Poem A y B

Poem A

Pensó que su refugio
no era más que una trampa,
hasta que cayó en una
y no tuvo más remedio
que convertirla en su refugio.

Poem B

Pensó que vivía en una trampa,
aunque era realmente su refugio,
hasta que descubrió uno
que acabó siendo
para él una trampa.

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Antes/Ahora/Mañana

¿Antes era mejor?
No sé. Lo que sé es que
antes era. Ahora apenas es.
Y lo que es, no es como era.
Antes.

¿Ahora es mejor?
No sé. Lo que sé es que
ahora es. Antes apenas es ya.
Y lo que era, no era como es.
Ahora.

¿Mañana será mejor?
No sé. Lo que sé es que
mañana será. Ahora ya es ayer.
Y lo que fue, no será otra vez.
Mañana.

Bíblica

Fueron los alacranes quienes oyeron
a Juan el Bautista predicar en el desierto.
Escuchaban con hipócrita delectación.
Bajo el sol todo eran piedras,
sobre las piedras solo ardía el sol.
Las palabras sonaron extrañas,
tan extrañas como suenan ahora.

Sonaron como un interminable silencio de siglos
para un único público de alacranes hipócritas.

Eran los saltamontes quienes huían
de Juan el Bautista cuando con pie descalzo
se acercaba por aquellos pedregosos parajes.
Con un manto de pelo de camello
y el pelo tan fosco como una noche sucia de piedras
solo se alimentaba de saltamontes del tamaño de una sandalia de niño
y miel silvestre arañada de las peñas.
Saltaban los saltamontes al oír
la voz que clamaba en el desierto.

Esa voz, aún hoy, sigue sonando extraña
y los saltamontes se tapan los oídos con sus patas.

El Jordán corría manso y con escasa agua.
Aquellos peces casi boqueaban
dejando tenues círculos que se expandían
hasta difuminarse en las levemente estremecidas orillas.
Con el cuenco de la mano cogió un poco de aquellas aguas
y la derramó sobre la impávida cabeza
de aquel Jesús que salió de Nazaret para no volver.

Una paloma se posó en lo alto de un álamo de la ribera
arrullándose entre sus hojas de plata. Después, voló.

Un baile en palacio bajo los dorados doseles
y la magnífica excelencia de la más lujosa putrefacción
enloquecieron a Antipas, que no tuvo más remedio
que satisfacer la obstinada súplica de la mujer que odiaba.
Como si fuera un lechón o una ordalía de frutas a la hora del almuerzo
fue depositada la cabeza de Juan el Bautista,
con su fosca cabellera iluminada, sobre una recia bandeja de plata.

Sus ojos vacíos miraban aún los huidizos saltamontes,
las orondas palomas posadas en los álamos tras el bautizo,
los hipócritas alacranes.

Catástrofes

Esperamos catástrofes que no vendrán
o pasarán de largo o pasarán por dentro.
Tiembla por eso acaso nuestra sombra
cuando caminamos, débiles y nocturnos,
bajo una farola iluminando nada.

Recuerdo que me dijiste:
“Cuando todo encaja es cuando debes
empezar a preocuparte”.
La fiesta terminó y lo hizo
mucho antes de que terminara.
Tú, claro, ya te habías ido.
Caminabas bajo la luz de aquella farola.
No lo supe entonces, pero debías estar
escapando por dentro, aturdida por el fulgor
de unas bocanadas de luz inesperada,
aproximadamente a tientas, pero nueva.
Todo lo que dejamos atrás apenas pesa
lo que un recuerdo equivocado.

Pasé página y era la misma. Esperamos.
Esperamos catástrofes que no vendrán.
Evitamos la sangre, pero no su latido.
Todo lo que importa, al final, cabe
en el cuenco de una mano.

Hasta que sucede

Un corazón abierto enseguida se contrae.
Algo gotea, apenas débilmente,
y empapa de un líquido pálido
la mano sobre la que descansa.
Respira pero no es aire,
late pero no es rosa.
Ya sabes que el ave fénix
antes tuvo que arder,
aunque alguien nos dijo también
que el orden de los factores
resulta irrelevante. Por eso
lates a destiempo, antes de que todo acabe.
O continúe. Porque es más
la mirada que la palabra
y nada tiene que ver
la esperanza con la espera.
Deja, entonces, que el corazón lata
mientras se pierde -o se aleja-
su eco. Tan débil sobre los labios.
Escapar, tranquilamente
hacia el abismo, es una quimera.
El corazón ignora las consecuencias
y cada día es un fragmento del pasado.
Sin embargo, amanece en las orillas.
Has aprendido tarde
que todo es real hasta que sucede.

Pienso (Poemita irritante)

Pienso,
pero no sé muy bien lo que pienso.
Pienso que no sé lo que piensas,
y que prefiero, tal vez, no saberlo.
Y lo pienso sin pensarlo.
Lo pienso sin saberlo.

Piensas que pienso
que no sé lo que pienso,
pero, en realidad, piensas
que sí sé lo que pienso,
aunque no piense
ni sepa lo que pienso.
Y piensas también que prefieres no saberlo,
que prefieres no pensarlo,
pero lo piensas.

Pensamos que -tú y yo- pensamos
cosas que, acaso, no pensamos.
Pensamos que preferiríamos no pensar,
o, al menos, no pensar
que pensamos cosas
que no pensamos,
o que, si pensamos,
hubiéramos preferido no pensar.

Y pensamos.