La crisis de la prensa escrita

limpia-cristales

Observar a los limpiacristales hacer su trabajo con rapidez y eficacia, con esas leves y precisas herramientas con el borde de goma negra que se deslizan sobre la brillante superficie como lo haría un patinador sobre el hielo, haciendo amplias y elegantes eses, dejándolo todo, y en un momento, absolutamente impoluto, siempre me causa una perplejidad cercana al hipnotismo.

Luego, en casa, intento repetir la operación y quedan sobre los cristales marcas y rastros que parecen como si el ventanal hubiera dejado de estar sucio para estar rayado. Volver a limpiar para eliminar esas marcas, provoca otras. Entiendo entonces un poco mejor a Sísifo. Aquellos limpiacristales que observo con asombro mal disimulado deben tener una fórmula secreta.

Esta mañana he querido limpiar los cristales y los he enguarrinado. He seguido, es cierto, un método más tradicional y dicen que infalible. Utilizar un periódico viejo y con sus hojas, debidamente espachurradas, secar el agua y el jabón o detergente o limpiacristales con que previamente se han humedecido los cristales.

Pero la crisis de la prensa escrita, imparable, definitiva, me ha afectado en este caso de manera directa. Es cierto que los periódicos no son como antes. Por lo menos en lo que a papel se refiere. Ya no son los mismos. Hace años, siempre, tenían una cualidad absorbente -al igual que lo que publicaban- que ahora han perdido. Bastaba pasar una doble hoja arrugada sobre el humedecido cristal un par de veces, para que se secara y quedara aceptablemente limpio, nuevamente transparente.

Ahora tiene el papel una cualidad más tersa y satinada, menos flexible y esponjosa, más inorgánica -al igual que lo que publican-, y cuando he intentado secar la pulida superficie de los ventanales, he comprobado su pobreza quebradiza que trasladaba el agua de un lugar a otro, sin absorberla, sin secar nada y dejando profusos goterones e inachicables encharcamientos. Es cierto, la crisis de la prensa escrita es definitiva. Los periódicos ya no sirven ni para limpiar cristales.

(Recuerdo cómo antes del invento del papel de aluminio y la proliferación de las bolsas de plástico, lo único que había a mano para envolver los bocadillos eran las hojas de periódicos viejos -también los usaban en las tiendas y los mercados para envolver los diferentes productos, incluso los frescos y goteantes-, que luego, con el tiempo, dejaron de servir, porque decían que la tinta de las noticias y anuncios se impregnaba en los alimentos y era muy nociva para la salud. La letra, entonces, no solo entraba con sangre, sino con los bocadillos. Pero no sé, era entretenido desplegar la hoja del viejo periódico -me acuerdo del diario Pueblo-, y leerla distraídamente mientras dabas unas gozosas y despreocupadas dentelladas al bocadillo de chóped).

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Magia

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Nunca me han gustado los magos, tal vez porque exigen una atención excesiva que se ve después, necesaria, y lo que es peor, obligatoriamente burlada. Engolados y odiosamente puntillosos, mueven las manos -sus largos y sospechosos dedos- con una insoportable destreza. Siempre estoy deseando que se dejen de tantos prolegómenos, me engañen de una vez y acabe el número. Verles desaparecer del escenario es su mejor truco.

Los magos dicen abracadabra para despistar. Aunque finalmente tienen razón -y no saben hasta qué punto- en que no hay nada por aquí y tampoco hay nada por allá. Lo que luego aparece como insulsa y previsible conclusión de cada numerito, para nuestra bostezante sorpresa, forma parte del atrezzo.

Solo soporto a los malos magos, a los torpes. Tal vez porque uno se ha dado cuenta con el tiempo de que la mejor magia es la que deja ver los trucos. Nos pasa a nosotros -que no somos magos- a diario con todo lo que hacemos.

Ya sé que es un desastre. Pero no debemos olvidar nunca que los trucos -los trucos que hacemos a diario como buenamente podemos, los trucos que nos hacen, los trucos que vemos o descubrimos a cada paso- también son magia.

En realidad, me da igual este blog

En realidad, me da igual este blog. Pudo ser una vía de escape, una compañía para las horas muertas, un débil hilo de comunicación con el exterior, una agradable obligación… y no ha llegado a ser -realmente- nada de eso. Ni siquiera. Así que si lo odié, no merecía tal honor. Y si lo amé, fue tal vez en momentos pasajeros de ofuscación. En el fondo -si me atreviera alguna vez a ser sincero- me da un poco igual. No es más que un accesorio del que podría prescindir, pero que prefiero conservar como un adorno inútil. La vida va por otro lado.

Odiarle es ridículo y excesivo, de la misma manera que es excesivo y ridículo sentir un aprecio especial por él. Convertirle en uno de los ejes de mi existencia no deja de ser una broma. Son, al cabo del día, no más de unos minutos los que le dedicó. Luego -y antes y después- toca bregar con lo que verdaderamente importa, la vida y así.

Sus bondades y sus defectos, sus éxitos y sus fracasos, irán siempre de la mano sin llegar nunca muy lejos. Despreciarle por lo segundo o sentir agradecimiento por lo primero, son sentimientos perfectamente intercambiables.

Su insustancialidad e irrelevancia no dan para más. Un juego demasiado banal en el que perder o ganar tienen los límites demasiado difusos. Tal vez supe todo esto desde el principio y he estado durante años fingiendo, fingiendo odio por él, fingiendo amor por él. Cuando me trae al pairo este blog. Todo debe formar parte de una comedia, una comedia que no logra arrancar ni una media sonrisa. Una farsa demasiado seria.

Cuando digo que le odio no hago más que revelar mi amor por él. Cuando digo que le amo no hago más que intentar, de mala manera, ocultar mi odio por él. Cuando, en realidad, digo que le odio o cuando digo que le amo, no hago más que decir algo, cualquier cosa, llevado por la rara costumbre de seguir escribiendo este blog, sin importarme gran cosa lo que digo, sea lo que sea, esto o lo contrario. Da un poco igual lo que diga porque me da igual este blog. Me gustaría tener cierta capacidad de odiarle, alguna leve inclinación a sentir aprecio por él, y no esta indiferencia fría y forzada.

El amor no es más fuerte que el odio, el odio no es más fuerte que la indiferencia.

Amo este blog

Amo este blog. Si en un tiempo fue una autoimpuesta obligación, una manera de disciplinarme -cuando no, de flagelarme-, una patética forma de mostrar mis miserias y mis limitaciones, algo que me resultaba siempre doloroso por su expuesta insuficiencia, ahora se ha convertido en una necesaria vía de escape, en una compañía fiel e indulgente, en tal vez algo más que un simple entretenimiento, un cuaderno que, cuando no escribo en él, me sirve para sentirlo al menos entre mis manos.

Siento por él una estima verdadera. Esa necesidad que tengo de él crece cada a día, a pesar de las dificultades, de las inseguridades, de la escasa pericia y de los anulantes bloqueos. Y sé que cuando, algún día, por algún motivo o fatalidad, acabe, no me quedará más remedio, de una manera o de otra, cualquiera que ésta sea, que empezar con otro, sea cual sea su nueva forma, para seguir jugando con las palabras, con las ideas, con los sentimientos. Sé que, adquiera la forma que adquiera, me seguirá acompañando como una sombra fiel y silenciosa.

Acaso debería despreciarle por su escaso -nulo más bien- éxito, echarle en cara su inutilidad y su torpeza para generar interés, pero son estas características suyas las me resultan más queridas. Como si a pesar de todo ello -de sus extraordinarias carencias, o tal vez por culpa de ellas-, fuera imposible hacer con él algo falso, impostado o a la moda, y no esta pequeña colección de latidos más o menos amortiguados, más o menos verdaderos.

No puedo ocultarlo ya por más tiempo. Amo este blog. Cuando me enfrento a él, cuando lo utilizo, cuando lo leo, cuando lo escribo. No solo le quiero, sino que lo necesito. Si fuera un objeto físico -de papel, de madera, de hierro- me gustaría tenerlo siempre a mano o a la vista, sentir su tacto. Lo conservaría en algún lugar secreto y cercano.

Como si eso fuera a solucionar algo.

Odio este blog

Odio este blog. Si en un tiempo fue una vía de escape, una compañía necesaria, un entretenimiento cotidiano, ahora se ha convertido en un lastre -no excesivamente pesado, pero lastre al fin-, en una ridícula obligación, en un deformante espejo ante el que me veo empujado -¿por qué?, ¿por quién?- a ponerme delante.

Le odio con todas mis fuerzas. Y ese odio es aún mayor -y crece y crece día a día- porque no hay nada más fácil y nada más al alcance de mi mano que deshacerme de él, liquidarle por completo y olvidarle para siempre, y, sin embargo, siendo tan sencillo, no lo hago, -y esto es algo, esa posibilidad tan fácilmente realizable de suprimirle para siempre, esa posibilidad que no llevo nunca a cabo, que hace que mi odio hacia él sea cada vez mayor-, y aquí le tengo, día tras día, como una sombra odiosa.

Debería estarle agradecido, incluso podría estar un poco orgulloso de él, de su fidelidad y constancia, de su insólita perseverancia, pero son esas características suyas las que me resultan más odiosas. Como si a pesar de todo ello -de todas sus posibles o aproximadas bondades, o tal vez precisamente por culpa de ellas-, fuera imposible hacer con él algo diferente y nuevo, algo, por fin, sorprendente y verdaderamente analgésico, y no esta bazofia repugnante y recalentada.

No puedo ocultarlo ya por más tiempo. Este blog me resulta cada vez más irritante. Cuando me enfrento a él, cuando lo utilizo, cuando lo leo, cuando lo escribo. Me repugna. Si fuera un objeto físico -de papel, de madera, de hierro- sé que pasaría un buen rato rompiéndolo, despedazándolo, triturándolo. Tirándolo, finalmente, a la basura en un acto -bastante infantil, sé que insuficiente- de liberación.

Como si así se terminara todo.

Buenos días

Desear -o simplemente decir- buenos días es algo tan trivial como necesario. Un simple gesto de educación y buena voluntad. Un saludo -aunque sea una mera formalidad y sea pronunciado de manera mecánica- que sirve para iniciar una aproximación o un contacto, por habitual o forzado que sea. Todo -con decir buenos días– empieza. Como una especie de jaculatoria preliminar.

I. Habitualmente no es más que una descripción -a menudo, una descripción bienintencionada- que sirve para evidenciar -o recordar, o hacer ver- que hace un buen día, que ha salido el sol, y todo está, dentro de lo que cabe, bien. Decirlo, al encontrarse con alguien, en voz alta, parece reforzar esa evidencia.

El que ha sido así saludado, repara, por si no se había dado cuenta, en que, efectivamente, es un buen día, y, aunque de manera un tanto automática, responde diciendo lo mismo, al verbalizarlo tiene que reconocer, si antes no había caído en ello, que éste es un buen día. Que son éstos buenos días.

II. En otras ocasiones decir buenos días nada tiene de descriptivo, ya que salta a la vista que no lo son. Pero, como si fuera una exhortación o un deseo, se pronuncia entonces el saludo, la consabida fórmula del buenos días.

En estos casos, aunque nada tiene que ver con la realidad -es un día climatológicamente adverso o nos asaltan los numerosos problemas habituales de su rutinario devenir-, es percibido ese saludo casi como el inicio de una plegaria que se completa con su idéntica respuesta por parte de aludido. Buenos días.

Y es entonces cuando todo, simplemente con decirlo, nada más que con desearlo al pronunciarlo, mejora. Ese deseo -por formulario y mecánico que sea- termina por hacernos ver que, a pesar de todo, a pesar de la empecinada realidad de los hechos, éstos también son, o pueden llegar a serlo, buenos días.

III. Aunque hay días en que, cuando nos vemos obligados a saludar, a decir el manido e inevitable, el hueco y vacío buenos días, nos dan ganas de decirlo tan en voz baja que apenas resulte ser audible, o lo que es peor, cuando nos vemos sometidos a la tortura de tener que escucharlo –buenos días-, con su insoportable tono cantarín y siempre tan bien predispuesto, no podemos evitar lanzar una mirada de odio al que ha perpetrado tal saludo -ya sea meramente descriptivo, ya sea anhelantemente desiderativo-, porque no lo son, no son buenos días, ni tienen pinta de que vayan a serlo.

En blanco

folio

Definitivamente sin armas, no le quedó más remedio que darse por vencido.

Sin ideas, sin recursos, sin palabras, sin objetivos, sin saber por dónde empezar, reconociendo la falta de sentido a su inicial impulso, tuvo que, después de un largo lapso de tiempo, tan vacío como angustioso, levantarse y reconocer que, una vez más, el blanco del papel le había terminado por hipnotizar, por paralizar y por anular.

La cabeza le bullía y, sin embargo, tenía la sensación de tenerla vacía, o más bien, de tenerla ocupada por cosas, por ideas, sin sentido, tan inconexas como absurdas, tan banales como innecesarias. Esa primera intención de ponerse a escribir había terminado por chocar, por estamparse más bien, contra un muro, sólido, extraordinariamente resistente, de color blanco. Aunque era sólo de papel. Y la cabeza le seguía dando vueltas para nada.

Añoraba los momentos que pasó, hace tiempo ya, escribiendo sin mayores preocupaciones que la de hacerlo bien, o al menos, correctamente, contando algo de un mínimo interés, ordenando el mundo -lo que le pasaba al mundo- con palabras. Ajeno a ese mismo mundo.

Se levantó despacio pero furioso, sin saber dirigir esa furia contra nada o contra nadie en concreto, a no ser que fuera contra sí mismo. Sabía -seguía sabiendo, no dejaba de saber- que el papel continuaba absolutamente blanco. Fue a la cocina a tomar algo aunque no le apetecía nada. Ya con el vaso en la mano, y después de mirar un rato por la ventana sin ver nada, simplemente mirando con la mirada perdida a la nada, regresó a la habitación. Resuelto a hacerlo de la manera que fuera, comenzó a escribir.

Diez, quince, veinte minutos le bastaron para comprobar que aquello que estaba escribiendo no tenía sentido, no valía para nada, era una mierda. No se puede escribir por escribir. Esto le puso aún más furioso. Leyó aquello y le faltó tiempo para eliminarlo, borrarlo, hacerlo desaparecer para siempre.

Volvía, de nuevo, inquietantemente tranquilizadora, la impotencia más absoluta, la falta de la más trivial idea o el más inane objetivo que le empujara a escribir algunas frases que hicieran desaparecer ese blanco tan impoluto. Sería mejor dejarlo por hoy, como llevaba haciendo ya demasiados días, demasiado tiempo.

 

Sin embargo, los lectores -la historia de la literatura incluso- tenían motivos para estar contentos y aliviados. Le deben tanto a los bloqueos creativos de ciertos escritores…