La penitencia de escribir

Armand Jean Le Bouthillier de Rancé

Ya en el último tramo de su ajetreada vida, el intrigante, egocéntrico, vanidoso, mujeriego y famoso escritor François-René de Chateaubriand (Saint-Malo, 1768 – París, 1848), -del que ya hablamos aquí– se hallaba embarcado en la finalización de sus monumentales Memorias de Ultratumba, que solo podrían ser publicadas después de su muerte para no contradecir al título. Pero ya no quedaba mucho. Su vida -y su tiempo- se escapaba. Su escritura no dejó durante tantos años de dar personal testimonio de ellos. No hay pesar ni remordimientos, solo cierto aire de nostalgia que intenta sostener recreando aquel mundo perdido.

Es en estos años finales cuando su confesor le impone como penitencia, ya que es escritor, que escriba. Pero no cualquier cosa. Que escriba la vida del reformador de la Trapa, Armand Jean Le Bouthillier de Rancé, que después de vivir la primera mitad de su vida entre el lujo de la corte, las partidas de caza, las intrigas de las altas esferas del clero y la admiración de jóvenes y hermosas duquesas y princesas, rechaza todo, se niega a sí mismo, desbarata su fortuna y se consagra a Dios en medio de la más absoluta soledad y las más extremas austeridades y sacrificios. El confesor le impone al viejo Chautebriand como penitencia a sus múltiples pecados, no que rece, sino que escriba, sabiendo el abate que, de alguna manera, toda escritura tiene algo de oración y mucho de expiación.

Se trata, por tanto, esta Vida de Rancé (1844), de un libro con fines piadosos y penitenciales. Pero como la cabra tira al monte, esta biografía del reformador de la Trapa no es en ningún momento ni un libro piadoso, ni una biografía, ni un estudio histórico con el más mínimo rigor. Chautebriand obedece al confesor, pero hace lo que le viene en gana, esto es, lo que puede y sabe, escribir. Y Rancé, su vida, no es más que una excusa para recordar, para añorar un tiempo ido. En esta obrita desigual e imperfecta, lo esencial son los incisos. En ellos vuelve Chateubriand a disfrutar de su escritura, libre y desordenada, que se escapa -al monte de la cabra- a la orden de su confesor y a la exigencia del libro. No es más que un extraño artefacto bastante pintoresco y demasiado profano. No gustó a nadie.

Se le nota en exceso -más bien, Chautebriand no tiene ningún interés siquiera en ocultarlo- que el tema principal del libro, esto es, la edificante vida de Rancé, le interesa poco. Cuando no le queda más remedio que hablar de él -tratándose de su biografía, a veces le resulta inevitable- reproduce extensas citas de biógrafos anteriores o fragmentos extensos de la obra o cartas del propio Rancé o de personajes con él relacionados. Solo cuando escapa de él, disfruta escribiendo, aunque poco tenga que ver -o tal vez por eso- con la vida del reformador de la Trapa. Interesa cuando cuenta algo que no viene a cuento. Mejor que Vida de Rancé, debía haberse llamado Cosas que nada, o muy poco, tienen que ver con la Vida de Rancé.

No sé qué pasa cuando, a pesar de que aparentemente has hecho lo que te han ordenado, no cumples como deberías con la penitencia impuesta. Después de leído el libro, no sé si le llegó a absolver el confesor.

Da un poco igual. Como reconoce en la Advertencia preliminar de la obra:

Nadie me leerá, excepto tal vez alguna sobrina segunda acostumbrada ya a las historias de su viejo tío.

No es más que un revoltijo de anécdotas, un pastiche que pretende rememorar un tiempo ido, un entretenimiento final fruto de la libertad absoluta -en medio de las inevitables limitaciones- que da la vejez. Aprovecha la penitencia de escribir para entregarse a una asociación libre de anécdotas, hechos y recuerdos que deambulan entre las ruinas de su memoria, a menudo, tan deliciosamente, sin coherencia alguna.

La señorita de Montpensier cuenta que en una ocasión necesitaron tres días para vestirla de gran gala; su vestido estaba cuajado de diamantes, con borlas de color rojo, blanco y negro; la reina de Inglaterra le había prestado una parte de sus diamantes…

Mademoiselle, la misma duquesa de Montpensier, hija de Gastón de Orleans, hermano de Luis XIII, salía a pasear en su carroza. Eran los tiempos de La Fronda, de revueltas y agitaciones.

Mademoiselle (…) cruzaba el Petit-Pont en París; su carroza se enganchó con la carreta que entraba todas las noches cargada de muertos; se limitó a cambiar de portezuela, por temor a que algunos pies o manos le dieran en la nariz.

La vida y costumbres de los cardenales y altos personajes de la Curia -como el propio Armand Jean Le Bouthillier de Rancé en la primera mitad de su vida- en nada difería de la de los nobles y reyes.

…pero hay que ser Richelieu para no desmerecer bailando una zarabanda, con castañuelas en los dedos y con un pantalón de terciopelo verde.

Pero Chautebriand, al filo de sus días, y concluidas sus Memorias de Ultratumba, ve disolverse, como el polvo a través de la última luz de la tarde, aquellos años.

Sociedades desaparecidas desde hace ya mucho tiempo, ¡cuántas otras os han sucedido! Las danzas se trenzan sobre el polvo de los muertos y las tumbas crecen bajo las huellas de la alegría. Reímos y cantamos en los lugares regados con sangre de nuestros amigos. ¿Dónde están hoy los males de ayer? ¿Dónde estarán mañana las dichas de hoy? ¿Qué importancia podemos conceder a las cosas de este mundo? ¿La amistad? Desaparece cuando el ser querido cae en desgracia o cuando el que ama llega a ser poderoso. ¿El amor? Es engañado, frágil o culpable. ¿La fama? La compartimos con la mediocridad o el crimen. ¿La fortuna? ¿Podríamos juzgar como un bien esa frivolidad? Quedan esos días llamados felices que transcurren ignorados en la oscuridad de los quehaceres domésticos, y que no dejan al hombre ni el deseo de perder ni el de recomenzar la vida.

¿Qué queda entonces?

Hay un grato silencio en torno a todos estos asuntos, hoy tan completamente ignorados: nos transportan al pasado. Aunque hurgarais en estos recuerdos que se deshacen en polvo, ¿qué sacarías de ello sino una nueva prueba de la nada del hombre? Son ilusiones ya muertas que unos fantasmas reviven en los cementerios antes de las primeras luces del alba.

Ese mundo de miriñaques, pelucas y rostros empolvados había desparecido.

La princesa de Lamballe, cuando niña, iba a jugar allí; fue asesinada después de la devastación del monasterio. Su vida se desvaneció como ese gorrión de una barca del Ródano que, herido de muerte, hizo zozobrar con su aleteo el bote sobrecargado.

Ya en la segunda parte de la obra, se acuerda de Rancé, y aunque cambian los protagonistas y el tema de la narración, el tono es el mismo.

Por todos los caminos de la Trapa se encontraban fugitivos del mundo; Rancé, desafiando todos los peligros, los iba a recoger; volvía trayendo en los pliegues de su hábito, cenizas ardientes que sembraba sobre las tierras baldías para abonar los desiertos con pedazos de pasiones.

Porque…

…no nos libramos cuando queremos de los sueños; nos debatimos dolorosamente contra un caos en el que el cielo y el infierno, el odio y el amor, la indiferencia y la pasión se mezclan en una confusión espantosa. Entonces, viejo viajero, sentado al borde del camino, Rancé hubiese contado las estrellas sin confiar en ninguna, esperando la aurora, que no le hubiese traído más que el hastío del corazón y la desgracia de los años.

Chautebriand ni siquiera reconoce su tierra natal. Aunque hay algo que permanece.

Todo ha cambiado en Bretaña, salvo las olas que cambian siempre.

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Ojos de antimonio

I

Deliciosamente torturado por una leve resaca y oculto tras unas oscurísimas gafas de sol que protegían sus hipersensibles ojos del martilleante sol que rebotaba, redoblando su intensidad, contras las cercanas colinas de Hollywood, leía con desgana una novelita francesa del siglo pasado. Era el encargado de los decorados -de su diseño y de su construcción- y del vestuario -de su diseño y de su confección- de uno de los más grandes estudios de la ciudad. Ahora estaban de moda esas espectaculares superproducciones de época. Por eso le habían contratado. Recrear la antigua Roma o el enigmático Egipto era su trabajo. No sabía por dónde empezar y anoche bebió demasiados dry-martinis.

Pero enseguida esa leve resaca y esa desgana desaparecieron. Poco a poco, ante sus estupefactos y emocionados ojos, ocultos por la penumbra de los cristales excesivamente ahumados, fue levantándose como por arte de magia una imponente ciudad egipcia. Aunque no era más que un espejismo, era espléndida y estaba perfectamente delienada.

En la novela que tenía entre las manos se sucedían decenas y decenas de páginas llenas de morosas y exactas descripciones, tanto de edificios y ornamentos, como de mobiliarios, armas de guerra, vestidos de sacerdotisas o ajuares de faraón. Las amplias avenidas de la ciudad -golpeada, como ahora, por un inclemente sol- desembocaban en el fastuoso Nilo, surcado por elegantes barcazas de triangulares velas blancas. A los lados se levantaban ciclópeos muros con sillares del tamaño de una casa entera. Los jardines de los palacios de los nobles bordeaban lisos estanques en los que se sostenían solo con un finísima pata elegantes ibis que parecían haberse desprendido de los frisos que aparecían pintados en las paredes. Los ropajes y demás ornamentos aparecían descritos con una exhaustividad enfermiza. Aquí, en esta novelita francesa del siglo pasado, estaba todo. Ya sabía cómo vestir a Yul Brynner de faraón, cómo serían los jardines del palacio de Elizabeth Taylor… Incluso, en el tramo final de la historia, describía cómo Charlton Heston separaría las aguas.

El sol brillaba en su máxima altura de la misma manera que hacía miles de años brillaba sobre las orillas del Nilo, calcinando las montañas líbicas que se recortaban al fondo. Cerró el libro y se dirigió a los estudios en su viejo buick cuyos faros apagados destellaban al mediodía como la rapada cabeza del faraón.

II

Allá por los inicios del siglo XIX surge, bien como moda, búsqueda o necesidad, un nuevo interés por las civilizaciones del pasado ya desaparecidas, y si ya durante la Edad Media este interés -y esta recuperación- se centraba en los textos -griegos y romanos, especialmente-, aquellos románticos, pálidos y decimonónicos, buscaban los restos reales -ruinas, restos, piezas- de aquellos pueblos antiguos. Son los años del descubrimiento -y consiguiente saqueo- de Pompeya, de los templos griegos, de las pirámides de Egipto…  Y, casi a la vez, los novelistas pasan a fabular historias ambientadas en aquellos siglos idos y en aquellos lugares misteriosos y desolados. Más que novelas históricas, muchas de ellas son casi arqueológicas.

Como ésta -que debieron leer con delectación y particular aprovechamiento, los encargados de realizar los espectaculares decorados de cartón piedra de las películas de Cecil B. de Mille- que Théophile Gautier (Tarbes, 1811-Neuilly-Sur-Seine, 1872) publicó como folletín en un periódico en 1857: La Novela de una Momia.

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Gautier, además de poeta, novelista y pertinaz viajero, fue -o intentó serlo- pintor en su juventud y, tal vez por esto, en su prosa prima una predilección por describir con minuciosidad lugares y ambientes, vestimentas y adornos, escenas y caracteres, dejándose llevar sin ningún recato por este afán pictoricista, casi de orfebre.

La Novela de una Momia -una de las primeras novelas inspiradas en el Antiguo Egipto- traslada al lector a los tiempos de los faraones. La historia, un amor imposible -en el que la bella Tahoser, hija del gran sacerdote Petamunoph, se enamora de un judío, mientras que el mismo y todopoderoso faraón anda hechizado por ella- que se ve enredado al final con la odisea de la marcha y liberación del pueblo judío, esclavo durante siglos de los egipcios, acaudillado por Moisés, es lo de menos.

No es más que una simple excusa para levantar ante nuestros atónitos ojos un mundo completo, el del antiguo Egipto, con una minuciosidad que llega a ser exasperante. Las páginas, por centenares, en las que se describen escenarios, alardes arquitectónicos, vestimentas, motivos decorativos, costumbres, armas de guerra, terminan por ahogar la historia, que la ventila con menos minuciosidad y algo más de prisa. Lo que se levanta es un mundo propio que pretende fascinar. Si no llegas agotado y no has tirado antes la novela al rincón de los libros olvidados ya para siempre, donde debe andar.

Pero la precisión y la riqueza de lo descrito nos invitan, si tenemos una paciencia a prueba de bombas o simplemente no tenemos otra cosa mejor que hacer, a un festín de exquisita voluptuosidad. El lector, entre aburrido y exasperado por tantas descripciones, hará bien entonces en sentirse como el faraón que acaba de regresar de una de sus campañas:

Bellas esclavas desnudas, cuyo esbelto cuerpo ofrecía el gracioso trasunto de la infancia a la adolescencia, y cuyas caderas cubría un fino cinturón que no velaba ninguno de sus encantos, con una flor de loto en sus cabellos y una copa de alabastro en la mano, se acercaron tímidamente al faraón, vertiendo aceite de palma sobre sus hombros, los brazos y el torso, brillantes como el jaspe. Otras sirvientas agitaban junto a su cabeza grandes abanicos de plumas de avestruz pintadas, unidas a mangos de marfil o de sándalo que, cálido por la presión de sus bellas manos, exhalaba un olor delicioso; algunas elevaban a la altura de la nariz tallos de ninfea de abierto cáliz.

Ya abierto el apetito, se agradece un festín menos retórico y más tangible que el de las palabras:

Empezó la comida. Los manjares, llevados por etíopes desde las inmensas cocinas del palacio, donde mil esclavos se ocupaban, entre una atmósfera de fuego, en preparar el festín, eran puestos sobre almohadones a alguna distancia de los invitados. Fuentes de bronce, de madera olorosa ricamente tallada, de tierra cocida o de porcelana esmaltada de vivos colores, contenían cuartos de buey, muslos de antílope, gansos, siluros del Nilo, pasteles alargados en forma de tubos rollados, pastelillos de sésamo y de miel, sandías de verde corteza y pulpa roja, rubicundas granadas y racimos de color de ámbar o de amatista. Guirnaldas de papiro coronaban estas fuentes con sus verdes hojas; las copas estaban también rodeadas de flores, y en el centro de las mesas, montones de panes de rubia corteza, llena de dibujos y jeroglíficos; había un gran vaso, del que se desprendían multitud de mirtos, flores de granado, alboholes o convólvulos, heliotropos, seriphium y periplocas, alternando sus colores y confundiendo sus perfumes.

La sobremesa de estos egipcios era algo más entretenida y disfrutable que la nuestra:

Entraron después las bailarinas. Eran delgadas, airosas, flexibles como serpientes; sus grandes ojos brillaban entre las líneas negras de sus párpados, y los dientes de nácar lucían entre los rojos labios. Largos tirabuzones golpeaban sus mejillas; algunas llevaban una amplia túnica de rayas blancas y azules que flotaba como niebla alrededor de su cuerpo; otras, una sencilla falda plegada que empezaba en las caderas y concluía en las rodillas, permitiendo admirar sus piernas, tan elegantes y finas, y sus muslos, nerviosos y fuertes.

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Pero tengo que dejar de traer más párrafos como estos para no aburrir -yo también- al lector, si hay alguno que ha podido llegar hasta aquí.

La historia de amor, previsible a más no poder, y propia, como era en realidad, de un folletín, tiene la única virtud de aligerar el peso de tanto Egipto. Es una historia arrebatada, porque, debido al clima, no podía ser de otra manera:

El sentimiento del amor no es igual en las cálidas regiones abrasadas por aire de fuego que en las orillas hiperbóreas, donde la calma desciende del cielo con la escarcha. No es sangre, sino lava, lo que por las venas circula…

Luego, sin venir a cuento, llega Moisés para liberar al pueblo judío. Y ese mundo como de perfil, fascinante y enigmático, del antiguo Egipto da las primeras muestras de decadencia. Empieza a desvanecerse como un espejismo. Abandonamos las verdes y feraces riberas del Nilo para iniciar nuestra penosa travesía del desierto. Que aún dura.

No era ya el verde valle de Egipto el terreno que atravesaban, sino llanuras erizadas de movibles colinas y estriadas por ondas como la superficie del mar: la tierra desolada dejaba ver sus huesos; duras y anfractuosas rocas, de extrañas formas, como si las hubieran pisoteado animales gigantescos cuando la tierra se encontraba aún en el estado de légamo, el día en que el mundo emergía del caos, alteraban la llanura y rompían a los lejos con bruscos salientes la línea plana del horizonte, fundido con el cielo en una zona de rojiza bruma. A enormes distancias crecían palmeras, extendiendo sus polvorientos penachos cerca de algún arroyo, frecuentemente seco, en el que los sedientos caballos removían el cieno con sus ensangrentados hocicos.

El polvo de la literatura

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Leer deliciosas novelas pasadas de moda que nadie lee ya, olvidadas y llenas de polvo, en viejas ediciones en las que el papel amarillea peligrosamente, se está convirtiendo últimamente en uno de los pequeños placeres que aún me confortan en estas cada vez más largas temporadas en las que me retiro a la campiña, alejado definitivamente de las novedades y el ruido. Tienen argumentos exagerados y previsibles y están escritas con una retórica antigua e insufriblemente engolada. Sin embargo, por malas que sean, siempre se percibe la mano del autor, artesano más o menos hábil, dirigiéndolo todo, controlándolo todo como un pequeño dios burgués que ha fabricado, aunque en algo más de siete días, su mundo personal y propio, felizmente acotado entre la primera y la última página. Me gusta sentir que alguien me lleve de la mano, aunque también, demasiado a menudo, me resulte irritante, me quiera soltar de ella y salir corriendo. Pero al final, al menos durante estos ratos que dura la lectura, es mejor dejarse llevar.

Jules Sandeau es uno de esos autores de esas novelas. Escritor francés nacido en 1811, es autor de una cincuentena de novelas y obras teatrales, de bastante éxito en su tiempo. Destinado por su familia a la carrera jurídica, una vez en París decidió aprovechar su juventud para entregarse a la bohemia, más o menos literaria, en el Barrio Latino. Allí fue amante de una señora casada, Aurore Dupin, con la que llegó a escribir una novela. Más tarde ella seguiría una exitosa carrera literaria en solitario, pero bajo seudónimo masculino: Georges Sand. Los años de juventud pasaron y Jules Sandeau dejó la bohemia y rompió su relación. O fue al revés. Sentó la cabeza y la sentó tanto que llegó a ser conservador de la Biblioteca Mazarino en 1853 y bibliotecario del palacio de Saint-Cloud en 1859. Y desde 1858, miembro de la Academia Francesa. Como ya no se le ocurría nada, se dedicó a llevar al teatro las novelas que escribió en su juventud. Murió en 1883, cuando ya se podría decir que sus obras empezaban a caer en el olvido. Y ahí siguen.

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Fue en 1847 cuando publicó una de sus novelas de más éxito, Mademoiselle de la Seiglière, que ahora, por puro azar, ha caído en mis manos. Ya saben, una vieja edición de la colección Austral con el papel áspero y amarillento. Aunque su prosa aparece deliciosamente lastrada por los nauseabundos y retóricos, banales y reiterativos excesos del peor romanticismo, en su cañamazo deja entrever el andamiaje y el nervio de la novela realista. Que vino para quedarse. Si el amor, el amor imposible y funesto, sobrevuela por toda la obra, lo que al final impone su detestable lógica, es el conflicto entre clases sociales, entre el Antiguo Régimen y la pujante nueva sociedad, primero revolucionaria y muy pronto, domesticadamente burguesa.

Pero esto importa poco. Es una novela francesa del siglo XIX, con todo lo que esto pueda implicar. Ya saben a qué atenerse. Hay que establecer y aceptar ciertas e inevitables complicidades. Leer deliciosas novelas pasadas de moda.

Aquella noche, la señorita de la Seiglière estaba distraída, meditabunda, preocupada. ¿Por qué? Ella misma no sabría decirlo. Amaba, o al menos lo creía, a su prometido; poseía gracia y belleza, amor y juventud, nobleza y fortuna; todo era a su alrededor dulces miradas y sonrisas agradables; solo caricias y encantos parecía ofrecerle la vida. ¿Por qué, pues, aquella opresión de su pecho juvenil? ¿Por qué aquellos bellos ojos velados de tristeza? Organismo fino y quebradizo, naturaleza delicada y nerviosa, ¿temblaba acaso como las flores al acercarse la tempestad, porque presentía su destino?

Vivían entonces, como ahora, tiempos de zozobra.

Nada como la adversidad afina y desenvuelve tanto en el hombre los mañosos instintos de cuya ensambladura y perfecto acoplamiento surge ese endiablado genio que se llama genio de los negocios. Y ningún momento más propicio para ello que el que nos ocupa. Época de ruina y reconstrucción; si las viejas fortunas se desbarataban como castillos de naipes, las nuevas, en cambio, surgían como las setas tras la lluvia torrencial. Todas las ambiciones encontraban salida; los advenedizos inundaban el suelo; los particulares se enriquecían, de un día para otro, con atrevidas especulaciones; sólo el Estado, en medio de la prosperidad general, se encontraba en la miseria.

Los conflictos también eran generacionales. La juventud elige caminos peligrosos.

-Vamos, vamos -dijo el marqués con aire cariñoso y sentándose junto a Elena-; está muy bien eso de seguir el camino que Dios nos señale: no sería posible encontrar mejor guía; desgraciadamente, Dios, que da comida y abrigo a las crías de los pájaros, no se muestra tan liberal con los hijitos de los marqueses. Es muy bonito decir: ¡Vámonos donde Dios nos lleve! A las imaginaciones juveniles les agrada esto mucho. Pero cuando, emprendida la marcha y andadas seis leguas, llega la noche, y la perspectiva, con ella, de acostarse sin cenar y a la luz de las estrellas, el camino de Dios comienza a antojarse un poco rudo.

Pero, como dijimos, el cinismo y el realismo habían llegado para quedarse.

Tenéis enemigos; pero ¿qué hombre superior no los tiene? Compadezcamos al infeliz, tan dejado de la mano de Dios como de los hombres, que no tenga dos o tres. Con arreglo a esto, vos tenéis muchos; ¿podría ser de otro modo? No sois popular, y así debe ser, pues la popularidad, en todo, no es sino el remate de la tontería y el sello de la vulgaridad. En resumen: tenéis la alta honra de ser aborrecido.

Cierro el libro y estornudo. El rugoso papel es como si se estuviera empezando a deshacer y un fino y desagradable polvillo me llega a la nariz. Atchís. Hace un día demasiado bueno como para seguir leyendo.

Laura Permon

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Con cierto disgusto, después de haberse vestido y peinado especialmente para la ocasión, se sentó justo al lado del gran ventanal por el que entraba la dorada luz de la mañana que, después de jugar sobre la abierta superficie de la desembocadura del gran río y de rebotar contra las suaves colinas que arropaban los jardines del palacio, entraba con desenvoltura y sin pedir permiso en la amplia estancia en la que un hombrecillo nervioso y diminuto como una ardilla trajinaba con frascos de pintura y pinceles sobre la superficie mínima de un óvalo brillante.

Estaba pintando el retrato de Laure-Adélaide Saint-Martin-Permon, ahora ya, después de su matrimonio, Laure Junot, también conocida como duquesa de Abrantes, título que Napoleón acababa de conceder a su marido, el general Junot.

Nació en Montpellier en 1784 y murió en París en 1838. Su madre, perteneciente a una de las más importantes familias de Córcega, aseguraba ser descendiente de los emperadores bizantinos. Ya en París, el joven Bonaparte frecuentaba los salones de su casa, interesándose vivamente por la deliciosa hija. Pero a los 16 años, Laure contrajo matrimonio con Andoche Junot, el más joven general de Napoleón. Durante los convulsos e inestables años del Consulado y el Imperio participa de la vida cortesana y es asidua a los más destacados salones de París, en los que no pasan desapercibidos su inteligencia, su espíritu cáustico y su afición por el lujo, que a menudo raya en la extravagancia.

Su marido ocupó diversos cargos políticos – fue gobernador de París, embajador en Portugal, gobernador de Parma y de las provincias ilíricas- y participó activamente en las continuas campañas militares que se sucedieron estos años, en particular la ocupación de Portugal, que le valió el título de duque de Abrantes, y la guerra de España. Pero todo acaba torciéndose, y  Junot empieza a sufrir ciertos desequilibrios mentales que le hacen, primero caer en desgracia y más tarde suicidarse en 1813.

Laure Junot, debido no solo a su reciente viudez, sino a su derrochador afán durante estos años por el lujo y la vida cortesana, se encuentra agobiada por las deudas. Como quien se agarra a un clavo ardiendo y para hacer frente a sus numerosos gastos, decidió dedicarse a la literatura. Además, el Imperio ha caído y Napoleón no es más que un usurpador.

Escribe y publica con su título nobiliario obras de muy diverso tipo, aunque sobre todo destaca por su producción memorialística, entre ellas, sus monumentales Mémoires (1831-1835), que ocupan dieciocho volúmenes, en las que pasa revista a los acontecimientos de los que fue testigo, desde la Revolución hasta la Restauración. Las redactó con la ayuda de un jovencísimo -y aún desconocido- Honoré de Balzac, que, tanto tiempo escribiendo a cuatro manos, terminó siendo su amante.

También merecen ser recordadas su Histoire des salons de Paris (1837-1838, en 8 volúmenes) y los Souvenirs d’une ambassade et d’un séjour en Espagne et en Portugal (1837).

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La parte dedicada a Portugal apareció traducida al castellano por Alberto Insúa, primero en Buenos Aires, en 1945 y luego en Madrid en 1968 (Espasa Calpe, col. Austral) con el título Portugal a principios del siglo XIX. Recuerdos de una embajadora.  Y es este librito el que he estado leyendo estos días, después de haberlo comprado en uno de esos efímeros puestos callejeros que algunos rumanos que recogen papel y cartones, hierro y cobre, han decidido extender directamente en el suelo y llenarlos de libros que rescatan de algún contenedor o de la basura, porque se han dado cuenta de que, por muy baratos que los vendan, siempre les darán más por ellos que si los vendieran al peso.

La duquesa desgrana recuerdos, anécdotas, frases ingeniosas y semblanzas maliciosas para satisfacer la curiosidad de sus contemporáneos, pero también para recrear ese mundo perdido, para volver a dar vida, de alguna manera, a aquellos años, acaso los mejores de su azarosa vida. Mientras escribía en una oscura y fría habitación de un palacio venido a menos, arruinado en parte y mordisqueado cada vez con mayor voracidad por los acreedores, aún creía oír las músicas de las fiestas, el despreocupado rumor de los saraos y los secos taconazos de los jóvenes tenientes en las recepciones.

Laure, inteligente, vivaz y delicada, ingeniosa e irónica, vive y recorre en aquellos años Lisboa, Queluz, Sintra, Coimbra… lugares que no olvidará nunca.

Llegué a Lisboa el Viernes Santo, pero mi presentación oficial no tuvo efecto hasta dos meses después.
Hacía ya calor y la campiña de los alrededores se brindaba a los ojos encantadora. Me propuse gozar de tanta belleza natural y todas las tardes salía a pasear en góndola por el Tajo, unas veces para dirigirme a Almada y otras para remontar el río hasta Saccavin. Cuando no, aprovechando la brisa del anochecer, llegaba en calesa hasta Pedrosa, donde la duquesa de Cadaval poseía una quinta admirable.

El mundo no solo le pertenecía, sino que era amable.

Recibía diariamente, daba dos bailes al mes y a menudo conciertos. Todas las noches el cuerpo diplomático se reunía en mi casa. Y mientras los caballeros jugaban al whist, las damas y yo, en otro salón, bailábamos al son de la música del piano, o simplemente le tocábamos, o bien nos entreteníamos en hacer charadas y proponernos adivinanzas.
Alrededor de la medianoche servíase el té…

Así describe, después de haber sido recibida por la reina, a su camarera mayor:

Era, como ya he dicho antes, una mujer vieja, oscura de piel, bajita, seca y muy fea. Por lo agrio de su humor creí que sería una solterona. Resultó que era viuda.
Compadecí a su marido. Pero no por haber muerto…

Fueron años que recuerda con emoción y al escribir sobre ellos, la reconfortan.

Mi amistad con los Lebzeltern era íntima. Todas las tardes, después de comer, montaba en un asno para tomar el té y pasar la velada con mis amigos. Salía a la hora del crepúsculo, cuando la brisa del mar, fresca y fragante, me acariciaba el rostro, después de haber volado sobre los bosques de Sintra y los huertos de limoneros y naranjos en flor.
Llegaba al palacio, Charlábamos… Tomábamos el té y luego, volvíame, a caballo o en asno, a Sintra, acompañada por la luz de las magníficas estrellas que centelleaban en un cielo color pizarra y de aquella luna admirable que esparcía una claridad voluptuosa sobre todo el paisaje.
Algunas noches, cuando la noche era sombría, nos alumbrábamos con antorchas. Y era de ver entonces cómo resplandecían sus llamas, en largos reflejos luminosos, sobre la masa verde oscura que formaban los pinos, las encinas y los laureles de la Peña.

Deja la pluma. Tiene los dedos y la mano entumecidos por el frío. ¿Dónde andará el camafeo con su retrato que le pintaron una luminosa mañana allá en Lisboa? ¿Quién lo tendrá ahora? ¿En qué cajón olvidado? Era tan joven entonces…

Al levantarse decide erguirse un poco más. Después de dar un breve paseo bajo los altos techos de los oscuros pasillos, vuelve a la mesa y escribe:

No depende de nosotros ser felices o desgraciados, pero sí depende de nosotros aceptar cualquier destino con dignidad.

Los sentimientos que fingimos

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Con una historia de lo más simple, Benjamin Constant (Lausana, 1767 – París, 1830), novelista y ensayista político, urdió su obra más conocida, Adolphe, que, con el tiempo, ha llegado a dejar de ser una novelita romántica para ser tenida como un prodigio de psicologismo y precisión a la hora de analizar y describir el proceso amoroso.

Su trasfondo autobiográfico—el atormentado amor del autor con Mme. de Staël—, aunque evidente, no es más que la excusa que da pie a la elaboración de tan singular joyita. Incluso aprovecha su diario para trasvasar a la novela párrafos enteros. Pero siempre defendió el carácter ficcional de su obra, arremetiendo contra sus contemporáneos, a los que encantaba leer la obra colocando personas reales y conocidas en el lugar de los personajes de ficción.

Pero todo esto no importa. O importa más bien poco. El caso es que acabo de leer una novelita deliciosa e inteligentísima, de una extraordinaria -y modernísima- precisión psicológica. Empecé con la natural prevención que tengo ante todas estas obras cumbres del romanticismo, pero en este caso, me he equivocado. Aún hoy se puede disfrutar de su lectura sin sentir vergüenza ajena o hilaridad, como ocurre demasiado a menudo con otras obras consagradas -cumbres- de estos años.

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Pobre Ellénore. El joven Adolphe desea amar a una mujer, demostrar a los demás, a sí mismo y a ella, su valía. Tras el inevitable juego de seducción, Ellénore, que terminará dejando marido e hijos, siendo vilipendiada -y apartada- por la buena sociedad a la que pertenece, perdiéndolo todo, se entrega, finalmente, al joven Adolphe.

Que, claro, al poco tiempo, lo único que pretenderá será escapar de ella, de ese amor tan asfixiante. Ya no puede quitársela de encima. Pero no puede escapar, no se atreve a romper con ella, porque el dolor que le causaría sería, para ella, se entiende, mortal.

Así que prefiere engañarse a sí mismo, fingir sus sentimientos y su amor con tanta intensidad que, incluso, acaba creyendo en ellos. Aunque ya no es amor lo que siente por Ellénore, es miedo a hacerle daño, compasión. Pero él también sufre, sufre por su libertad perdida. Pobre Adolphe. Pobre pequeño cabrón.

Pero Ellénore no es ni mucho menos una ingenua, simplemente está enamorada y cree, sobre todas las cosas, en el amor. Y se da cuenta de que Adolphe finge, que aunque quiere amar, nunca se atreverá a hacerlo de verdad. Su amor necesita ser correspondido a todas horas y con la misma intensidad.

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Estamos en los primeros años del siglo XIX –Adolphe se editó en 1816- y Benjamin Constant define y arremete contra la sociedad de su época, que sabe que va a cuestionar su obra, aunque tuvo un gran éxito. Dice en el prefacio:

…por la aprobación de una sociedad hipócrita que sustituye los principios por reglas y las emociones por convenciones, y que abomina del escándalo por inoportuno o molesto, no por inmoral, ya que esa misma sociedad acepta con toda tranquilidad el vicio cuando no va acompañado del escándalo.

Consciente del más que probable escándalo que se suscitaría, finaliza la obra con una Carta al Editor, en la que dice:

Los indiferentes tienen una extraordinaria tendencia a jugar sucio en nombre de la moral, y movidos por su celo por la virtud son capaces de causar el mayor de los perjuicios; se diría que la comprobación de que el amor existe les importuna, porque ellos son incapaces de sentirlo.

Pero vayamos, como hacemos habitualmente, para castigar al desprevenido o incauto lector, con algunos de sus párrafos.

Ya el propio Adolphe, que cuenta en primera persona los hechos que acaecen a lo largo de la novela, lo explica. Ni se esconde ni se justifica. Una vez conseguido, tras largos y complicados escarceos,  la realización de su amor, explica lo que siente de manera sucinta:

Ellénore aportaba sin lugar a dudas una extraordinaria felicidad a mi existencia, pero ya no constituía un objetivo: se había convertido en algo que me ataba.

Pronto, era inevitable, empiezan los problemas. Adolphe los describe con precisión:

Nos precipitamos el uno en brazos del otro; pero nos habíamos causado la primera herida, habíamos saltado la primera barrera. Ambos habíamos pronunciado palabras irreversibles; podíamos no hablar de ello, pero no olvidarlo. Hay cosas que tardamos mucho en decirnos, pero, una vez dichas, no cesamos ya nunca de repetirlas.

Y después, la reconciliación, o sea, una falsa reconciliación:

Así permanecimos callados sin decir una palabra de lo único que realmente nos importaba. A cambio, nos mostrábamos extraordinariamente cariñosos el uno con el otro, hablábamos de amor; pero hablábamos de amor por miedo a hacerlo de otra cosa.

Y reconoce -para sí- Adolphe algo que suena bastante grandilocuente -y más bien impostado-, pero con eso, sigue engañándose:

Es una terrible desdicha amar y no ser correspondido; pero es mil veces peor ser amado apasionadamente cuando ya no se puede seguir correspondiendo a ese amor.

Eso no se lo cree no él. Pobre Ellénore.

Con su habitual cinismo -¿o es cobardía?- continúa:

…y el carácter de nuestro miserable corazón es tan imprevisible que se ve invadido por una desgarradora tristeza cuando nos separamos de aquel ser junto a quien llevamos una existencia llena de insatisfacción.

Ya no siente amor, sino compasión por ella, procura no hacerle daño:

…tenía que evitar por todos los medios que fuera desgraciada, sobre todo por mi culpa. Conseguí ocultar mis verdaderos sentimientos; me guardé en lo más profundo de mi corazón los más mínimos indicios de descontento y empleé todos los recursos de mi ingenio para fabricarme una especie de alegría ficticia que ocultara mi profunda tristeza. El esfuerzo que esto suponía tuvo sobre mí un efecto inesperado. Somos seres tan contradictorios que acabamos por sentir de verdad los sentimientos que fingimos.

Pero la situación es cada vez más insostenible:

Así pues, nos heríamos alternativamente por medio de indirectas, inmediatamente nos desdecíamos con desmentidos vagos, con pobres justificaciones; finalmente, volvíamos a guardar silencio. Sabíamos tan bien lo que íbamos a decirnos que preferíamos callar para no oírlo.

Precisados a construirnos soledades

François_René_de_Chateaubriand

Empecinado defensor de las doctrinas más conservadoras y católico a machamartillo, François-René de Chateaubriand (Saint-Malo, 1768 – París, 1848) es uno de los más decisivos escritores del romanticismo, de lúcida inteligencia y dueño de una prosa llena de arpegios celestiales.

Es muy probable que ese conservadurismo y catolicismo ultramontano, heredado de su condición nobiliaria y fruto de sus propias tendencias personales, se vieran inevitablemente exacerbados por el hecho de que, durante los años del terror revolucionario, su hermano y su cuñada fueran guillotinados, y su madre y una de sus hermanas murieran a causa de los malos tratos recibidos.

Viajero infatigable, impenitente amante de numerosas mujeres a lo largo de su vida, fue diplomático y uno de los políticos más activos de su época, llegando a ocupar los más importantes cargos del estado y a verse también proscrito, obligado a vivir largos años en el exilio.

Su excesiva obra oscila entre su apología El Genio del Cristianismo (1802), que contiene los dos famosos episodios de Atala y René, que le dieron una inopinada fama, y las monumentales Memorias de ultratumba (1845-1850), publicadas tras su muerte.

A pesar de la omnipresente carga conservadora y católica, es el romanticismo quien impregna su obra y lo envuelve todo sobre un trasfondo artificioso de escenarios, con argumentos y personajes arquetípicos.

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Atala es una novelita exótica -transcurre en Louisiana, a orillas del Mississippi- que tuvo el mérito de dar forma al ideal amoroso de toda una generación: ardiente, excesivo, total, puro, primitivo e inevitablemente imposible. Esto es, ridículo en grado sumo. Tuvo un éxito enorme e instantáneo en toda Europa. Su lectura me ha estado a punto de producir urticaria.

Los atribuladísimos personajes, moderadamente exóticos, pueden hablar de esta manera:

No soy más que un viejo ciervo, encanecido por los inviernos, y mis años rivalizan con los de la corneja. Pues bien, a pesar de los años acumulados sobre mi cabeza, a pesar de mi larga experiencia de la vida, no he encontrado todavía un hombre que no haya sido engañado en sus sueños de felicidad, ni un corazón que no guarde una llaga escondida. El corazón en apariencia más tranquilo, es semejante al pozo natural del valle de Alachún: su superficie aparece sosegada, pero si se mira al fondo de sus aguas, se descubre la sombra de un enorme cocodrilo (…)

En René nos trasladamos a las costas bretonas, y aquí, como no podía ser de otra forma -ya saben, acantilados, tormentas, monasterios, navíos que se alejan…-, el romanticismo se acentúa. Es más breve aún, y por eso la urticaria producida por su lectura, más leve, pero este centenar escaso de páginas son, sin duda, las más decisivas para el desarrollo del romanticismo, que casi como una enfermedad se propagó imparable entre los jóvenes de aquellos años. Esta joven generación lo convirtió en su libro de cabecera.

(Curiosamente, las dos novelitas tienen como tema central, o subyace en ellos dando sentido al argumento, el incesto. Los protagonistas se enamoran perdidamente de almas gemelas. Y es que como si no pudiera ser de otra manera y esas almas gemelas tuvieran que ser, necesariamente, las de dos hermanos. Mucho se ha especulado acerca de la relación del propio Chautebriand con su hermana)

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René resume el sentimiento melancólico de la época y es el retrato perfecto del inadaptado social, profundamente desesperado que solo busca -como si eso fuera, no ya algo apetecible, sino ni siquiera algo- un ansia insatisfecha de infinito. Lo que está claro, y tiene que dejarlo claro a cada instante, es que es denodadamente infeliz, y de esa manera, en mitad de una naturaleza desencadenada, posa continuamente para un imaginario cuadro perfecto, terrible y tenebroso en el que la soledad y la melancolía son los temas centrales.

Una inclinación melancólica le arrastraba a lo más intrincado de los bosques, donde pasaba solo días enteros, pareciendo salvaje a los salvajes mismos.

Su duda constante, y su nula voluntad para cambiar, le llevan a la inacción.

Detenido a la entrada de los engañosos caminos de la vida, los examinaba uno tras otro, sin atreverme a pasar adelante.

Pero era una enfermedad de la sociedad de su tiempo. Él mismo lo reconoce.

Los europeos, incesantemente agitados, se ven precisados a construirse soledades. Cuanto más tumultuoso y ardiente es nuestro corazón, tanto más nos atraen la calma y el silencio.

Y René exclama:

¡Ah! ¡Estaba solo, solo en la tierra! Una secreta languidez se apoderaba de mi cuerpo, y el tedio a la vida que me había perseguido desde la niñez, se reproducía con nueva fuerza. Pronto mi corazón dejó de suministrar más alimento a mi cerebro, y no tenía otra conciencia de mi ser que un profundo sentimiento de hastío.

A veces pienso que, aunque han pasado tantos años, seguimos chapoteando y dando coletazos en las poco refrescantes aguas del romanticismo, sin conseguir del todo salir de ellas. Sobre todo cuando lees cosas como las que escribió Chautebriand, allá por 1802, en el Prefacio de René:

Estamos desengañados sin haber gozado; todavía nos quedan deseos, pero no tenemos ya ilusiones. La imaginación es rica, abundante y maravillosa, la existencia pobre, enjuta y desencantada. Vivimos, con un corazón rebosante, en un mundo vacío; y, sin haber probado nada, estamos de vuelta de todo.

Todo en orden está

Juan Meléndez Valdés

Iba a comenzar a escribir sobre este poeta de la ilustración española cuando he oído de inmediato cómo chirriaban los goznes de la puerta del posible interés y cómo salían corriendo despavoridos -poesía, de la ilustración y además de la ilustración española- los improbables y escasos lectores.

Hablar de poemas de finales del XVIII y principios del XIX de estructura neoclásica y aliento reformista, y de carácter filosófico y moral, no parece, ni por asomo, una buena idea. Dan ganas de apagar e irse. Pero en fin, este quaderno tiene estas cosas. Así que, aunque no haga otra cosa, no me quejo. Y sigo.

Juan Meléndez Valdés murió de una apoplejía el 24 de mayo de 1817 en el exilio. Fue catedrático de la Universidad de Salamanca y Fiscal, además de poeta, dramaturgo y ensayista. También llegó a ocupar cargos en el gobierno desde los que intentó llevar a la práctica sus ideas ilustradas y reformistas que ayudaran a sacar a España de su secular y empecinado atraso. Fue esto lo que le costó el exilio final en Francia, del que no regresó.

De la misma forma que su vida se vio zarandeada a causa del absolutismo monárquico y las fuerzas reacias a cualquier cambio, su obra participa de varias tendencias que van desde un inicial y efímero estilo anacreóntico y rococó, a las más firmes ideas ilustradas y un acendrado neoclasicismo en el estilo, para dejar atisbar, finalmente, los primeros rasgos de un incipiente romanticismo.

(Sigue chirriando con un estruendo ya insoportable esa puerta del posible interés que no acaba de abrirse del todo. Pero prosigamos).

Juan Meléndez Valdés 1

Además, de su obra poética, decidí leer solo sus poemas filosóficos y morales: odas, elegías y discursos. Aquí, a pesar de su evidente falta de aliento verdaderamente poético -pero ¿qué es realmente eso?-, se deja ver, al menos, una nueva visión del mundo que deja atrás las decadentes y vacías barroquidades de un pasado demasiado largo y demasiado reciente.

Solo la lectura de los títulos -tiernos, ingenuos, casi ridículos- nos da una idea bastante aproximada de las inquietudes del -vamos a llamarlo- poeta. Son Odas como “El invierno es el tiempo de la meditación”, “Al ser incomprensible de Dios”, “La noche y la soledad”, “Prosperidad aparente de los malos”, “Afectos y deseos de un español al volver a su patria”, “La meditación”,… O Elegías y Discursos como “El deleite y la virtud”, “Mis combates”, “El hombre fue criado para la virtud y solo halla su felicidad en practicarla”, “Orden del universo y cadena admirable de sus seres”,…

Bien mirado, no están tan mal.

Juan Meléndez Valdés 2

Así que he copiado, para terminar -y me temo que sin abrir ya la maldita puerta del interés-, algunos versos como éstos, en los que habla de las estrellas:

¿Cuál es vuestro ser? ¿En dónde
arde la inexhausta mina
que os inflama? ¿Qué es un fuego
que los siglos no amortiguan?
¿Sois los soles de otras tierras,
do en más plácida armonía
que aquí, sus débiles hijos
viven sin odios ni envidias?

A pesar de ser Meléndez Valdés un poeta de la razón y de las reformas, también nos habla de su vida y sus sentimientos:

Cuanto imagino, cuanto entiendo y veo,
todo enciende mi mal, todo alimenta
mi furor en su ciego devaneo. 

En uno de sus últimos poemas escribe:

Todo en orden está; sólo tu pecho
trastornarlo sacrílego porfía,
cuando una fragua de pasiones hecho,
anhela, teme, espera, desconfía.
(…)
Del deseo al dolor, de otro deseo
a otro nuevo dolor sin cesar veo
correr al hombre triste,
sin que de tanto error, de tanto daño
le corrija jamás un desengaño.

Estos  otros que pertenecen a su elegía “Mis combates”:

La razón huye tímida y medrosa;
síguela el sentimiento denodado,
y cual hambriento lobo, así la acosa.

Y acabo ya:

¿Do están los años de la edad florida?
¿dónde el reír? ¿el embeleso insano
de los placeres? ¡Ilusión mentida!
Todo pasó: la asoladora mano
del tiempo en el abismo de la nada
lo despeñó con ímpetu inhumano.

(Bueno, cierro ya la puerta para deje de chirriar)