Abrazos

Un abrazo se entrega y es recibido. Uno ha de perderse en él. Ya sea de encuentro o de despedida. De amor o de desesperación. Está lleno de todo lo que nos falta. Pura necesidad al fin recompensada. Contacto que se pretende fusión. Que debe serlo. Que es.

Por eso no entiendo -o me repelen o me hacen gracia- esos otros abrazos. Especialmente aquellos dados entre hombres, entre grandes hombres importantes, en los que lo que más importa -lo único- es el aporreo mutuo -y retumbante- de las respectivas espaldas -previamente ahuecadas-, demostrando fortaleza y resistencia, una fortaleza y resistencia -y una capacidad de ahuecamiento-, solo al alcance de estos grandes prohombres que escenifican ese abrazo-golpeteo -con grandes efectos especiales sonoros y falsas y amplias sonrisas de repugnante complicidad- para el resto de los allí presentes, para que vean -para que contemplen admirados, más bien- que se están saludando virilmente -otro tipo de abrazo, cálido, ferviente y entregado, solo es propio de mujeres, o lo que es peor aún, de hombres blandengues, amariconados-, como solo son capaces de saludarse -con esos estentóreos abrazos fabricados a distancia y a golpetazos- unos pocos elegidos, los hombres importantes. Son divertidos estos orangutanes, pueriles, odiosos, ridículos, palmeantes.

También me divierten esos otros abrazos dados sin contacto, sujetando los hombros del otro, no se vaya a abalanzar, arrimando las mejillas -solo lo estrictamente necesario- para fingir un par de besos, evitando cualquier repugnante contacto de las respectivas pieles. Es una especie de coreografía ensayada durante años de saludos y presentaciones, idéntica a las de los muñecos articulados.

Aunque últimamente me irritan sobremanera otros abrazos más sensibles, que pretenden subrayar y enfatizar lo que no necesita ser ni subrayado ni enfatizado. Que lo ofende. Es como dibujar las comillas en el aire. Me refiero a esos abrazos en los que uno de los implicados, en lugar de abrazar sin más y de verdad, como si eso no fuera suficiente -o no quedara lo suficientemente explicitado lo valioso y desinteresado de su acto-, inicia una serie de frotamientos, subiendo y bajando la mano, o las manos, por la espalda del otro, como si quisiera provocar calor, otorgárselo, en una metáfora innecesaria y ridícula. De paso, se sitúa así el frotador -o frotante-, de alguna manera, por encima del frotado, demostrando su desinterés y bonhomía, su superioridad moral y su no necesidad de ese abrazo, que si lo da es porque ha visto al otro tan hundido. Pero no te preocupes que yo te doy mi calor, aunque sea metafóricamente. Y no solo te abrazo, sino que te froto. ¿A que ya estás mejor?

No sé. Es algo tan natural, serio, inevitable, común, cálido, humano y necesario esto de los abrazos, que no acabo de entender por qué los falsificamos de tantas y tan variadas maneras.

Luego están los otros abrazos. Los no dados.

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Banderas

1 España es un país chillón. No hay más que ver su bandera.

2 Siempre me cayó bien el Nepal. En vez de bandera tienen un banderín.

3 El viento hace ondear cualquier bandera.

4 Organizaron una competición. Cada uno llevaba la bandera de su país. Era ridículo.

5 Ondea la bandera blanca sobre el campo de batalla cubierto de cadáveres.

6 Me emociona más ver moverse al viento la ropa tendida que ondear una bandera.

7 Trizar la bandera.

8 Los jirones de una bandera ondean, por fin, libres y felices al viento.

La crisis de la prensa escrita

limpia-cristales

Observar a los limpiacristales hacer su trabajo con rapidez y eficacia, con esas leves y precisas herramientas con el borde de goma negra que se deslizan sobre la brillante superficie como lo haría un patinador sobre el hielo, haciendo amplias y elegantes eses, dejándolo todo, y en un momento, absolutamente impoluto, siempre me causa una perplejidad cercana al hipnotismo.

Luego, en casa, intento repetir la operación y quedan sobre los cristales marcas y rastros que parecen como si el ventanal hubiera dejado de estar sucio para estar rayado. Volver a limpiar para eliminar esas marcas, provoca otras. Entiendo entonces un poco mejor a Sísifo. Aquellos limpiacristales que observo con asombro mal disimulado deben tener una fórmula secreta.

Esta mañana he querido limpiar los cristales y los he enguarrinado. He seguido, es cierto, un método más tradicional y dicen que infalible. Utilizar un periódico viejo y con sus hojas, debidamente espachurradas, secar el agua y el jabón o detergente o limpiacristales con que previamente se han humedecido los cristales.

Pero la crisis de la prensa escrita, imparable, definitiva, me ha afectado en este caso de manera directa. Es cierto que los periódicos no son como antes. Por lo menos en lo que a papel se refiere. Ya no son los mismos. Hace años, siempre, tenían una cualidad absorbente -al igual que lo que publicaban- que ahora han perdido. Bastaba pasar una doble hoja arrugada sobre el humedecido cristal un par de veces, para que se secara y quedara aceptablemente limpio, nuevamente transparente.

Ahora tiene el papel una cualidad más tersa y satinada, menos flexible y esponjosa, más inorgánica -al igual que lo que publican-, y cuando he intentado secar la pulida superficie de los ventanales, he comprobado su pobreza quebradiza que trasladaba el agua de un lugar a otro, sin absorberla, sin secar nada y dejando profusos goterones e inachicables encharcamientos. Es cierto, la crisis de la prensa escrita es definitiva. Los periódicos ya no sirven ni para limpiar cristales.

(Recuerdo cómo antes del invento del papel de aluminio y la proliferación de las bolsas de plástico, lo único que había a mano para envolver los bocadillos eran las hojas de periódicos viejos -también los usaban en las tiendas y los mercados para envolver los diferentes productos, incluso los frescos y goteantes-, que luego, con el tiempo, dejaron de servir, porque decían que la tinta de las noticias y anuncios se impregnaba en los alimentos y era muy nociva para la salud. La letra, entonces, no solo entraba con sangre, sino con los bocadillos. Pero no sé, era entretenido desplegar la hoja del viejo periódico -me acuerdo del diario Pueblo-, y leerla distraídamente mientras dabas unas gozosas y despreocupadas dentelladas al bocadillo de chóped).

Magia

magic

Nunca me han gustado los magos, tal vez porque exigen una atención excesiva que se ve después, necesaria, y lo que es peor, obligatoriamente burlada. Engolados y odiosamente puntillosos, mueven las manos -sus largos y sospechosos dedos- con una insoportable destreza. Siempre estoy deseando que se dejen de tantos prolegómenos, me engañen de una vez y acabe el número. Verles desaparecer del escenario es su mejor truco.

Los magos dicen abracadabra para despistar. Aunque finalmente tienen razón -y no saben hasta qué punto- en que no hay nada por aquí y tampoco hay nada por allá. Lo que luego aparece como insulsa y previsible conclusión de cada numerito, para nuestra bostezante sorpresa, forma parte del atrezzo.

Solo soporto a los malos magos, a los torpes. Tal vez porque uno se ha dado cuenta con el tiempo de que la mejor magia es la que deja ver los trucos. Nos pasa a nosotros -que no somos magos- a diario con todo lo que hacemos.

Ya sé que es un desastre. Pero no debemos olvidar nunca que los trucos -los trucos que hacemos a diario como buenamente podemos, los trucos que nos hacen, los trucos que vemos o descubrimos a cada paso- también son magia.

En realidad, me da igual este blog

En realidad, me da igual este blog. Pudo ser una vía de escape, una compañía para las horas muertas, un débil hilo de comunicación con el exterior, una agradable obligación… y no ha llegado a ser -realmente- nada de eso. Ni siquiera. Así que si lo odié, no merecía tal honor. Y si lo amé, fue tal vez en momentos pasajeros de ofuscación. En el fondo -si me atreviera alguna vez a ser sincero- me da un poco igual. No es más que un accesorio del que podría prescindir, pero que prefiero conservar como un adorno inútil. La vida va por otro lado.

Odiarle es ridículo y excesivo, de la misma manera que es excesivo y ridículo sentir un aprecio especial por él. Convertirle en uno de los ejes de mi existencia no deja de ser una broma. Son, al cabo del día, no más de unos minutos los que le dedicó. Luego -y antes y después- toca bregar con lo que verdaderamente importa, la vida y así.

Sus bondades y sus defectos, sus éxitos y sus fracasos, irán siempre de la mano sin llegar nunca muy lejos. Despreciarle por lo segundo o sentir agradecimiento por lo primero, son sentimientos perfectamente intercambiables.

Su insustancialidad e irrelevancia no dan para más. Un juego demasiado banal en el que perder o ganar tienen los límites demasiado difusos. Tal vez supe todo esto desde el principio y he estado durante años fingiendo, fingiendo odio por él, fingiendo amor por él. Cuando me trae al pairo este blog. Todo debe formar parte de una comedia, una comedia que no logra arrancar ni una media sonrisa. Una farsa demasiado seria.

Cuando digo que le odio no hago más que revelar mi amor por él. Cuando digo que le amo no hago más que intentar, de mala manera, ocultar mi odio por él. Cuando, en realidad, digo que le odio o cuando digo que le amo, no hago más que decir algo, cualquier cosa, llevado por la rara costumbre de seguir escribiendo este blog, sin importarme gran cosa lo que digo, sea lo que sea, esto o lo contrario. Da un poco igual lo que diga porque me da igual este blog. Me gustaría tener cierta capacidad de odiarle, alguna leve inclinación a sentir aprecio por él, y no esta indiferencia fría y forzada.

El amor no es más fuerte que el odio, el odio no es más fuerte que la indiferencia.

Amo este blog

Amo este blog. Si en un tiempo fue una autoimpuesta obligación, una manera de disciplinarme -cuando no, de flagelarme-, una patética forma de mostrar mis miserias y mis limitaciones, algo que me resultaba siempre doloroso por su expuesta insuficiencia, ahora se ha convertido en una necesaria vía de escape, en una compañía fiel e indulgente, en tal vez algo más que un simple entretenimiento, un cuaderno que, cuando no escribo en él, me sirve para sentirlo al menos entre mis manos.

Siento por él una estima verdadera. Esa necesidad que tengo de él crece cada a día, a pesar de las dificultades, de las inseguridades, de la escasa pericia y de los anulantes bloqueos. Y sé que cuando, algún día, por algún motivo o fatalidad, acabe, no me quedará más remedio, de una manera o de otra, cualquiera que ésta sea, que empezar con otro, sea cual sea su nueva forma, para seguir jugando con las palabras, con las ideas, con los sentimientos. Sé que, adquiera la forma que adquiera, me seguirá acompañando como una sombra fiel y silenciosa.

Acaso debería despreciarle por su escaso -nulo más bien- éxito, echarle en cara su inutilidad y su torpeza para generar interés, pero son estas características suyas las me resultan más queridas. Como si a pesar de todo ello -de sus extraordinarias carencias, o tal vez por culpa de ellas-, fuera imposible hacer con él algo falso, impostado o a la moda, y no esta pequeña colección de latidos más o menos amortiguados, más o menos verdaderos.

No puedo ocultarlo ya por más tiempo. Amo este blog. Cuando me enfrento a él, cuando lo utilizo, cuando lo leo, cuando lo escribo. No solo le quiero, sino que lo necesito. Si fuera un objeto físico -de papel, de madera, de hierro- me gustaría tenerlo siempre a mano o a la vista, sentir su tacto. Lo conservaría en algún lugar secreto y cercano.

Como si eso fuera a solucionar algo.

Odio este blog

Odio este blog. Si en un tiempo fue una vía de escape, una compañía necesaria, un entretenimiento cotidiano, ahora se ha convertido en un lastre -no excesivamente pesado, pero lastre al fin-, en una ridícula obligación, en un deformante espejo ante el que me veo empujado -¿por qué?, ¿por quién?- a ponerme delante.

Le odio con todas mis fuerzas. Y ese odio es aún mayor -y crece y crece día a día- porque no hay nada más fácil y nada más al alcance de mi mano que deshacerme de él, liquidarle por completo y olvidarle para siempre, y, sin embargo, siendo tan sencillo, no lo hago, -y esto es algo, esa posibilidad tan fácilmente realizable de suprimirle para siempre, esa posibilidad que no llevo nunca a cabo, que hace que mi odio hacia él sea cada vez mayor-, y aquí le tengo, día tras día, como una sombra odiosa.

Debería estarle agradecido, incluso podría estar un poco orgulloso de él, de su fidelidad y constancia, de su insólita perseverancia, pero son esas características suyas las que me resultan más odiosas. Como si a pesar de todo ello -de todas sus posibles o aproximadas bondades, o tal vez precisamente por culpa de ellas-, fuera imposible hacer con él algo diferente y nuevo, algo, por fin, sorprendente y verdaderamente analgésico, y no esta bazofia repugnante y recalentada.

No puedo ocultarlo ya por más tiempo. Este blog me resulta cada vez más irritante. Cuando me enfrento a él, cuando lo utilizo, cuando lo leo, cuando lo escribo. Me repugna. Si fuera un objeto físico -de papel, de madera, de hierro- sé que pasaría un buen rato rompiéndolo, despedazándolo, triturándolo. Tirándolo, finalmente, a la basura en un acto -bastante infantil, sé que insuficiente- de liberación.

Como si así se terminara todo.