias)

En siglos posteriores abundaron numerosas reliquias del santo. Los mismos eruditos dudan de las mismas. Les sorprende que después de tal suplicio pudiera quedar alguna en buen estado.

Todo lo demás

apolonio

Ya estoy de vuelta otra vez al siglo XIII. Qué manía. Puede dar la impresión de que no me encuentro muy a gusto en estos años en los que me ha tocado vivir. Y puede que sea cierto. Aunque luego uno piensa en cómo vivían realmente en aquellos tiempos y da un poco de pereza, cuando no de miedo, directamente.

Pero me sigue resultando agradable perderme -durante unas horas- en aquellos años tan lejanos que no parecen reales, tan nítidos, al leerlos, que no parecen lejanos.

Descubre uno en estos libros olvidados que los resortes, los trucos, los argumentos, la manera de estructurar la obra, de jugar con el lector -u oyente-, manteniéndole en vilo, entreteniéndole, dilatando una y otra vez el final feliz, estafándole -en el buen sentido de la palabra-, son los mismos que los que utilizan los libros o las películas de hoy en día.

Esto ocurre en el Libro de Apolonio, traducción castellana en verso -en cuaderna vía, otra vez- de una famosa novela latino-medieval –Historia Apollonii Regis Tyrii– escrita allá por los siglos V o VI. Aunque el manuscrito que conservamos de nuestra traducción en verso es bastante tardío, de mediados de siglo XIV. Pero dicha traducción original debió de escribirse alrededor de 1250. Estaba en auge entonces el mester de clerecía.

libro de apolonio

El libro sigue el modelo de la novela bizantina, una pura peripecia en la que se suceden las más enrevesadas e increíbles aventuras que, después de que los protagonistas implicados las pasen más que canutas, concluye en un esperadísimo -e inevitable- final feliz.

Ahora siguen haciendo lo mismo.

El héroe está marcado por un destino que lo arrastra a un continuo peregrinar. Y en ese peregrinaje vertiginoso, hay incesto, desafíos a muerte, persecuciones, naufragios, asesinatos, traiciones, rapto por parte de unos piratas, muertes falsas, abandonos, venta de la hija del protagonista a un prostíbulo, reyes disfrazados de pescadores, apariciones, profecías, idas, venidas, desgracias -aparentemente- irreparables, y finalmente el encuentro y reconocimiento de los que se creían perdidos para siempre.

Yo me he aburrido leyéndola.

La forzada historia -Apolonio pierde el reino, pierde la mujer y pierde la hija; Apolonio recupera la hija, recupera la mujer y recupera el reino-, bastante prolija, llena de aventuras y de casualidades salvíficas de última hora, tiene un propósito moralizante, que no es otro que el de recalcar que el mal siempre conlleva un castigo y que quien practica el bien siempre obtiene su premio.

Ah, la literatura.

apollonii

Si como poeta deja nuestro anónimo autor bastante que desear, como traductor y narrador su talento es incuestionable. Pero, claro, lo que pretendía simplemente era verter el original latino a la lengua castellana y contar una historia, la de Apolonio, rey de Tiro. Lo de la poesía, pues como que le traía al fresco.

Con todo, he rescatado algunos fragmentos.

No se le puede negar la viveza de algunas descripciones, como ésta de unas fiestas en honor al rey:

Fumeyaban las casas, fazian grandes cozinas,
trayén grant abundancia de carnes montesinas,
de tocinos e vacas, rezientes e cecinas,
non costaban dinero capones ni gallinas.

También sabe escenificar los encuentros, como en el caso de Luciana y Apolonio, que rescatado de un naufragio, desconocido, pobre y casi sin ropa, gracias a su destreza en los deportes y en la música -dos de las grandes pasiones de la juventud también ahora- consigue acceder a la corte. Allí toca la viola ante la hija del rey, que como habrán adivinado se terminará casando con nuestro héroe:

Alçó contra la dueña un poquiello el cejo,
fue ella de vergüenza presa un poquillejo;
fue tañendo el arco, egual e muy parejo,
aviés cabiá la dueña de gozo ‘n su pellejo.

Fue levantando ‘l rey unos tan dulces sones,
doblas e deballadas, temblantes semitones;
a todos alegraba la voz los corazones;
fue la dueña tocada de malos aguijones.

Vamos, que a ella le hizo tilín con esos temblantes semitones. Luego vino todo lo demás.

Una belleza egipcia camina con un pájaro en la mano

Ser la puta más famosa, más hermosa y más lujuriosa de Alejandría no estaba al alcance de cualquiera. La ciudad era entonces la capital del mundo conocido y allí llegaban las dulces hetairas de la Tesalia, las cortesanas hebreas de negros tirabuzones y las más exóticas y fibrosas bellezas de Etiopía.

Pero los burgueses, los comerciantes y los marinos disputaban entre ellos, hasta matarse en un callejón, por obtener unos minutos de éxtasis con María de Egipto, la puta más hermosa de toda Alejandría.

Su cuerpo brillaba en las penumbras.

Hasta que un buen día, sin saber muy bien por qué, se unió a un grupo de peregrinos que se había detenido en la ciudad camino de Jerusalén. Al subir al barco le piden el pasaje. No lleva dinero y les ofrece su cuerpo para pasar. No tiene otra cosa. Ellos aceptan.

Ya en Jerusalén comprueba cómo, inexplicablemente, no puede entrar en el templo. Llora sin entender nada hasta que mira una pintura de la Virgen María que hay en la entrada y todo, entonces, le resulta comprensible. Su vida ha cambiado. Emprende su camino de arrepentimiento y penitencia.

Cruza el río Jordán y se adentra en el desierto. Sola, sin ropa ni comida, pasará allí cuarenta y siete años de oración. Recorre sin prisa su camino de santidad.

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Cuando muere, al monje que la descubre ya sin vida, le ayuda un león -que se ha acercado mansamente- a cavar su tumba. Descansa al fin María de Egipto.

Toda esto lo cuenta la Vida de Santa María la Egipciaca, un poemita de la primera mitad del siglo XIII que me acabo de merendar en dos ratos de un par de tardes, mientras comprobaba cómo no entraba ni una brizna de aire por la ventana abierta.

El poema en cuestión no es más que la traducción -o adaptación- al castellano de un original escrito en francés. Tiene el encanto de la imperfección.

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La vida de María fue de un extremo a otro, y ninguno de ellos resulta incompatible, por muy alejados que se encuentren.

Pero prefiero recordarla, entonces, cuando iba de camino, viniera de donde viniera, fuera donde fuera:

En su camino entró María,
que non demandaba companyía:
una aveziella tenie en mano,
assí canta ivierno como verano;
María la tenie grant honor,
porque cada día canta d’amor.

Otra excursión al XIII

Me he pasado la vida buscando libros y procurando tenerlos cerca. He leído, incluso, algunos de ellos. Pero lo que nunca se me ocurriría sería alternar con quienes los escriben.

Los escritores, así, en general, nunca me han gustado. Prefiero evitarlos, tenerlos tan lejos como me sea posible, no tener trato con ellos, alejarse, al verlos venir, como de la peste. Justo lo contrario que me pasa con los libros, que si los tengo cerca, parece que estoy más tranquilo. Aunque no los lea.

Sin embargo, la simple presencia de un escritor me pone de los nervios. Siempre -los escritores- te defraudan.

El único que, tal vez, salvaría, el único con el que me iría a tomar unos vinos, sería Gonzalo de Berceo. Ya sé que no tenemos nada que ver, que su visión de las cosas y de la vida es bastante distinta de la mía, y que es, además, bastante improbable un encuentro con él, dada la distancia, no solo física, sino temporal, que nos separa, pero creo que congeniaríamos, de alguna manera, ya delante de la segunda jarra de vino.

No se nos ocurriría hablar de literatura. Y mucho menos de sus manuscritos. Para él, escribir tiene la misma importancia -o trascendencia- que labrar el campo y cuidar una viña. No más.

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El otro día, me contó, estuvo hablando con un cantero que estaba esculpiendo en su taller las figuras de un capitel para el claustro, mientras miraba cómo el cincel avanzaba con decisión, pero con delicadeza, de la misma manera, pensó, que él escribía esas vidas de santos, con las hileras contadas de sus versos de rima machacona.

No sé muy bien, al final, de qué estuvimos hablando, pero no nos aburrimos. No teníamos prisa, como la suelen tener los escritores, que siempre parece que les estuvieran esperando en otro sitio.

No es la primera vez que asoma por aquí Gonzalo de Berceo. Lo hice para hablar de dos de sus libros, del Poema de Santa Oria, en el que narra la vida de la santa, y de otro librito catequético, Signos que aparecerán antes del Juicio Final. Así que, ahora, nos volvemos sin ninguna pereza, al siglo XIII.

berceoLa excusa es una nueva lectura de su Vida de Santo Domingo de Silos, una especie de poema épico a lo divino. En lugar del héroe valiente y esforzado, tenemos un santo de extrema virtud; en lugar de hazañas y victorias, tenemos milagros; en lugar de ejército, frailes; en lugar de aplastar infieles, rescata cautivos presos de los moros… Pero el sentido de exaltación y propaganda, es el mismo.

Tiene toda la pinta de ser éste, como todos, un libro escrito por encargo. (Porque del resto, mejor sospechar)

Tampoco a Gonzalo se le caen los anillos cuando utiliza recursos propios de juglares, es más, está orgulloso de escribir en la lengua que hablan a diario sus vecinos. Así, además, las lecturas públicas en voz alta son más divertidas.

Nos cuenta que el santo, antes de entrar en el monasterio, estuvo un tiempo viviendo como un antiguo eremita en el páramo castellano:

andando por los yermos,    por la tierra vazía…

Teniendo todos los sentidos siempre alerta, porque el diablo

…siempre en pos nos anda,    non ha otro mester…

Gonzalo trabaja como un copista libre que, si bien procura seguir al pie de la letra lo que dicen los venerables originales latinos, se permite lujos y licencias que son hoy lo que más le agradecemos. Además, la lengua que utiliza es virgen para la escritura; ha sido él uno de los pocos y uno de los primeros en utilizarla de esa manera, y aunque avanza con dudas, avanza feliz.

Eran los años de la carestía allá por el año 1043 -tiempos difíciles de escasez y hambre, tan cíclicos en la vida de la humanidad- y así nos lo cuenta, como si nos contara lo de ahora:

El año era duro:    toda la gent, coitada;
toda la tierra era    fallida e menguada;
non fallavan manlieva    de pan nin de cevada;
avién por mal pecado    mengua cada posada.

Pero siempre le queda al buen Gonzalo, como acostumbra, todo el sentido común para terminar el libro con un ruego y un deseo:

…salut e tiempos bonos,     pan e vino assaz…

emaus

Escribir a oscuras

Dejamos hace unos siglos -hace justamente nueve meses y siete días– a Gonzalo de Berceo dando una vuelta por los alrededores del monasterio, viendo los viñedos e intentando despejarse, hasta que, casi de noche ya, decidió regresar mientras sonaban las campanas. Le vino bien airearse un poco.

De vuelta al monasterio donde había terminado por quedarse a vivir -aunque él no era monje; seguía, después de tantos años, siendo seglar- volvió a retomar la tarea de escribir. Era su trabajo, copiar en latín o escribir en lengua vulgar historias de santos y cosas así.

Estaba cansado, ya mayor, y los achaques le empezaban a no dejar en paz. Por eso le hacía especial ilusión la tarea que ahora tenía entre manos: contar la historia de una muchacha de un pueblo cercano que en muy pocos años alcanzó la santidad.

Él, en cambio, no había hecho otra cosa que escribir largos memoriales y escribir en verso castellano -para que fuera entendible por todos y más agradable al oído- algunas obritas que hablaban de la Virgen y de algunos santos. La joven Oria, solo rezando, recluida en su celda los escasos primeros años de su juventud, llegó más lejos.

Intuía Gonzalo que sería su última obra: Poema de Santa Oria. Se sentía fatigado a todas horas y la luz del candil hacía que las sombras temblaran, esta noche, más de lo habitual. Escribió esta tirada de versos y decidió continuar al día siguiente:

Avemos en el prólogo  nos mucho detardado,
sigamos la storia,  esto es aguisado;
los días son non grandes,  anochezrá privado,
escrivir en tiniebra  es un mester pesado.

(Los días son ya cortos, anochecerá pronto,
escribir a oscuras es un trabajo cansado)

Oria nació en Villavelayo en 1043. Su madre decidió entrar como reclusa en un convento, pero no sola, sino con ella, que tenía entonces nueve años.  El padre, dicen, visto lo visto, se retiró al yermo.

La joven Oria destacó muy pronto por la vehemencia en la profesión de su fe. Según cuenta el poema, su devoción era tal que…

…foradava los cielos…

A los veinticinco años tuvo su primera visión mística, aunque solo dos años después, en 1070, muere. Fue enterrada en una cueva excavada en roca detrás de la iglesia del monasterio de Suso.

(En el siglo XVII trasladan sus restos -en solemne procesión, junto a los restos de santa Potamia-  a la nueva iglesia de Yuso. A los vecinos de Villavelayo se les regaló un hueso de la santa que, aún hoy, se puede ver en la iglesia del pueblo. También se levantó una ermita en el solar de la casa donde nació la joven Oria. Todavía es frecuente, hoy día, bautizar a las niñas que nacen en Villavelayo con el nombre de Oria. (El de Potamia es menos frecuente))

Poco tiempo después de la muerte de la joven Oria, un monje llamado Munio escribe su vida en latín. Y a mediados del siglo XIII Gonzalo de Berceo la versifica en cuadernas monorrimas castellanas. Tal vez sea éste el más antiguo antecedente de la literatura mística en nuestra lengua.

Nos deja Gonzalo algunos versos magníficos, no muchos, la verdad, pero sí algunos. En una de las visiones de la santa aparecen unas palomas

…más blancas que las nieves  que no son coçeadas….

Y ante la dificultad de ser fiel a los hechos y el esfuerzo que esto supone, confiesa que…

…la materia es alta,  temo que pecaremos…

La historia de santa Oria ha quedado retenida, de alguna manera, en cada verso. Está a punto de acabar el libro. Pero Gonzalo sabe que él no estará el septiembre siguiente. Y recuerda aquellos días lejanos, en cómo, cuando era joven, le faltaba tiempo y sentía rabia cuando llegaba la noche y, ya a oscuras, tenía que dejar de escribir.

Ahora nosotros encendemos la luz del flexo y vemos cómo las líneas que escribimos avanzan en mitad de la noche. Ahora la oscuridad es luminosa. Pero no deja de tener razón Gonzalo, escrivir en tiniebra es un mester pesado.

Aunque no creo que haya otra manera de hacerlo.

Recorrer la geografía del poema

Hace un frío del demonio, el aliento parece que se va a congelar y al otro lado del cerro se oyen alaridos, voces, relinchos y un constante entrechocar de hierros. El estruendo suena, sin embargo, como un eco muy lejano.

Tal y como está todo he vuelto, otra vez, a escaparme a aquellos años del Señor, allá por el siglo X -resulta entre extraño y fascinante escribir los años con solo tres cifras- aunque el monje que nos cuenta la historia lo hizo un poco después, a mediados del XIII. Durante varias tardes me he refugiado en las páginas del Poema de Fernán González, mientras el aire pretendía colarse por las hendiduras de la ventana y no sé qué otras grietas y rendijas.

Así que he caído hechizado de nuevo por los anodinos versos -leerlos es como andar por los surcos de un campo recién arado- de un inacabado poema del mester de clerecía -esto es, compuesto exclusivamente en estrofas de cuaderna vía y verso alejandrino dividido en hemistiquios de siete sílabas, etcétera, etcétera- aunque en este caso vivificado por el adusto soplo de la épica.

Porque es como un cantar de gesta que narra los diferentes hechos -legendarios o históricos, más bien lo primero- de la vida del conde Fernán González, personaje real del que se conoce bien poco, y que se supone que debió nacer entre 890 y 895. Relata el poema sus reiteradas campañas contra el invasor musulmán, sus guerras contra el rey de Navarra, sus desacuerdos con el rey de León y su constante protección al monasterio de San Pedro de Arlanza, al que acude en busca de refugio o ayuda, y en donde finalmente reposaron sus restos.

Gracias a sus batallas, y otros manejos y argucias, el condado de Castilla alcanzó una autonomía tal y una pujanza que años después se convertiría en el reino principal de toda la península.

Es muy probable que fuera redactado –hacia 1250 o muy poco después– por un monje de este monasterio, ya que toda la vida del héroe gira en torno a este lugar, como si el poema tuviera por cometido divulgar el culto sepulcral del conde, enterrado allí, con el fin de granjearse peregrinos, donaciones y limosnas. Escribir por escribir es un invento bastante más reciente.


Algún día de estos -cuando mejore algo el tiempo- no estaría de más recorrer aquellas tierras, seguir la geografía del poema, los páramos y cerros donde nació Castilla y todo lo que vino después. Ese alfoz que tiene el monasterio de San Pedro de Arlanza como centro: Lara, Salas, Piedrahita de Muñó, Carazo y Hacinas. Y que se extiende siguiendo el Camino de Santiago a su paso por tierras burgalesas: Hitero, Castrojeriz, Burgos, Arlanzón, Oca y Belorado. Aunque lo realmente  fascinante -y algo peligroso- sería recorrer estos lugares en los primeros años del siglo X, cuando los años solo necesitaban tres cifras.

Quedan en mi quaderno algunos versos, como estos que narran la batalla de Lara:

Otro dia mannana mando mover sus gentes,
para cada cristiano avya mil descreyentes,
los del conde eran pocos mas buenos conbatyentes,
todos eran yguales d’un coraçon ardientes.

Fazian grrand alegría los pueblos descreydos,
venían tannendo trronpas e dando alaridos,
davan los malfadados atamannos rroydos
que los montes e valles semejavan movidos.

O estos otros -un poco gore- de la batalla de Hacinas:

…el cavallo del conde traya grrandes lançadas,
tenie fasta los pyes las entrannas colgadas.