La educación sentimental

Frédéric
Volvía a su habitación; después, tendido en su diván, se entregaba a una meditación desordenada; planes de trabajo, proyectos de comportamiento, aspiraciones para el porvenir. Por fin, para liberarse de sí mismo, salía a la calle.

Madame Arnoux
A Madame Arnoux le faltaba el aliento. Se acercó a la ventana para respirar.
Al otro lado de la calle, en la acera, un embalador, en mangas de camisa, clavaba una caja. Pasaban coches. Ella cerró la ventana y fue a sentarse. Las altas casas vecinas ocultaban el sol, un ambiente frío llenaba la casa. Sus hijos habían salido, nada se movía alrededor de ella. Era como una inmensa deserción.

Final
Viajó.
Conoció la melancolía de los paquebotes, los fríos amaneceres bajo la tienda, el vértigo de los paisajes y de las ruinas, la amargura de las amistades truncadas.
Regresó.
Trató gente, y tuvo otros amores todavía. Pero el recuerdo continuo del primero se los hacía insípidos; y además, la vehemencia del deseo, la flor misma de la sensación, se había perdido. Sus ambiciones intelectuales también habían disminuido. Pasaron años; y seguía soportando la ociosidad de su inteligencia y la inercia de su corazón.

Gustave Flaubert. La educación sentimental. 1869

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Novelas

-Bueno, ya es suficiente, ya es suficiente, Matrióna Siemiévnovna -le interrumpió Bambáiev-. Dejemos esos chismorreos y elevémonos a mayor altura. Sí, yo soy un hombre chapado a la antigua. ¿Ha leído usted Mademoiselle de la Quintinie? ¡Qué maravilla! ¡Y con sus mismos principios!

-No leo más novelas -contestó la señora Sujanchikóv de modo seco y cortante.

-¿Por qué?

-Porque ahora no es tiempo de eso. Ahora solo tengo una cosa en la cabeza: las máquinas de coser.

Iván Turgueniev. Humo. 1867

¡Oh aceras!

¡Oh aceras, refugios del lodo y del flâneur, os saludo; los momentos más felices de mi tierna juventud fluyen por tus baldosas, por tu granito, por tu calzada, por tu asfalto! Porque durante mucho tiempo caminé sin rumbo y, en adelante, espero seguir haciéndolo todavía.

El verdadero flâneur camina en un sentido hasta que un coche que pase delante de él, un apuro cualquiera, un escaparate que hace esquina, un empujón o un codazo le invitan a tomar otra dirección. De accidente en accidente, de empujón en empujón, el flâneur va, viene, vuelve otra vez y puede acabar encontrándose o muy cerca o muy lejos de su casa, según los designios del azar.

El verdadero flâneur no se aburre jamás, se basta a sí mismo y encuentra en todo lo que tiene delante algo con lo que alimentar su inteligencia.

Cualidades del flâneur:
Ser alegre cuando es posible.
Reflexionar cuando es necesario.
Observar siempre.
Algo de originalidad.
Una mente despierta.
Un poco de formación.
Y, sobre todo, una capacidad de suspender la conciencia.

Louis Huart. Fisiología del flâneur. 1841

Todos los adolescentes llevan una carta en la mano

En la plaza Unschlitt de Núremberg, la tarde del 26 de mayo de 1828, apareció sin más, sin que nadie supiera nada de su procedencia o de su historia, ni cómo llegó hasta allí, un adolescente con una carta en la mano. Se mantenía de pie, impávido, no asustado, más bien asombrado. Esperando el qué. No se podría decir si había sido expulsado de algún sitio o, por el contrario, rescatado. Estaba simplemente en la plaza.

En la carta que sostenía como si fuera a entregársela a alguien, un desconocido solicitaba que se hicieran cargo del muchacho y lo alistaran en el regimiento de caballería. Pronto se congregaron algunos curiosos a su alrededor que empezaron a hacerle preguntas. El joven contestaba siempre lo mismo: “Quiero ser jinete como lo fue mi padre”.

He leído la historia real de este joven que escribió Paul Johann Anselm von Feuerbach, célebre jurista alemán, autor del código penal de Bavaria y uno de sus tutores. Escribió numerosos libros relacionados con la jurisprudencia, pero su libro más famoso es Kaspar Hauser. Ejemplo de un crimen contra la vida interior de un hombre (editado aquí por Pepitas de Calabaza).

Pronto se descubrió que aquel adolescente había pasado toda su infancia -un mínimo de doce años- encerrado en una pequeñísima habitación oscura, apenas más grande que una celda, y sin ninguna relación con el mundo exterior. Solo recordaba a la persona que le traía el pan y el agua, sus únicos alimentos, y unos caballitos con los que jugaba y a los que adornaba con cintas.

Hasta donde alcanzaba su memoria había vivido siempre en un agujero -un aposento pequeño y bajo al que a veces también llama jaula-, en donde se la pasó sentado sobre el suelo, descalzo y con apenas una camisa y unos pantalones de cuero con una raja atrás. En su aposento nunca había escuchado un ruido, ni de personas ni de animales o cualquier otro. Nunca había visto el cielo, ni percibido jamás la luz del sol. La diferencia entre el día y la noche era algo que no había conocido, mucho menos había llegado a ver las bellas luces del firmamento. Junto a él había un agujero en el suelo -probablemente con una olla-, en el que hacía sus necesidades. Cada vez que se despertaba, encontraba a su lado un pan y una jarra de agua.(…) En su agujero tenía dos caballos de madera y distintas cintas. Con esos caballos se entretenía todo el tiempo que estaba despierto; su única ocupación era hacerlos andar a su lado y colgarles o abrocharles primero de una manera y luego de otra las cintas que poseía. Así pasaba un día tras otro; pero no le faltaba nada, nunca había estado enfermo, no había sentido ningún dolor, con excepción de una vez, y en general le iba allí mejor que en el mundo, donde tenía tantos sufrimientos.

Conservaba una inocencia primordial no contaminada por la educación ni por las relaciones con los demás.

Aunque era capaz de hablar, las palabras eran nuevas, juguetes que podían tener una utilidad, elementos no contaminados por su uso. Así, para Kaspar, perder el conocimiento suponía “hacerse completamente de noche”, y al mirar un vaso de vino tinto en el que penetra un rayo de luz, exclamará: “¡cómo me gustaría beberme algo tan bonito!”.

Cuando cayeron las primeras nevadas del invierno siguiente, mostró gran alegría de que ahora las calles, techos y árboles estuvieran tan bien pintados, y se apresuró a salir al patio para buscar un poco de la pintura blanca, aunque volvió a subir a lo de su maestro llorando y berreando con los dedos bien abiertos, al tiempo que gritaba que la pintura blanca le había mordido las manos.

Pero poco a poco fue perdiendo esa inocencia primigenia con su progresiva y forzada entrada en el mundo civilizado. En los casi cuatro años que duró la socialización forzosa y aplastante, Kaspar pasó de expresarse libre e imaginativamente, a hacerlo como hacían los que le enseñaban, como hacían todos, de una manera convencional y sumisa.

La primera vez que vio la luna creyó que era el sol de espaldas.

Había sido educado, esto es, vuelto del revés por una sociedad atemorizada ante cualquier novedad o cuestionamiento, y convencida de que nada podía haber mejor para él que convertirle en uno de los suyos. Todo lo hicieron siempre por su bien.

Él no sabía qué era eso -un lápiz-, pero había sentido una alegría inmensa al ver que surgían las figuras negras sobre el papel blanco (…) no se cansaba, en su alegría por el nuevo descubrimiento, de dibujar una y otra vez estas figuras sobre la hoja. Esta ocupación casi que le había hecho olvidar sus caballos, aun cuando no sabía lo que pudieran significar esos trazos.

Durante ese proceso de integración y educación fueron muchos los que quisieron enseñar a Kaspar, pero nadie quiso aprender nada de él.

En música solo le atraía lo alegre y lo vivaz. Una vez que le tocaron algo de carácter serio dijo que lo ponía demasiado triste. Triste podía ponerse solo, para eso no necesitaba música.

Pasaron los meses y los diferentes tutores y maestros, y todas sus cualidades singulares desaparecieron finalmente. Se convirtió en un burgués más, probablemente un hombre de provecho. Había desaparecido todo lo que había de extraordinario en él. El proceso civilizatorio había concluido con éxito. Los ciudadanos podían estar satisfechos.

Aunque fue uno de ellos quien lo asesinó.

Su historia acabó trágicamente cuando, sin que se sepa a ciencia cierta el autor ni la razón, fue asesinado el 14 de diciembre de 1833. Desde entonces, las especulaciones sobre su origen y el significado de su leyenda no han dejado de multiplicarse y sucederse. Tal vez porque aún buscamos explicaciones a algo de lo que nos sentimos, íntimamente, culpables.

En 1924, la escritora Klara Hofer compró una casa en Schloss Pilsach, a treinta kilómetros de Núremberg. Había que hacer alguna reforma y, después de tirar un tabique, en su interior se descubrió una estancia subterránea, apenas más grande que una bóveda, que parecía reproducir con exactitud la descripción aportada por Kaspar Hauser de la celda en la que estuvo recluido, cuando era un niño, más de doce años.

Mucho tiempo más tarde, un 13 de marzo de 1982, cuando los nuevos dueños de la casa realizaban nuevas obras de remodelación en el edificio, en esa misma dependencia se encontró, perfectamente conservado, aunque cubierto de polvo, un pequeño caballito de madera.

La penitencia de escribir

Armand Jean Le Bouthillier de Rancé

Ya en el último tramo de su ajetreada vida, el intrigante, egocéntrico, vanidoso, mujeriego y famoso escritor François-René de Chateaubriand (Saint-Malo, 1768 – París, 1848), -del que ya hablamos aquí– se hallaba embarcado en la finalización de sus monumentales Memorias de Ultratumba, que solo podrían ser publicadas después de su muerte para no contradecir al título. Pero ya no quedaba mucho. Su vida -y su tiempo- se escapaba. Su escritura no dejó durante tantos años de dar personal testimonio de ellos. No hay pesar ni remordimientos, solo cierto aire de nostalgia que intenta sostener recreando aquel mundo perdido.

Es en estos años finales cuando su confesor le impone como penitencia, ya que es escritor, que escriba. Pero no cualquier cosa. Que escriba la vida del reformador de la Trapa, Armand Jean Le Bouthillier de Rancé, que después de vivir la primera mitad de su vida entre el lujo de la corte, las partidas de caza, las intrigas de las altas esferas del clero y la admiración de jóvenes y hermosas duquesas y princesas, rechaza todo, se niega a sí mismo, desbarata su fortuna y se consagra a Dios en medio de la más absoluta soledad y las más extremas austeridades y sacrificios. El confesor le impone al viejo Chautebriand como penitencia a sus múltiples pecados, no que rece, sino que escriba, sabiendo el abate que, de alguna manera, toda escritura tiene algo de oración y mucho de expiación.

Se trata, por tanto, esta Vida de Rancé (1844), de un libro con fines piadosos y penitenciales. Pero como la cabra tira al monte, esta biografía del reformador de la Trapa no es en ningún momento ni un libro piadoso, ni una biografía, ni un estudio histórico con el más mínimo rigor. Chautebriand obedece al confesor, pero hace lo que le viene en gana, esto es, lo que puede y sabe, escribir. Y Rancé, su vida, no es más que una excusa para recordar, para añorar un tiempo ido. En esta obrita desigual e imperfecta, lo esencial son los incisos. En ellos vuelve Chateubriand a disfrutar de su escritura, libre y desordenada, que se escapa -al monte de la cabra- a la orden de su confesor y a la exigencia del libro. No es más que un extraño artefacto bastante pintoresco y demasiado profano. No gustó a nadie.

Se le nota en exceso -más bien, Chautebriand no tiene ningún interés siquiera en ocultarlo- que el tema principal del libro, esto es, la edificante vida de Rancé, le interesa poco. Cuando no le queda más remedio que hablar de él -tratándose de su biografía, a veces le resulta inevitable- reproduce extensas citas de biógrafos anteriores o fragmentos extensos de la obra o cartas del propio Rancé o de personajes con él relacionados. Solo cuando escapa de él, disfruta escribiendo, aunque poco tenga que ver -o tal vez por eso- con la vida del reformador de la Trapa. Interesa cuando cuenta algo que no viene a cuento. Mejor que Vida de Rancé, debía haberse llamado Cosas que nada, o muy poco, tienen que ver con la Vida de Rancé.

No sé qué pasa cuando, a pesar de que aparentemente has hecho lo que te han ordenado, no cumples como deberías con la penitencia impuesta. Después de leído el libro, no sé si le llegó a absolver el confesor.

Da un poco igual. Como reconoce en la Advertencia preliminar de la obra:

Nadie me leerá, excepto tal vez alguna sobrina segunda acostumbrada ya a las historias de su viejo tío.

No es más que un revoltijo de anécdotas, un pastiche que pretende rememorar un tiempo ido, un entretenimiento final fruto de la libertad absoluta -en medio de las inevitables limitaciones- que da la vejez. Aprovecha la penitencia de escribir para entregarse a una asociación libre de anécdotas, hechos y recuerdos que deambulan entre las ruinas de su memoria, a menudo, tan deliciosamente, sin coherencia alguna.

La señorita de Montpensier cuenta que en una ocasión necesitaron tres días para vestirla de gran gala; su vestido estaba cuajado de diamantes, con borlas de color rojo, blanco y negro; la reina de Inglaterra le había prestado una parte de sus diamantes…

Mademoiselle, la misma duquesa de Montpensier, hija de Gastón de Orleans, hermano de Luis XIII, salía a pasear en su carroza. Eran los tiempos de La Fronda, de revueltas y agitaciones.

Mademoiselle (…) cruzaba el Petit-Pont en París; su carroza se enganchó con la carreta que entraba todas las noches cargada de muertos; se limitó a cambiar de portezuela, por temor a que algunos pies o manos le dieran en la nariz.

La vida y costumbres de los cardenales y altos personajes de la Curia -como el propio Armand Jean Le Bouthillier de Rancé en la primera mitad de su vida- en nada difería de la de los nobles y reyes.

…pero hay que ser Richelieu para no desmerecer bailando una zarabanda, con castañuelas en los dedos y con un pantalón de terciopelo verde.

Pero Chautebriand, al filo de sus días, y concluidas sus Memorias de Ultratumba, ve disolverse, como el polvo a través de la última luz de la tarde, aquellos años.

Sociedades desaparecidas desde hace ya mucho tiempo, ¡cuántas otras os han sucedido! Las danzas se trenzan sobre el polvo de los muertos y las tumbas crecen bajo las huellas de la alegría. Reímos y cantamos en los lugares regados con sangre de nuestros amigos. ¿Dónde están hoy los males de ayer? ¿Dónde estarán mañana las dichas de hoy? ¿Qué importancia podemos conceder a las cosas de este mundo? ¿La amistad? Desaparece cuando el ser querido cae en desgracia o cuando el que ama llega a ser poderoso. ¿El amor? Es engañado, frágil o culpable. ¿La fama? La compartimos con la mediocridad o el crimen. ¿La fortuna? ¿Podríamos juzgar como un bien esa frivolidad? Quedan esos días llamados felices que transcurren ignorados en la oscuridad de los quehaceres domésticos, y que no dejan al hombre ni el deseo de perder ni el de recomenzar la vida.

¿Qué queda entonces?

Hay un grato silencio en torno a todos estos asuntos, hoy tan completamente ignorados: nos transportan al pasado. Aunque hurgarais en estos recuerdos que se deshacen en polvo, ¿qué sacarías de ello sino una nueva prueba de la nada del hombre? Son ilusiones ya muertas que unos fantasmas reviven en los cementerios antes de las primeras luces del alba.

Ese mundo de miriñaques, pelucas y rostros empolvados había desparecido.

La princesa de Lamballe, cuando niña, iba a jugar allí; fue asesinada después de la devastación del monasterio. Su vida se desvaneció como ese gorrión de una barca del Ródano que, herido de muerte, hizo zozobrar con su aleteo el bote sobrecargado.

Ya en la segunda parte de la obra, se acuerda de Rancé, y aunque cambian los protagonistas y el tema de la narración, el tono es el mismo.

Por todos los caminos de la Trapa se encontraban fugitivos del mundo; Rancé, desafiando todos los peligros, los iba a recoger; volvía trayendo en los pliegues de su hábito, cenizas ardientes que sembraba sobre las tierras baldías para abonar los desiertos con pedazos de pasiones.

Porque…

…no nos libramos cuando queremos de los sueños; nos debatimos dolorosamente contra un caos en el que el cielo y el infierno, el odio y el amor, la indiferencia y la pasión se mezclan en una confusión espantosa. Entonces, viejo viajero, sentado al borde del camino, Rancé hubiese contado las estrellas sin confiar en ninguna, esperando la aurora, que no le hubiese traído más que el hastío del corazón y la desgracia de los años.

Chautebriand ni siquiera reconoce su tierra natal. Aunque hay algo que permanece.

Todo ha cambiado en Bretaña, salvo las olas que cambian siempre.

Ojos de antimonio

I

Deliciosamente torturado por una leve resaca y oculto tras unas oscurísimas gafas de sol que protegían sus hipersensibles ojos del martilleante sol que rebotaba, redoblando su intensidad, contras las cercanas colinas de Hollywood, leía con desgana una novelita francesa del siglo pasado. Era el encargado de los decorados -de su diseño y de su construcción- y del vestuario -de su diseño y de su confección- de uno de los más grandes estudios de la ciudad. Ahora estaban de moda esas espectaculares superproducciones de época. Por eso le habían contratado. Recrear la antigua Roma o el enigmático Egipto era su trabajo. No sabía por dónde empezar y anoche bebió demasiados dry-martinis.

Pero enseguida esa leve resaca y esa desgana desaparecieron. Poco a poco, ante sus estupefactos y emocionados ojos, ocultos por la penumbra de los cristales excesivamente ahumados, fue levantándose como por arte de magia una imponente ciudad egipcia. Aunque no era más que un espejismo, era espléndida y estaba perfectamente delienada.

En la novela que tenía entre las manos se sucedían decenas y decenas de páginas llenas de morosas y exactas descripciones, tanto de edificios y ornamentos, como de mobiliarios, armas de guerra, vestidos de sacerdotisas o ajuares de faraón. Las amplias avenidas de la ciudad -golpeada, como ahora, por un inclemente sol- desembocaban en el fastuoso Nilo, surcado por elegantes barcazas de triangulares velas blancas. A los lados se levantaban ciclópeos muros con sillares del tamaño de una casa entera. Los jardines de los palacios de los nobles bordeaban lisos estanques en los que se sostenían solo con un finísima pata elegantes ibis que parecían haberse desprendido de los frisos que aparecían pintados en las paredes. Los ropajes y demás ornamentos aparecían descritos con una exhaustividad enfermiza. Aquí, en esta novelita francesa del siglo pasado, estaba todo. Ya sabía cómo vestir a Yul Brynner de faraón, cómo serían los jardines del palacio de Elizabeth Taylor… Incluso, en el tramo final de la historia, describía cómo Charlton Heston separaría las aguas.

El sol brillaba en su máxima altura de la misma manera que hacía miles de años brillaba sobre las orillas del Nilo, calcinando las montañas líbicas que se recortaban al fondo. Cerró el libro y se dirigió a los estudios en su viejo buick cuyos faros apagados destellaban al mediodía como la rapada cabeza del faraón.

II

Allá por los inicios del siglo XIX surge, bien como moda, búsqueda o necesidad, un nuevo interés por las civilizaciones del pasado ya desaparecidas, y si ya durante la Edad Media este interés -y esta recuperación- se centraba en los textos -griegos y romanos, especialmente-, aquellos románticos, pálidos y decimonónicos, buscaban los restos reales -ruinas, restos, piezas- de aquellos pueblos antiguos. Son los años del descubrimiento -y consiguiente saqueo- de Pompeya, de los templos griegos, de las pirámides de Egipto…  Y, casi a la vez, los novelistas pasan a fabular historias ambientadas en aquellos siglos idos y en aquellos lugares misteriosos y desolados. Más que novelas históricas, muchas de ellas son casi arqueológicas.

Como ésta -que debieron leer con delectación y particular aprovechamiento, los encargados de realizar los espectaculares decorados de cartón piedra de las películas de Cecil B. de Mille- que Théophile Gautier (Tarbes, 1811-Neuilly-Sur-Seine, 1872) publicó como folletín en un periódico en 1857: La Novela de una Momia.

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Gautier, además de poeta, novelista y pertinaz viajero, fue -o intentó serlo- pintor en su juventud y, tal vez por esto, en su prosa prima una predilección por describir con minuciosidad lugares y ambientes, vestimentas y adornos, escenas y caracteres, dejándose llevar sin ningún recato por este afán pictoricista, casi de orfebre.

La Novela de una Momia -una de las primeras novelas inspiradas en el Antiguo Egipto- traslada al lector a los tiempos de los faraones. La historia, un amor imposible -en el que la bella Tahoser, hija del gran sacerdote Petamunoph, se enamora de un judío, mientras que el mismo y todopoderoso faraón anda hechizado por ella- que se ve enredado al final con la odisea de la marcha y liberación del pueblo judío, esclavo durante siglos de los egipcios, acaudillado por Moisés, es lo de menos.

No es más que una simple excusa para levantar ante nuestros atónitos ojos un mundo completo, el del antiguo Egipto, con una minuciosidad que llega a ser exasperante. Las páginas, por centenares, en las que se describen escenarios, alardes arquitectónicos, vestimentas, motivos decorativos, costumbres, armas de guerra, terminan por ahogar la historia, que la ventila con menos minuciosidad y algo más de prisa. Lo que se levanta es un mundo propio que pretende fascinar. Si no llegas agotado y no has tirado antes la novela al rincón de los libros olvidados ya para siempre, donde debe andar.

Pero la precisión y la riqueza de lo descrito nos invitan, si tenemos una paciencia a prueba de bombas o simplemente no tenemos otra cosa mejor que hacer, a un festín de exquisita voluptuosidad. El lector, entre aburrido y exasperado por tantas descripciones, hará bien entonces en sentirse como el faraón que acaba de regresar de una de sus campañas:

Bellas esclavas desnudas, cuyo esbelto cuerpo ofrecía el gracioso trasunto de la infancia a la adolescencia, y cuyas caderas cubría un fino cinturón que no velaba ninguno de sus encantos, con una flor de loto en sus cabellos y una copa de alabastro en la mano, se acercaron tímidamente al faraón, vertiendo aceite de palma sobre sus hombros, los brazos y el torso, brillantes como el jaspe. Otras sirvientas agitaban junto a su cabeza grandes abanicos de plumas de avestruz pintadas, unidas a mangos de marfil o de sándalo que, cálido por la presión de sus bellas manos, exhalaba un olor delicioso; algunas elevaban a la altura de la nariz tallos de ninfea de abierto cáliz.

Ya abierto el apetito, se agradece un festín menos retórico y más tangible que el de las palabras:

Empezó la comida. Los manjares, llevados por etíopes desde las inmensas cocinas del palacio, donde mil esclavos se ocupaban, entre una atmósfera de fuego, en preparar el festín, eran puestos sobre almohadones a alguna distancia de los invitados. Fuentes de bronce, de madera olorosa ricamente tallada, de tierra cocida o de porcelana esmaltada de vivos colores, contenían cuartos de buey, muslos de antílope, gansos, siluros del Nilo, pasteles alargados en forma de tubos rollados, pastelillos de sésamo y de miel, sandías de verde corteza y pulpa roja, rubicundas granadas y racimos de color de ámbar o de amatista. Guirnaldas de papiro coronaban estas fuentes con sus verdes hojas; las copas estaban también rodeadas de flores, y en el centro de las mesas, montones de panes de rubia corteza, llena de dibujos y jeroglíficos; había un gran vaso, del que se desprendían multitud de mirtos, flores de granado, alboholes o convólvulos, heliotropos, seriphium y periplocas, alternando sus colores y confundiendo sus perfumes.

La sobremesa de estos egipcios era algo más entretenida y disfrutable que la nuestra:

Entraron después las bailarinas. Eran delgadas, airosas, flexibles como serpientes; sus grandes ojos brillaban entre las líneas negras de sus párpados, y los dientes de nácar lucían entre los rojos labios. Largos tirabuzones golpeaban sus mejillas; algunas llevaban una amplia túnica de rayas blancas y azules que flotaba como niebla alrededor de su cuerpo; otras, una sencilla falda plegada que empezaba en las caderas y concluía en las rodillas, permitiendo admirar sus piernas, tan elegantes y finas, y sus muslos, nerviosos y fuertes.

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Pero tengo que dejar de traer más párrafos como estos para no aburrir -yo también- al lector, si hay alguno que ha podido llegar hasta aquí.

La historia de amor, previsible a más no poder, y propia, como era en realidad, de un folletín, tiene la única virtud de aligerar el peso de tanto Egipto. Es una historia arrebatada, porque, debido al clima, no podía ser de otra manera:

El sentimiento del amor no es igual en las cálidas regiones abrasadas por aire de fuego que en las orillas hiperbóreas, donde la calma desciende del cielo con la escarcha. No es sangre, sino lava, lo que por las venas circula…

Luego, sin venir a cuento, llega Moisés para liberar al pueblo judío. Y ese mundo como de perfil, fascinante y enigmático, del antiguo Egipto da las primeras muestras de decadencia. Empieza a desvanecerse como un espejismo. Abandonamos las verdes y feraces riberas del Nilo para iniciar nuestra penosa travesía del desierto. Que aún dura.

No era ya el verde valle de Egipto el terreno que atravesaban, sino llanuras erizadas de movibles colinas y estriadas por ondas como la superficie del mar: la tierra desolada dejaba ver sus huesos; duras y anfractuosas rocas, de extrañas formas, como si las hubieran pisoteado animales gigantescos cuando la tierra se encontraba aún en el estado de légamo, el día en que el mundo emergía del caos, alteraban la llanura y rompían a los lejos con bruscos salientes la línea plana del horizonte, fundido con el cielo en una zona de rojiza bruma. A enormes distancias crecían palmeras, extendiendo sus polvorientos penachos cerca de algún arroyo, frecuentemente seco, en el que los sedientos caballos removían el cieno con sus ensangrentados hocicos.