Foto y cita

Puedo apiadarme de mí, sin la vanidad de la maceración, si el temor no es ya de avergonzarme ante los demás, sino de exceder la medida que sin avaricia me concedo. Si admito mi disposición pasional, en nada debo permitirme estímulos ideados o buscados. Ninguna disculpa cabe frente al instinto que nos previene y no respetamos.

Antonio di Benedetto. Zama. 1956

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Nota a pie de página y cita

Amo las notas a pie de página y, aunque a la mayoría les pueda parecer esta declaración como la confesión -y el reconocimiento- de una de las más extrañas y desviadas parafilias posibles, registradas o no, agradezco a los eruditos que llenen sus ediciones de los clásicos con centenares de ellas, la mayoría innecesarias y redundantes, llenas de abreviaturas y referencias a otras obras igual de ignotas, en las que tan agradablemente me entretengo, interrumpiéndome, eso sí, la tan escasamente plácida lectura.

También algunos otros estrafalarios autores de ficción recurren a ellas de manera inmoderada, como si no les fuera suficiente la página o necesitaran explicar, con más detalle o enrevesamiento, aquello que estaban, en lineal transición de lo narrado hacia la historia narrada, pretendiendo poner en pie, historia, personajes o lo que fuera.

Incluso hay poetas como éste, alto metafísico y lunático ejemplar, que necesitan de las notas a pie de página para acompañar o completar de sentido sus poemas extraordinariamente filosóficos, como en el caso de este Poema al astro de la luz memorial, que podría pasar como uno de los más bellos, inteligentes y clarificadores -aunque la luz proceda del otro astro mayor- poemas dedicados a la luna.

Bueno, y esto es lo me interesa aquí y ahora, y no lo que he escrito en los párrafos anteriores, el caso es que aprovecha la nota final a pie de página del poema para darnos -o dar, sin más- esta recomendación, que no ha dejado de perder vigencia, y más ahora, que los tiempos vienen como vienen, más sabia y necesaria de lo que en un atolondrado principio pudiera parecer:

…recomiéndese también una Psiquiatría Constructiva que procure a cada uno el grado y tipo de locura que ayude a vivir ilusionado; un 10 por ciento de demencialidad, euforia y analgesia por mitades, que nos deshorrorice algo el vivir, que nos desperfile la fiereza del encaramiento que nos pone la Vida; en lugar de perder el tiempo en inútiles clasificaciones forzadas y que ya nada curan de la perfecta salud mental, lucidez que es una condena, súplannos una dosificación útil de demencia.

Macedonio Fernández. Poema al astro de la luz memorial. 1942

Plantita

Pie de foto: Diminuta planta de limonero crecida espontáneamente entre el seto de cipreses que le privan de la luz, de ahí su incierto futuro, a unos dos metros de un gran limonero y un gran pomelo que hay en el patio y que nos sirven de techo vegetal -cuajado ya de verdes limones y verdes pomelos, gordos y redondos como planetas los pomelos, más livianos y pequeños los limones, a la manera de satélites de aquellos- bajo el que nos guarecemos estos días de calor a eso de la una a tomar unas cervezas y unos vinos, mientras, muy de vez en cuando, en alguno de esos inevitables y brevísimos lapsus melancólicos, nos detenemos a mirar esa diminuta planta de limonero que se mantiene verde y lustrosa, con ganas de tirar para adelante, pero, para qué nos vamos a engañar, de futuro incierto e improbable.

Él acaba por convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitado de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad.

Macedonio Fernández. Tantalia. 1930

Notas a pie de página

nota a pie de página

Para leer a David Foster Wallace -escritor de una intensa inteligencia- hay que tener los dedos ágiles. De repente, una de las innumerables notas que encuentras a pie de página -las personas se dividen en dos tipos: aquellas que abominan e ignoran las notas a pie de página y aquellas otras que las leen todas, hasta las más nimias o técnicas, con especial atención, como si en ellas se encontrara la clave para desentrañar el sentido del texto; si perteneces, lector, a las personas del primer grupo, está de más que sigas leyendo; incluso, creo, si eres de las del segundo grupo-, una de esas notas, digo, que te encuentras, inopinadamente, en cualquiera de los relatos o novelas de DFW, te lleva, ya que su extensión es claramente desproporcionada, no solo a la página siguiente, sino a la otra, y otra, y otra más. Los dedos pasan las hojas hacia adelante con miedo de perder no solo el hilo de la historia -que en DFW siempre se ramifica-, sino, físicamente ya, la página original en la que nació la nota. Cuando termina -si tienes la suerte de que esa nota a pie de página no contenga, a su vez -imagino horrorizados a los diseñadores que componen tipográficamente el texto- otras notas a pie no ya de página, sino a pie de la misma nota- esos mismos dedos han de volver a atrás. Así, al leer a DFW no solo ejercitas la mente.

Sin que tenga nada que ver, he descubierto -por casualidad y sin que esto tenga ningún sentido- un  paralelismo curioso entre escritores muy dispares, a los que tal vez solo una la intensidad de su inteligencia.

Anda reuniendo sus artículos y ensayos Rafael Sánchez Ferlosio y este año -o el pasado- ha salido a la luz el primer y -casi- inabordable volumen de los cuatro que hay previstos, y que acoge los textos relativos al lenguaje y la gramática. A modo de anexo se incluye la traducción que hizo el propio RFS de la “Memoria e informe sobre Víctor de Aveyron”, de Jean Itard, un texto clásico de comienzos del siglo XIX que cuenta la experiencia de este médico francés como responsable de la educación de un “niño salvaje” encontrado en 1799 en aquella región francesa.

Esta traducción tuvo una fortuna editorial bastante azarosa, ya que el propio traductor –RFS– añadió algunos comentarios, en forma de notas a pie de página, que no gustaron a los editores: la extensión de estas notas superaba a la del texto que las originó. Las primeras ediciones en castellano del libro de Itard obviaron estas notas o comentarios. Solo más tarde fueron publicadas.

Lo más curioso del caso es que el propio RFS ha dejado escrito que: “Aún estimo aquellas notas como mi mejor producto”.

 

Tal vez debería -ahora sí- cambiar el nombre -o mejor, completarlo- de este cuaderno. No es un cuaderno de notas, es un cuaderno de notas a pie de página. No me queda más que averiguar a qué página pertenecen. De qué libro.

Todo lo iban reflejando los gordos ojos de la jumenta (Vale como crisma)

bethlem

En lo último del refugio había un rodal de gentes con gallaruzas de vellones, con capuces peludos con olor a majada. Ponían sus manos de cepas a la lumbre despertando el rescoldo no como los magos hacían con el fuego divino de sus losas, sino como un fuego terrenal creado para el bien de los hombres. Conversaban mirando a una rinconada donde se guarecía un matrimonio de Nazareth: la mujer lisa, frágil de recién parida, aniñada por la maternidad; el marido tostado, maduro, con sayal fosco y el paño de su frente desatado, y se le juntaban la cabellera aceitosa y la barba que principiaba a encanecer.

Los pastores les daban agua y lienzos con que lavar y aviar el hijo y después se lo pusieron al pecho de la madre. Todo lo iban reflejando los gordos ojos de la jumenta que les trajo de su país y los de un buey echado detrás del pesebre que volvía su cuerna moviendo despacio las quijadas con un crujido de grama, dejando el humo de su morro caliente; y cuando paraba de rumiar se sentía mamar a la criatura.

Gabriel Miró, Figuras de Bethlem, 1916-17

De tan noble corazón

thomas_hardy 2

La muerte de Thomas Hardy -eximio poeta y novelista inglés- originó un curioso conflicto.

En su testamento dejó bien a las claras su deseo de ser enterrado junto a su primera mujer, pero al ser una insigne figura de las letras del imperio británico, los jerarcas de la Cultura y de las Letras reclamaron su cuerpo para que fuera depositado en el Poets’ Corner de la Abadía de Westminster, lugar en el que yacen algunos de los principales literatos ingleses.

Como la segunda esposa del escritor insistía -curiosamente- en respetar el deseo final de su esposo, los prohombres de la Cultura y de las Letras -como siempre, ávidos de pompa y parafernalia- optaron por una solución salomónica.

Transigieron en que fuera extraído el corazón de Hardy para que fuera enterrado, como era su deseo, junto a su primera mujer. Ellos se quedarían con el cuerpo -especialmente frío, ya sin corazón siquiera- para que fuera incinerado y depositado, con todos los honores, en el Rincón de los Poetas de tan magnífica y magnificente Abadía.

En el mientras tanto, el corazón fue depositado encima de la mesa de la cocina de su casa, antes de trasladarlo al otro cementerio. Pero cuando fueron a por él, descubrieron el plato sobre la mesa vacío.

En un rincón de la cocina, el gato de la casa, con las pezuñas de las patas delanteras y el hocico llenos de sangre, se lamía los bigotes. Cuando vio que venían a por él con no muy buenas intenciones salió disparado a encaramarse a los tejados de las casas vecinas.

Como solución de emergencia, a uno de los criados de las casa se le ocurrió que había que ocultar cuanto antes la irreparable desaparición, y que para ello, no había más que sustituirlo por otro corazón. Todos se miraron con cierta aprensión. El criado dijo que ahora volvía.

Al rato regresó con algo envuelto en un papel de estraza que empezaba a empaparse con un líquido sanguinolento. Cuando lo destapó, vieron -aterrados- que apenas había diferencia. Todos en la cocina volvieron a mirarse con cierta aprensión.

Hasta que les explicó que lo había conseguido en la carnicería de la esquina. Todo el mundo sabe que apenas hay diferencias entre el corazón de una persona y el de un cerdo.

Así que obviaron la desaparición de la primitiva pieza de casquería y continuaron con la más modesta ceremonia de enterrar la segunda pieza de casquería junto a su primera -y aún, después de la muerte, amada- mujer.

El gato contempló toda la escena desde el tejado. De esta manera fueron cumplidos los deseos del escritor.

Vida de Alma

alma mahler 1904

En Viena, en el corazón mismo del decadente imperio austrohúngaro, condenado inevitablemente a una rápida desintegración, latían, sin embargo, las semillas del nuevo siglo XX. Las nuevas ideas en literatura, en música, en pintura, en ciencia, en arquitectura, en pensamiento, bullían imparables. Viena era el centro del mundo.

Y en el centro del mundo se hallaba una mujer.

Alma Schindler, de singular belleza, extraordinaria inteligencia y exquisita sensibilidad, tenía talento para la música, su gran pasión que la salvó de tantas cosas. Pero no pudo desarrolarla como quisiera, porque se vio envuelta por todas las corrientes de la cultura y el pensamiento del siglo XX, no solo de una manera teórica, sino envuelta en primera persona. Los más distinguidos talentos de la época se enamoraron de ella.

(Aunque la lista no es exhaustiva…) El pintor Gustav Klimt le dio su primer beso. El director teatral Max Burckhart se enamoro de ella. Así como el compositor Alexander von Zemlinsky. Tuvo un apasionado romance con el pintor Oskar Kokoschka, que no superaría perderla y volvió, durante todo su vida, a intentarlo una y otra vez.

En 1902 se casó con Gustav Mahler. El biólogo y músico vienes Paul Kammerer también se enamoró de Alma. A la muerte de Mahler, se casa con el joven arquitecto Walter Gropius, que más tarde fundaría la Bauhaus. Pero el matrimonio no funciona. Hasta que, tras separase de él, encuentra su verdadero amor, el novelista Franz Werfel, amigo de juventud de Kafka…

Pero no es mi intención hablar de Alma Mahler. Su vida es demasiado intensa y mis conocimientos -y ganas- demasiado escasos. No habría espacio, además.

Simplemente leí hace días con asombro el relato de su Vida, escrito por ella misma. Es una recopilación de sus diarios, que escribió metódicamente durante tantos años. Están llenos de impresiones, sentimientos y ráfagas de inteligencia. Pero esta vez no me he molestado en rescatarlas.

Solo el azar ha salvado estas frases. Como cuando escribe -y sabe de lo que habla- que:

Los más inteligentes rara vez son improvisadores. Les falta en cierto modo la imaginación.

O cuando, en plena y final mudanza -las tropas hitlerianas avanzan-, escribe con desánimo y lucidez:

Tengo que empaquetar ahora diez mil libros. Cuadros, partituras, preciosidades de todas clases. En el fondo no son más que chatarra ante la eternidad y un lastre en la vida diaria.

Son muchas las ideas que se suceden, al hilo de una vida tan intensa y trepidante, feliz en ocasiones e insoportablemente dolorosa en otras. Por eso termina la frase de su Vida, a modo de resumen, diciendo:

Cualquier persona puede hacerlo todo, pero tiene que estar, también, dispuesta a todo.

Aunque la que más me ha gustado -tal vez porque me ha resultado familiar- es ésta -ya sé que no es tan trascendente como las otras- con la que describe lo que solía hacer su padre -al que adoraba- cuando tenía problemas:

Si las cosas se le complicaban demasiado, se echaba a dormir o se ponía a escribir.