Se necesita un amigo

Un enemigo puede arruinar a un hombre en parte; pero se necesita un amigo bienintencionado y con poco sentido de la oportunidad, para completar la catástrofe y hacerla perfecta.

Mark Twain. Cabeza de Chorlito. 1894

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¡Oh aceras!

¡Oh aceras, refugios del lodo y del flâneur, os saludo; los momentos más felices de mi tierna juventud fluyen por tus baldosas, por tu granito, por tu calzada, por tu asfalto! Porque durante mucho tiempo caminé sin rumbo y, en adelante, espero seguir haciéndolo todavía.

El verdadero flâneur camina en un sentido hasta que un coche que pase delante de él, un apuro cualquiera, un escaparate que hace esquina, un empujón o un codazo le invitan a tomar otra dirección. De accidente en accidente, de empujón en empujón, el flâneur va, viene, vuelve otra vez y puede acabar encontrándose o muy cerca o muy lejos de su casa, según los designios del azar.

El verdadero flâneur no se aburre jamás, se basta a sí mismo y encuentra en todo lo que tiene delante algo con lo que alimentar su inteligencia.

Cualidades del flâneur:
Ser alegre cuando es posible.
Reflexionar cuando es necesario.
Observar siempre.
Algo de originalidad.
Una mente despierta.
Un poco de formación.
Y, sobre todo, una capacidad de suspender la conciencia.

Louis Huart. Fisiología del flâneur. 1841

Todos los adolescentes llevan una carta en la mano

En la plaza Unschlitt de Núremberg, la tarde del 26 de mayo de 1828, apareció sin más, sin que nadie supiera nada de su procedencia o de su historia, ni cómo llegó hasta allí, un adolescente con una carta en la mano. Se mantenía de pie, impávido, no asustado, más bien asombrado. Esperando el qué. No se podría decir si había sido expulsado de algún sitio o, por el contrario, rescatado. Estaba simplemente en la plaza.

En la carta que sostenía como si fuera a entregársela a alguien, un desconocido solicitaba que se hicieran cargo del muchacho y lo alistaran en el regimiento de caballería. Pronto se congregaron algunos curiosos a su alrededor que empezaron a hacerle preguntas. El joven contestaba siempre lo mismo: “Quiero ser jinete como lo fue mi padre”.

He leído la historia real de este joven que escribió Paul Johann Anselm von Feuerbach, célebre jurista alemán, autor del código penal de Bavaria y uno de sus tutores. Escribió numerosos libros relacionados con la jurisprudencia, pero su libro más famoso es Kaspar Hauser. Ejemplo de un crimen contra la vida interior de un hombre (editado aquí por Pepitas de Calabaza).

Pronto se descubrió que aquel adolescente había pasado toda su infancia -un mínimo de doce años- encerrado en una pequeñísima habitación oscura, apenas más grande que una celda, y sin ninguna relación con el mundo exterior. Solo recordaba a la persona que le traía el pan y el agua, sus únicos alimentos, y unos caballitos con los que jugaba y a los que adornaba con cintas.

Hasta donde alcanzaba su memoria había vivido siempre en un agujero -un aposento pequeño y bajo al que a veces también llama jaula-, en donde se la pasó sentado sobre el suelo, descalzo y con apenas una camisa y unos pantalones de cuero con una raja atrás. En su aposento nunca había escuchado un ruido, ni de personas ni de animales o cualquier otro. Nunca había visto el cielo, ni percibido jamás la luz del sol. La diferencia entre el día y la noche era algo que no había conocido, mucho menos había llegado a ver las bellas luces del firmamento. Junto a él había un agujero en el suelo -probablemente con una olla-, en el que hacía sus necesidades. Cada vez que se despertaba, encontraba a su lado un pan y una jarra de agua.(…) En su agujero tenía dos caballos de madera y distintas cintas. Con esos caballos se entretenía todo el tiempo que estaba despierto; su única ocupación era hacerlos andar a su lado y colgarles o abrocharles primero de una manera y luego de otra las cintas que poseía. Así pasaba un día tras otro; pero no le faltaba nada, nunca había estado enfermo, no había sentido ningún dolor, con excepción de una vez, y en general le iba allí mejor que en el mundo, donde tenía tantos sufrimientos.

Conservaba una inocencia primordial no contaminada por la educación ni por las relaciones con los demás.

Aunque era capaz de hablar, las palabras eran nuevas, juguetes que podían tener una utilidad, elementos no contaminados por su uso. Así, para Kaspar, perder el conocimiento suponía “hacerse completamente de noche”, y al mirar un vaso de vino tinto en el que penetra un rayo de luz, exclamará: “¡cómo me gustaría beberme algo tan bonito!”.

Cuando cayeron las primeras nevadas del invierno siguiente, mostró gran alegría de que ahora las calles, techos y árboles estuvieran tan bien pintados, y se apresuró a salir al patio para buscar un poco de la pintura blanca, aunque volvió a subir a lo de su maestro llorando y berreando con los dedos bien abiertos, al tiempo que gritaba que la pintura blanca le había mordido las manos.

Pero poco a poco fue perdiendo esa inocencia primigenia con su progresiva y forzada entrada en el mundo civilizado. En los casi cuatro años que duró la socialización forzosa y aplastante, Kaspar pasó de expresarse libre e imaginativamente, a hacerlo como hacían los que le enseñaban, como hacían todos, de una manera convencional y sumisa.

La primera vez que vio la luna creyó que era el sol de espaldas.

Había sido educado, esto es, vuelto del revés por una sociedad atemorizada ante cualquier novedad o cuestionamiento, y convencida de que nada podía haber mejor para él que convertirle en uno de los suyos. Todo lo hicieron siempre por su bien.

Él no sabía qué era eso -un lápiz-, pero había sentido una alegría inmensa al ver que surgían las figuras negras sobre el papel blanco (…) no se cansaba, en su alegría por el nuevo descubrimiento, de dibujar una y otra vez estas figuras sobre la hoja. Esta ocupación casi que le había hecho olvidar sus caballos, aun cuando no sabía lo que pudieran significar esos trazos.

Durante ese proceso de integración y educación fueron muchos los que quisieron enseñar a Kaspar, pero nadie quiso aprender nada de él.

En música solo le atraía lo alegre y lo vivaz. Una vez que le tocaron algo de carácter serio dijo que lo ponía demasiado triste. Triste podía ponerse solo, para eso no necesitaba música.

Pasaron los meses y los diferentes tutores y maestros, y todas sus cualidades singulares desaparecieron finalmente. Se convirtió en un burgués más, probablemente un hombre de provecho. Había desaparecido todo lo que había de extraordinario en él. El proceso civilizatorio había concluido con éxito. Los ciudadanos podían estar satisfechos.

Aunque fue uno de ellos quien lo asesinó.

Su historia acabó trágicamente cuando, sin que se sepa a ciencia cierta el autor ni la razón, fue asesinado el 14 de diciembre de 1833. Desde entonces, las especulaciones sobre su origen y el significado de su leyenda no han dejado de multiplicarse y sucederse. Tal vez porque aún buscamos explicaciones a algo de lo que nos sentimos, íntimamente, culpables.

En 1924, la escritora Klara Hofer compró una casa en Schloss Pilsach, a treinta kilómetros de Núremberg. Había que hacer alguna reforma y, después de tirar un tabique, en su interior se descubrió una estancia subterránea, apenas más grande que una bóveda, que parecía reproducir con exactitud la descripción aportada por Kaspar Hauser de la celda en la que estuvo recluido, cuando era un niño, más de doce años.

Mucho tiempo más tarde, un 13 de marzo de 1982, cuando los nuevos dueños de la casa realizaban nuevas obras de remodelación en el edificio, en esa misma dependencia se encontró, perfectamente conservado, aunque cubierto de polvo, un pequeño caballito de madera.

La penitencia de escribir

Armand Jean Le Bouthillier de Rancé

Ya en el último tramo de su ajetreada vida, el intrigante, egocéntrico, vanidoso, mujeriego y famoso escritor François-René de Chateaubriand (Saint-Malo, 1768 – París, 1848), -del que ya hablamos aquí– se hallaba embarcado en la finalización de sus monumentales Memorias de Ultratumba, que solo podrían ser publicadas después de su muerte para no contradecir al título. Pero ya no quedaba mucho. Su vida -y su tiempo- se escapaba. Su escritura no dejó durante tantos años de dar personal testimonio de ellos. No hay pesar ni remordimientos, solo cierto aire de nostalgia que intenta sostener recreando aquel mundo perdido.

Es en estos años finales cuando su confesor le impone como penitencia, ya que es escritor, que escriba. Pero no cualquier cosa. Que escriba la vida del reformador de la Trapa, Armand Jean Le Bouthillier de Rancé, que después de vivir la primera mitad de su vida entre el lujo de la corte, las partidas de caza, las intrigas de las altas esferas del clero y la admiración de jóvenes y hermosas duquesas y princesas, rechaza todo, se niega a sí mismo, desbarata su fortuna y se consagra a Dios en medio de la más absoluta soledad y las más extremas austeridades y sacrificios. El confesor le impone al viejo Chautebriand como penitencia a sus múltiples pecados, no que rece, sino que escriba, sabiendo el abate que, de alguna manera, toda escritura tiene algo de oración y mucho de expiación.

Se trata, por tanto, esta Vida de Rancé (1844), de un libro con fines piadosos y penitenciales. Pero como la cabra tira al monte, esta biografía del reformador de la Trapa no es en ningún momento ni un libro piadoso, ni una biografía, ni un estudio histórico con el más mínimo rigor. Chautebriand obedece al confesor, pero hace lo que le viene en gana, esto es, lo que puede y sabe, escribir. Y Rancé, su vida, no es más que una excusa para recordar, para añorar un tiempo ido. En esta obrita desigual e imperfecta, lo esencial son los incisos. En ellos vuelve Chateubriand a disfrutar de su escritura, libre y desordenada, que se escapa -al monte de la cabra- a la orden de su confesor y a la exigencia del libro. No es más que un extraño artefacto bastante pintoresco y demasiado profano. No gustó a nadie.

Se le nota en exceso -más bien, Chautebriand no tiene ningún interés siquiera en ocultarlo- que el tema principal del libro, esto es, la edificante vida de Rancé, le interesa poco. Cuando no le queda más remedio que hablar de él -tratándose de su biografía, a veces le resulta inevitable- reproduce extensas citas de biógrafos anteriores o fragmentos extensos de la obra o cartas del propio Rancé o de personajes con él relacionados. Solo cuando escapa de él, disfruta escribiendo, aunque poco tenga que ver -o tal vez por eso- con la vida del reformador de la Trapa. Interesa cuando cuenta algo que no viene a cuento. Mejor que Vida de Rancé, debía haberse llamado Cosas que nada, o muy poco, tienen que ver con la Vida de Rancé.

No sé qué pasa cuando, a pesar de que aparentemente has hecho lo que te han ordenado, no cumples como deberías con la penitencia impuesta. Después de leído el libro, no sé si le llegó a absolver el confesor.

Da un poco igual. Como reconoce en la Advertencia preliminar de la obra:

Nadie me leerá, excepto tal vez alguna sobrina segunda acostumbrada ya a las historias de su viejo tío.

No es más que un revoltijo de anécdotas, un pastiche que pretende rememorar un tiempo ido, un entretenimiento final fruto de la libertad absoluta -en medio de las inevitables limitaciones- que da la vejez. Aprovecha la penitencia de escribir para entregarse a una asociación libre de anécdotas, hechos y recuerdos que deambulan entre las ruinas de su memoria, a menudo, tan deliciosamente, sin coherencia alguna.

La señorita de Montpensier cuenta que en una ocasión necesitaron tres días para vestirla de gran gala; su vestido estaba cuajado de diamantes, con borlas de color rojo, blanco y negro; la reina de Inglaterra le había prestado una parte de sus diamantes…

Mademoiselle, la misma duquesa de Montpensier, hija de Gastón de Orleans, hermano de Luis XIII, salía a pasear en su carroza. Eran los tiempos de La Fronda, de revueltas y agitaciones.

Mademoiselle (…) cruzaba el Petit-Pont en París; su carroza se enganchó con la carreta que entraba todas las noches cargada de muertos; se limitó a cambiar de portezuela, por temor a que algunos pies o manos le dieran en la nariz.

La vida y costumbres de los cardenales y altos personajes de la Curia -como el propio Armand Jean Le Bouthillier de Rancé en la primera mitad de su vida- en nada difería de la de los nobles y reyes.

…pero hay que ser Richelieu para no desmerecer bailando una zarabanda, con castañuelas en los dedos y con un pantalón de terciopelo verde.

Pero Chautebriand, al filo de sus días, y concluidas sus Memorias de Ultratumba, ve disolverse, como el polvo a través de la última luz de la tarde, aquellos años.

Sociedades desaparecidas desde hace ya mucho tiempo, ¡cuántas otras os han sucedido! Las danzas se trenzan sobre el polvo de los muertos y las tumbas crecen bajo las huellas de la alegría. Reímos y cantamos en los lugares regados con sangre de nuestros amigos. ¿Dónde están hoy los males de ayer? ¿Dónde estarán mañana las dichas de hoy? ¿Qué importancia podemos conceder a las cosas de este mundo? ¿La amistad? Desaparece cuando el ser querido cae en desgracia o cuando el que ama llega a ser poderoso. ¿El amor? Es engañado, frágil o culpable. ¿La fama? La compartimos con la mediocridad o el crimen. ¿La fortuna? ¿Podríamos juzgar como un bien esa frivolidad? Quedan esos días llamados felices que transcurren ignorados en la oscuridad de los quehaceres domésticos, y que no dejan al hombre ni el deseo de perder ni el de recomenzar la vida.

¿Qué queda entonces?

Hay un grato silencio en torno a todos estos asuntos, hoy tan completamente ignorados: nos transportan al pasado. Aunque hurgarais en estos recuerdos que se deshacen en polvo, ¿qué sacarías de ello sino una nueva prueba de la nada del hombre? Son ilusiones ya muertas que unos fantasmas reviven en los cementerios antes de las primeras luces del alba.

Ese mundo de miriñaques, pelucas y rostros empolvados había desparecido.

La princesa de Lamballe, cuando niña, iba a jugar allí; fue asesinada después de la devastación del monasterio. Su vida se desvaneció como ese gorrión de una barca del Ródano que, herido de muerte, hizo zozobrar con su aleteo el bote sobrecargado.

Ya en la segunda parte de la obra, se acuerda de Rancé, y aunque cambian los protagonistas y el tema de la narración, el tono es el mismo.

Por todos los caminos de la Trapa se encontraban fugitivos del mundo; Rancé, desafiando todos los peligros, los iba a recoger; volvía trayendo en los pliegues de su hábito, cenizas ardientes que sembraba sobre las tierras baldías para abonar los desiertos con pedazos de pasiones.

Porque…

…no nos libramos cuando queremos de los sueños; nos debatimos dolorosamente contra un caos en el que el cielo y el infierno, el odio y el amor, la indiferencia y la pasión se mezclan en una confusión espantosa. Entonces, viejo viajero, sentado al borde del camino, Rancé hubiese contado las estrellas sin confiar en ninguna, esperando la aurora, que no le hubiese traído más que el hastío del corazón y la desgracia de los años.

Chautebriand ni siquiera reconoce su tierra natal. Aunque hay algo que permanece.

Todo ha cambiado en Bretaña, salvo las olas que cambian siempre.

Ojos de antimonio

I

Deliciosamente torturado por una leve resaca y oculto tras unas oscurísimas gafas de sol que protegían sus hipersensibles ojos del martilleante sol que rebotaba, redoblando su intensidad, contras las cercanas colinas de Hollywood, leía con desgana una novelita francesa del siglo pasado. Era el encargado de los decorados -de su diseño y de su construcción- y del vestuario -de su diseño y de su confección- de uno de los más grandes estudios de la ciudad. Ahora estaban de moda esas espectaculares superproducciones de época. Por eso le habían contratado. Recrear la antigua Roma o el enigmático Egipto era su trabajo. No sabía por dónde empezar y anoche bebió demasiados dry-martinis.

Pero enseguida esa leve resaca y esa desgana desaparecieron. Poco a poco, ante sus estupefactos y emocionados ojos, ocultos por la penumbra de los cristales excesivamente ahumados, fue levantándose como por arte de magia una imponente ciudad egipcia. Aunque no era más que un espejismo, era espléndida y estaba perfectamente delienada.

En la novela que tenía entre las manos se sucedían decenas y decenas de páginas llenas de morosas y exactas descripciones, tanto de edificios y ornamentos, como de mobiliarios, armas de guerra, vestidos de sacerdotisas o ajuares de faraón. Las amplias avenidas de la ciudad -golpeada, como ahora, por un inclemente sol- desembocaban en el fastuoso Nilo, surcado por elegantes barcazas de triangulares velas blancas. A los lados se levantaban ciclópeos muros con sillares del tamaño de una casa entera. Los jardines de los palacios de los nobles bordeaban lisos estanques en los que se sostenían solo con un finísima pata elegantes ibis que parecían haberse desprendido de los frisos que aparecían pintados en las paredes. Los ropajes y demás ornamentos aparecían descritos con una exhaustividad enfermiza. Aquí, en esta novelita francesa del siglo pasado, estaba todo. Ya sabía cómo vestir a Yul Brynner de faraón, cómo serían los jardines del palacio de Elizabeth Taylor… Incluso, en el tramo final de la historia, describía cómo Charlton Heston separaría las aguas.

El sol brillaba en su máxima altura de la misma manera que hacía miles de años brillaba sobre las orillas del Nilo, calcinando las montañas líbicas que se recortaban al fondo. Cerró el libro y se dirigió a los estudios en su viejo buick cuyos faros apagados destellaban al mediodía como la rapada cabeza del faraón.

II

Allá por los inicios del siglo XIX surge, bien como moda, búsqueda o necesidad, un nuevo interés por las civilizaciones del pasado ya desaparecidas, y si ya durante la Edad Media este interés -y esta recuperación- se centraba en los textos -griegos y romanos, especialmente-, aquellos románticos, pálidos y decimonónicos, buscaban los restos reales -ruinas, restos, piezas- de aquellos pueblos antiguos. Son los años del descubrimiento -y consiguiente saqueo- de Pompeya, de los templos griegos, de las pirámides de Egipto…  Y, casi a la vez, los novelistas pasan a fabular historias ambientadas en aquellos siglos idos y en aquellos lugares misteriosos y desolados. Más que novelas históricas, muchas de ellas son casi arqueológicas.

Como ésta -que debieron leer con delectación y particular aprovechamiento, los encargados de realizar los espectaculares decorados de cartón piedra de las películas de Cecil B. de Mille- que Théophile Gautier (Tarbes, 1811-Neuilly-Sur-Seine, 1872) publicó como folletín en un periódico en 1857: La Novela de una Momia.

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Gautier, además de poeta, novelista y pertinaz viajero, fue -o intentó serlo- pintor en su juventud y, tal vez por esto, en su prosa prima una predilección por describir con minuciosidad lugares y ambientes, vestimentas y adornos, escenas y caracteres, dejándose llevar sin ningún recato por este afán pictoricista, casi de orfebre.

La Novela de una Momia -una de las primeras novelas inspiradas en el Antiguo Egipto- traslada al lector a los tiempos de los faraones. La historia, un amor imposible -en el que la bella Tahoser, hija del gran sacerdote Petamunoph, se enamora de un judío, mientras que el mismo y todopoderoso faraón anda hechizado por ella- que se ve enredado al final con la odisea de la marcha y liberación del pueblo judío, esclavo durante siglos de los egipcios, acaudillado por Moisés, es lo de menos.

No es más que una simple excusa para levantar ante nuestros atónitos ojos un mundo completo, el del antiguo Egipto, con una minuciosidad que llega a ser exasperante. Las páginas, por centenares, en las que se describen escenarios, alardes arquitectónicos, vestimentas, motivos decorativos, costumbres, armas de guerra, terminan por ahogar la historia, que la ventila con menos minuciosidad y algo más de prisa. Lo que se levanta es un mundo propio que pretende fascinar. Si no llegas agotado y no has tirado antes la novela al rincón de los libros olvidados ya para siempre, donde debe andar.

Pero la precisión y la riqueza de lo descrito nos invitan, si tenemos una paciencia a prueba de bombas o simplemente no tenemos otra cosa mejor que hacer, a un festín de exquisita voluptuosidad. El lector, entre aburrido y exasperado por tantas descripciones, hará bien entonces en sentirse como el faraón que acaba de regresar de una de sus campañas:

Bellas esclavas desnudas, cuyo esbelto cuerpo ofrecía el gracioso trasunto de la infancia a la adolescencia, y cuyas caderas cubría un fino cinturón que no velaba ninguno de sus encantos, con una flor de loto en sus cabellos y una copa de alabastro en la mano, se acercaron tímidamente al faraón, vertiendo aceite de palma sobre sus hombros, los brazos y el torso, brillantes como el jaspe. Otras sirvientas agitaban junto a su cabeza grandes abanicos de plumas de avestruz pintadas, unidas a mangos de marfil o de sándalo que, cálido por la presión de sus bellas manos, exhalaba un olor delicioso; algunas elevaban a la altura de la nariz tallos de ninfea de abierto cáliz.

Ya abierto el apetito, se agradece un festín menos retórico y más tangible que el de las palabras:

Empezó la comida. Los manjares, llevados por etíopes desde las inmensas cocinas del palacio, donde mil esclavos se ocupaban, entre una atmósfera de fuego, en preparar el festín, eran puestos sobre almohadones a alguna distancia de los invitados. Fuentes de bronce, de madera olorosa ricamente tallada, de tierra cocida o de porcelana esmaltada de vivos colores, contenían cuartos de buey, muslos de antílope, gansos, siluros del Nilo, pasteles alargados en forma de tubos rollados, pastelillos de sésamo y de miel, sandías de verde corteza y pulpa roja, rubicundas granadas y racimos de color de ámbar o de amatista. Guirnaldas de papiro coronaban estas fuentes con sus verdes hojas; las copas estaban también rodeadas de flores, y en el centro de las mesas, montones de panes de rubia corteza, llena de dibujos y jeroglíficos; había un gran vaso, del que se desprendían multitud de mirtos, flores de granado, alboholes o convólvulos, heliotropos, seriphium y periplocas, alternando sus colores y confundiendo sus perfumes.

La sobremesa de estos egipcios era algo más entretenida y disfrutable que la nuestra:

Entraron después las bailarinas. Eran delgadas, airosas, flexibles como serpientes; sus grandes ojos brillaban entre las líneas negras de sus párpados, y los dientes de nácar lucían entre los rojos labios. Largos tirabuzones golpeaban sus mejillas; algunas llevaban una amplia túnica de rayas blancas y azules que flotaba como niebla alrededor de su cuerpo; otras, una sencilla falda plegada que empezaba en las caderas y concluía en las rodillas, permitiendo admirar sus piernas, tan elegantes y finas, y sus muslos, nerviosos y fuertes.

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Pero tengo que dejar de traer más párrafos como estos para no aburrir -yo también- al lector, si hay alguno que ha podido llegar hasta aquí.

La historia de amor, previsible a más no poder, y propia, como era en realidad, de un folletín, tiene la única virtud de aligerar el peso de tanto Egipto. Es una historia arrebatada, porque, debido al clima, no podía ser de otra manera:

El sentimiento del amor no es igual en las cálidas regiones abrasadas por aire de fuego que en las orillas hiperbóreas, donde la calma desciende del cielo con la escarcha. No es sangre, sino lava, lo que por las venas circula…

Luego, sin venir a cuento, llega Moisés para liberar al pueblo judío. Y ese mundo como de perfil, fascinante y enigmático, del antiguo Egipto da las primeras muestras de decadencia. Empieza a desvanecerse como un espejismo. Abandonamos las verdes y feraces riberas del Nilo para iniciar nuestra penosa travesía del desierto. Que aún dura.

No era ya el verde valle de Egipto el terreno que atravesaban, sino llanuras erizadas de movibles colinas y estriadas por ondas como la superficie del mar: la tierra desolada dejaba ver sus huesos; duras y anfractuosas rocas, de extrañas formas, como si las hubieran pisoteado animales gigantescos cuando la tierra se encontraba aún en el estado de légamo, el día en que el mundo emergía del caos, alteraban la llanura y rompían a los lejos con bruscos salientes la línea plana del horizonte, fundido con el cielo en una zona de rojiza bruma. A enormes distancias crecían palmeras, extendiendo sus polvorientos penachos cerca de algún arroyo, frecuentemente seco, en el que los sedientos caballos removían el cieno con sus ensangrentados hocicos.

El polvo de la literatura

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Leer deliciosas novelas pasadas de moda que nadie lee ya, olvidadas y llenas de polvo, en viejas ediciones en las que el papel amarillea peligrosamente, se está convirtiendo últimamente en uno de los pequeños placeres que aún me confortan en estas cada vez más largas temporadas en las que me retiro a la campiña, alejado definitivamente de las novedades y el ruido. Tienen argumentos exagerados y previsibles y están escritas con una retórica antigua e insufriblemente engolada. Sin embargo, por malas que sean, siempre se percibe la mano del autor, artesano más o menos hábil, dirigiéndolo todo, controlándolo todo como un pequeño dios burgués que ha fabricado, aunque en algo más de siete días, su mundo personal y propio, felizmente acotado entre la primera y la última página. Me gusta sentir que alguien me lleve de la mano, aunque también, demasiado a menudo, me resulte irritante, me quiera soltar de ella y salir corriendo. Pero al final, al menos durante estos ratos que dura la lectura, es mejor dejarse llevar.

Jules Sandeau es uno de esos autores de esas novelas. Escritor francés nacido en 1811, es autor de una cincuentena de novelas y obras teatrales, de bastante éxito en su tiempo. Destinado por su familia a la carrera jurídica, una vez en París decidió aprovechar su juventud para entregarse a la bohemia, más o menos literaria, en el Barrio Latino. Allí fue amante de una señora casada, Aurore Dupin, con la que llegó a escribir una novela. Más tarde ella seguiría una exitosa carrera literaria en solitario, pero bajo seudónimo masculino: Georges Sand. Los años de juventud pasaron y Jules Sandeau dejó la bohemia y rompió su relación. O fue al revés. Sentó la cabeza y la sentó tanto que llegó a ser conservador de la Biblioteca Mazarino en 1853 y bibliotecario del palacio de Saint-Cloud en 1859. Y desde 1858, miembro de la Academia Francesa. Como ya no se le ocurría nada, se dedicó a llevar al teatro las novelas que escribió en su juventud. Murió en 1883, cuando ya se podría decir que sus obras empezaban a caer en el olvido. Y ahí siguen.

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Fue en 1847 cuando publicó una de sus novelas de más éxito, Mademoiselle de la Seiglière, que ahora, por puro azar, ha caído en mis manos. Ya saben, una vieja edición de la colección Austral con el papel áspero y amarillento. Aunque su prosa aparece deliciosamente lastrada por los nauseabundos y retóricos, banales y reiterativos excesos del peor romanticismo, en su cañamazo deja entrever el andamiaje y el nervio de la novela realista. Que vino para quedarse. Si el amor, el amor imposible y funesto, sobrevuela por toda la obra, lo que al final impone su detestable lógica, es el conflicto entre clases sociales, entre el Antiguo Régimen y la pujante nueva sociedad, primero revolucionaria y muy pronto, domesticadamente burguesa.

Pero esto importa poco. Es una novela francesa del siglo XIX, con todo lo que esto pueda implicar. Ya saben a qué atenerse. Hay que establecer y aceptar ciertas e inevitables complicidades. Leer deliciosas novelas pasadas de moda.

Aquella noche, la señorita de la Seiglière estaba distraída, meditabunda, preocupada. ¿Por qué? Ella misma no sabría decirlo. Amaba, o al menos lo creía, a su prometido; poseía gracia y belleza, amor y juventud, nobleza y fortuna; todo era a su alrededor dulces miradas y sonrisas agradables; solo caricias y encantos parecía ofrecerle la vida. ¿Por qué, pues, aquella opresión de su pecho juvenil? ¿Por qué aquellos bellos ojos velados de tristeza? Organismo fino y quebradizo, naturaleza delicada y nerviosa, ¿temblaba acaso como las flores al acercarse la tempestad, porque presentía su destino?

Vivían entonces, como ahora, tiempos de zozobra.

Nada como la adversidad afina y desenvuelve tanto en el hombre los mañosos instintos de cuya ensambladura y perfecto acoplamiento surge ese endiablado genio que se llama genio de los negocios. Y ningún momento más propicio para ello que el que nos ocupa. Época de ruina y reconstrucción; si las viejas fortunas se desbarataban como castillos de naipes, las nuevas, en cambio, surgían como las setas tras la lluvia torrencial. Todas las ambiciones encontraban salida; los advenedizos inundaban el suelo; los particulares se enriquecían, de un día para otro, con atrevidas especulaciones; sólo el Estado, en medio de la prosperidad general, se encontraba en la miseria.

Los conflictos también eran generacionales. La juventud elige caminos peligrosos.

-Vamos, vamos -dijo el marqués con aire cariñoso y sentándose junto a Elena-; está muy bien eso de seguir el camino que Dios nos señale: no sería posible encontrar mejor guía; desgraciadamente, Dios, que da comida y abrigo a las crías de los pájaros, no se muestra tan liberal con los hijitos de los marqueses. Es muy bonito decir: ¡Vámonos donde Dios nos lleve! A las imaginaciones juveniles les agrada esto mucho. Pero cuando, emprendida la marcha y andadas seis leguas, llega la noche, y la perspectiva, con ella, de acostarse sin cenar y a la luz de las estrellas, el camino de Dios comienza a antojarse un poco rudo.

Pero, como dijimos, el cinismo y el realismo habían llegado para quedarse.

Tenéis enemigos; pero ¿qué hombre superior no los tiene? Compadezcamos al infeliz, tan dejado de la mano de Dios como de los hombres, que no tenga dos o tres. Con arreglo a esto, vos tenéis muchos; ¿podría ser de otro modo? No sois popular, y así debe ser, pues la popularidad, en todo, no es sino el remate de la tontería y el sello de la vulgaridad. En resumen: tenéis la alta honra de ser aborrecido.

Cierro el libro y estornudo. El rugoso papel es como si se estuviera empezando a deshacer y un fino y desagradable polvillo me llega a la nariz. Atchís. Hace un día demasiado bueno como para seguir leyendo.

Laura Permon

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Con cierto disgusto, después de haberse vestido y peinado especialmente para la ocasión, se sentó justo al lado del gran ventanal por el que entraba la dorada luz de la mañana que, después de jugar sobre la abierta superficie de la desembocadura del gran río y de rebotar contra las suaves colinas que arropaban los jardines del palacio, entraba con desenvoltura y sin pedir permiso en la amplia estancia en la que un hombrecillo nervioso y diminuto como una ardilla trajinaba con frascos de pintura y pinceles sobre la superficie mínima de un óvalo brillante.

Estaba pintando el retrato de Laure-Adélaide Saint-Martin-Permon, ahora ya, después de su matrimonio, Laure Junot, también conocida como duquesa de Abrantes, título que Napoleón acababa de conceder a su marido, el general Junot.

Nació en Montpellier en 1784 y murió en París en 1838. Su madre, perteneciente a una de las más importantes familias de Córcega, aseguraba ser descendiente de los emperadores bizantinos. Ya en París, el joven Bonaparte frecuentaba los salones de su casa, interesándose vivamente por la deliciosa hija. Pero a los 16 años, Laure contrajo matrimonio con Andoche Junot, el más joven general de Napoleón. Durante los convulsos e inestables años del Consulado y el Imperio participa de la vida cortesana y es asidua a los más destacados salones de París, en los que no pasan desapercibidos su inteligencia, su espíritu cáustico y su afición por el lujo, que a menudo raya en la extravagancia.

Su marido ocupó diversos cargos políticos – fue gobernador de París, embajador en Portugal, gobernador de Parma y de las provincias ilíricas- y participó activamente en las continuas campañas militares que se sucedieron estos años, en particular la ocupación de Portugal, que le valió el título de duque de Abrantes, y la guerra de España. Pero todo acaba torciéndose, y  Junot empieza a sufrir ciertos desequilibrios mentales que le hacen, primero caer en desgracia y más tarde suicidarse en 1813.

Laure Junot, debido no solo a su reciente viudez, sino a su derrochador afán durante estos años por el lujo y la vida cortesana, se encuentra agobiada por las deudas. Como quien se agarra a un clavo ardiendo y para hacer frente a sus numerosos gastos, decidió dedicarse a la literatura. Además, el Imperio ha caído y Napoleón no es más que un usurpador.

Escribe y publica con su título nobiliario obras de muy diverso tipo, aunque sobre todo destaca por su producción memorialística, entre ellas, sus monumentales Mémoires (1831-1835), que ocupan dieciocho volúmenes, en las que pasa revista a los acontecimientos de los que fue testigo, desde la Revolución hasta la Restauración. Las redactó con la ayuda de un jovencísimo -y aún desconocido- Honoré de Balzac, que, tanto tiempo escribiendo a cuatro manos, terminó siendo su amante.

También merecen ser recordadas su Histoire des salons de Paris (1837-1838, en 8 volúmenes) y los Souvenirs d’une ambassade et d’un séjour en Espagne et en Portugal (1837).

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La parte dedicada a Portugal apareció traducida al castellano por Alberto Insúa, primero en Buenos Aires, en 1945 y luego en Madrid en 1968 (Espasa Calpe, col. Austral) con el título Portugal a principios del siglo XIX. Recuerdos de una embajadora.  Y es este librito el que he estado leyendo estos días, después de haberlo comprado en uno de esos efímeros puestos callejeros que algunos rumanos que recogen papel y cartones, hierro y cobre, han decidido extender directamente en el suelo y llenarlos de libros que rescatan de algún contenedor o de la basura, porque se han dado cuenta de que, por muy baratos que los vendan, siempre les darán más por ellos que si los vendieran al peso.

La duquesa desgrana recuerdos, anécdotas, frases ingeniosas y semblanzas maliciosas para satisfacer la curiosidad de sus contemporáneos, pero también para recrear ese mundo perdido, para volver a dar vida, de alguna manera, a aquellos años, acaso los mejores de su azarosa vida. Mientras escribía en una oscura y fría habitación de un palacio venido a menos, arruinado en parte y mordisqueado cada vez con mayor voracidad por los acreedores, aún creía oír las músicas de las fiestas, el despreocupado rumor de los saraos y los secos taconazos de los jóvenes tenientes en las recepciones.

Laure, inteligente, vivaz y delicada, ingeniosa e irónica, vive y recorre en aquellos años Lisboa, Queluz, Sintra, Coimbra… lugares que no olvidará nunca.

Llegué a Lisboa el Viernes Santo, pero mi presentación oficial no tuvo efecto hasta dos meses después.
Hacía ya calor y la campiña de los alrededores se brindaba a los ojos encantadora. Me propuse gozar de tanta belleza natural y todas las tardes salía a pasear en góndola por el Tajo, unas veces para dirigirme a Almada y otras para remontar el río hasta Saccavin. Cuando no, aprovechando la brisa del anochecer, llegaba en calesa hasta Pedrosa, donde la duquesa de Cadaval poseía una quinta admirable.

El mundo no solo le pertenecía, sino que era amable.

Recibía diariamente, daba dos bailes al mes y a menudo conciertos. Todas las noches el cuerpo diplomático se reunía en mi casa. Y mientras los caballeros jugaban al whist, las damas y yo, en otro salón, bailábamos al son de la música del piano, o simplemente le tocábamos, o bien nos entreteníamos en hacer charadas y proponernos adivinanzas.
Alrededor de la medianoche servíase el té…

Así describe, después de haber sido recibida por la reina, a su camarera mayor:

Era, como ya he dicho antes, una mujer vieja, oscura de piel, bajita, seca y muy fea. Por lo agrio de su humor creí que sería una solterona. Resultó que era viuda.
Compadecí a su marido. Pero no por haber muerto…

Fueron años que recuerda con emoción y al escribir sobre ellos, la reconfortan.

Mi amistad con los Lebzeltern era íntima. Todas las tardes, después de comer, montaba en un asno para tomar el té y pasar la velada con mis amigos. Salía a la hora del crepúsculo, cuando la brisa del mar, fresca y fragante, me acariciaba el rostro, después de haber volado sobre los bosques de Sintra y los huertos de limoneros y naranjos en flor.
Llegaba al palacio, Charlábamos… Tomábamos el té y luego, volvíame, a caballo o en asno, a Sintra, acompañada por la luz de las magníficas estrellas que centelleaban en un cielo color pizarra y de aquella luna admirable que esparcía una claridad voluptuosa sobre todo el paisaje.
Algunas noches, cuando la noche era sombría, nos alumbrábamos con antorchas. Y era de ver entonces cómo resplandecían sus llamas, en largos reflejos luminosos, sobre la masa verde oscura que formaban los pinos, las encinas y los laureles de la Peña.

Deja la pluma. Tiene los dedos y la mano entumecidos por el frío. ¿Dónde andará el camafeo con su retrato que le pintaron una luminosa mañana allá en Lisboa? ¿Quién lo tendrá ahora? ¿En qué cajón olvidado? Era tan joven entonces…

Al levantarse decide erguirse un poco más. Después de dar un breve paseo bajo los altos techos de los oscuros pasillos, vuelve a la mesa y escribe:

No depende de nosotros ser felices o desgraciados, pero sí depende de nosotros aceptar cualquier destino con dignidad.