La colonia de gatos del cementerio

Así se controla la colonia de gatos del cementerio
…los gatos salvajes van formando distintas colonias. «Es un problema complicado porque se reproducen con facilidad y el crecimiento se hace incontrolado»… la única medida eficaz: el procedimiento CES (captura-esterilización-suelta), que permite controlar las colonias sin un crecimiento desproporcionado…

La ciudad vieja, escalonada desde hace siglos en laderas empinadísimas y empotrada en grandes rocas que la sustentan, es un desorden perfecto de callejuelas, rincones, recovecos, plazas y plazuelas, altas casas y sólidos palacios a los que se adosan huertos y jardines altamente tapiados. El escaso tráfico y las hordas de turistas no son impedimento para que los gatos campen libres y ágiles por este laberinto -que ellos descifran a la perfección- de piedra y sombras.

Incluso se agrupan por colonias: los de la Judería, los del Olivar Chico, los del Cementerio, un poco más abajo, más asilvestrados aún, los de San Francisco… Tienen, seguro, su propia organización y se delimitan las zonas sin atreverse a entrar en las ajenas. Pero no son rivales. Simplemente conviven de esa manera. Cada vez hay más gatos callejeros.

Los del Cementerio son, acaso, los que más libre y tranquilamente viven. Entre las sombras de los mausoleos, bajo las cruces, sobre la hierba crecida entre las lápidas o trepando por los cipreses en busca de algún nido. Muy de vez en cuando esa paz se ve alterada por oscuros grupos de personas que vienen formando un tropel lento y desangelado. Luego, al cabo, se marchan.

Aunque ahora son pequeños grupos de personas -no más de dos o tres- los que pretenden capturarlos. A los que cogen los llevan a una especie de clínica de campaña donde los castran o esterilizan. Después los sueltan en el lugar donde fueron apresados. Llevan inquietos, por eso, estos últimos días. Siguen empeñados en capturarlos. Dicen que es la única medida eficaz para atajar ese crecimiento imparable e incontrolado de gatos salvajes.

Afortunadamente siempre hay alguno que no es atrapado, que se escapa. Son esos gatos fugitivos los que salvan la especie de gatos callejeros que trepan en un suspiro a las tapias o atrapan un ratón en un rincón de un oscuro callejón sin salida, los que aseguran que la vida siga en la vieja y gastada ciudad de piedra. Los fugitivos.

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Lechuzas

Una lechuza puede afectar a las futuras obras que se hagan

 

…las viejas viviendas de la Policía -unas casas bajas a la entrada y un pequeño bloque de viviendas, abandonadas desde hace años, con jardines abandonados desde hace años, en los que la maleza crece -desde hace años- hasta llegar a las puertas rotas y desvencijadas de las viviendas abandonadas desde hace años, como rotas y desvencijadas están también las ventanas por las que se cuelan, desde hace años los pájaros buscando refugio y tranquilidad- permanecen valladas y no es posible el acceso a ellas. Desde fuera se ve que la maleza -y el paso del tiempo y el abandono- se ha adueñado de las zonas en las que vivieron numerosos agentes con sus familias -dice el periódico.

…lagartijas, arañas, hormigas, gecos, esquivos y desconfiados gatos, son ahora sus habitantes -entre la maleza de los devastados jardines y el abandono del interior abierto y caído de las viviendas-, y alguna pareja de palomas y vencejos y gorriones anidan en los resquicios de los pisos altos.

Pero no podrán empezar las obras -su derribo y aniquilamiento final, como si se quisiera borrar así el tiempo ido y los años de abandono- porque uno de sus inquilinos actuales es una pareja de lechuzas, y al ser una especie protegida no podrán hacer obras que puedan molestarles mientras estén anidando -dice el periódico.

…ignora esa pareja de lechuzas, mientras tanto, el inexorable avance de las excavadoras, preocupadas como están en buscar algo de comida, en alimentar a sus polluelos. Pero esta fase terminará dentro de pocas semanas -dice el periódico.

Y empezaran las obras con más furor si cabe, intentando recuperar el tiempo perdido por culpa de esas lechuzas, que espantadas por los primeros rugidos de los motores de la mañana, batirán sus alas sin ninguna dirección. Las pequeñas lechuzas lo intentarán también. Como el resto de animales que, durante los años del abandono y la soledad, hicieron de las viviendas de la Policía su lugar donde guarecerse entre la maleza, las paredes agrietadas y los techos noblemente caídos.

Las pequeñas lechuzas lo intentarán también.

Encerrada

Rescatan a una mujer que se quedó encerrada
Los bomberos de Badajoz rescataron la mañana de ayer a una mujer mayor que se había quedado encerrada en el interior de una de las estancias de su domicilio. Fue hacia las 9.25 horas en la calle Berna, de Pardaleras. La mujer había pasado toda la noche sin poder salir de una habitación en la que se quedó encerrada. Fue atendida por el 112.

Ayer rescataron a una mujer que se había quedado encerrada en una habitación de su casa. Tuvo suerte al final, aunque, como pasó toda la noche sin poder salir de la habitación en la que se quedó encerrada, necesitó ser atendida, según cuenta el periódico, cuando la liberaron de la habitación en la que se quedó encerrada, por el 112.

Probablemente tendría los mismos síntomas que otras mujeres que se han quedado encerradas en una habitación, aunque esa habitación en la que se hayan quedado encerradas sea una habitación de su casa, de su propia casa. O los mismos síntomas, o muy parecidos, que han tenido o tienen otras mujeres que se han quedado encerradas en una habitación de su casa durante años, aunque puedan salir y entrar de la habitación, de esa habitación de su casa, y marchar incluso lejos y permanecer fuera durante días o años. Pero ese encerramiento -ese haberse quedado encerradas en su propia habitación- les acompaña siempre, aunque estén fuera, fuera y lejos de esa habitación de su propia casa. Deben necesitarse muchos 112 para atender a tantas mujeres encerradas en las habitaciones de sus casas. Sus propias habitaciones de sus propias casas.

Curiosamente, también esos síntomas por los que fue atendida esa mujer que pasó toda la noche sin poder salir de la habitación de su propia casa, tal vez sean muy similares a los que tienen otras mujeres que ni siquiera pueden quedarse encerradas en una habitación, porque no la tienen, porque no han tenido ni tendrán nunca una habitación propia en la que entrar y salir con libertad, o en la que tener su espacio y su refugio. O en la que quedarse encerradas.

Esa mujer que se había quedado encerrada en una habitación de su casa probablemente pasó horas de angustia y desolación, de desesperación e impotencia, contemplando su propia habitación, sus propios muebles y retratos, sus propias sillas y paredes, todas sus cosas y recuerdos, su propio mundo construido durante años y que ahora, al estar encerrada con ellos, se le tornaron insoportables. Nada quería más en este mundo que poder salir de allí.

Aunque cuando la rescataron y pudo salir de su habitación en la que se quedó durante toda la noche encerrada, la mujer contempló el exterior con el mismo estupor y desagrado con que estuvo contemplando su habitación durante esas horas. Ahora la calle, las aceras, los coches, la gente que pasaba, se le volvieron también insoportables, como si estuviera, a la fuerza y sin posibilidad de escapar, encerrada con ellos, en una habitación tal vez más grande, pero encerrada de nuevo.

Hoja sobre el asfalto

Es otoño y las hojas caen. También están repintando las líneas y señales de las carreteras. Y ocurrió esto al trabajar los operarios con prisa bajo los árboles de la avenida: un pequeño error sin ninguna importancia. Alguien lo vio, hizo una foto y decidió compartirla.

hoja

La silueta de una hoja sin pintar divide Facebook

Según cuenta la breve noticia -¿es realmente una noticia?-  en “una línea continua recién pintada en una carretera” ha quedado la silueta de una hoja perfectamente delineada.

Ha quedado así, un poco a la manera de esas primeras pinturas que el ser humano, hace unos cuantos miles de años, dejó dibujadas sobre las paredes de una cueva, en las que aparecen unas manos silueteadas. Aún perdura del gesto de colocar la mano sobre la pared de la cueva y aplicar las tinturas naturales sobre ella y un poco más allá de sus bordes. Al levantarla quedaba como impresa en la pared iluminada por la temblorosa luz de una hoguera. Así, más o menos, ha quedado ahora la hoja sobre la superficie del asfalto.

Resulta que “el operario que realizó el trabajo no reparó en que, en uno de los tramos, quedó una hoja en el camino que recorrió la máquina de pintura”. Todas fueron apartadas, pero una quedo atrapada -y milagrosamente extendida- bajo la máquina que, al pintarla de blanco, dibujo involuntariamente su preciso perfil.

Cuentan también que hay gente que se ha movilizado para que quede la línea continua como está, una curiosidad o un error artístico, no sé si como homenaje al otoño o a la hoja.

Pero ya hoy se han manifestado representantes de la empresa encargada de recordarnos la normativa de señalización vial. Achacaron el error -ellos prefieren denominarlo error- “a la velocidad de las máquinas y a la cantidad de hojas que se caen en esta época otoñal. Dijo, además, que «se solventarán los desperfectos a la mayor brevedad»”. También lo consideran un desperfecto.

Ya en el diario de hoy la empresa aclara “que el repintado de esa línea se llevará a cabo «próximamente», como marca la normativa de señalización vial, y valoraron estas situaciones como «cosas inherentes que pueden ocurrir»”. De forma definitiva, por si quedaba alguna duda, añaden que la hoja -la silueta de la hoja- “se ‘teñirá’ también de blanco para dar uniformidad a la línea de señalización vial”.

A pesar de que el semáforo se puso en verde en repetidas ocasiones

dormidoSorprenden a un conductor ebrio «adormilado» en un semáforo

La policía local ha puesto a disposición judicial a un conductor, de 56 años, que se quedó «medio adormilado» con su vehículo parado junto a un semáforo en verde debido a que multiplicaba por casi cuatro la tasa de alcoholemia permitida. Los hechos sucedieron a las 5.10 horas del domingo en el cruce de la avenida Luis Movilla Montero con la calle Arturo Barea, cuando una dotación de la Policía Nacional observó como un vehículo se encontraba detenido en la vía a pesar de que el semáforo se puso en verde en repetidas ocasiones.

A veces he pensado en escribir algo sobre los tiempos de espera perdidos delante de un semáforo en rojo. Lo que hacemos, lo que pensamos. Si los sumáramos al cabo de nuestra vida darían una buena cantidad de tiempo, una buena cantidad de tiempo -centenares de horas tal vez- que se ha ido a algún sitio, convenientemente desaprovechada, definitivamente perdida.

Aunque se conocen casos en los que esos tiempos perdidos esperando que cambie la luz del semáforo han servido para que se produzca, con la mirada perdida, una especie de epifanía, de iluminación, de descabalgamiento en el camino a Damasco, y vislumbremos el sentido de nuestra vida, es decir, su sinsentido, su desperdicio, y acaso, en ese lapso que va entre el rojo y el verde, decidamos tomar la decisión de cambiar, de dejar, tenga las consecuencias que tenga, todo esto y empezar de nuevo en otro lugar donde no existan los semáforos. Luego, al ponerse verde y apremiado por los de atrás, reemprendemos la marcha camino de donde íbamos, al lugar de siempre, a ningún sitio.

Pero la otra noche, a eso de las cinco y diez de la madrugada, el coche parado delante del semáforo en rojo, permaneció inmóvil, “detenido”, como dice la policía local, “en la vía, a pesar de que el semáforo se puso en verde en repetidas ocasiones”.

Y ahora, mientras leo esta breve noticia sin importancia, reparo en las veces que en nuestra vida que nos hemos saltado un semáforo en rojo o hemos apurado al máximo los que estaban en ámbar. Pero creo que han sido más, muchas más, las veces que hemos permanecidos parados ante semáforos que estaban en verde. Que se volvían a poner en verde.

A menudo había pensado en escribir algo sobre los tiempos de espera perdidos delante de un semáforo en rojo, pero nunca llegué a pensar en escribir algo sobre los tiempos de espera perdidos delante de un semáforo en verde.

Al cabo de casi dos meses

Así van las cosas en estas pequeñas poblaciones, lenta y silenciosamente.

audifono

buscan un audífono perdido en septiembre
Sábado, 5 de noviembre de 2016
Un bando hecho público ayer ruega a la persona que se haya encontrado un audífono de color gris-claro, pequeño, desde la Travesía de las Escuelas a la Plaza de San Antón y desde aquí a la Ermita de los Mártires, entre septiembre y octubre, que lo entregue en el Ayuntamiento.

¿Por qué ahora, al cabo de casi dos meses de su desaparición?

Debió estar buscándolo por su cuenta su propietario hasta que decidió, finalmente, muy finalmente, recurrir a las autoridades, que, sin más dilación, hicieron público este bando en el que se ruega a la persona -en el caso, claro, de que existiera dicha persona, y si así fuese, dicha persona se enterara del contenido del bando hecho público al cabo de casi dos meses de la desaparición del audífono, y, además, la tal supuesta y dicha persona, una vez encontrado tan intransferible adminículo lo hubiera guardado durante todo ese tiempo, cosa harto improbable y definitivamente extravagante, y decidiera, ahora, escuchado o leído el bando, entregarlo a las autoridades para que éstas, a su vez, lo reintegraran a su propietario- que si lo ha encontrado, o lo encuentra ahora, al cabo de casi dos meses, -para más señas, es de color gris-claro, si encuentran un audífono de otro color no se trataría del mismo, tiene que ser gris-claro y, claro, según especifica el bando, tiene que ser de tamaño pequeño, como si pudieran ser los audífonos de otro tamaño que no fuera, obligatoriamente, dadas las características de la parte del cuerpo donde va alojado, pequeño- que lo entregue en el Ayuntamiento.

Probablemente el audífono, perdido desde hace semanas nadie sabe dónde, estuviera durante algún tiempo, quizás todavía lo esté, aún funcionando, caído en el suelo, o en cualquier rincón, entre el trayecto que va desde la Travesía de las Escuelas a la Plaza de San Antón y desde aquí a la Ermita de los Mártires, escuchando -para nada, para nadie- el paso del tiempo, los ruidos de la vida del pueblo.

El canto del gallo

Todavía recuerdo uno de los versos más memorables del Poema del Mío Cid, aquel que describe un amanecer de esta manera:

Apriessa cantan los gallos e quieren quebrar albores

Me ha venido ahora a la cabeza mientras hojeaba el periódico de la provincia y me encontraba con esta -no sé si llamarla- noticia:

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Denuncia que el canto de un gallo no le deja dormir

Resulta que un vecino de la capital -cómo añoro las pequeñas ciudades en las que aún pueden ocurrir cosas como esta- acudió a la Policía Local para denunciar un hecho que le quita el sueño. No se trata de música a horas intempestivas, ni jóvenes haciendo botellón. El canto de un gallo no le deja dormir por las noches.

El afectado se personó en la jefatura para denunciar la situación que, según manifestó, lleva padeciendo desde hace bastante tiempo. El animal está en una vivienda colindante, pero de otra calle. El problema, fundamentalmente, es que se pone a cantar a horas intempestivas.

Por lo visto, el insomne a la fuerza ya ha acudido a distintos departamentos municipales, pero, como suele suceder no solo en éste, sino en otros muchos casos, en ninguno de ellos le han dado solución.

La Policía Local en este caso tampoco sabía muy bien cómo solucionar el problema. (¿Hay alguna ordenanza municipal al respecto? ¿Se puede establecer un horario de canto de gallos?) Así que, un poco como Pilatos, han derivado el caso al Servicio de Protección Animal del Ayuntamiento -que no sé muy bien qué tiene que ver con el asunto en cuestión- para que estudie y resuelva, si es posible, el problema. Ardua cuestión, sin duda, que necesita un estudio previo y a fondo.

Mientras, el hombre que no puede dormir porque el gallo de su vecino canta a horas intempestivas, con ojeras, después de todas estas gestiones, regresa a casa. Cuando sea de noche y se meta en la cama, con los ojos abiertos en la oscuridad, no hará otra cosa que esperar a que cante, con su ronco y poderoso kikirikí, el gallo. El maldito gallo, también insomne, que tiene prisa porque amanezca, y ya, en plena medianoche, pretende con su canto quebrar los albores.