Una ruina polimétrica

Historia Troyana Polimétrica 2

Cuando las cosas no vienen del todo bien dadas o simplemente nos disgusta -o nos aburre- lo que vemos a nuestro alrededor, no digo que sea una solución -creo que no las hay-, pero sí que pueda ser una pasajera -aunque anticuada- vía de escape buscar refugio en un libro.

Pero como ahora las cosas, y lo que nos disgusta, y lo que nos aburre, se empeñan en hacerlo con mayor ahínco, decidí buscar ese refugio lo más lejos posible, no sé si por los siglos XIII o XIV, en un libro olvidado del que no quedan más que fragmentos.

Leerlo -aunque sea en una edición más o menos actual- ha sido como si estuviera obligado a hacerlo con cuidado para que no se deshiciesen sus viejísimas páginas. Ha sido como pasear por una castigada ruina en la que refugiarse durante unas horas al menos.

Se trata de una traducción -bastante libre y propensa a las amplificaciones- del Roman de Troie de Benoît de Sainte-Maure, original francés escrito en el siglo XII por un clérigo normando. La leyenda de Troya siempre estuvo presente en el imaginario clásico. Y aquí en nuestras tierras fue traducida en prosa, aunque abundantemente entreverada por trozos versificados en los que se recrea y divierte el infiel traductor, acaso por un clérigo castellano algún tiempo después. Unos eruditos piensan que en el siglo XIII, y otros, algo más tarde, en tiempos de Alfonso Onceno, allá por mediados del siglo XIV.

Esta traducción llena de versos originales es -muy poco, por cierto- conocida como Historia Troyana Polimétrica y permanece en el mayor de los olvidos, tal vez debido a su escasa consideración crítica o a su estado incompleto. Menéndez Pidal ya decía hace unos cuantos lustros que estamos ante “una ruina delicadísima que no ha hallado un conservador cariñoso que la desescombre”. Tal vez sea mejor así.

Historia Troyana Polimétrica 3

En aquellos años, los traductores no se andaban con tantos remilgos como ahora. Basaban su trabajo en dos recursos: las amplificaciones y las supresiones. Así, era difícil distinguir traducción de creación. Como si no fueran lo mismo. Nuestra Historia Troyana Polimétrica utiliza a discreción estos dos recursos.

Lo que más puede interesar al lector de hoy -si hubiera alguno- es la parte versificada, en la que el traductor se divierte en variaciones sobre los temas que, más adustamente, le ofrece el original francés. Y lo que más llama la atención es la variedad de estrofas y metros utilizados, ya que los utiliza según sea el carácter del tema tratado (cuaderna vía para las batallas, endechas para la profecía de Casandra, cuartetas para los casos de amor…)

Porque todo el follón que acaba desembocando en el asedio de Troya tiene su origen en los amores imposibles o poco recomendados en los que se empecinan los jóvenes. Todo, por culpa de estos amores, andará después manga por hombro.

Diomedes, cuitado, persigue a Briseida, que escapa finalmente con Troilo…

Mas soy maravillado
del homne que siempre ama
e siempre anda cuitado
por muger que lo desama.

Y Casandra advierte y profetiza.

¡Gent perdida,
mal fadada,
confondida,
desesperada,
gente sin entendimiento,
gente dura,
gente fuerte
sin ventura,
dada a muerte,
gente de confondimiento!

Para que todo acabe finalmente. (Y ya lo dejo y abandono estas ruinas de las que apenas he podido entresacar algo, esto que habéis leído aquí y apenas un paseo a media tarde a solas)

Troya toda fues quemada
e tornada en ceniza.

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Viajes

Delle_meravigliose_cose_del_mondo

A menudo ocurren estas cosas. Nada es lo que esperas o imaginas, aun cuando sea, al final, exactamente como debe ser y no puedas argüir siquiera que ha habido engaño. Y sobre todo, si el texto es de finales del siglo XIII o principios del XIV. Has de armarte de paciencia.

El Libro de las Maravillas narra los viajes de Marco Polo, mercader veneciano, por el Asia central -Armenia, Persia, Afganistán…-, siguiendo la Ruta de la Seda hasta llegar a Mongolia y China, y seguir después hasta Japón, India y Ceilán. Parece, de entrada, realmente fascinante.

Era una de las primeras veces que un occidental viajaba a esas tierras y luego lo contaba por escrito. Aunque los historiadores dudan de la verosimilitud de todos los viajes que se le atribuyen. Tal vez Marco Polo, más de lo que es tolerable para un historiador, solo escribiera de oídas o lo copiara de otros textos.

Además no escribió él directamente sus viajes, sino que fue un tal Rustichello da Pisa quien lo hizo, cuando coincidió con Marco Polo en la cárcel de Venecia, después de escuchar sus relatos y aventuras. Allí tuvieron tiempo de contar y de escribir. El texto, por cómo está escrito, parece realmente obra de un escribano.

Al leerlo, enseguida te das cuenta de que, más que un libro de viajes, es una especie de manual para mercaderes, un estudio de mercado, por así decirlo, en donde, con cansina meticulosidad, se señalan las distancias entre las ciudades, en jornadas y millas, si hay alojamientos en el camino, habituales peligros y otros consejos prácticos para el viaje, enumerando las mercaderías que se pueden conseguir en una y otra ciudad, anotando pesos y medidas, así como las diferentes formas de pago.

Pero también está en el libro todo el oriente desconocido y su aura mágica.

No en vano, Cristóbal Colón poseía un ejemplar cuidadosamente anotado por él mismo. Aunque tuvo mala suerte y América se interpuso en su camino. Así que de poco le sirvió el libro.

viajes marco polo

Entre datos y someras descripciones se escapan algunos rasgos que explican con asombro ciertas costumbres locales de los habitantes de aquellas lejanas tierras. Supongo que excitarían la imaginación -y los deseos de viajar- las que tenían los habitantes de Camul:

Son hombres de carácter alegre, que no saben más que cantar, tocar toda clase de instrumentos y darse a las delicias del cuerpo. Son hospitalarios, y si un extranjero viene a hospedarse en su casa, están encantados, ordenando a sus mujeres que hagan la voluntad del huésped. Ellos se van de la casa a ocuparse de sus asuntos, no regresando en dos o tres días. El forastero queda solo en la casa de la mujer y hace lo que le parece; se acuesta con ella como si fuera su mujer propia, y ellos lo toman esto a mucha honra. Todos los de esta ciudad son burlados por sus mujeres, pero no se ofuscan por esto. Las mujeres suelen ser hermosas y muy alegres.

También son muy avanzadas para su época las costumbres de los lugareños de la provincia del Tibet:

Os contaré cómo casan a sus mujeres. Ningún hombre tomaría por esposa a una virgen; dicen que no valen nada si no han conocido a otros hombres antes de casarse. Y por esta razón se aplican las mujeres a perder pronto su virginidad.

Ya en la isla de Java, no se complican mucho la vida en cuestiones de religión:

Adoran varias cosas. Cuando madrugan, la primera cosa que ven al levantarse, la adoran.

Y nos recuerda Marco Polo los peligros que le aguardan al viajero cuando se ve obligado a atravesar el desierto, no sin grandes fatigas e inesperados y extraños peligros:

Si cabalgando de noche por ese desierto alguien se aleja de la caravana y se queda distante de sus compañeros para dormir o para otra necesidad, al querer alcanzarlos oye voces que le hablan como si fuesen sus compañeros de viaje, y que le llaman hasta por su nombre. Esto les hace perderse más y más, de forma que se extravían por completo. De este modo perecieron y se perdieron muchos viajeros. Hasta durante el día oís las voces de esos espíritus y os parece oír instrumentos extraños, así como tambores.

marcopolo

Barcelona 1399

bernat_metge_interior

Estamos en Barcelona y corre el año del Señor de 1399. Acaba de morir Juan I de manera repentina y Bernat Metge, escribano real, así como otros cortesanos, cae en desgracia. Son encarcelados acusados de corrupción y traición. Están cambiando los tiempos.

Metge, hombre letrado, aprovecha su estancia entre rejas para escribir un libro, a la vez de desagravio y de entretenimiento. Lo escribe para un solo lector, el nuevo rey, Martín el Humano, a quien trata de convencer de su inocencia. La literatura también puede ser útil.

En la obra narra un raro sueño que ha tenido en la celda en el que aparece el rey muerto que en su disertación exculpa a Bernat de cualquier delito.

Además se explaya sobre diversas consideraciones, expuestas platónicamente a modo de diálogos, sobre la existencia del alma, sobre el enigma del más allá, sobre los defectos y vicios de la mujeres, y también, como contrapartida, de su defensa y loa, así como un vituperio muy completo del género masculino, siguiendo la tradición medieval de las disputas.

Los diálogos son vivaces y las descripciones certeras. El estilo es elegante, preciso y claro. Por primera vez el catalán alcanza su momento decisivo y es capaz de expresarse, por escrito, a la altura del latín. El renacimiento se abre paso.

El libro –Lo somni– fue escrito en 1399. Martín el Humano, después de leerlo, termina por exculparle y Bernat vuelve a la Cancillería como escribano real. Al entrar en palacio soltó aire con lentitud y alivio. En aquellos años esto de escribir era algo útil y valioso.

lo somni

En sus páginas se pregunta si existe el alma y dónde se encuentra:

Entre los antiguos filósofos hubo una gran discusión sobre qué era el alma; y Nasica dijo que el corazón, Empédocles, la sangre; otros dijeron que una parte del cerebro ocupaba el principado del alma; otros, que el lugar y el asiento del alma estaban en el corazón; otros, en el cerebro; Zenón dijo que el alma era fuego, Aristógenes, armonía de sonidos; Jenócrates, número; Platón imaginó triplicidad en el alma, cuyo principado, o sea la razón, puso en la cabeza, y las otras dos partes, o sea ira y deseo, quiso separar, poniendo ira en el pecho y el deseo debajo de las entrañas; Dicearco dijo que el alma no era nada y que vanamente se decía “animales” o “cosas animadas”; Galieno dijo que el alma era complexión; otros, que era cuerpo; Aristóteles, que después de Platón se acercó más a la verdad que los antes mencionados, dijo que era “endelequia”, voz griega que quiere decir continuado movimiento perdurable.

Entre las múltiples invectivas de las que son objeto, en una parte del diálogo, las mujeres, he entresacado ésta más leve y gráfica:

…y si se prendiera fuego en sus habitaciones, no saldrían hasta estar bien dispuestas.

También aparece en Lo Somni una descripción del infierno. Nos habla Tiresias, que lleva de la mano al autor, y que siempre hace alarde de un extremo escepticismo:

-¡Oh, de cuánta bruma de tinieblas están abrigados los deseos de los hombres! Pocos son los que sepan elegir lo que deben desear. (…) Muchos son los decepcionados en lo que han deseado: reinos, posesiones, riquezas, favor popular, elocuencia, solemnes patrimonios, amor de mujeres y otras felicidades mundanas, y las han alcanzado. Luego se han perdido por ellas. No es bien el que, alcanzado, hace vivir con congoja y abandona al posesor.

Bueno, ya termino:

Muchas veces se gana perdiendo; pero no todo el mundo es aritmético.

El tiempo que perdemos leyendo

Ayalagreg2Pobre San Gregorio. No sabe lo que le espera. Se acerca Pero López de Ayala con su libro, ceremoniosamente, para regalárselo. Incluso se arrodilla satisfecho, mientras el Papa Gregorio le mira como diciéndole “pero ¿qué me traes? ¿No será esto la Biblia en verso?

Casi.

Hizo bien Gregorio en no leerlo.

Nace López de Ayala allá por 1332 en el señorío de Quejana, Álava, primogénito de una poderosa familia feudal. Con el tiempo, después de una juventud dedicada a la milicia y a la guerra, hace carrera como diplomático y llega a ser una de las figuras más destacadas de la Corte. Pero eran tiempos convulsos y de constantes guerras civiles. Le llega la hora de retirarse. Los tiempos han cambiado.

Los últimos años de su vida los pasa en un convento, meditando y escribiendo. Dejó una pesada e interminable obra en verso, el Libro Rimado de Palacio; las crónicas de los reinados de los cuatro reyes bajo los que transcurrió su vida y el Libro de la Caça de las Aves. También tradujo a San Gregorio, a Boccacio y a Tito Livio.

El mes pasado estuve leyendo con creciente sopor el Libro Rimado de Palacio.

Escrito en la ya pasada de moda cuaderna vía, da la sensación de ser una especie de retablo medieval absolutamente hierático. La primera mitad aguanta una lectura voluntariosa, pero la segunda -una pedestre versión rimada de los comentarios de San Gregorio al Libro de Job– se cae constantemente de las manos. No hay nada en donde hincar el diente.

Libro_Rimado_Palacio_2

No hay ni la más mínima conciencia artística. Es tal su prosaísmo que dan ganas de tirar el libro por la ventana. (Si San Gregorio hubiera tenido tiempo de leerlo, se hubiera levantado de su estrado, hubiera separado los pesados cortinones de una de las desproporcionadas ventanas del palacio vaticano y habría acabado el libraco en el santo suelo de la plaza de Roma).

Es justamente la otra cara de la moneda. Coetáneo a Juan Ruiz y a su chispeante Libro del Buen Amor -también escrito en cuaderna vía y perteneciente al mester de clerecía-, Pero López de Ayala es justo lo contrario.

No hay ni un ápice de pintoresquismo ni un lenguaje vivo. Se aburre pronto nuestro autor y se dedica a traducir, adaptar y versificar una obra entera, interminable, así, a palo seco, bastante indigesta ya en su origen latino.

layrpaegSi Juan Ruiz es todo ambigüedad y viveza, Pero López es monocorde, frío y aburrido como una losa de mármol situada en un lugar en el que nunca da el sol. Donde el primero enreda con las situaciones, los personajes y los conceptos, el segundo sermonea de una manera machacona y senil.

El Libro Rimado de Palacio acumula más de ocho mil versos y es difícil rescatar alguno. En ellos repasa los mandamientos, los pecados mortales, las obras espirituales y los pecados de los cinco sentidos. Continúa exponiendo los males de la Iglesia, hace una sátira de la corte y concluye esta primera parte con varias oraciones a la Virgen.

Pero lo peor está por llegar. En verso tetrásforo monorrimo -sobre todo monorrimo- endilga al pobre -e improbable- lector una traducción del Libro de Job y de los comentarios –Moralia– que San Gregorio Magno hizo del mismo.

Empieza un tétrico y aburrido carrusel de sentencias acerca de la miseria del hombre, de la injusticia del mundo, de lo inescrutable de los designios divinos y de la necesidad de obedecer siempre. Todo esto -y mucho más- lo aguantó Job. Así alcanzó la santidad.

Superó todo tipo de castigos y de pruebas. Pero lo que no creo que superara sería la lectura del Libro éste, Rimado por Pero López de Ayala en sus momentos de ocio. En serio, no creo que pudiera con él.

Pero pobre Ayala. Acaso pueda decir, si llegara a leer esto, lo mismo que Job en su libro:

Conllagaron mis lomos, ronpieron mis entrañas,
de cada parte siento muchas crueles sañas,
e llagas sobre llagas, todas sus duras mañas:
añaden sobre mí palabras muy estrañas.

Bastante tuvo con las constantes recriminaciones de su mujer cada vez que lo veía inclinado sobre el escritorio. Que también debieron ser muy parecidas a las que sufrió el santo más paciente:

Yazía Job llagado en un estercolero,
de la planta del pie todo su cuerpo entero;
profaçával’ su mujer, diciendo: “¡Refertero;
porfía en tu sinpleza!, otro bien non espero”.

La experiencia de la vida y su profunda decepción con respecto al hombre le hace escribir:

Asaz de poco recabdo es el omne e baldío
que, estando sus huertos secos, echa el agua al río…

Y todos conocemos -o nos reconocemos en ellas- a personas de poco seso, que teniendo secos los huertos, se dedican a echar el agua al río. En fin.

También resulta sorprendente cómo parece conocer nuestra situación política, plagada de miserables y codiciosos:

Está el mundo en quexa e en tribulación:
los nuestros regidores son d’ello ocasión;
e así cresçen los males -además muchos son-,
ca cobdiçia les çiega todo su coraçón.

Qué bien sabe don Pero que vivimos en tiempos de queja y tribulación. O es que acaso no hayamos salidos de ellos.

Pero hemos de darnos cuenta de que:

Todas estas riquezas son niebla e roçío;
con onras e orgullos e aqueste loco brío
échase omne sano e amanesçe frío,
ca nuestra vida corre como agua de río.

Así que, rara vez, tal vez por equivocación, o sin pretenderlo, también es capaz de dejarnos unos versos llenos de melancolía que nos llegan al corazón:

…el tienpo que tenemos jamás non tornará.

Un brillo distinto al final de la Edad Media

Hace años, uno de los personajes de una serie de televisión, cuando tenía problemas o la vida se le hacía insoportable, decidía desaparecer. No desaparecía, claro, pero él decidía no estar. Movía las manos por delante de la cara y era como si no existiera. Se inhibía de todo y recuperaba la calma. La serie se llamaba Soap (Enredo aquí, en español)

Por supuesto que no es solución, que es un comportamiento infantil, cuando no cobarde, pero a veces no queda más remedio. Yo hago lo mismo, más o menos, con la literatura. Cuando leo un libro es como si me pasara las manos por delante de la cara. Ya no estoy. Así que, según están las cosas, me he marchado al siglo XIV de la mano de un judío castellano.

Las Glosas de la Sabiduría de Don Sem Tob constituyen una delicada rareza en nuestras letras. Un largo poema moral en el que se cruza la gnómica medieval (ahora miro lo que es esto (gracias google, gracias wiki)) con la milenaria tradición judaica. Una joyita extraña de nuestra literatura castellana casi oculta en la lejanía del siglo XIV.

Pero no es un poema moral al uso, lleno, uno detrás de otro, de preceptos y reglas para una vida virtuosa, no. Parece escrito utilizando la experiencia propia, exponiendo las contradicciones de la vida, su relatividad y su inconstancia.

Don Sem Tob era judío de Carrión de los Condes, aunque pudo haber nacido en Soria, y escribió estas Glosas entre los reinados de Alfonso XI y Pedro I, entre 1350 y 1360. Desde el corazón mismo de la judería permite el paso de la luz por una cara distinta del cristal biselado de la literatura en castellano de aquellos tiempos, lo que produce un brillo distinto.

Tenemos que recordar -y copio aquí lo que dice Agustín García Calvo en el prólogo de la edición que he utilizado- que estamos en “aquella Castilla de los fines de la Edad Media, una Castilla en la que cabían (más o menos acosados, más o menos influyentes) judíos, más europea cuanto más arábiga, más rica cuanto menos definida, más floreciente cuanto menos conquistadora, más libres sus ciudades cuanto más impotentes sus reyes y señores, que tan alegre y graciosa se nos vislumbra cuando se la compara con el sombrío dominio de insipencia y miedo que iría cubriendo desde el siglo XVI las letras, ya españolas”.

En una de las glosas dice lo siguiente:

Por la mucha cordura
es la pro estorvada;
pues en la aventura
está la pro colgada.

Viene a decir que el exceso de razón o cordura impide el provecho, lo que uno pretende; porque es en el arriesgarse o aventurarse donde puedes encontrarlo. Me acordé leyendo estos versos de Alonso Quijano. Bien pudieran ser su divisa.

Esta también me ha gustado mucho:

Pues por regla derecha
el mundo non se guía,
el mucho dubdar echa
a omr’ en astrosía.

Vamos, que ya entonces el mundo no se guiaba con reglas ciertas y derechas; y que el mucho dudar, nos dice, arroja al hombre a la miseria.

Otra más:

Las bestias han afán
e mal por non fablar,
e os omres lo han
lo más por non callar.

Porque si los animales pasan afanes y males por no hablar, a las personas les ocurre lo contrario.

Además, nunca está el hombre seguro y a salvo de los vaivenes de la vida, incluso de los del día:

Sol claro plazentero
la nuve faz’ escuro:
de un día entero
non es omre seguro.

Dejamos aquí estas callejas empedradas de las viejas juderías castellanas en las que nos hemos perdido estos días finales del invierno y en las que aún resuenan fragmentos de estas glosas confundiéndose con el ruido de las motocicletas a escape. Salimos a la ciudad y volvemos al siglo este, veintiuno.