No es justo que en una ciudad rica…

De subventione pauperum. Sive de humanis necessitatibus libri apareció en las imprentas de la ciudad de Brujas el año 1526 escrito por Juan Luis Vives, que poco después sería traducido a nuestra lengua como Tratado del Socorro de los Pobres.

De este doctus vir ya hemos hablado aquí hace un tiempo y ahora vuelve la burra al trigo. Su obra es la del perfecto humanista, moralista y reformador, que pretende, con el estudio y el conocimiento, derribar las carcomidas, pero aún resistentes, maderas del andamiaje mental y cultural del Medievo. Y su interés, hoy día, bastante limitado. Pero, con todo, me atrevo y sigo.

Nació en Valencia en el seno de una familia judeoconversa y toda su vida tuvo que buscarse mejores acomodos que los que le ofrecía su tierra natal. Su padre, un notable comerciante, tuvo durante años problemas con la Inquisición hasta que finalmente es juzgado y condenado a la hoguera. Allí ardió. Pero no solo eso tuvo que soportar nuestro autor, sino que, por si fuera poco el escarmiento y el atroz castigo, como su madre también resultó condenada y daba la contrariedad de que había muerto hace unos años, fue desenterrada por orden del alto tribunal y sus huesos quemados públicamente.

Vives marchó muy joven a proseguir sus estudios fuera de su tierra, primero en París y más tarde en Lovaina. Finalmente, después de su periplo británico -en 1523 es nombrado Lector en el Corpus Christi College de Oxford-, será en la ciudad de Brujas en donde encuentra lo que será su ciudad y su hogar. Su renombre llega a todos los rincones de Europa y su fama como escritor se acrecienta a cada paso con su numerosa obra, escrita siempre en latín. Hasta que muere en 6 de mayo de 1540.

Mientras, en su tierra española y valenciana se mantienen vigorosas, espléndidas y pintadas de una brillante e insoportable purpurina, las carcomidas maderas que sustentaban el andamiaje medieval y obtuso de los que portaban el báculo y el cetro y lo dominaban todo con brutal e incontestable autoridad y acendrado desprecio por cualquier atisbo de reforma o progreso.

De su extensa obra ha caído por azar -y leído a salto de mata- este Tratado del Socorro de los Pobres, en el que Vives -al menos eso afirma él- averigua cuál sea la causa de la necesidad y miseria del hombre y en el que se atreve a recomendar a los gobernadores de la república que cuiden y socorran a los pobres que vivan en ella, así como de los beneficios que ello reportaría a la ciudad. Aunque desde una inevitable perspectiva cristiana, incluso propone un conjunto de medidas prácticas para prevenir y evitar la mendicidad. Porque como dice al final de la obra:

…no solo es digno de aprobarse nuestro discurso, sino también de abrazarse y ejecutarse, porque no basta desear bien, si no se ponen manos a la obra cuando se ofrece la ocasión…

Censar a los pobres y recoger información acerca de cada uno de ellos – primeras necesidades, causa de la pobreza y como vivía antes de ser pobre-, es la primera actuación;  después, dejando a los impedidos en hospitales debidamente atendidos, propone un trabajo para el resto. La ociosidad es funesta y madre de todos los vicios. Incluso dispone como beneficioso un trabajo más ligero o adaptado a ellos para los menos capacitados, como viejos, enfermos o ciegos.

Cree obligatoria y necesaria y beneficiosa la intervención de los poderes del burgo para que asistan a los pobres de manera organizada y eficaz, ya que la pobreza mina la armonía de la ciudad. Todo lo funda en la nobleza del trabajo, la caridad del socorro y la luz de la educación.

Son los gobernantes quienes deben hacerse cargo:

A la verdad, así como es cosa torpe para un padre de familia el que deje a alguno de los suyos padecer hambre, o desnudez, o el sonrojo y fealdad de la vileza en el vestido, en medio de la opulencia de su casa; del mismo modo, no es justo que en una ciudad rica toleren los Magistrados que ciudadano alguno sea maltratado de hambre y miseria.

Antes de entrar en materia, se esfuerza en explicar cuál sea el origen de la necesidad y miseria del hombre, que si bien se excede especialmente en algunos, ninguno, finalmente, está libre de ella:

Desnudo el hombre de la inocencia, él mismo cargó con todo para su ruina, se entorpeció el entendimiento y obscureció la razón. La soberbia, la envidia, el odio, la crueldad, un grande número de variedad de apetitos, y las demás perturbaciones, fueron como tempestades movidas en el mar a la violencia del viento. Se perdió la fidelidad, se resfrió el amor, todos los vicios acometieron como en escuadrón, el cuerpo se llenó de miseria al mismo tiempo, y aquellas maldiciones “maldita será la tierra en tu trabajo” se extendieron a todas las cosas en que había de ejercitarse la diligencia de los hombres. No hay cosa alguna, exterior e interior, que no parezca haber conspirado al daño de nuestro cuerpo; hediondos y pestilentes hálitos en el aire, las aguas nada saludables, la navegación peligrosa, molesto el invierno, congojoso el verano, tantas fieras dañosas, tantas enfermedades por la comida. ¿Quién es capaz de contar los géneros de venenos y las artes de hacer el mal? ¿Quién los daños recíprocos que se causan los hombres? ¡Tantas máquinas contra fortaleza tan débil a quien basta ahogar un grano de uva detenido en la garganta, o un cabello tragado, muriendo muchos de repente por causas no conocidas!

Pero es obligación de todo buen cristiano socorrer a los pobres, nuestros hermanos, por mucho que nos cueste hacerlo:

…nos detiene asimismo para hacer bien cierto género de desidia corporal, nacida de la delicadez y del regalo, de tal suerte, que mostrándonos por otra parte muy diligentes y ágiles para la ganancia y el recreo, huimos de todo trabajo y solicitud por más que hubiera de aprovechar al prójimo; caminamos mar y tierra por un pequeño logro; nos metemos en mil peligros por un ligero pasatiempo y deleite, pero por el bien de nuestro hermano aun la menor diligencia, aun el mover la mano, nos parece gravamen insoportable.

La avaricia y el amor desmedido por el dinero nos impiden ser desprendidos con nuestros semejantes más necesitados. Ah, el dinero, que todo lo inficiona:

Aún más, el dinero que no fue al principio sino un medio para adquirir el sustento y vestido, pasó a ser instrumento universal del honor, dignidad, soberbia, ira, profusión, venganza, vida, muerte, imperio, en fin de todas las cosas que medimos por el dinero; subido su precio a un grado tan alto, nadie hay que no juzgue que se han de hacer diligencias para adquirirlo y conservarlo por todos los medios y caminos posibles, con razón o sin ella,  justa o injustamente, y sin distinción de profano y sagrado, lícito e ilícito; el que lo adquirió es tenido ya por sabio, Señor, Rey, hombre de grande y admirable consejo y talento; mas el pobre es reputado por necio, despreciable, y apenas por hombre; esta lamentable opinión, tan recibida de todos, estrecha a que se esclavicen a la fortuna aun aquellos hombres que están por su genio más ajenos al cuidado de ella…

…de modo que se verifica no verse otra cosa más frecuente en las Repúblicas que trabajar los hombres para morir ricos, no para vivir…

Aboga Vives, por contra, por una vida acorde con las exigencias de nuestro preterido espíritu:

…pero el caso es que nos dejamos oprimir y mover demasiado de lo terreno y corporal, y las cosas espirituales no penetran hasta nuestras almas cercadas por todas partes con una carne pesadísima, que hizo ya callo con la costumbre de los vicios.

Pero no son estos -ya no lo eran en 1526 -, buenos tiempos:

Todo esto nos ha introducido en unos siglos llenos de ignorancia, estolidez y barbarie.

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Flérida contrita

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Flérida, contrita, sale, en compañía de las damas, a pasear a la huerta, bajo los naranjos. Hace mucho calor. Apenada y sin descanso posible, su corazón late distorsionado por un amor extraño e imposible. ¿Quién es, entonces, este labrador?, se pregunta día y noche. Ahora, con un hilo de voz, al resguardo de la verde umbría, les dice a sus acompañantes:

Tañed vuessos instrumentos,
que pensativa me siento,
y de un solo pensamiento
nacen muchos pensamientos,
sin ningún contentamiento.

(Gil Vicente sirvió a dos reyes de Portugal como dramaturgo oficial de la corte, una especie de organizador de las diversiones teatrales de palacio, tanto para las festividades religiosas como para las de puro recreo cortesano. Unas veces se representaban, otras se declamaban. Como la corte era bilingüe, escribió muchas de estas obras en castellano.

Allá por el 1522 escribe la Tragicomedia de don Duardos -de donde está sacada la escenita de arriba- en la que, aunando las trasnochadas ideas del amor cortés con las peripecias de los libros de caballerías, desarrolla, bastante toscamente y muy poco teatralmente, el tópico literario del príncipe disfrazado de labrador.

Apenas es una bagatela, un antiguo dije sin más importancia artística que ya no brilla.

Pero en aquellos años del mil quinientos y pico, lucía encantador a la rácana luz de finales de noviembre filtrada por los altos ventanales de palacio. Empezaba a hacer frío. Era entonces cuando, a las decaídas órdenes de Flérida, las damas tocaban sus instrumentos).

Cervantina (y quijotesca)

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I

Soñaba con ser un gran poeta pero a lo que único que llegó es a ser un poeta algo peor que malo, un poeta, como dicen los eruditos, estimable, esto es, mediocre. También lo intentó, con mayor ahínco, en el teatro, aunque en su tiempo la competencia de talentos era feroz y nadie podía aspirar siquiera a compararse con el genio y la prodigalidad de quien dominaba, de manera abrumadora, la escena, un tal Lope. Así que terminó intentándolo en el más prosaico terreno de la prosa.

Probó diversos géneros con una pulcritud y un oficio admirables, transitando primero las bucólicas y soporíferas tramas de la novela pastoril con La Galatea, y atreviéndose finalmente con las peripecias inverosímiles de la novela bizantina. Aquí puso todo su talento, ésta había de ser su definitiva obra maestra. Con ese ánimo escribió para la posteridad Los Trabajos de Persiles y Segismunda, que, sin embargo, fue muy pronto destinada al olvido, de la que solo la rescatan de tarde en tarde desde algún departamento universitario de literatura. Pero Cervantes pensaba que era su obra más acabada y perfecta.

Mientras tanto escribió unas magníficas y pequeñas novelitas –ejemplares– que pertenecían a un género menor. De entre ellas es muy probable que saliera Don Quijote. Tal vez ideada como una pequeña novela de entretenimiento, enseguida, sin saber muy bien por qué, se le fue de las manos. Aunque esta de írsele de las manos no me parece una expresión acertada. Simplemente creció y creció hasta convertirse en la mejor novela -que al final fueron dos- jamás escrita.

II

Por eso, la primera frase del Persiles -“Voces daba el bárbaro Corsicurvo…”- es tan campanuda y sonora que incluso, si lo mides, no es más que un verso, un endecasílabo perfecto para un noble y elevado soneto. Una novela que comienza así, la puedes disfrutar a ratos, aunque muy pronto se hace insoportable.

Y por eso, también, la primera frase del Quijote -“En un lugar de La Mancha…”- no es más que un humilde octosílabo, como tantos otros que conforman los romances que la gente aún puede escuchar entretenida y sin complicaciones. Pretendía Cervantes contar una historia y, en absoluto, escribir una obra maestra.

III

Alonso Quijano-Quijote. Con ese sufijo despectivo que pretende ridiculizarle. Como el de Pierre-Pierrot. O el de Charles-Charlot. O, como en la obra de Beckett, God-Godot.

IV

Magullado, tirado por el suelo, ridiculizado una vez más, después de haberse enfrentado él sólo, don Quijote de La Mancha, contra los gigantes, ve venir acercarse a Sancho para ayudarle a que se levante y comprobar si está o no malherido, y le escucha cómo le reconviene, aunque se diría incluso que con dulzura: “Pero ¿no ve, mi señor, que son molinos?”.

Y Alonso Quijano, el bueno, los mira y comprueba que es cierto, son ahora molinos, simples molinos. Pero achaca la extraordinaria mudanza a malvados encantadores que los han transformado en el último instante por arte de mala magia, y que han querido así dejarle en evidencia para mofa de todos, y robarle la gloria.

Entonces dice don Quijote -y aquí está resumido todo el libro-: “Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible”.

En los confines del Mar Glacial

Así pues, con buena salud tosed fuerte, bebed tres tragos,
abandonad prestamente vuestras preocupaciones,
y oiréis contar maravillas del noble y buen Pantagruel.

Pantagruel no es una novela. Son cuatro. Cinco si contamos el quinto libro, de bastante dudosa atribución. Es lo que pasa también un poco con el Quijote. Siempre dicen que es la mejor novela escrita en español. Y puede que sea cierta la afirmación. El problema es que no es una novela. Son dos.

Por una de esas casualidades que no interesan a nadie, cayó en mis manos el Cuarto Libro de Pantagruel, editado en 1552 y escrito, como las anteriores entregas, por el médico francés François Rabelais. Aunque no había leído éstas, me tiré de cabeza al cuarto libro con bastante inconsciencia.

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Al menos me ha servido para valorar mejor las dos novelas aparentemente paródicas del Caballero de la Triste Figura. No hay color.

Es este cuarto libro pantagruélico una mofa violentamente satírica de los libros de viajes y descubrimientos que proliferaron en el siglo XVI. Es su versión cómica, punki y lenguaraz.

Es un constante vaivén entre la fantasía desbocada -los personajes parece que se han escapado de un cuadro de El Bosco o de Brueghel, creo que El Viejo- y la burla de la erudición libresca. Todo es grotesco y, aunque pretende divertir y hacer reír, también guarda otras intenciones.

La obra pertenece -y no le importa- a la cultura más popular y carnavalesca. El lenguaje de Rabelais es casi siempre escatológico, no le importa llenarse de inmundicias y secreciones. El don que tiene para la invención verbal es prodigioso e imparable.

Pero poco más.

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En uno de los episodios que se suceden, avanza la nave de Pantagruel en busca del oráculo de la Divina Botella cuando se adentran en los confines del Mar Glacial. Allí escuchan palabras…

-Compañeros, ¿no oís nada? Me parece escuchar a gente que habla en el aire, aunque no veo a nadie. Escuchad.

No se oye nada y el barco sigue avanzando lentamente…

…cuando nos pareció que nosotros también las oíamos, o que nos zumbaban en los oídos. Cuanto más perseverábamos en escuchar, más discerníamos las voces, hasta oír palabras enteras.

Empezó a cundir cierto temor entre la tripulación.

El piloto respondió:
-Señor, no os asustéis por nada. Estamos en los confines del Mar Glacial, donde se libró (…) una gran y feroz batalla (…) Entonces se helaron en el aire las palabras y los gritos de los hombres (…) Ahora, pasado el rigor del invierno, al llegar la serenidad y templanza del buen tiempo, se funden y se oyen.

Las palabras, aún congeladas, se pueden tocar y coger con las manos.

-¡Mirad, mirad! -dijo Pantagruel- Ved aquí algunas que se ha deshelado.

Entonces nos echó sobre la cubierta puñados de palabras, que parecían grageas en forma de perlas de diversos colores. (…) las cuales, después de calentarlas un poco en nuestras manos se fundían como nieve y las oíamos realmente.

¿Cuántas de nuestras palabras se quedaron congeladas? ¿Cuándo empezarán a derretirse?

El más docto

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El cuclillo y el ruiseñor cantan hacia la misma época del año, esto es, durante la primavera, desde mediados de abril hasta finales de mayo, más o menos. Y estas dos aves hicieron una competición sobre cuál de las dos tenía el canto más armonioso. Buscaron un juez. Como se trataba de una disputa sobre sonidos juzgaron que el más docto y más adecuado era el burro porque tenía las orejas más grandes que los otros animales. El burro rechazó al ruiseñor porque dijo que no entendía sus armonías y dio la victoria al cuclillo.

Johannes Ludovicus Vives, Exercitatio Linguae Latinae, 1538.

Algún papel moteado con manchitas negras

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1 El autor

Cuando tu padre tiene, durante años, problemas con la Inquisición, sin más motivo que el de su origen, hasta que es, finalmente, condenado a la hoguera, y tu madre, aunque murió hace años, ay, demasiado joven, también es sometida a proceso y condenada, ordenando el alto tribunal que sus restos sean desenterrados y quemados públicamente, no se te ocurre volver a tu país.

Juan Luis Vives, que marchó muy joven al extranjero a proseguir sus estudios, no le quedó más remedio que mantenerse alejado de la inquisitorial España. Eran los primeros años del siglo XVI, en la ciudad de Valencia. Nació, está por demás decirlo, en una familia de judíos conversos.

En 1509 marcha a estudiar a París. Pero tres años después se traslada a Brujas, donde es contratado como preceptor de los hijos de una acaudalada familia de comerciantes de origen valenciano. (Más tarde se casaría con uno de estos niños: Margarita Valdaura).

En 1517 se traslada a Lovaina. Publica varios libros. Su fama de hombre sabio crece por todo el orbe conocido. Le ofrecen la cátedra que dejo Nebrija en Alcalá. Pero le da miedo regresar a España. Continúa, años ha, el proceso de la Inquisición contra su padre. Rehúsa.

En 1523 es nombrado Lector en el Corpus Christi College de Oxford. Durante años es el protegido de la reina Catalina. En 1528, repudiada la reina por el rey, regresa a Brujas. Continúa publicando diversas obras, siempre en latín, hasta que muere de gota en la ciudad flamenca -su seguro hogar durante años- el 6 de mayo de 1540.

Eruditus, doctus vir o studiosus sapientiae…, de cualquiera de estas maneras podría ser definido. Fue un filósofo moralista y reformador de talla universal, un perfecto humanista que luchó por recuperar la independencia de pensamiento a través del conocimiento y por transformar las estructuras mentales y culturales de Medievo. (Gracias wiki).

Su vida fue una huida constante y su patria, el exilio. Huye de la inquisitorial España; huye de los teólogos de Lovaina; huye de la Inglaterra de Enrique VIII… Huye siempre en busca de algo.  Solo la amable ciudad de Brujas -una ciudad mercantil y burguesa- le acoge sin sobresaltos, y él la siente como su verdadero hogar al que regresa siempre.

Mientras, desde España llega el humo asfixiante de los braseros de la Inquisición, atizados por hombres oscuros y mediocres que lo dominan todo allí.

No puede ni siquiera añorar la luz de Valencia. Recuerda a sus padres.

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2 El libro

Entre su extensa bibliografía aparece en 1538, como una obra menor, los Exercitatio Linguae Latinae (o Diálogos). No son más que varios ejercicios de conversación en lengua latina, redactados con el objeto de enseñar dicha lengua a los estudiantes. Durante más de cien años fue un libro escolar muy común en toda Europa.

Un niño va a la escuela, un matrimonio discute, el dueño de una taberna prepara la comida para una boda, unos amigos juegan a las cartas… Estas pequeñas y cotidianas escenas le sirven para adaptar la lengua latina a las nuevas realidades.

Son, además -y es lo que más nos interesa-, inapreciables cuadros de la vida cotidiana de aquellos años, en los que Vives muestra un intenso amor por las cosas pequeñas, por la armonía de los detalles, describiendo, sin más, una existencia prosaica y feliz, doradamente mediocre.

Tienen el encanto de las pequeñas miniaturas flamencas.

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3 Algunos fragmentos

Aquí, el latín se despoja de solemnidad.

Así, uno de los diálogos se titula Vestitus et deambulatio matutina, o lo que es lo mismo, El vestido y el paseo de la mañana. O como este otro, Cubiculum et Lucubratio, que no es más que  La habitación y el estudio nocturno.

Explica a los estudiantes el valor de la escritura en varios de los Diálogos. En uno de ellos dice uno de los personajes:

Manrique. (…) Después dijo que los amigos ausentes podían conversar gracias a las letras. Añadía que en esas islas descubiertas recientemente por nuestros reyes, de donde traen el oro, no parece haberse descubierto nada más admirable que el que los hombres puedan descubrirse mutuamente sus pensamientos desde regiones alejadas entre sí enviándose algún papel moteado con manchitas negras. Porque preguntaban si el papel sabía hablar.

Y más:

Maestro. (…) Los sonidos son los signos del alma entre los presentes y las letras entre los ausentes.

Aunque tampoco hay que excederse:

Lurco. (…) Me pedías que hablase, yo haré que dentro de poco me pidas, me supliques y me mandes que me calle; como el flautista árabe que para empezar a cantar pedía un óbolo y para dejar de hacerlo, tres.

Y mucho menos hay que excederse con la bebida, pero ya sé que es difícil no hacerlo:

Glaucia. La alegría es la puerta de la embriaguez. Nadie se dedica a beber con la idea de emborracharse; pero bebiendo se alegra y a continuación sigue la embriaguez. Ciertamente es difícil marcar el límite de la alegría y mantenerse en él. El paso de la alegría a la embriaguez es resbaladizo.

Será mejor, entonces, que me despida de ustedes:

Plinio. (…) Cántame algo con la vihuela mientras me meto en la cama, como hacían los pitagóricos, para que me duerma antes y mis sueños sean más placenteros.

Valen como crisma, aunque sean tan malos

El frío era tan intenso que los carámbanos que pendían de los aleros de las casas se mantenían, imperturbables y desafiantes, durante todo el día, sin hacer siquiera amago de empezar a derretirse.

Los feligreses avanzaban despacio, con miedo a caerse, hasta la iglesia. Dentro seguía haciendo mucho frío. El vaho exhalado solo desaparecía cuando llegaba bajo el haz de la luz de los velones y las temblorosas luminarias. Era la Navidad de 1578.

(Ese día se representó en la catedral de Huesca la Lucha Alegórica para la Noche de la Natividad de Cristo, Nuestro Señor, compuesta con esmero para la ocasión por Jaime Torres, fraile mercedario que, después de estudiar Teología en la universidad de Huesca, permaneció en ella durante años ocupando diversos cargos. Fue, también, maestro de los hermanos Argensola, eximios y acartonados poetas.

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La obrita no es gran cosa. Una más entre una ingente producción de autos, églogas y dramas litúrgicos, bien de tema navideño, bien pascual, que proliferaron durante el siglo XVI. Luego, más tarde, con los autos sacramentales y el frenesí barroco, derivaría todo hasta el exceso)

Pero aún es pronto para que todo suceda, hace demasiado frío y quedan en la cabeza, musicales e ingenuos, estos versitos de la obra -que valen como crisma, aunque sean tan malos- y que repetimos, incompletos y aproximados, ya en la calle, ateridos bajo los carámbanos y con miedo a resbalar, pensando en otra cosa, mientras regresamos a casa:

Los sotos, los valles amenos,
las fuentes claras y ríos,
los prados de flores llenos,
los duros peñascos, fríos,
están de tristeza ajenos.

Las umbrosas alamedas,
muestran reír y holgarse;
los bosques y arboledas
parecen regocijarse,
según se demuestran ledas.

Pues, ¡qué contento es el ver
el cielo claro y sereno!

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