Luvina

“-Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad -me dijeron-. Pero, si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.

“Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva para engañar el hambre. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.

“-¿No oyen ese viento? -les acabé por decir-. Él acabará con ustedes.

“-Dura lo que debe de durar. Es el mandato de Dios -me contestaron-. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.

“Ya no volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.

“…Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo: ‘Usted va a ir a San Juan Luvina.’

En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de ideas… Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa plasta encima para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice el experimento y se deshizo…

“San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo…”

Luvina. El llano en llamas. Juan Rulfo. 1953

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Nota sobre la legitimación

Por otra parte, la necesidad de legitimación es una peste que inficiona hasta los tejidos más insospechados: ¿cuántos enamorados no caen en la tentación de legitimar su propio amor recurriendo a la predestinación, que les permite concebirse nacidos uno para el otro? Antes de reconocerse autores de su propio amor, creadores originarios del bien que en ese amor han encontrado, prefieren suponer sobre sí mismos las fuerzas superiores y exteriores de un destino; lo que les proporciona ese destino es la anticipación del hecho en sus designios, es el “estaba escrito”, que legitima aquello en que se cumple. Tal vez todo presente especialmente dichoso resultaría terrible para el hombre si hubiese de percibirlo como un hoy nativo, como un ahora origen de sí mismo, como el agua brotando en ese instante de su propio venero primordial, como algo que, de ningún respecto, fuese repetición, retorno ni confirmación de nada, sino que, de un modo absoluto, disfrutase de la pura naturaleza de principio. La demanda de legitimación, que en tan diversas maneras se presenta, responde a la necesidad de protegerse contra la irresistible aparición de tan deslumbradora especie de milagro. Ya sólo el calendario, que legitima con una notación e inscripción anticipada los días venideros, es un seguro abortivo contra todo posible nacimiento de un hoy inesperado. Las fechas están agazapadas en el calendario, igual que los gatos junto a la ratonera, para matar los días en el instante mismo de salir.

Rafael Sánchez Ferlosio
O religión o Historia. 1984

El autodidacta

El autodidacta es una persona que sabe muchas cosas incompletas; una persona que sabe el segundo tomo de las cosas, admitiendo que por lo menos tengan tres. La primera mitad, que se aprende en las aulas, es aquello más difícil de comprender para el autodidacta: lo que se ha trasegado a lo largo de muchas generaciones, el saber técnico, las clasificaciones, las fórmulas, los teoremas, las reglas y las nomenclaturas.

De las dos clases de saber, saber lo que uno sabe y saber lo que saben los demás, este último tiene indiscutibles ventajas, porque es el saber ortodoxo, el que se necesita. Es el saber que está endentado con todo el rodaje de la civilización, mientras que el otro es una cultura que va naciendo dentro mismo del individuo, una especie de robustez, de certidumbre cuya razón de ser no está en la fórmula mnemotécnica, sino en la propia existencia. Lo que sabe no es teoría pura, no es tampoco experiencia teorizada, es un poco su instinto de la justicia, un poco la poesía de lo que no se puede expresar acabadamente.

Ezequiel Martínez Estrada
Últimos escritos sobre ajedrez, ciudad, técnica y paradoja
(que fueron encontrados cuando murió en 1964 en lo que había sido su última casa en Bahía Blanca, Argentina, empaquetados en papel de periódico)

Preguntas al cielo

E igual que nosotros el amor requerirías
para el secreto de la visita
y la restitución, en una luz, de lo uno, a pesar de que esa luz
carboniza…
Y ha de ser, igualmente, la participación, la que, de algún modo, has de cumplir…
y la separación misma la llevará consigo
cual si fuese una semilla
de ese árbol que ha de abrir,
simultáneamente, un día,
las hojas de su vuelo y las de su caída…
Pues que habrás de saber, tú, que, aisladamente, nada existe:
que esa lisura
de un más allá de yemas no puede sino descubrir escalofríos
que, cósmicamente, la exceden…
que lo ardido y lo subido
no pueden pasar sin el amianto ni la hondura de los limos…
que hasta la deidad, sí,
tiene una sombra de frío…
que el mutismo
del ser no puede, tampoco, desembarazarse del rumor a cuyo origen,
desde el cubil,
tendemos, por nuestra parte, el oído…

Juan L. Ortiz, La orilla que se abisma, 1970

Foto y cita

Puedo apiadarme de mí, sin la vanidad de la maceración, si el temor no es ya de avergonzarme ante los demás, sino de exceder la medida que sin avaricia me concedo. Si admito mi disposición pasional, en nada debo permitirme estímulos ideados o buscados. Ninguna disculpa cabe frente al instinto que nos previene y no respetamos.

Antonio di Benedetto. Zama. 1956

Nota a pie de página y cita

Amo las notas a pie de página y, aunque a la mayoría les pueda parecer esta declaración como la confesión -y el reconocimiento- de una de las más extrañas y desviadas parafilias posibles, registradas o no, agradezco a los eruditos que llenen sus ediciones de los clásicos con centenares de ellas, la mayoría innecesarias y redundantes, llenas de abreviaturas y referencias a otras obras igual de ignotas, en las que tan agradablemente me entretengo, interrumpiéndome, eso sí, la tan escasamente plácida lectura.

También algunos otros estrafalarios autores de ficción recurren a ellas de manera inmoderada, como si no les fuera suficiente la página o necesitaran explicar, con más detalle o enrevesamiento, aquello que estaban, en lineal transición de lo narrado hacia la historia narrada, pretendiendo poner en pie, historia, personajes o lo que fuera.

Incluso hay poetas como éste, alto metafísico y lunático ejemplar, que necesitan de las notas a pie de página para acompañar o completar de sentido sus poemas extraordinariamente filosóficos, como en el caso de este Poema al astro de la luz memorial, que podría pasar como uno de los más bellos, inteligentes y clarificadores -aunque la luz proceda del otro astro mayor- poemas dedicados a la luna.

Bueno, y esto es lo me interesa aquí y ahora, y no lo que he escrito en los párrafos anteriores, el caso es que aprovecha la nota final a pie de página del poema para darnos -o dar, sin más- esta recomendación, que no ha dejado de perder vigencia, y más ahora, que los tiempos vienen como vienen, más sabia y necesaria de lo que en un atolondrado principio pudiera parecer:

…recomiéndese también una Psiquiatría Constructiva que procure a cada uno el grado y tipo de locura que ayude a vivir ilusionado; un 10 por ciento de demencialidad, euforia y analgesia por mitades, que nos deshorrorice algo el vivir, que nos desperfile la fiereza del encaramiento que nos pone la Vida; en lugar de perder el tiempo en inútiles clasificaciones forzadas y que ya nada curan de la perfecta salud mental, lucidez que es una condena, súplannos una dosificación útil de demencia.

Macedonio Fernández. Poema al astro de la luz memorial. 1942

Plantita

Pie de foto: Diminuta planta de limonero crecida espontáneamente entre el seto de cipreses que le privan de la luz, de ahí su incierto futuro, a unos dos metros de un gran limonero y un gran pomelo que hay en el patio y que nos sirven de techo vegetal -cuajado ya de verdes limones y verdes pomelos, gordos y redondos como planetas los pomelos, más livianos y pequeños los limones, a la manera de satélites de aquellos- bajo el que nos guarecemos estos días de calor a eso de la una a tomar unas cervezas y unos vinos, mientras, muy de vez en cuando, en alguno de esos inevitables y brevísimos lapsus melancólicos, nos detenemos a mirar esa diminuta planta de limonero que se mantiene verde y lustrosa, con ganas de tirar para adelante, pero, para qué nos vamos a engañar, de futuro incierto e improbable.

Él acaba por convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitado de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad.

Macedonio Fernández. Tantalia. 1930