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Posts Tagged ‘literatura siglo XV’

Alfonso -o Alonso- Fernández de Palencia, más conocido, bueno, es un decir, como Alfonso -o Alonso- de Palencia, fue un destacado hombre de letras -historiador, lexicógrafo, cronista real y secretario de cartas latinas de obispos, cardenales y reyes- que nació en 1423, probablemente en Burgo de Osma.

Se educó en el palacio del obispo de Burgos y partió después a Florencia y más tarde a Roma, siempre al servicio de cardenales, donde estudió humanidades con Juan de Trebisonda. De regreso a España ocupa el lugar de Juan de Mena -del que ya les hablé aquí hace ya algún tiempo- como cronista real y secretario de cartas latinas de Enrique IV. Intervino después en las arriesgadas maniobras que concluyeron con la boda de Isabel y Fernando y terminó siendo cronista oficial de la reina Isabel tras su subida al trono en 1475. Años después, en 1492, muere en Sevilla.

La principal obra de Alfonso -o Alonso- de Palencia es la monumental Gesta Hispaniensia ex annalibus suorum diebus colligentis, llamada habitualmente, más bien para abreviar, Décadas, por estar dividida en estos periodos, a la manera de Tito Livio. Cubre los principales hechos acaecidos desde finales del reinado de Juan II hasta los tiempos de los Reyes Católicos. No se molesten en buscarla -si tuvieran la estrafalaria e improbabilísima ocurrencia de intentar leerla- ya que, al menos las tres primeras décadas no se han publicado nunca. Habría que acudir a los escasos manuscritos existentes. Y no es tampoco plan.

También escribió los Anales de la Guerra de Granada y un Tratado de la perfección del triunfo militar. Y ya como lexicógrafo, un Opus Synonymorum –o De sinonymis elegantibus–, en el que se ocupa del estudio de los sinónimos y el Uniuersale Compendium Vocabulorum, el primer diccionario bilingüe latín-castellano, aunque pronto quedaría relegado por el de Nebrija.

También su labor como traductor fue muy importante. Tradujo las Vidas paralelas de Plutarco y Los siete libros de las guerras judaicas de Flavio Josefo.

Pero a lo que vamos -si vamos realmente a algún sitio. De manera accidental, acabó en mis manos un opúsculo latino suyo publicado en 1457, que él mismo se encargo de traducir al más vulgar romance, idioma en el que, por supuesto, he podido leerlo. Se trata de la Batalla campal entre los perros y los lobos, una alegoría escrita con una doble intención, política y personal. Por eso, además, traduce el mismo la obra, para que sea leída en la corte -muy pocos entendían el latín- y esas personas influyentes le puedan ayudar en su objetivo de conseguir el cargo de cronista real que tanto ansía.

Entre la fábula y el exemplum -un poco a la manera de la épica paródica representada por la seminal Batracomiomaquia, o  Batalla de las ranas y ratones-, nos cuela Alfonso -o Alonso- de Palencia una alegoría política, en la que la contienda entre perros y lobos le sirve para describir, y criticar, el tumultuoso momento político que vivían por entonces. Esta fenomenal batalla entre perros y lobos no termina de manera clara ni definitiva. Con esta batalla universal nadie, al final, gana.

Nos habla Palencia, antes de entrar en materia, de los traductores -que nunca, los pobres, salen muy bien parados…

…que luego se atreven a traspasar de lengua limada latina a nuestro corto vulgar muchas escripturas, que no pueden ser trasladadas por alguno, aunque mucho enseñado sea, sin perder la gracia y todo el son y el fruto de la composición y la mayor parte del verdadero significado, en tal manera que lo agudo se torna grosero, y lo muy vivo se amortece del todo, y lo que primero tenía calor y fuerzas, así se resfría y enflaquece, que allende de la injuria fecha a los altos componedores, valdría más nunca leerle…

La loba Amártula, compañera del valiente lobo Harpaleo, al comprobar que no ha regresado de la incursión contra el rebaño custodiado por los fieros mastines, se teme lo peor. Porque…

…los ojos del corazón son más agudos, los cuales ven lo que los mortales ojos acatar en manera alguna no pueden, y sabe el ánimo lo que en los lugares muy alejados contesce. Por cierto, nunca a cosas que bien quisiese vino alguna desdicha que primero no me trajese la mensajería la perturbación intrañable de mi corazón, la cual, aunque luego, cuando turba el espíritu, no señala qué es lo que ha contescido, pero con todo dice, y no yerra, que hay alguna gran causa de afligimiento y dolor.

Pero la guerra es inevitable. Como dice el caudillo de los perros, poniendo de manifiesto la eterna contienda…

…mientras se fallaren montes y campos, mientras que en las selvas haya sombras, mientras que no falleciere humidad en el agua y calor en el fuego, siempre serán contrarios nuestros deseos a los de los lobos.

Uno de los más valientes mastines alardea de su arrojo…

Et si aquesto otorgarle quisiese, non dubdaba dejar en fin de la pelea tan desmenuzados los lobos que le cupiesen en suerte, que escasamente las formigas pudiesen tomar con los sus farmoncillos de las bocas el mayor pedazo.

El capitán de los perros le arenga…

…lanzadvos muy agramente en los enemigos, y muy más agramente, con toda enemiganza, comenzad la lid contra los adversarios enemigables, y con muy fieros dientes siempre vos estudiad de despedazar las sus muy veninosas entrañas fasta haber la victoria.

Finalmente Alfonso -o Alonso- de Palencia le pide a su muy alto señor, a quien dedica la obra, que interceda por él -o sea, que le sea otorgado el puesto al que aspira de cronista real, para poder tener una vida asegurada y tranquila y poder escribir-, porque él sabe…

…qué copia de libros, qué disposición de vivir y qué reposo sea menester a los que dan obra a estudiosa composición, y cuánto es imposible a los menesterosos dar buen fin a cosas loables.

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Crisma (2)

Esta noche, al medio de ella,
cuando todo estava en calma…

natividad-jesus

Ya rebulle la mañana,
aguijemos que es de día…

Juan del Enzina
Égloga representada en la mesma noche de Navidad…
1496

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siervo libre de amor 1

No conviene idealizar nada. Y mucho menos, esas excursiones literarias a siglos lejanos en las que, de vez en cuando, me pierdo intentando evadirme de una realidad demasiado prosaica y conocida. En este caso he metido la pata hasta el corvejón. El único consuelo ha sido el de su brevedad.

Los eruditos consideran el “Siervo Libre de Amor”, publicada en 1439 -esto es, lo suficientemente lejos para marcharse de excursión con ciertas ilusiones y expectativas, tan pronto, en cambio, defraudadas-, como un artefacto literario que podría ser tenido como la primera novela sentimental en castellano.

Las novelas de caballerías empezaban a aburrir -solo las debían leer ya tipos como Alonso Quijano- y surgían, como una nueva moda, las aventuras sentimentales. Estos libros tienen siempre un argumento similar e idealizado y un final convenientemente trágico. El desenlace ha de ser funesto, ocasionado, de manera inevitable, por el choque irreductible de la pasión amorosa con las convenciones sociales. Los amantes quedan siempre espachurrados. El código del honor los condena a una muerte novelesca, teatral, icónica, pero real.

El autor de ésta obrita, Juan Rodríguez del Padrón, lugar donde nació, -o de la Cámara-, paje en la corte de Juan II que termina sus días como fraile, después de marchar a Jerusalén, como novelista deja bastante que desear.

Dirán lo que digan los eruditos, pero su prosa, que intenta reproducir la sintaxis del latín, tiene un asfixiante trasfondo teológico y filosófico medieval, está llena de enigmas y alegorías, de juegos conceptistas sin ninguna gracia, y recurre a un constante uso de la elipsis, que la hacen del todo insoportable. Leerla con una mínima continuidad resulta un castigo.

siervo libre de amor 2

La obrita será la primera y fundacional de todo un género, pero no vale un pimiento de los que tan generosamente se crían en su tierra.

En una epístola que escribe a un amigo explicándole su mal de amores -bajo la forma, tan culta y tan poco directa, de alegoría- incluye la Estoria de dos amadores.

Ardanlier y Liesa se enamoran perdidamente y, para evitar los constantes e insuperables obstáculos que, a todas horas, se encuentran, deciden huir, marchar lejos. Él se gana la vida como el más valiente caballero, admiración de damas y de reyes y envidia de otros, menos diestros, caballeros.

Hasta que regresan ante el rey Creos, padre de Ardanlier. Éste desaparece cuando está de cacería y todo parece indicar que ha muerto. Lleno de ira, el rey Creos culpa a Liesa -embarazada- de la muerte de su hijo muy querido. Con su propia mano, le da muerte. Cuando Ardanlier aparece y se entera de todo lo ocurrido, muere de pena y desesperación.

A su sepulcro -en el que ambos están enterrados juntos- acuden desde entonces todos los leales amadores a dar fe del suyo, en una ceremonia tan ridícula como levemente sacrílega.

Pero prefiero recordar aquí el pasaje inicial de la primera -y más hermosa- fuga de estos dos incautos:

E las fuerças del temor acrecentava en los coraçones de aquellos las grandes furias del amor, de tal son, quel gentil infante, ardiendo en fuego venéreo, que más no podía durar el desseo, por secreto y fiel tratado que al batyr del ala del primer gallo, pregonero del día, fuesen ambos en punto adereçados al partir. Traspuesta la Ursa menor, mensajera del alva, cabalga su dama de rrienda…

Post Scriptum. Preguntarse a qué viene todo esto, todo este tostón, creo, sinceramente, que está de más; porque si nos avenimos a cuestionar esta entrada tan pesada y tan poco interesante, no nos iba a quedar más remedio que preguntarnos, también, por todas las entradas anteriores, acaso menos pesadas y algo más interesantes, pero igual de cuestionables. Así que, mejor, dejémoslo estar. Y sigamos.

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01_cancionero_marques_de_santillana_sEn aquellos lejanos tiempos no era tan raro -aunque en estos de ahora lo pudiera parecer mucho más- que uno de los miembros de una de las familias más poderosas y de más alta alcurnia del reino, a pesar de estar inmerso, más tiempo del que él quisiera, en constantes disputas y luchas, bien entre las distintas banderías políticas y cortesanas, bien entre las antagónicas facciones de la misma nobleza o, incluso, de la propia familia, cuando no lo estaba en la frontal y feroz batalla, que duraba ya siglos, contra la morisma, aprovechara los momentos que le dejaban libre estas ajetreadas e interminables contiendas para leer los escasos libros que circulaban por aquel entonces, traducir viejos autores de otras lenguas o escribir versos a pie contado. Como él mismo decía: “La ciencia no embota el fierro de la lanza, nin face floxa la espada en la mano del caballero”.

Don Íñigo López de Mendoza, hijo del almirante don Diego Hurtado de Mendoza y de su segunda mujer, doña Leonor de la Vega, nació en la villa de Carrión de los Condes el 19 de agosto de 1398 y murió en su palacio de Guadalajara el 25 de marzo de 1458. Ha pasado a la historia de nuestra literatura con uno de sus títulos nobiliarios, el de marqués de Santillana, y fue uno de los escritores más importantes del siglo XV y uno de los próceres -por su sabiduría, alcurnia, dinamismo intelectual y política belicosa- más eminentes de la corte de Juan II.

Siendo niño perdió a su padre. Para defender sus posesiones y evitar que otros miembros de la familia se aprovecharan de tal circunstancia para apropiarse de ellas, además, de paso, de añadirle más poder y tierras, su madre le concertó casamiento con doña Catalina de Figueroa. El único problema era que los contrayentes apenas contaban con diez años de edad, así que los desposorios tuvieron que retrasarse algún tiempo y tuvieron lugar cuatro años más tarde. Ya con catorce años, pues sí parece que estaban para bodas.

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Fue don Íñigo uno de los primeros en percibir que el viejo y castizo goticismo empieza a dar muestras más que evidentes de acartonamiento y decadencia. Él personalmente dio impulso a una intensa actividad humanística de traducción y recolección de libros, que agrupó, en abundante y desacostumbrado número, en la biblioteca de su palacio de Guadalajara. Era ésta un perfecto resumen de los avances intelectuales del siglo XV, desde las novedades italianas (Dante, Petrarca…) hasta el gusto por los autores clásicos, tanto latinos como griegos.

Allí imaginamos al marqués de Santillana disfrutando, en los escasos paréntesis de ocio y estudio que se podía permitir, de algunos poemas traducidos recientemente a la lengua vulgar, como la Eneida de Virgilio, las Metamorfosis de Ovidio o las Tragedias de Séneca…

…e muchas otras cosas en las que yo me he deleytado fasta este tiempo e me deleyto, e son asy como un singular reposo a las vexaciones e trabajos que el mundo continuamente trahe, mayormente en estos nuestros reynos.

Escribió canciones, sonetos, decires narrativos y poemas dialogados, pero estas obras, casi siempre morales y alegóricas, a pesar de sus grandes aspiraciones, o tal vez por ello, no tienen el alto valor poético de sus obras menores, menos ambiciosas, y escritas probablemente sin darles mayor importancia, tan solo para entretener. Ni que decir tiene que son éstas las que mejor han perdurado. Especialmente, sus serranillas, de verso ligero, llenas de rapidez en el giro y de vaguedad al mismo tiempo. Son espléndidos poemitas casi musicales, perfectos.

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En su Doctrinal de Privados nos advierte y recuerda:

Asy como sombra o sueño
son nuestros días contados.

En el Deçir contra los Aragoneses recurre, como haría a menudo, a viejos refranes:

Son peores los abrojos
de coger que de sembrar…

De manera más alegórica, en el Infierno de los Enamorados, nos cuenta sus pasos:

…Ventura,
contra Raçón y Messura,
me levó por do no quería.

Como nave combatida
de los adversarios vientos,
que dubda de su partida
por los muchos movimientos,
iva con mis pensamientos,
que yo mesmo non sentía,
quál camino seguiría
de menos contrastamientos.

Y si alguno critica sus versos, su prosaica manera de escribirlos, le advierte:

…el que deffetos fallare
tome la péñola en mano.

(La péñola es con lo que se escribía entonces, una pluma de ave. Así que si alguien critica o tiene a menos esto que lee, que pruebe él mismo a escribir, a ver qué tal. Porque parecer, parece fácil).

Ya voy acabando. Y lo haré con parte de la Serranilla IX, en la que el caballero le dice a la serrana:

-“Señora, pastor
seré si queredes,
mandarme podedes
como a servidor:

Mayores dulçores
será a mí la brama
que oyr ruiseñores”.

Después de la disputa acaba convenciendo a la áspera serrana:

Asy concluymos
con nuestro proçesso
sin façer excesso,
e nos avenimos.

Y terminó todo, condensado en estos tres escasos y sugerentes versos finales, después de que se avinieran, como podemos imaginar:

E fueron las flores
de cabe Espinama
los encubridores.

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Caballerías

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Casi todo el mundo conoce -o al menos ha oído hablar de ellas- las novelas de caballerías, aunque nadie las haya leído. Pasa un poco lo mismo con el libro que las hizo famosas para el resto de la posteridad. Me refiero, claro, a El Quijote, otro libro que todo el mundo conoce pero que casi nadie ha leído.

Tampoco es obligatorio.

Estas novelas de caballerías gozaron de un éxito extraordinario allá por los siglos XV y XVI. Debían ser como aquellas novelitas del oeste que se podían alquilar en cualquier quiosco de aquellos en los que también se vendían cigarrillos sueltos. O como el cine ahora.

Eran trepidantes historias de aventuras en las que las peripecias se sucedían una detrás de otra sin dejar respirar al lector o a los que escuchaban. Las historias invariablemente acababan bien, pero siempre resultaban apasionantes. Surge el amor y surgen los problemas, las separaciones, y un largo camino de obstáculos y adversidades para recuperar lo perdido, para que se restablezca el orden original. Los caballeros eran esforzados, valientes y fieles, y las damas hermosas y constantes.

De entre nutrido grupo de novelas sin importancia -solo importaba contar una historia admirable, trepidante, previsible y de final feliz- la posteridad -más bien los críticos- solo han salvado el Amadís de Gaula y el Tirante el Blanco.

el conde partinuples

Pero hay muchas más. Por eso me he adentrado -con algo de prevención- en la lectura del Libro del Conde Partinuplés.  Y, bueno, no fue tan terrible. Se trata de una novela francesa del siglo XII –Partinopeus de Blois– que luego fue traducida al castellano –Libro del esforçado cauallero conde Partinuples, que fue emperador de Constantinopla-, probablemente en el siglo XV.

El inicio de la novela nos hace entrar de lleno en el mundo de los encantamientos: la protagonista, cuando niña, podía hacer descender una nube, subirse a ella y andar encima de ella, por los limpios cielos azules.

…hobo el emperador una hija de la emperatriz, que hobo por nombre Melior. Complidos los tres años, era la más limpia e la más sabia de todas las mujeres del mundo, que cuanto le enseñaba la dueña sabía, que más sabía la niña cuando cumplió los ocho años, que sabía hacer descender la nube e sabía andar encima cuando ella quería.

Años después, enamorada del conde, como seguía teniendo mágicos poderes, le llevó a bordo de un misterioso barco, hasta un castillo encantado donde lo tuvo, por así decir, también encantado y preso de ese encantamiento, para gozar allí de él. Lo tuvo un año sin ver a otra persona en el mundo.

E desque ella fue cerca de la cama, desnudose los paños e acostose en la cama. E después el doncel la sintió que estaba acostada, allegose cerca de ella e tomola en sus brazos con muy gran placer. E así estovieron abrazados holgando con el mayor gozo del mundo.

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Pero la dicha muy pronto se acaba, o algo la impide. Hubo, pues, numerosas aventuras, traiciones, abandonos, exilios, luchas y gran torneo final para elegir al mejor caballero del mundo y, de paso, recuperar el amor -y la confianza rota- de la emperatriz.

E luego echaron mano a las lanzas, e fuéronse a dar tan grandes golpes cuanto la fuerza de los caballos los pudo llevar. E de tal guisa se dieron los golpes, que hicieron volar por piezas las lanzas. Luego echaron mano a las hachas, e tan grandes golpes se dieron hasta que saltaron los yelmos de las cabezas. E no se hicieron ninguna cosa. E veyéndose así, echaron mano a las espadas. E diéronse tan grandes golpes que hacían saltar las centellas de los yelmos.

Antes de llegar a la prueba definitiva y superarla, estuvo el conde preso en Damasco, y tuvo, para llegar, que realizar un largo camino de regreso, que hace demacrado y hambriento.

E tanta era la hambre que llevaba, que no podía llevar el yelmo en la cabeza e levábalo  en el arzón delantero de la silla e íbase de pechos encima de él.

Esta imagen me ha recordado al pobre don Quijote después de alguno de sus más sonados desastres. Porque quien devoraba con pasión desordenada los libros de caballería no era Alonso Quijano, sino el propio Miguel de Cervantes.

caballeria

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Si nos parecen estos tiempos que vivimos, duros, caóticos y brutales, es porque no nacimos en el siglo XV. Fueron aquellos años realmente convulsos, en los que cualquier pequeña desafección era castigada con el destierro, cuando no, con la muerte. Era la alta política tan tornadiza que uno ya no sabía a qué bando pertenecía ni a quién tenía que traicionar.

Enrique de Villena nació en 1384 en la más alta aristocracia de la época. Su padre fue Condestable de Castilla y su madre, hija ilegítima del rey Enrique II. Pero aunque tenía una brillante carrera militar y política por delante, siempre mostró inclinación -una inclinación un tanto exagerada y malsana- por los libros.

Con todo, llegó a ser nombrado Maestre de la Orden de Calatrava. Pero consciente de su ineptitud para la guerra y las intrigas, se retira a sus tierras para dedicarse -con más ahínco aún- a lo que le gustaba: los libros. Cada uno se arruina la vida como quiere.

De entre los libros que escribió, tal vez debía haber elegido para leer su Tratado de la Fascinación o del Aojamiento (1425), o el Tratado de la Lepra (1422), o el del Arte Cisoria (1423), en el que aborda el interesante tema de cómo afilar los cuchillos y cómo cortar los alimentos, sin duda todos ellos mucho más entretenidos que el que cayó en mis manos y, de manera irresponsable, a quién se le ocurre, he leído estos días.

Enrique de Villena, cuando escribe, como se cree una mente privilegiada e hiperculta, se empeña, en cada frase, en demostrarlo. El rebuscamiento retórico alcanza tal grado -todo es un puro hipérbaton- que no hay -salvo algún masoquista o pedante- quien pueda con él.

Como el modelo son los clásicos latinos, su escritura, no solo está llena de latinismos y latinajos, sino que calca la misma estructura sintáctica del latín.

No sé si alguien queda por ahí que estudiara latín en el bachillerato. Recordará con angustia los exámenes en los que había que traducir un pequeño texto. Dios mío, no había nada en su sitio, el verbo estaba lejísimos del sujeto, y hasta los adjetivos caían una o dos líneas más abajo de donde estaba el sustantivo.

Pues con Villena, pasa lo mismo. Por ejemplo, escribe …que ya ocho mensuras çirculaciones lunares son al suyo reduzidas prinçipio… para decir que han pasado ocho meses.

A Góngora le hubiera encantado.

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Pero como no soy muy de dejar de leer los libros que empiezo, acabo de terminar -un poco sonado, eso sí- su Tratado de la Consolación (1424), escrito, a la manera de las consolationes griegas y latinas, con motivo de la petición que le hace en una carta Juan Fernández de Valera, escribano de su casa solariega.

La familia de este pobre Juan Fernández había muerto durante la peste que asoló Cuenca en 1422. Así nos lo cuenta:

E en este comedio finó mi muger e una fija mía, e toda mi familia, e Garçi Sánchez mi padre, e mis abuelos Iohan Fernandes e su muger, e dos hermanos míos, e otros sobrinos e parientes e amigos muchos, tanto e en tal manera, señor, que fablando verdat a vuestra alteza, yo me siento muy solo e desabrigado en esta çibdat.

…porque quanto más anda el tiempo, tanto más so perseguido e cruçiado de la tristeza e vanos pensamientos que remedio ninguno non traen, los quales, aunque querría, olvidar non puedo…

Joder. No era para menos.

Nuestro Villena tarda un poco -unas ocho mensuras lunares- en contestarle. Y de paso escribe un tratado para consolación, no solo de su malhadado escribano, sino de cuantos lo pudieran necesitar.

Pero tiene una extraña manera, como veremos, de dar consuelo.

Viene a decir, con múltiples y constantes citas de autoridades latinas, eclesiásticas y medievales, que vivimos en un valle de lágrimas y que los que han muerto -su mujer, su hija, sus padres, dos hermanos, etcétera- han tenido suerte.

Cómo el riso termina en lloro multiciens
Bien sabíades quando dellos ovistes algunos solazes, esfuerços, asoçiaçiones, risas e festividades jocundas, que el término de ello era su contrario, terminando el riso en lloro, los plazeres en dolores…

Y han muerto como es debido. Si hubieran vivido más tiempo, hubieran caído en tentaciones pecaminosas o muerto de peor manera.

¡Quántos linajes de muertes escaparon con ésta! Pudieran en la mar tenpetuosa periclitar e bever con la muerte las aguas saladas, devorados de los bestiales peçes, e con amaritut desçender al infierno; pudieran perderse en los montes, errabundos en la escuridat de la noche, sepultos en los vientres de las bestias crueles e brutas, non fallándose de ellos parte; pudieran arderse en llamas poderosas, vastantes el lugar do fuesen, e sus çenizas ignotas pisadas quiçá de sus parientes ser; pudieran cometer delitos criminosos e por justiçia deméritos cruçiados ser; pudieran sorver poçión venenosa e con angustia e rúgito viçeral terminar sus días; pudieran caer sobre ellos hedifiçios antiguos, e conprehesos, dislaminados, quedar non conosçidos; pudiera rayo tenpestuoso, emiso de negra nuve, flaminarlos…

Vamos, que no hay nada como una peste que te asole la familia. Donde va a parar.

No me acabo de imaginar la cara que se le debió quedar al pobre Juan Fernández cuando leyera este librito.

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Juan_II

Tener inclinaciones intelectuales en Castilla durante aquellos lejanos años de los siglos XIV y XV -bueno, y después también- era una especie de desviación -tal vez tenía algo que ver con cierta debilidad en la sangre- que puede que fuera consentida, y hasta estimada, pero el que las padecía, era mirado por encima del hombro, como con aprensión, por un lado, y con pena, por otro.

En tiempo de los reinados de Enrique III y Juan II, años de conjuras, disputas, venganzas, traiciones y revueltas constantes -todo un fecundo espectáculo de desastres políticos y continuas convulsiones-, nació y vivió Fernán Pérez de Guzmán.

De noble e influyente familia -era sobrino del canciller Pero López de Ayala y, luego, fue tío del marqués de Santillana- su vida transcurrió ligada a los vaivenes de la política cortesana. Participó en diversas batallas y gozó de la estima de Enrique III. Hasta que, después de prolijos avatares, cae en desgracia ante Juan II. Incluso es condenado a prisión y encarcelado.

Una vez fuera, decide abandonarlo todo y se retira a su castillo de Batres, entregado ya solo al estudio y al cuidado de su casa y hacienda, alejado de las reyertas políticas y los encontronazos entre banderías. Más que harto, estaba cansado.

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Escribe Generaciones y Semblanzas en 1450 -el libro que me he atrevido a leer estos días de atrás-, lamentándose de la poca vergüenza de algunos historiadores, interesados, partidistas, aduladores o simplemente mentirosos o fabuladores. Pero no es historia lo que escribe, porque dice no sentirse capacitado.

El libro es un simple registro o memorial de los grandes señores -prelados y caballeros- de sus generaciones, semblantes y linajes, que movieron los hilos del reino durante esos años, bastante torpe y bruscamente, por cierto. No es historia ni biografía, son más bien retratos o bocetos. Conoció a casi todos los personajes que en él aparecen. A unos trata bien -a los que eran amigos y partidarios- y a otros condena -a los que eran enemigos y adversarios. Al menos, no lo esconde.

Es sorprendente. Su concisión y espontaneidad, todavía hoy, perviven en esta prosa del siglo XV. Apenas encontramos restos de la purulenta retórica que infecta los textos de la época. Prefiere ceñirse al asunto e ir al grano. Algo que se agradece.

Como no podía acompañar la semblanza del personaje en cuestión ni con una fotografía o ni con un dibujo, pergeña al inicio de cada una de ellas un boceto -muy directo y claro, con el que, enseguida, nos hacemos una idea- de su aspecto físico en apenas un párrafo. Así describe a don Juan García Manrique, arzobispo de Santiago:

Fue este arçobispo muy pequeño de cuerpo, la cabeça e los pies muy grandes…

También se explaya acerca de las condiciones morales de los personajes que trae. En el caso de don Álvaro de Luna, maestre de Santiago y condestable de Castilla, en cuyas manos estaba el reino, ante la incompetencia y dejadez del rey Juan II, algo se le nota su animadversión contra él. No en vano era el responsable de su caída en desgracia y entrada en prisión.

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Dice de él:

Fue cobdicioso, en un grande estremo, de vasallos e de tesoros, tanto que asi como los idropigos nunca pierden la sed, ansi el nunca perdia la gana de ganar e aver, nunca reçibiendo fartura su insaçiable cobdiçia, ca en el dia que el rey le dava o, meior diría, el le tomava una grant villa, aquel mismo dia tomaria una lança del rey si vacase: ansi que deseando lo mucho non desdeñaba lo poco.

Si entre los nobles caballeros andaban las cosas así, en la más alta curia tampoco se quedaban atrás. Pasaban, en aquel tiempo, cosas curiosas. Por ejemplo, don Pablo de Santa María, que fue obispo de Burgos, era hebreo, de gran linaje de aquella nación. Aunque recientemente convertido, parece cosa impensable en nuestros días.

Otros cardenales eran no muy letrados, no muy devotos, bastante sucios, claramente afeminados y algo violentos. Leamos lo que cuenta de don Pedro de Frías, cardenal de España:

Fue onbre de mediana altura, de buen gesto; non muy bien letrado; muy astuto e cabteloso, tanto que por maliçioso era avido. Non fue muy devoto nin onesto, nin tan linpio de su presona como a su dignidad se convenia. Vistiase muy bien, comia muy solepnemente, davase mucho a deleytes e buenos manjares e finos olores.

(…) En su fabla e meneo de su cuerpo e gesto en la mansedumbre e dulçura de sus palabras tanto paresçia mujer como onbre.

E acaesçio que en la prosperidad de su buena fortuna, estando el rey en Burgos, ovo en su presencia malas palabras con don Iohan de Tordesillas, obispo de Segovia, e ese dia mismo fueron dados palos al dicho obispo por escuderos del cardenal (…)

No deja de ser magnífica la imagen de un cardenal colérico dando la orden a sus ayudantes de darle una paliza a un obispo.

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Ya acabo -por si alguien ha aguantado todo esto y ha sido capaz de llegar hasta aquí- con la descripción que hace de don García González de Herrera, mariscal del rey, hombre delgado y cuerdo, pero con tendencia a la melancolía:

Alto de cuerpo e delgado e buena presona, cuerdo e esforçado, franco e buen amigo de sus amigos, pero muy malenconioso e triste e que pocas vezes se alegraba, e, por esto, dizen que el conde don Sancho, hermano del rey don Enrique el viejo, que lo crio e amo mucho, que dizia que “el nublado de Garçi Gonçalez siempre estaba igual”. Amo mucho mujeres. E es bien de maravillar que franqueza e amores, dos propiedades que requieren alegria e placer, que las oviese onbre tan triste y tan enojoso.

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