Primavera

Debió ser en tiempos un árbol espléndido. De tronco robusto, extendía sus poderosas ramas bien hacia lo alto, bien en paralelo al suelo, a una altura suficiente. Pero, era evidente, no estaba ahora en sus mejores años. Alguna enfermedad o silenciosa plaga, o acaso la simple vejez, lo habían dejado bastante tocado. Medio seco y parcialmente deteriorado.

Su silueta, vista desde lejos, se recortaba a la caída de la tarde contra el crepúsculo aún con la suficiente elegancia y empaque como para llamar la atención del que pasaba por el camino hacia el poblado que daba la vuelta antes de dejar atrás la colina y antes de que se topara con las blancas paredes del cementerio. Debió ser en tiempos un árbol espléndido, pensaría el viajero alejándose de él, dejando atrás, sobre la breve colina, el tembloroso dibujo, como delineado con tinta china, de sus imponentes ramas, de su recio tronco, mientras se santiguaba.

Pero a pesar de los achaques que tenían todo el aspecto de ser imparables, de resultar, al fin, irreparables, llegaban los días, más largos y nuevos, en los que volvía, inexplicablemente, a resucitar y a dejar que numerosos brotes -verdes, tiernos, inesperados- lo volvieran a intentar. Las noches habían olvidado la costumbre de traer horas de hielo y escarcha, y el tiempo parecía templar tímidamente. Lo suficiente como para transmitir algo de calor a la savia que, con dificultad, pero obstinada, volvía a fluir por su interior. Sus partes y ramas definitivamente secas miraban con nostalgia esa nueva eclosión verde y pletórica en el resto del árbol. Había llegado -parecía mentira- de nuevo algo de calor, un nuevo e inexplicable impulso de vida.

Pero debía ser de poco consuelo para el que descansaba al otro lado de las tapias del cementerio comprobar -si pudiera- que el árbol en el que le ahorcaron había vuelto a florecer por primavera.

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Coincidencia

marzo

Las hojas, las flores, se empiezan a abrir ya del todo. Han sentido la tibieza del sol, algo de calor, más luz y los días más largos. Se han marchado los hielos de la noche. El impulso de la savia es ahora mayor, recorre la planta, el árbol, de arriba a abajo, con fluidez.

Es fantástico ser savia estos días.

Pero a las plantas, a los árboles, no les interesa la primavera. Las hojas, las flores, se abren, crecen, porque sienten el calor del sol, porque hay más luz durante más horas. Ya no hay fríos que las quemen. Luz, calor, algo de agua….  Con esto les es suficiente.

El que esté a punto de llegar la primavera es una simple coincidencia.

La irresponsabilidad de la belleza

flor

Tengo que reconocer que me dio un poco de vergüenza pararme a hacerle una foto a una flor mientras pasaban los coches y la gente. A una flor. En fin.

Tampoco es una buena foto, aunque, afortunadamente, tampoco es artística. Más bien tirando a sosa. Ni siquiera había buena luz. La tarde estaba bastante gris.

Entonces, ¿para qué me paré?

Están los almendros de mi barrio -hay bastantes- a punto de romper. Dentro de nada empezarán algunos brotes a abrirse del todo, y dentro de unos días estará todo blanco.

Pero todavía no había visto ninguna. No hay, todavía, ninguna flor. Salvo ésta, que además, era la única. El árbol, las ramas, están llenas de brotes, pero de los centenares que tiene, sólo una ha decidido abrirse. Da un poco nosequé verla tan sola.

Pero es bonita e irresponsable. Podía haber esperado unos días, unas horas, y haber florecido con las otras. Pero le dio por ahí.

Estará asombrada mirándolo todo por primera vez. Cuando reciba los primeros rayos del sol, se va a sentir como si fuera la única flor de almendro del mundo, como si ese calor y esa luz los hubieran fabricado especialmente para ella.

Y, en cierta manera, tendrá razón.