Música final

De regreso de noche bajo la lluvia fría de marzo, en una de las calles adyacentes, solitarias a estas horas, encuentro este piano, estos restos de lo que fue un piano, entre los escombros de un contenedor. Los escombros, al caer, unos detrás de otros, también sonaron como un piano desafinado o roto interpretando alguna oscura obra dodecafónica bajo la lluvia que suena a cascotes de paredes derribadas. Luego vendrá el silencio. Ahora queda un ruido final, mojado, golpeado, amortiguado, tirado al contenedor, que es también, a su manera, música. Tap, tap, sobre cada escombro. Tap, tap, sobre las teclas. La luz de la farola, escasa, alumbra el escenario.

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Ladra

Ladra un perro en la noche. Desvelados, le oímos. Esperamos a que deje de ladrar, a que se canse de hacerlo. No deja de ladrar, no se cansa de hacerlo. Pensamos que, tal vez, si dejara de ladrar, podríamos volver a conciliar el sueño. Estamos desvelados. No sabemos si nos despertó -a estas horas, en mitad de la noche- el ladrido del perro o si ya antes de que empezara a ladrar nos habíamos develado. Tal vez sabíamos que iba a ladrar esa noche, justo un poco después de que nos hubiéramos desvelado. Ladra como si hubiera esperado a que nos desveláramos. O tal vez empezó antes. La noche está en calma. Solo ladra un perro. Se le oye bastante cerca. Sin embargo, no podemos ubicarlo. Solo sabemos que ladra en la noche. Una noche silenciosa y oscura. Puede que esté algo más lejos de lo que parece. Pero ladra como si estuviera aquí al lado. Hemos abierto los ojos en la oscuridad. Con la cabeza excesivamente despejada. Preferimos no mirar el reloj. Es como si hubiéramos encallado en la noche, dejando de navegar por las aguas del sueño. Ahora solo nos queda escuchar el ladrido monótono del perro que no cesa. No avanzamos. Hay momentos en que parece que deja de hacerlo -toda nuestra esperanza queda cifrada en esos momentos-, pero vuelve de nuevo a ladrar con la misma fuerza. Buscamos, incluso, en el ladrido un tono de desesperación o angustia. Pero solo escuchamos un ladrido. Intentamos dormir, ignorar al perro que ladra, no escuchar el ladrido o no tenerlo en cuenta. No podemos. El mundo, la noche, todo queda reducido a ese ladrido. Aunque es casi peor sentirse encallado, sentir que no avanzamos en la negra noche, que el tiempo es absolutamente negro también y está detenido. Los pulsos, los latidos se aceleran, o al menos, se intensifican, son percibidos como zambombazos en los tímpanos. Respiramos hondo mientras continúa ladrando el perro. Otro, más lejos, le contesta. No debemos estar solos.

Ladra un perro en la noche. Nosotros, si pudiéramos, también lo haríamos. Un ladrido absurdo y necesario.

Noche, noches

arbol noche

10

Las pálidas luces de la noche iluminan las calles vacías. Los ruidos se apagan. Las nubes, de un color pardo y metálico, pasan a toda velocidad por el cielo negro. Pensaba que la noche cura las heridas, pero ahora me doy cuenta de que también las abre.

11

La débil luz de una gasolinera en medio de la noche la corona con un aura triste. Las estrellas también brillan con desgana, muy, muy lejos. De vez en cuando, oigo el ruido del motor de los grandes camiones que pasan en la noche. No consigo dormir. Hay que madrugar. Mañana nos vamos a la playa.

12

Es de noche y llueve sobre el mar. Un murmullo sordo y crepitante se extiende como un manto que no abriga a nadie sobre el océano. Los peces ni siquiera saben que está lloviendo.

13

La luna vigila el paso elegante de los gatos por los tejados. Su luz es escasa pero suficiente. Elásticos, esquivan el peligro sin darle importancia. Evitan los rincones de más claridad. Tienen la cualidad de huir sin prisa.

14

La noche se descalza y entonces amanece.

Noche de lluvia

noche

Suena afuera la lluvia con furia. Es de noche y se oyen las ráfagas de viento cargadas de agua, que cae como a paladas. Suenan los canalones desaguando sin parar. Es una noche de temporal. Estamos bien aquí dentro, al resguardo. Incluso hace un poco de calor. Es agradable. Sigue golpeando el agua contra los cristales. Es agradable sentirse a salvo. Aunque en el fondo de nuestro corazón desearíamos que lloviera dentro.

Nocturna

noche

I
La luna sale a dar una vuelta por la noche y, cuando nos mira, se queda perpleja. Prefiere entonces observar a los gatos recorriendo los tejados con aterciopelada parsimonia. A lo lejos ladra un perro. Nosotros, si pudiéramos, también lo haríamos.

II
El cielo de noche es el mismo que el cielo de día. La única diferencia es que ahora vemos brillar en él algunas estrellas con desgana. Todo está en calma. Al silencio de esta noche, extrañamente perfumada, solo le acompaña nuestro propio latido.

III
Oigo sonar los cláxones a lo lejos. Y el ruido del motor de los grandes camiones en la noche. Ya en la carretera, las gasolineras se nos aparecen débilmente iluminadas en mitad de lo más oscuro de la noche.

IV
Puedo escribir los versos más tristes esta noche, pero serían malísimos.

V
Cae la noche y luego se levanta. La noche también trasnocha. Está llena de deliciosas arritmias. Los restos del incendio refulgen más en la noche.

VI
El amanecer destruye la noche de una manera tan elegante…